FENÓMENOS. La desaparición de las luciérnagas o el vacío del poder político, por Pier Paolo Pasolini

Tengo para mi que Pasolini fue un intelectual como la copa de un pino, mal que le pese a tanto académico almidonado, digno heredero de Da Vinci, Della Croce y Gramsci. Y que de haber vivido en la Argentina hubiera sido peronista y un furibundo enemigo de la Triple A y la dictadura. Basta ver su última. inequívoca  película, Saló o los 120 dias de Sodoma, rodada y estrenada en 1975, el mismo año en que el Terrorismo de Estado se enseñoreó en Argentina. El año en que él mismo fue asesinado. Pasolini tenía clarísimo que no siempre (y a veces ni siquiera la mayoría de las veces) cambiar por cambiar es bueno. Que, como se ilustró en Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti, hay cambios y modernizaciones que son catastróficas. JS

Por otra parte, este texto de aquel año, recopilado en sus llamados Escritos corsarios, me rompió el corazón. Concretamente, con este párrafo: En los primeros años sesenta, a causa de la contaminación del aire y sobre todo en el campo, a causa de la contaminación del agua (los ríos azules y los arroyos transparentes), comenzaron a desaparecer las luciérnagas. El fenómeno fue fulminante y fulgurante. Tras unos pocos años ya no había luciérnagas. Son ahora un recuerdo, bastante desgarrador, del pasado. Y es que jamás olvidaré una noche de verano en Unquillo a mediados de los ’60 cuando mi hermano Luis y yo correteábamos alucinados entre miles de luciérnagas. Hace casi cuarenta años que no he vuelto a ver ni una sola. Eran como estrellas amarillas al alcance de la mano. ¿Cómo explicarle a mi hijo era aquella maravilla? JS

“El vacio del poder” o “El artículo de las luciérnagas”

 

luciernaga

POR PIER PAOLO PASOLINI/CORRIERE DELLA SERA

”La distinción entre fascismo adjetivo y fascismo sustantivo se remonta nada menos que al diario ’Il Politecnico’, es decir, a la inmediata posguerra…” Así comienza una intervención de Franco Fortini sobre el fascismo (L’Europeo, 26-12-1974); intervención que, como suele decirse, yo suscribo plenamente en su totalidad. No puedo, sin embargo, suscribir el tendencioso exordio. En efecto, la distinción entre “fascismos” hecha por Il Politecnico no es ni pertinente ni actual. Podía ser válida todavía hasta hace cerca de una decena de años : cuando el régimen democristiano era todavía la simple y pura continuación del régimen fascista.

Pero hace una decena de años, sucedió “algo”. “Algo” que no existía y que no era previsible no sólo en la época del il Politecnico, sino ni siquiera un año antes de que sucediera (o incluso, como veremos, mientras sucedía).

La confrontación real entre “fascismos” no puede ser por lo tanto “cronológicamente” entre el fascismo fascista y el fascismo democristiano : sino entre el fascismo fascista y el fascismo radical, total, imprevisiblemente nuevo que nació de aquel “algo” que sucedió como hace una decena de años.

Porque soy un escritor, y escribo polemizando, o al menos discutiendo con otros escritores, permítaseme dar una definición de carácter poético-literario de aquel fenómeno que sucedió en Italia hace una decena de años. Esto servirá para simplificar y para abreviar nuestro discurso (y probablemente para comprenderlo mejor).

En los primeros años sesenta, a causa de la contaminación del aire y sobre todo en el campo, a causa de la contaminación del agua (los ríos azules y los arroyos transparentes), comenzaron a desaparecer las luciérnagas. El fenómeno fue fulminante y fulgurante. Tras unos pocos años ya no había luciérnagas. Son ahora un recuerdo, bastante desgarrador, del pasado: y un hombre anciano que tenga ese recuerdo, no puede reconocerse en los nuevos jóvenes a sí mismo cuando era joven, y por lo tanto, no puede tener aquellos bellos sentimientos de antaño.

A aquel “algo” que sucedió hace una decena de años lo llamaré por tanto “la desaparición de las luciérnagas”.

El régimen democristiano ha atravesado dos fases absolutamente distintas, que no solamente no se pueden confrontar entre sí, implicando esto una cierta continuidad entre ellas, sino que incluso se han convertido en históricamente inconmensurables.

La primera fase de este régimen (como justamente siempre han insistido en llamarlo los radicales) es la que va desde el fin de la guerra a la desaparición de las luciérnagas; la segunda fase es aquella que va desde la desaparición de las luciérnagas a hoy. Observémoslas una por una.

