BASES. Los libros de la infancia

Bellísima nota de Ricardo Forster, nuestro secretario de fomento del pensamiento autocentrado. Publicada en el semanario Veintitrés.

“Nunca he logrado recuperarme de mi maravillosa infancia”.
Maurice Merleau-Ponty

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Han pasado demasiados años desde aquel día en que Huck entró definitivamente en mi vida, ciertos pasajes del libro se fueron deslizando hacia el olvido, otros vuelven cada tanto, pero el que siempre está presente es aquel en el que Huck y Jim han logrado huir de la persecución y del terror ante el cadáver del padre y se deslizan libremente sobre una balsa por el río, acostados boca arriba contemplando las estrellas y fumando en sus pipas de caña, dueños de una libertad insólita, riéndose de todo y de todos y gozando de esas aguas que, como ellos, se dirigen hacia un horizonte abierto. Muchas veces me soñé en una balsa como aquella, imaginando que mientras navego hacia el sur voy descifrando el enigma de las constelaciones; siempre supuse que esas noches vagabundas eran lo más parecido a la felicidad, acurrucado por el suave deslizarse de la balsa en medio de una brisa veraniega y conversando de los mil detalles de la vida y de la aventura con algún amigo. El nombre del Mississippi quedó, para siempre, grabado entre esos recuerdos portadores de la promesa de un mañana en el que el ayer de la infancia recobraría sus antiguas potestades. Tal vez por eso no me resultó ajena la aseveración de Theodor Adorno cuando, en su Minima moralia, sostuvo que si una vez hemos habitado el paraíso será posible, en el futuro, reencontrarnos con él.

En aquellas lecturas de infancia, desde la pluma de Mark Twain a la de Julio Verne, de la de Emilio Salgari a la de Conan Doyle, de la de Robert L. Stevenson a la de Horacio Quiroga, se guardan esas promesas que dibujan el derrotero de nuestras vidas. Para la mayoría de las personas tanto la infancia como los libros que las acompañaron quedaron definitivamente a sus espaldas, enterrados en un ayer desaparecido, expresiones de una lejanía opacada por el paso inexorable del tiempo; para mí siguen presentes, habitan mis ilusiones y mis noches, son la materia prima de lo que pienso y sueño, delinean mis nostalgias y convierten los días de mi vida en parte de aquella trama iniciada junto a Huck y Jim sobre una balsa navegando por el Mississippi.

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Cada libro tiene su oportunidad, algunos llegan en el momento justo, y otros, cuando no los esperábamos. Hay algunos que llegan demasiado temprano o demasiado tarde. Lo cierto es que del que voy a hablar ahora llegó cuando tenía que llegar y su arribo constituyó no sólo una fiesta sino la posibilidad de abrir mi fantasía hacia nuevos mundos. Estoy hablando de una obra no tan conocida ni decisiva en la narrativa de Julio Verne, una obra que no pertenece estrictamente a su saga de los viajes extraordinarios, pero que para aquel voraz lector que era a los once años constituyó una experiencia imborrable. Hablo de Dos años de vacaciones, esa novela en la que un grupo de niños se pierde en los lejanos Mares del Sur y va a parar a una pequeña isla en la que se verán obligados a permanecer dos años, en los cuales tendrán que arreglárselas para sobrevivir y enfrentarse a diversos peligros. Todavía puedo sentir tenuemente, aunque ha pasado toda una vida, la emoción con la que leía el libro, lo identificado que me sentía con algunos de sus personajes, la fascinación que me despertaba el núcleo de esa historia fabulosa en la que una docena de niños, que iban de los 5 a los 15 años, vivían fuera del mundo adulto aunque estuvieran signados, en la organización de esa vida, por los mandatos y los valores de sus padres. En el final de la historia nos enteraríamos de que una transgresión fue el punto de inicio de la aventura, pero lo importante, lo que marcó la lectura, fue, sin dudas, esa sensación de libertad compartida, de participar, junto a mis héroes, de ese mundo salvaje atravesando peligros y desafíos y conviviendo con una suerte de estado paradisiaco.

