MURIÓ ALBERTO LAISECA, un gigante irreverente

A los 75 años murió Alberto Laiseca, un gigantón de voz cavernosa que le gustaba asustar al personal. No lo leí demasiado pero me caía muy simpático y tiene uno de los títulos de novela a mi juicio más “bizarros” (como dicen los modernos) y a la vez logrados (infrigiendo la norma de no utilizar gerundios), Matando enanos a garrotazos, y un libro enorme que me provoca curiosidad, Los Sorias. Mi hermano Luis, siempre vivo en mis recuerdos, adoraba este cuento que es tan políticamente incorrecto como el Evita vive en cada hotel organizado, de Perlongher. Que lo disfruten.

 

El gusano máximo de la vida misma

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Ella era gordita, petisa, tetona y vivía en Nueva York. Además era terriblemente distraída. Noten esto porque es importante para la historia. Hacía un calor espantoso y húmedo. La petisa trotaba por las calles sin bombacha. Pero no por puta sino por acalorada. Olvidé decir que tenía un culo de ésos. Sus glúteos, sin el vínculo férreo, sin el dique del calzón, anadeaban que era un gusto. Ver un culo así, de lo más respingón y que no es de uno, causa desazón en el espíritu. Era como el culo movedizo del Tandil. Tampoco tenía corpiño, pero esto porque se había olvidado de ponérselo. Ante cada taconeo (en este sentido era un SS) sus pechos viboreaban a derecha e izquierda, arriba y abajo. Se metió en el subte con intención de bajarse en tal o cual lado. Abrió La tierra baldía, de T. S. Eliot en la página 14 y se puso a leer apasionadamente. Luego de miles de minutos notó muy extrañada que en el subte cada vez había menos blancos y más negros. Al final sólo eran negros y ella la única blanca. Estaban en la calle 99 Oeste o más (ni sé). Era Harlem. Desesperada y haciéndose pis encima del miedo se bajó. Quería encontrar un taxi para que la sacara de allí. Pero no había taxis. Sólo tres negros hermosos, de pijas larguísimas, que la humillaron racialmente. “A esta blanquita nos la manda Santa Claus”, dijo uno. “¡Qué pan dulce lleno de confites!”, declaró otro al tiempo que la manoteaba por atrás moviendo su mano de abajo a arriba. Ella se desasió indignada. “Vamos a sodomizarla, brothers”, proclamó de manera definitiva el tercero. La petisa, con un gemidito de angustia, alcanzó a zambullirse en un taxi providencial. Ya en su cuadra tuvo que recorrer varios metros antes de entrar a su edificio. Merodeando había tres sidacos aburridísimos equipados con jeringas descartables recicladas varias veces. “Qué lindo culo para pincharlo”, dijo uno. “Vamos a meterle el HIV para que dé positivo en los análisis”, declaró otro. “Rápido, que no se nos escape”, proclamó juiciosamente el tercero y se abalanzaron loquísimos, revoleando jeringas como lanceros de Bengala. Ella trató de sacar las llaves, aunque sabía que no iba a tener tiempo de abrir. Pero tuvo la buena suerte de que del edificio justo en ese momento salía una vieja. De un manotazo la apartó, entró y cerró la puerta. La vieja quedó afuera con los sidacos, pero no creo que le haya pasado nada porque no era su tipo. La petisa tetona y culona subió al ascensor jadeando aterrada. Ya en su departamento suspiró aliviadísima creyéndose a salvo. Grande fue su error, porque pegado al techo la esperaba el gusano máximo de la vida misma. Al monstruo le encantaban las gorditas tetonas. Eran sus predilectas. De un salto cayó al piso, cerca de la puerta, haciendo plop. En realidad bien hubiera podido caerle encima y violarla ahí mismo sin falta, pero antes quería jugar un poco con ella por razones de sadismo. Al ver un ser tan horrible, que le bloqueaba la salida, la gordita trastabilló torpemente. Supo que esta vez había perdido. Ella se corría un poquito a la izquierda y el gusano la correteaba hasta allí. Ella, gimoteando, se movía a la derecha y él, casi con ternura, como con amor, la bloqueaba. Ni siquiera intentó gritar pues sabía que era inútil. Ese era un lugar lleno de drogadictos y cornudos. El drogadicto espera a su dealer y el cornudo sólo está preocupado por las encamadas de su mujer, de modo que nadie le iba a dar bola. El gusano máximo de la vida misma la fue arrinconando. En cierto momento la gordita chocó contra su cama y medio como que se recostó sobre ella. Momento muy esperado por el bicho, quien le saltó encima. La tetona gimoteó dulcemente. Se dejó hacer sin resistir, casi muerta de asco. El gusano, con una sorbida, le arrancó las ropas y se las tragó. Una vez que la tuvo completamente desnuda y a su merced, estiró dos pseudopodios con forma de ventosas. Con ellos le empezó a chupar las tetas: primero una, después otra, alternativamente. Hacía slurp, slurp. Aquello era asqueroso y erótico al mismo tiempo. Ya baboseada, un tercer pseudopodio se introdujo profundamente en su vagina. Pero aquel falo no era un operador lacaniano (o sí); no era propiamente una pija pija: era una máquina de vacío que al tiempo que entraba y salía vaciaba de aire la intimidad del útero para luego insuflar líquidos tibios. Así una vez y otra. Dos nuevos pseudopodios se introdujeron en su boca y en el ortex. La gordita, ya totalmente entregada, comenzó a gozar. ¿Qué remedio le quedaba si había perdido, la muy puta (distraída e histérica)? El pseudopodio del culo se hinchaba al entrar y se desinflaba al salir. Uno, dos, tres orgasmos anduvimos bien. Al cuarto la petisa pidió agua. “Basta, me vas a matar.” “Jodéte.” Cuando se desmayaba él la hacía volver a la conciencia. Al orgasmo número catorce tuvo un paro cardíaco. “Muerta soy. ¡Confesión!”, como en las obras de Lope de Vega. Después de comerse todo lo que había en la heladera y bañarse, el gusano máximo de la vida misma se fue.