Antes de la desaparición de las luciérnagas

La continuidad entre fascismo fascista y fascismo democristiano es completa y absoluta. Callo sobre lo que, a este respecto, se decía incluso entonces, justamente en Il Politecnico : la depuración fallida, la continuidad de los códigos, la violencia policial, el desprecio por la Constitución. Y me detengo en lo que después ha contado para una conciencia histórica retrospectiva. La democracia que los antifascistas democristianos oponían a la dictadura fascista era descaradamente formal. Se basaba en una mayoría absoluta obtenida mediante los votos de enormes estratos de las capas medias y de enormes masas campesinas, controladas por el Vaticano. Este control por parte del Vaticano era posible sólo si se fundaba en un régimen totalmente represivo. En este “universo” los “valores” que contaban eran los mismos que para el fascismo: la Iglesia, la patria, la familia, la obediencia, la disciplina, el orden, el ahorro, la moralidad. Estos “valores” (como por otra parte durante el fascismo) eran “también reales”: pertenecían a las culturas particulares y concretas que constituían la Italia arcaicamente agrícola y paleoindustrial. Pero en el momento en que eran asumidos como “valores” nacionales no podían más que perder toda realidad, y convertirse en atroz, estúpido, represivo conformismo de Estado : el conformismo del poder fascista y democristiano. Provincialismo, tosquedad e ignorancia, tanto de las élites como, a un nivel distinto, de las masas, eran iguales tanto durante el fascismo como durante la primera fase del régimen democristiano. Paradigmas de esta ignorancia eran el pragmatismo y el formalismo vaticanos.

Todo ello resulta claro e inequívoco hoy, porque entonces se alimentaban, por parte de los intelectuales y de los opositores, esperanzas insensatas. Se esperaba que todo eso no fuera completamente cierto, y que la democracia formal significase algo en el fondo.

Ahora, antes de pasar a la segunda fase, debo dedicar algunas líneas al momento de la transición.

Durante la desaparición de las luciérnagas

En este período la distinción entre los distintos fascismos utilizada en Il Politecnico todavía podía funcionar. En efecto : el gran país que se estaba formando dentro del país – es decir, la masa obrera y campesina organizada por el PCI – y los intelectuales más avanzados y críticos, no se habían dado cuenta que “las luciérnagas estaban desapareciendo”. Estos estaban bastante bien informados por la sociología (que en aquellos años había puesto en crisis el método de análisis marxista: pero eran informaciones todavía no vividas, en sustancia sólo formales. Nadie podía sospechar la realidad histórica que constituiría el futuro inmediato, ni identificar aquello que entonces se llamaba “bienestar” con el “desarrollo” que habría debido realizar en Italia, por primera vez y de manera plena, el “genocidio” del que hablaba Marx en el Manifiesto.

Después de la desaparición de las luciérnagas

Los “valores”, nacionalizados y por lo tanto falsificados, del viejo universo agrícola y paleo-capitalista, de pronto ya no cuentan. Iglesia, patria, familia, obediencia, orden, ahorro, moralidad, ya no valen. Y ni siquiera sirven como falsos. Sobreviven en el clerical-fascismo marginado (incluso el MSI en el fondo los repudia). Para sustituirlos están los “valores” de un nuevo tipo de civilización, totalmente “otra” con respecto a la civilización campesina y paleoindustrial. Esta experiencia la han vivido ya otros Estados, pero en Italia es completamente particular, porque se trata de la primera “unificación” real sufrida por nuestro país, mientras que en otros países ésta se superpone, con una cierta lógica, a la unificación monárquica y a la ulterior unificación de la revolución burguesa e industrial. El trauma italiano del contacto entre el “arcaísmo” pluralista y la nivelación industrial tiene quizás sólo un único precedente : la Alemania anterior a la de Hitler. También aquí los valores de las diversas culturas particulares fueron destruidos por la violenta homologación de la industrialización, con la consiguiente formación de aquellas masas enormes, ya no antiguas (campesinos, artesanos) y pero tampoco todavía modernas (burgueses), que constituyeron el salvaje, aberrante, imponderable cuerpo de las tropas nazis.