Dos años de vacaciones fue, para mí, una suerte de Biblia, el arcón de mis deseos, la brújula de todas mis ilusiones y una puerta de entrada estupenda para encontrarme de frente con una naturaleza espléndida, soñada y que seguiría presente en el núcleo más profundo de mis imaginaciones. Otros libros de Verne me impactaron y dejaron sus marcas en mí (pienso en Las aventuras de los hijos del capitán Grant –de la que hablaré en otro lugar y a propósito de un personaje imborrable– y uno casi olvidado llamado Norte contra Sur, cuyo argumento se teje durante los años de la Guerra de Secesión norteamericana; los demás se incorporaron a mi biblioteca pero sin la intensidad de los anteriores). Pero si tengo que decir cuál me penetró el alma, con cuál aprendí el sentido entrelazado de la aventura y la libertad, y cuál me ofreció el panorama bello e inquietante de la naturaleza y del viaje, fue Dos años de vacaciones que, desde su magnífico título, cautivó al niño que fui y marcó al adulto que soy en algunos puntos imprescindibles de mi sensibilidad. El ejemplar que tuve, con páginas a doble columna, se extravió hacia el final de mi infancia y jamás logré hacerme con otro, jamás lo volví a encontrar en ninguna librería, con lo que algunas veces no he dejado de preguntarme si no lo habré soñado. Tal vez no sea así, que efectivamente lo escribió Julio Verne y que lo leí a los 11 años, pero no deja de inquietarme la posibilidad de que haya salido de mi imaginación, de algunos de esos días de fiebre en los que tantas cosas se mezclaban mientras parecía quedar suspendido el paso normal de las jornadas. Lo cierto es que desde siempre está allí, dentro de mí, guardado en mis entrañas y habitante inclaudicable de mi memoria.

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“Si un sonido que nos ha sido familiar, pero que no hemos escuchado por mucho tiempo, viene a herir inesperadamente nuestros oídos, impresiona a veces la mente de la misma manera que suelen hacerlo los olores, devolviéndonos una escena pasada y su estado de ánimo correspondiente con tanta realidad que más que un recuerdo parece una visión. Es, verdaderamente, más que una visión, ya que esta no pasa de ser una ilusión, algo contemplado aparentemente por los ojos externos o físicos; la otra, en cambio, es una transformación, un retorno al antiguo estado –al ser olvidado– que se perdió para siempre y que, sin embargo, recobramos de nuevo; y por un glorioso instante volvemos a ser lo que fuimos en algún lugar lejano y en un tiempo remoto, cuando, en la edad de la frescura de los sentimientos y de la brillantez de los sentidos, nos era dado maravillarnos y deleitarnos ante el mundo visible”. Así comienza el capítulo que William H. Hudson le dedica en su Aventuras entre pájaros al recuerdo de su primer cardenal. Tengo conmigo el ejemplar de 1944 comprado hace poco en una librería de viejo; nunca había leído este libro aunque lo conocía a través de fragmentos y de una versión inglesa que cayó en mis manos. Cuando lo vi en el estante, viejo y ajado pero guardando ese maravilloso olor que impregna el papel de los libros publicados décadas atrás, sentí una fuerte emoción que se multiplicó cuando, al regresar a mi casa, inicié, fervoroso, su lectura.

“El cardenal. Historia de mi primer pájaro enjaulado” es un fragmento que pinta de pies a cabeza a Hudson, que permite, para quien se topa por primera vez con su obra, descubrir su exquisita prosa enhebrada con su amor intenso hacia la naturaleza y, dentro de ella, en especial hacia los pájaros. Leer a Hudson, más de cuarenta años después de haberlo hecho por primera vez con Allá lejos y hace tiempo, renueva, aunque con otros condimentos, esa antigua experiencia de placer y felicidad. El modo como describe cuando oyó, teniendo 8 años, el canto del cardenal en la casa de un pastor protestante en la Buenos Aires de la época de Rosas, su inconmensurable alegría cuando, un año más tarde, su madre se lo trajo de regalo porque el pastor regresaba a Inglaterra, los cuidados que le prodigó y las increíbles vicisitudes nacidas cuando el pajarito se escapó de su jaula, constituyen la esencia de la escritura de Hudson, su fascinante capacidad para transmitirle al lector sus propias emociones devolviéndole a una anécdota quizás trivial o menor una intensidad única. Pero la frase con la que comienza el capítulo, leída por mí en el preciso momento en que escribo estas líneas, supuso una deliciosa casualidad, del mismo modo que no esperaba, estos días, toparme con este viejo libro que se entrama con lo que vengo pensando y escribiendo alrededor de mis recuerdos y de sus vínculos con la naturaleza.

Desde que comencé azarosamente estas notas siento lo mismo que Hudson, me atraviesa “por un glorioso instante” surgido del fondo de la memoria que se activa por distintos y caprichosos motivos, la sensación de volver a “ser lo que fuimos en algún lugar lejano y en un tiempo remoto”. Un sonido, un olor, un sabor, la presencia inesperada de algún libro, una conversación con mis hermanos, un paisaje, son disparadores de recuerdos que se van entramando, el uno con el otro, dibujando este extraño texto. Así como la lectura de Allá lejos y hace tiempo disparó en el niño que era el descubrimiento de la llanura y la fascinación ante la vida en el campo, de una infancia pasada entre animales, pájaros, esteros, tormentas y juegos inacabables, Aventuras entre pájaros y en particular el capítulo que he comentado vuelve a instalar en mí esa otra experiencia de la libertad que es el motivo central del relato de Hudson y, sobre todo, demuestra de qué modo se puede construir una intensa reflexión ética sin apelar a otra cosa que una simple anécdota que, a los ojos del niño, se convierte en el eje de una experiencia decisiva de la vida. Esa es la facultad del genuino escritor, transformar un pequeño relato en esa extraña conjunción de literatura y reflexión, volverlo forma insuperable y contenido suscitador. Desde que lo leí por primera vez, Hudson ha sido un habitante indispensable de mis días conjugando sensaciones y pensamientos, recuerdos y experiencias, guía insustituible para adentrarme en el mundo de la naturaleza.