Son tantos dólares, dijo la mujer. Era prostituta desde hacía dos años. Todavía estaba muy buena, a pesar de tantas cojidas sin amor. Flaca, altísima y con dos grandes gomas. El cliente venía con cara común. Lavadita. Ella, que por lo general era desconfiada, esa vez no dudó. “Soy tuya, bebé”, dijo una vez llegados al departamento, mostrándole sus dos tremendas tetas. Pero él tenía otra intención. Al tiempo que sacaba un cuchillo de enormes dimensiones, como diría el diario Crónica, de Buenos Aires (más que cuchillo era una espada chica), le empezó a explicar que, si bien aún no había matado a nadie, estaba interesado en emular las hazañas de Jack el Destripador. Muchacho tonto: debió destriparla sin más, en lugar de dar tantas vueltas. Ella quedó algo sorprendida. Andaba mal de droga y por eso, un poco ansiosa, no tomo precauciones. La púa estaba en su cartera, a varios metros, y ella desnuda como una estúpida. Si se hacía la fesa y se arrimaba de a poquito el otro la ensartaba. Lo vio en sus ojos. Pero lo que ninguno de los dos sabía era que en el techo, esperando pacientemente, estaba pegado el gusano máximo de la vida misma. A él le gustaban las mujeres, no los tipos, pero al ver el asunto sufrió un ataque pasional de indignación. Hizo plop a espaldas del fulano, se le aferró como una lapa y le largó un misil de corto alcance. Aquel viboráceo fue algo tan inesperado y horrible que el punto largó el cuchillo, levantó los brazos y lanzó un grito de lo más teatral y artístico. Parecía Boris Godunov, en la inmortal ópera de Modesto Mussorski, hacia el final, cuando en su agonía dice: “¡Soy el zar! ¡Soy el zar!”. Cayó a tierra y, como pudo, arrastrándose, salió del lugar con el culo roto. “Supongo que te debo algo”, dijo la flaca. Se acostó en la cama y abrió las piernas. Cosa curiosa: el gusano se deserotizó muchísimo. A él le gustaba tomar sin que le diesen. De todas maneras saltó como una rana y la cazó al mismo tiempo en todos los lugares. La cazó pero poco. La otra tuvo que ayudarlo. Debió multiplicar sus manos para levantar las distintas partes. El monstruo consideró que era una vergüenza que no pudiese sin ayuda y, apelando a su voluntad nietzscheana, al último yoga, comenzó a fornicarla de firme. “Matáme, matáme gusano de mierda, que me gusta.” “¿Querés morir?”, preguntó él muy extrañado. “Siempre y cuando no me hagas preguntas boludas como ésta, sí.” Era tan asqueroso el gusano máximo de la vida misma, que la puta no había podido impedir irse erotizando de a poco. No era como . . . .coger con un punto y ni siquiera con un tipo. Desde que la reventó su primer fiolo que no tenía un orgasmo así. Tuvo uno fuerte, otro menos y le dijo que parase porque no quería desacralizar la novedad. El bicho, que habitualmente no atendía pedidos de clemencia ni de cualquier otra naturaleza, para su propia sorpresa obedeció como una ovejita. En poco tiempo el máximo de la vida misma se transformó en el nuevo fiolo de la flaca. Él la cuidaba de los clientes jodidos, de los que se hacían los fesas y trataban de comer y no pagar, la sacaba de la taquería cuando la yuta se la llevaba (mejor ni te cuento el cagazo de los cobani cuando lo veían aparecer al monstruo en toda su gloria), etcétera. El por primera vez conocía el significado de la palabra amor. Todo terminó cuando una noche, luego de una peregrinación por los techos y azoteas, entró por la ventana y la encontró sobre la colcha, desnuda y muerta por una sobredosis. Tres días estuvo llorándola. Como su flaquita se iba poniendo cada vez más fea por la putrefacción dejó el lugar para siempre.