En Italia está sucediendo algo similar: e incluso con mayor violencia, porque la industrialización de los años setenta constituye una “mutación” decisiva incluso con respecto a la alemana de hace cincuenta años. No estamos ya, como todo el mundo sabe, frente a “tiempos nuevos”, sino frente una nueva época de la historia humana: de aquella historia humana cuyos plazos son milenarios. Era imposible que los italianos reaccionaran peor que como lo hicieron ante este trauma histórico. Se han convertido en pocos años (en especial en el centro-sur) en un pueblo degenerado, ridículo, monstruoso, criminal. Basta sólo salir por las calles para comprenderlo. Pero, naturalmente, para comprender los cambios en la gente, es necesario amarla. Yo, pese a todo, a esta gente italiana la amé: aunque fuese al margen de los esquemas del poder (más aún, en oposición desesperada a éstos), o aunque fuese al margen de los esquemas populistas y humanitarios. Se trataba de un amor real, arraigado en mi manera de ser. He visto por lo tanto “con mis sentidos” al comportamiento coercitivo del poder del consumo recrear y deformar la conciencia del pueblo italiano, hasta una irreversible degradación. Esto no había ocurrido durante el fascismo fascista, período en el cual el comportamiento estaba totalmente disociado de la conciencia. En vano el poder “totalitario” insistía y reiteraba sus imposiciones de conducta: la conciencia no estaba implicada en ellos. Los “modelos” fascistas no eran más que máscaras, para ponerse y llevar. Cuando el fascismo fascista cayó, todo estaba como antes. Lo he visto así también en Portugal: después de cuarenta años de fascismo, el pueblo portugués celebró celebrado el primero de mayo como si al último lo hubiese celebrado el año anterior.

Es ridículo por tanto que Fortini retrotraiga la distinción entre un fascismo y el otro a principios de la posguerra: la distinción entre el fascismo fascista y el fascismo de esta segunda fase del poder democristiano no sólo no tiene equivalente en nuestra historia, sino probablemente en toda la historia.
De todas formas yo no escribo este artículo sólo para polemizar sobre este punto, aunque lo llevo en el corazón. Escribo el presente artículo en realidad por una razón muy distinta, y es la que explicaré a continuación.

Todos mis lectores se habrán dado cuenta seguramente de un cambio en los poderosos democristianos: en pocos meses se han convertido en máscaras fúnebres. Es verdad: continúan luciendo sonrisas radiantes, de una sinceridad increíble. En sus pupilas se coagula una verdadera, beata luz de buen humor, cuando no se trata de la amigable luz de la argucia y de la malicia. Cosa que a los electores agrada, parece tanto como la felicidad plena. Además, nuestros poderosos continúan impertérritos su parloteo incomprensible: en el que sobrenadan los “flatus vocis “de las habituales promesas estereotipadas.

En realidad son precisamente máscaras. Estoy seguro que si levantáramos estas máscaras no encontraríamos siquiera un puñado de huesos o de cenizas: encontraríamos la nada, el vacío.

La explicación es simple: hoy en realidad en Italia hay un dramático vacío de poder. Pero éste es precisamente el punto : no un vacío de poder legislativo o ejecutivo, ni un vacío de poder dirigente, ni, en fin, un vacío de poder político en cualquier sentido tradicional. Sino un vacío de poder en sí mismo.

¿Cómo hemos llegado a este vacío? O, mejor, “¿cómo han llegado a él los hombres de poder ?”

La explicación es simple: los hombres de poder democristianos han pasado de la “fase de las luciérnagas” a la “fase de la desaparición de las luciérnagas” sin darse cuenta. Por más que esto pueda parecer próximo a la criminalidad, su inconsciencia en este punto ha sido absoluta : no han sospechado mínimamente que el poder que ellos detentaban y gestionaban, no sólo estaba simplemente sufriendo una “normal” evolución, sino que estaba cambiando radicalmente de naturaleza.

Se habían ilusionado de que en su régimen todo había permanecido sustancialmente igual: que, por ejemplo, podían a contar eternamente con el Vaticano: sin darse cuenta de que el poder que ellos mismos seguían detentando y gestionando no tenía ya nada que ver con el Vaticano como centro de vida campesina, retrógrada, pobre. Se habían ilusionado con poder contar para siempre con un ejército nacionalista (como precisamente sus predecesores fascistas) : y no veían que el poder que ellos mismos continuaban detentando y gestionaba maniobraba ya para sentar las bases de ejércitos nuevos, en tanto que transnacionales, casi policías tecnocráticos. Y lo mismo se puede decir con respecto a la familia, obligada, sin solución de continuidad desde los tiempos del fascismo, al ahorro, a la moralidad : ahora el poder del consumo imponía a la familia cambios radicales, hasta hacerle aceptar el divorcio, y a partir de ahí, potencialmente, todo lo demás, sin ningún límite (o al menos, hasta los límites consentidos por la permisividad del nuevo poder, peor que totalitario en cuanto violentamente totalizante).

