EDUARDO GALEANO bajo la magnolia, mirando al cielo

Como escritor, conocí a Eduardo Galeano cuando leí Las venas abiertas de América Latina a fines de 1974 o comienzos de 1975 en los calabozos del Regimiento 3 de infantería de La Tablada. Lo conocí personalmente en la Editorial Granica o Gedisa a fines de los 70 o comienzos de los 80, cuando le pedí un prólogo para un libro de poemas de mi hermano Luis, preso en La Plata, al que le había puesto de título «De pájaros y paredes», libro que nunca se publicó y que seguramente Luis terminó por perder, como perdió casi toda su hermosa obra (y sus documentos: murió en el 2007 a los 53 años con un DNI que era la copia nº 12… aunque me parece que también la había perdido, y conste que había pasado más de seis años preso, por lo que calculo que perdía un DNI cada tres años). Recuerdo que lo firmó con un chanchito que sostenía en su boca una margarita. Porque antes de ser escritor, Galeano fue dibujante con el nombre de Gius (digo de memoria) una castellanización de su apellido paterno, que era Hughes (cito también de memoria).
Mi último encuentro con él fue mágico. Ocurrió hace más de una década en San Telmo. Salía de la casa de mi madre moribunda y al llegar a la esquina de Piedras y Carlos Calvo, donde hay una enorme magnolia, de pronto decenas (sino centenas) de pájaros se pusieron a cantar al unísono. Quede boquiabierto mirando hacia la copa del árbol procurando ver a contraluz a los causantes de semejante estrépito, y al bajar la mirada me encontré con Eduardo Galeano mirando al cielo como yo. Dije «Eduardo» y me miró. Le recordé quien era, por las dudas. Estaba con su mujer, Helena Villagra, la misma que fuera mujer de Rodolfo Ortega Peña y fuera herida cuando lo asesinó la Triple A en Arenales y Santa Fé, en 1974, cuando Eduardo (otra vez cito de memoria) creo que seguía dirigiendo Crisis desde una bella oficina de la calle Cangallo que era de Vogelius.
Allí debajo de la magnolia y del canto de los pájaros, Galeano me dijo que estaban haciendo tiempo para ir a Ezeiza, donde tomarían un vuelo hacia Estocolmo dónde estaban tratándole un cáncer, creo que de pulmón.
Galeano fue un periodista excepcional y posiblemente el más eficaz propagandista de la emancipación y unidad latinoamericana, causa a la que consagró su vida sin defecciones.
No quise hasta ahora leer necrológicas, pero no pude evitar pispear la de Osvaldo bayer y me alegré de que sostenga algo que yo digo desde siempre: Las venas abiertas de América Latina debería ser un texto de lectura obligatoria en todos los colegios secundarios del continente.

Por lo pronto podríamos empezar por casa.

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