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Casi todos los libros que significaron algo para mí en mi niñez tuvieron alguna relación con el mundo de los animales o la presencia de paisajes poderosos como fondo de la trama. Ya he hablado del Mississippi magníficamente descripto por la pluma de Twain en las aventuras de Huckleberry Finn; también deslicé algunos comentarios en torno al modo original con el que Horacio Quiroga me hizo conocer la selva misionera; me detuve, con particular devoción, en Hudson y lo hice también en esa otra estación inolvidable de mis lecturas infantiles que lleva el nombre sagrado de Julio Verne; no mencioné, aunque habría que ponerlo en un primerísimo lugar, a Jack London y su fascinante Colmillo blanco, libro que me enseñó el profundo sentido de la amistad y la fidelidad tejida entre un perro y un niño, marco de experiencias en las que la idea misma de valor fue penetrando en mi espíritu de la mano de una narración extraordinaria. De grande me siguió fascinando ese personaje indomable y libre que fue London, su capacidad para conjugar en forma de literatura sensibilidad social y amor por la naturaleza; desde otro costado me impactó hondamente el modo como Conan Doyle me hizo padecer el miedo ante lo desconocido de la animalidad en El sabueso de los Baskerville, libro en el que Londres deja de ser uno de los personajes principales, en el que el Soho y su neblina eterna dejan paso a la campiña inglesa y a la presencia amenazante de un peligro que tendrá que conjurar el inefable Sherlock Holmes acompañado, como siempre, por el fiel doctor Watson, testigo y narrador de sus mil aventuras. El recuerdo de la sombra infernal del sabueso todavía persigue alguna pesadilla nocturna, como si Conan Doyle me hubiera recordado que existe también lo ominoso y perverso en la naturaleza, que fuerzas demoníacas se agazapan en su seno.

Otros libros y otros autores están allí, son parte imprescindible de mi memoria y de mi sensibilidad. Pienso, por supuesto, en Emilio Salgari y en su artesanía insuperable para ofrecerme, en Los robinsones suizos, la descripción a un mismo tiempo de una isla maravillosa con la invención de pequeños héroes capaces de resolver todos los problemas; pero también persiste en mí el mundo increíble de Sandokán, esos mares infectados de piratas y tiburones, esos paisajes de Malasia, sus selvas, sus peligros, los combates marítimos, la amistad absoluta entre Sandokán y Yanez, ejemplo imborrable de fidelidad y virtud nacidos de la acción de dos bucaneros. Inclusive, y más allá de sus relativos valores literarios, Juvenilia tuvo un poderoso efecto en el niño que lo leyó, como si la imagen narrada por Miguel Cané de los jóvenes estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires robándose sandías de la chacra de un italiano se hubiese convertido en parte de mis recuerdos, en una escena que desde siempre me llenó de nostalgia por una época que, sin ser la mía, tenía algo para decirme. No deja de sorprenderme que prácticamente el único capítulo que recuerdo de aquel libro sea el del robo de las sandías y la posterior persecución que incluyó perdigonazos de sal a los ladrones improvisados.

Sortilegios de la literatura que sin que nos demos cuenta va definiendo el derrotero de nuestras vidas, construyendo en nuestro interior huellas que llevan hacia otras huellas, marcas indelebles, recuerdos esenciales, núcleos plegados en lo más profundo de nuestra intimidad. ¡Qué importa si las experiencias fueron propias o de esos personajes!, mías o de Huck, de Sandokán o del niño que lo leía arrebatado, o desde aquella inolvidable isla del Pacífico Sur en la que viví, junto a mis héroes, dos años de vacaciones hasta una tarde de verano junto a Cané y sus compinches, pasando por la guerra de los yacarés de Cuentos de la selva o la indómita Alaska de London. Ellos están en mí, son parte insoslayable de mi lenguaje y de mis recuerdos, son el caudal que alimentó mi imaginación y que me enseñó el significado del vivir.

http://www.veintitres.com/nota-32921-politica-Los-libros-de-la-infancia.html

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