PSICOANÁLISIS Y FEMINISMO EN CHINA. Un libro clave de Julia Kristeva

Eran las chinas de Mao: se reedita un libro pionero de Julia Kristeva

Kristeva

POR PABLO E. CHACÓN

Años después de recorrer algunas ciudades y lugares de China, invitada por el Partido Comunista de ese país, la lingüista y psicoanalista búlgara Julia Kristeva escribe un libro, “Mujeres chinas”, en base a notas y entrevistas que hizo in situ sobre la condición de esas mujeres durante el tramo final de la revolución cultural lanzada por Mao Tse Tung en 1966, contra los automatismos burocráticos que según el Gran Timonel estaban estragando el régimen inaugurado en 1949.

Ese libro, publicado ahora en castellano por la editorial Capital Intelectual, tuvo una primera versión en 1977, tres años después del viaje, y otra en 2000, que preceden a esta edición, fechada en un momento en que la centralidad política de China es notoria, como era notoria también a principios del tercer milenio, y como notorio es el papel que las mujeres han jugado en ese país.

El viaje tuvo lugar en 1974, y junto con la autora de “Los samuráis” viajaron su marido, Philippe Sollers, Marcelin Pleynet, Roland Barthes y Francois Wahl. A último momento desistió Jacques Lacan y un poco antes, el cubano Severo Sarduy. Kristeva, Sollers y Pleynet eran miembros de número de la revista Tel Quel, donde ocasionalmente colaboraban Barthes y Sarduy.

Atraída tanto por el psicoanálisis como por la lengua china, Kristeva estuvo a punto, por propia confesión, de convertirse en sinóloga; de hecho, tenía una licenciatura en chino y una fascinación inocultable por esa civilización, mucho mayor que por la política de ese momento, que había hechizado a Sollers y a Pleynet. Barthes y Wahl mantenían cierta distancia irónica.

El pulso del libro (entonces en Europa y los Estados Unidos el feminismo era una fuerza en crecimiento) intenta, entre otras cosas, poner a prueba la consistencia de algunos conceptos propios de Occidente en esas tierras, organizadas según otro lenguaje, otras categorías, otro modo de entender los lugares, de las mujeres y de los hombres también.

“Extraña época, feliz y bien mirada, lúcida, donde se podía pensar la política como utopista, lo que significa tomando riesgos personales y asumiendo los peligros de los atolladeros franceses proyectados en fantasmas chinos”. Exiliada de la Bulgaria comunista, Kristeva admitía el impulso que Mao había dado al “feminismo” chino, pero desconfiaba de cualquier paraíso en la tierra.

Las derivas de sus compañeros de viaje no fueron menos singulares. Barthes las dejó por escrito en su “Diario de China”. Sollers con una suerte de catolicismo heterodoxo que despuntó luego de ese viaje y se materializó en el cierre de Tel Quel, la fundación de la revista L’Infini y la publicación de su opus, “Mujeres”, en 1984, donde a la par que se nutre del pensamiento chino, termina un ciclo de “vanguardia” y retorna, como nunca antes, a Dante y a sus estudios de teología.

En China, constata la autora, la identidad de género no tiene sentido porque no existe nada que recuerde al concepto de identidad; además existe una “filiación matrilineal” de la cual, avanzado el modelo de capitalismo de estado posmaoísta, el dispositivo patriarcal mantuvo muchos elementos.

Esa partición, ¿obedece a alguna causa eficiente, o a algún fundamento? En principio, no obedece al monoteísmo indoeuropeo, representado por la función paterna, por la filiación patrilineal y por la prerrogativa del nombre del padre bajo el dominio de una autoridad simbólica. Eso es parte del universo de discurso de Freud más que de Lacan, que dudaba que alguna vez el psicoanálisis pudiera entrar a China.

Pero ha pasado mucha agua bajo el puente. Y de hecho había entrado, temprano, en 1910, y se conoce una misiva del creador del psicoanálisis a Zhang Shizhao, de 1929. Esas investigaciones, que no contaban con la ayuda del estructuralismo, quedaron truncas con la revolución de 1949 y eran obsoletas para la época de la revolución cultural.

Kristeva escribe que “en China se realizó una revolución de las estructuras elementales del parentesco, como consecuencia de la difusión del matrilineado (…)”. Y de un orden feudal más agrario que urbano, más sedentario que nómade. Y se pregunta: “¿En qué consiste la ‘filiación matrilineal’ en la China antigua? Se trataría de un intercambio restringido entre dos grupos exógamos (dinastía de los hombres, dinastía de las mujeres), regulado por la filiación matrilineal”.

La desventaja, para los hombres, si la filiación sigue el linaje materno, es compensada por el “poder político” patriarcal. Ese patriarcado se fue haciendo más fuerte con las mutaciones comunitarias posteriores pero las mujeres, incluso bajo esas condiciones, nunca se identificaron con la noción de “segundo sexo”: resistieron, la mitad del cielo y el misterio de la creación era de ellas.

En el tercer milenio, las mujeres chinas son profesionales, urbanitas, muchas han estudiado fuera de su país, y ninguna parece tener dudas de que su país es la potencia emergente del futuro. Los hombres no padecen síndromes de aniñamiento (si se lo pudiera llamar así, como lo llamaba Héctor Libertella), y el psicoanálisis tiene su lugar.

Kristeva ha publicado una suerte de arqueología inmediata de lo que llegó y del futuro. Entender cuál es el resorte para que esa práctica sea posible bajo una lengua saturada de ideogramas, es tan complejo como entender cómo operan las estructuras elementales del parentesco en una sociedad en mutación permanente: como el I Ching o aquello de que un golpe de dados no abolirá el azar. Este es un libro-mojón o un libro pionero.

Comentario (1)

  1. José Mercado

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