Cualquier barrio underground le recordaba a su muy amada flaca, así que se fue a la zona cara. En ese derpa había una fiesta cheta y el gusano entró por una ventana pequeñita que imitaba los ojos de buey de los barcos. Cayó sobre la alfombra lo más silenciosamente posible (la música a todo lo que daba lo ayudó mucho y también el hecho de usar su fuerza telepática), pues no quería ser visto y se escondió en un ropero. Desde allí escuchaba las conversaciones pelotudas con ayuda de sus sensores. Tuvo que oír de nuevo el repertorio completo de todas las chapas de levante ya vistas: “¿Tenés el último compact de Peter Gabriel?”, “Una a esta altura no quiere un verso chico y que pac a la lona. Una quiere que la seduzcan” –al oír esto el gusano pensaba: cómo se ve que no te miraste al espejo. Pero si cojerte es hacerte un favor, la concha de tu madre. Esta todavía pretende que la seduzcan. Qué pretenciosa–, “Los otros días aluciné que te había visto. Flaca ¿qué tenés? Sos bárbara”, “Aquí hay mucho ruido, no se puede conversar bien. A la vuelta hay un boliche de un amigo mío”, “Punta y la península de Florida ya me tienen harto. Los norteamericanos no saben la maravilla que tienen en el Oeste”. A las cinco o cinco y media de la mañana se fueron los últimos chichis. El gusano siempre en el ropero: firme como un soldado. La dueña de casa se encamó con su partenaire de la noche. Luego del habitual y consabido orgasmo se pusieron a dormir (¿por qué la gente será tan aburrida para cojer y, sobre todo, por qué dirá tantas mentiras? Si ya sabemos que para el otro no significamos un carajo, ¿por qué mierda siempre siempre nos dirán que somos únicos y que antes que nosotros etcétera? Debe ser que lo hacen para humillarnos con el posterior olvido). Bastante después del mediodía se levantaron, tomaron el desayuno, el tipo se fue y la concheta pasó al baño para darse una ducha. Por supuesto y, como cualquiera puede imaginarlo, allí, pegado al techo la esperaba bla, bli, blu. Sí, pero con un pequeño cambio. Así como la puta de la aventura anterior lo subordinó enamorándolo por una cuestión de clase (mina fuerte, underground, muy propia), la concheta también lo subordinó por una cuestión de clase (de otra clase). Temenos confesar que el gusano máximo de la vida misma era, en el fondo, un acomplejado campesino. Vivieron juntos dos años y dos meses. Ella le decía: “Con vos me pasan cosas fuertes. A mí no me importa para nada que seas un monstruo. Al contrario: mejor, porque es un cachetazo para mi vieja, que siempre me quiso elegir los tipos. Lo que sí me preocupa es tu edad: vos tenés ciento ochenta y cinco años más que yo. Soy una piba y vos un gusano máximo de la vida misma viejo. Tengo miedo de que dentro de algunos años tenga que hacer de enfermera. Pero hasta esto me lo bancaría. Yo necesito seguridad económica. Mi vieja me dio estructura. Mi hombre también me tiene que dar estructura a través de la seguridad. Yo no te pido mucho. Te pido lo mínimo. Una vacación en Florida, Brasil, Bariloche o California o París o Londres por año. Es el mínimo”. Él, cuando le oía decir estas barbaridades, propias de una mina que nunca laburó, se enternecía y al mismo tiempo tenía ganas de matarla. Y un día lo dejó. El gusano máximo de la vida misma debió salir del departamento por el mismo ojo de buey por el que había entrado. No se dejó ni tocar las tetas. “Esto es provisorio”, fue la última boludez que ella le dijo. “Puede durar dos o tres meses. Si lo nuestro es lo bastante fuerte y sólido ya volveremos a estar juntos. Lo nuestro tiene una cosa a favor: es el asunto de los orgasmos. Orgasmos profundos como tuve con vos no tuve con nadie.” Él pensó: Sí, es provisorio. Va a durar sólo dos o tres décadas. Pero esto no se lo dijo. Lo que sí le dijo fue: “Te voy a hacer un horóscopo. Te va a ir muy bien con el tipo de barba con el cual te vas a encontrar”. “¿Qué tipo de barba?” “Uno que ya vas a conocer. Él te llevará de viaje muchas veces, te dará hijos y te hará vivir en un lugar lleno de paisajes. Y ¿sabés? El asunto de los orgasmos, como vos decís… Ahora que tuviste estos orgasmos conmigo los vas a tener con cualquiera. Los veo a los dos, desnudos, en su cama después de cojer, vos a la izquierda y él a la derecha, y vos diciéndole a tu nuevo hombre (el barbudo de Pimpinela): “¿Sabés? Cuando corté con el gusano máximo de la vida misma creí que ya nunca iba a conseguir orgasmos como los que conseguí con él. Y ahora, con vos, los alcancé. Esto me da la certeza de lo que lo nuestro es fuerte y de que yo te amo”.” Todo eso le dijo el gusano máximo de la vida misma a la concheta y era verdad y se cumplió. Lo que no le dijo pero también se iba a cumplir, sólo que veinte años después, era que ella iba a terminar amargada y sola como su madre. Chica poco astuta: debió saber que a las conchetas sus maridos las dejan a los veinte años de casados para andar con minas veinte años más jóvenes que ellas.