Los hombres del poder democristiano han sufrido todo esto creyendo que lo administraban. No han advertido que esto era “otra cosa”: inconmensurable, no sólo con ellos sino con toda una forma de civilización. Como siempre (cfr. Gramsci) solamente en la lengua se habían advertido los síntomas. En la fase de transición – o sea “durante la desaparición de las luciérnagas” – los hombres del poder democristiano habían casi bruscamente cambiado el modo de expresarse, adoptando un lenguaje completamente nuevo (incomprensible como si fuera latín) : especialmente Aldo Moro. Es decir (por una enigmática correlación), aquel que aparecía como el menos implicado de todos en las cosas horribles que fueron organizadas desde 1969 hasta hoy, en el intento, hasta ahora formalmente exitoso, de conservar como sea el poder.

Digo formalmente porque, repito, en la realidad, los poderosos democristianos cubren, con sus maniobras de autómatas y sus sonrisas, el vacío. El poder real opera sin ellos y no tienen en sus manos nada más que inútiles aparatos que hacen que lo único que parezca real de ellos sean sus chaquetas luctuosas.

Sin embargo, en la historia el “vacío” no puede subsistir: sólo puede ser predicado en abstracto y por absurdo. Es probable que, en efecto, el “vacío” del que hablo esté ya llenándose, a través de una crisis y de un reajuste que no puede dejar de implicar a la nación al completo. De ello es un índice, por ejemplo, la espera “morbosa” del golpe de Estado. Casi como si sólo se tratase de “sustituir” al grupo de hombres que nos han gobernado tan atrozmente durante treinta años, llevando a Italia al desastre económico, ecológico, urbanista, antropológico. En realidad, la falsa sustitución de estas “cabezas de alcornoque” por otras cabezas de alcornoque (tal vez no menos, sino quizás más fúnebremente carnavalescas), realizada mediante el refuerzo artificial de los viejos aparatos de poder fascista, no serviría para nada (y que quede claro que, en este caso, la “tropa” sería ya por su constitución, nazi). El poder real al que desde una decena de años han servido las “cabezas de alcornoque” sin advertir la realidad: he aquí algo que podía haber colmado ya el “vacío” (desvaneciendo también la posible participación en el gobierno del gran país comunista que ha nacido de las gangrena de Italia: porque no se trata de “gobernar”). De este poder “real” nosotros tenemos imágenes abstractas y en el fondo apocalípticas: no podemos imaginarnos qué “formas” asumirían, sustituyendo directamente a los sirvientes que lo han tomado por una simple “modernización” de técnicas. De todos modos, en cuanto a mí (si ello tiene algún interés para el lector) que quede claro: yo, por más multinacional que sea, daría toda la Montedison, por muy multinacional que sea, por una luciérnaga.

1 de febrero de 1975

 

 

 

Comentarios (4)

  1. Avatarsilvia lucia o lucia de montecastro

    Muy bueno don Juan Salinas. Siempre hay que recordar a este rebelde, siempre. Silvia Lucía

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  2. AvatarHans R

    Yo he visto esas noches de luciérnagas ! Durante las noches de enero !
    Y también recuerdo la infinidad de mariposas en febrero !
    Ocurría a fines de los 60 ‘ y principios de los 70 ‘.
    Desaparecieron abruptamente a fines de los 70 ‘. Aún lo conservo en mi memoria.
    Gracias por esta Literatura !

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  3. Avatarclaudia

    Increíble reflexión. Inmortal y atinada para este nuevo tiempo de extinción.
    Y como los democristianos italianos, también por aquí dejamos de prestar atención al habla, que estaba mutando y gritándonos alertas. Se venía el vacío (quizás le habíamos abierto puertas, displicentemente… cuando dejamos de escuchar las discrepancias de pocos grados de ángulo del que estaba a nuestro lado). O quizás los que debimos corcovear permanecimos estáticos, convencidos de la inmanencia del mundo luciérnaga.
    Quienes creían ser poseedores del poder (y no sus instrumentos) no percibieron tampoco que Éste contaba con buenos fumigantes.
    Y así estamos. Ahora somos cigarras. Alborotando en las noches de calor con historias sobre míticas luciérnagas. Hasta que la próxima generación masificada ya ni las crea, y menos aún, las repita.

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  4. Pingback: 28 de Abril – Una introducción al artículo de Pier Paolo Passolini: “El vacío de poder” o “el artículo de las luciérnagas”. Por Juan salinas | Comisión de Exiliados Argentinos en Madrid (CEAM)

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