FELIPE GONZÁLEZ: Siempre fue un mocordo pero lo disimulaba

En 1982 comencé a trabajar en el Diario de Barcelona. El director era un catalán nacido en Montevideo, Luis Llovet, al que le gustaba irse a cenar a las noches con obispos y empresarios. Tenía un pequeño grupo de periodistas al que les confiaba los editoriales, que eran pequeños (de 28 líneas en el papel pautado) e iban en la parte inferior de la portada, por lo que se los llamaba “delantales”. Muchas veces me dijo “Urtasun (el segundo apellido de mi padre, que utilizaba para que los militares argentinos no tomaron represalias con mi hermano Luis, que estaba en el “pabellón de la muerte” de la U-9, la cárcel modelo de La Plata) hazte cargo del delantal”. Aproveché esas prerrogativas para hacer una campaña desaforada a favor del candidato del PSOE, Felipe González, lo que me costaría caro. Pero esa es otra historia. No lo es que por entonces mi padre, Antonio Salinas, visitó Barcelona. Me llevaba muy mal con él, al punto de que me había echado de casa a comiezos de 1971 (habia vuelto, derrotado, al hacer la colimba en La Tablada, en 1974, y me había vuelto a ir a fines de ese año, al departamento “quemado” del Pasaje Virasoro en el que habían iniciado su vida de casados mis amigos Enrique Osvaldo “Keny” Berroeta y Julia Ruiz), pero estábamos once años después y él había venido -ido- a Barcelona solo para visitarme. Mi padre, como su padre Constantino, siempre había sido militante del PSOE y del Partido Socialista Argentino de Alfredo Palacios… pero nunca había roto relaciones con (Norte) Américo Ghioldi. Lo recuerdo enviando muchas cartas del PSOE histórico a otros españoles residentes en Argentina. Pues bien, aquella vez invité a mi padre a cenar al Agut del Gótico, y allí mi padre me dijo que había estado reunido con Luis Yañez, un íntimo de Felipe González y el mayor experto en relaciones internacionales del PSOE, y que había roto el carnet. “Esos no son socialistas ni son nada”, me dijo aquella noche, la anteúltima vez que nos vimos, ya que moriría poco después, en plena guerra de Malvinas, con un hijo preso, dos exiliados y otro soldado, en Río Gallegos, es decir en el “teatro de operaciones” de la contienda.

Muchos años después, fue el vasco Nicolás Redondo, durante largos secretario general de la socialista Unión General de Trabajadores (UGT) a la que estuve afiliado como mi padre y mi abuelo, quien dijo, muy dolido, que había tardado mas de dos décadas en caer en la cuenta de que Felipe, llamado hasta entonces en la clandestinidad “Isidoro” y su alter ego Alfonso Guerra, en vísperas del congreso de Suresnes (Francia) habían arreglado no sólo con Willy Brandt (el líder socialdemócrata alemán) sino también con la CIA, con cuya ayuda desplazaron y dejaron fuera de todo a los exiliados del PSOE histórico.

He sido un tonto útil al hacerles la campaña con genuino entusiasmo. Hasta el punto de que eso me costó que me echaran del diario. Comencé a darme cuenta de que me comía los mocos tan pronto se difundió el eslogan adoptado por “Felipillo” (como le decían en Argentina) y Guerra para resistir la propuesta de la derecha de que España ingresara en la OTAN: “De entrada no” me recordaba a la negativa ritual de algunas niñas antes de entregarse al fornicio. Tal cual, apenas ganaron las elecciones. Felipe y Alfonso cambiaron de posición y metieron a España en la OTAN.

Dicho todo esto, y rogando que las compañeras no me fulminen por no ser políticamente correcto, publico esta nota firmada por Javier Ortiz

Felipe González: el hombre que necesitaban

 

Una revista argentina de gran tirada me pidió, allá por 1996, que trazara un “perfil” de Felipe González. Éste es el texto que les envié y que publicaron:

A comienzos de los años 60, el Pentágono ya era consciente de que el régimen de Franco difícilmente sobreviviría a su sangriento fundador. Según sabemos hoy gracias a la desclasificación de los documentos oficiales norteamericanos de la época, Washington comprendió que era necesario ir preparando una sucesión al franquismo que no pusiera en peligro los intereses norteamericanos en España, país de primera importancia estratégica de cara al Mediterráneo.

Trazó un plan. Sin prisas. No se trataba de ponerlo en práctica de inmediato. Habló con sus socios socialdemócratas europeos: con los alemanes, con los italianos, con los suecos, con los franceses. Fijaron en comandita un retrato-robot del partido y del líder que les hacía falta para conseguir que, cuando no quedara otro remedio, en España pudiera cambiar todo y todo siguiera igual, según la máxima lampedusiana.

Entretanto, su hombre se paseaba por Lovaina (Bélgica) en busca de patronazgo.

Había nacido en Sevilla el 5 de marzo de 1942 y pasado una infancia y una primera juventud sin sobresaltos. Antifranquista, se había cuidado de disimularlo. La Policía política no encontró nada molesto en él, básicamente porque él no hizo nada que pudiera molestarla. Con los libros de Derecho aún bajo el brazo, marchó a Bélgica. «Si la democracia cristiana europea le hubiera ofrecido una beca, se habría hecho democristiano», dice quien ejercía entonces de responsable de las Juventudes Obreras Católicas en Lovaina. Fue la socialdemocracia alemana la que reparó en él, y se hizo socialista. En 1962 entró en las Juventudes Socialistas. Y dos años después, en el PSOE.

Llegaba a su término la década de los 60 cuando el núcleo de estudiantes de Madrid con los que González trabó pronto contacto acudió a la Embajada de los EEUU en la capital de España a ofrecer sus servicios para combatir «contra la creciente influencia comunista en la Universidad», según consta en un mensaje reservado –hoy público– que la legación diplomática estadounidense remitió de inmediato a sus jefes. Washington decidió apoyarles de cara a una meta más amplia: acabar con la vieja y anquilosada dirección del socialismo español y ponerla en sus manos. El objetivo lo lograron en 1974, en el Congreso que el PSOE celebra en Suresnes, cerca de París.

A partir de ese momento, la maquinaria de la poderosa socialdemocracia europea, con respaldo norteamericano, se pone a la obra. Dedica ingentes cantidades de dinero a promocionar al nuevo PSOE y a su líder. Lo pasea por Europa y consigue que en España la Policía no estorbe sus actividades. Cuando Franco muere, el tinglado aún no está del todo a punto, pero sí lo suficientemente rodado. González se aprovecha de las debilidades del Partido Comunista de España, dispuesto a cualquier cosa para conseguir su legalización, y lo embarca en la empresa de la reforma del régimen franquista. En las primeras elecciones dignas de ese nombre –pero que se celebran cuando aún algunos partidos políticos siguen en la ilegalidad–, el PSOE de González queda en segundo lugar, por detrás del partido de los franquistas reconvertidos en demócratas, pero el PCE queda prácticamente fuera de juego. En 1982, González logra vencer y obtiene mayoría absoluta: es la culminación de lo planeado más de veinte años atrás.

Lo ocurrido durante los casi 14 años posteriores de Gobierno felipista es sabido: España culmina su integración en la OTAN, entra en la CE (ahora UE) y se adhiere plenamente a las doctrinas económicas imperantes en los organismos internacionales del ramo: FMI, OCDE, Banco Mundial, etc. La modernización del país, real, conduce a la desindustrialización y al paro creciente. El PSOE se instala entre banqueros y especuladores, convirtiendo el monetarismo en dogma de fe. Arrogante, cree que puede acabar con el terrorismo de ETA por la vía rápida y pone en marcha los GAL, nombre que encubre el terrorismo de Estado y que certifica la muerte de 28 personas, algunas ajenas a ETA, secuestradas o asesinadas por error.

Algunos han creído ver en todo ello un proceso de degeneración: del socialismo juvenil al neoliberalismo rampante. No hay tal. «El Poder no corrompe; sólo desenmascara»: la observación de Rubén Blades encaja a la perfección referida a González. De joven fue ambicioso, marrullero, simpático, guapo, listo, nulamente escrupuloso, sin principios, visceralmente anticomunista. Con el tiempo se ha hecho más viejo y menos simpático. En todo lo demás, sigue siendo exactamente el mismo.

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