 

 

  • El escritor que hizo de la imaginación y el delirio un poderoso universo literario

  • El escritor Alberto Laiseca, una de las voces más originales de la literatura argentina, falleció hoy a los 75 años en la ciudad de Buenos Aires, fue autor de más de 20 libros -entre los que se destaca la mítica novela “Los Sorias”-, tallerista de larga trayectoria y creador de un género literario conocido como “realismo delirante”, con el que generó una importante influencia generaciones de escritores.
    Laiseca nació en Rosario el 11 de febrero de 1941 y pasó su infancia en Camilo Aldao, un pueblo ubicado entre las provincias de Córdoba y Santa Fe que lo declaró Ciudadano Ilustre en 2010.
    Ese lugar lo marcó profundamente por dos hechos fundamentales: fue la zona donde comenzó a imaginar historias y donde experimentó una tormentosa relación con su padre. “La cabeza de mi padre”, uno de sus relatos de terror, da cuenta de esa experiencia.
    En un homenaje realizado en el Centro Cultural Rojas en 2014, Laiseca recordó “estar en el patio de la casa de papá, en un día de verano, sentado en la tierra, imaginando cosas y, también, esperando a mi pandilla, que eran seis chicos con los que salíamos a hacer aventuras. Sus madres me odiaban, porque decían que mandaba más yo que ellas, y era verdad. Esas eran las cosas que me ayudaban a no volverme loco”, relató el escritor sobre el pueblo que lo acompañó en su memoria hasta el último día de su vida.
    Menospreciado por su padre y abandonado a su suerte, Laiseca viajó a Buenos Aires y tuvo que rebuscárselas para sobrevivir: fue cosechero, empleado telefónico, corrector de pruebas de galera, durmió en la calle, pasó hambre, vivió en muchas pensiones, pero nunca dejó de escribir.
    “La pasé muy mal en una época de mi vida. Pensaba mucho en el suicidio, fueron décadas así, hasta que un día unos amigos me prestaron un grabador a cinta. Ahí empecé a hacer relatos, discursos, puteadas. Eso me salvó”, contó alguna vez.
    Gracias a su voluntad desmedida y su imaginación desbordada, fue creando con el tiempo un estilo tan extraño como personal: el llamado “realismo delirante”, un género literario personal que trabaja con la realidad a partir de la exageración y donde las cosas cambian su dimensión para ser miradas, pensadas y narradas desde una nueva concepción espacio-temporal.
    Una de las obras que mejor representa ese género es “Los Sorias” -considerada por Ricardo Piglia como “la mejor novela que se ha escrito en la Argentina desde ‘Los siete locos'”-, donde Laiseca narra la historia de una civilización durante el reinado mundial de tres dictaduras: Soria, Unión Soviética y Tecnocracia. Esta monumental obra de más de 1.300 páginas -la más extensa de la literatura argentina- le llevó diez años de escritura y otros quince para poder publicarla.
    Según sus propias palabras, esa novela representa “la búsqueda de la totalidad”, a partir de una exploración de la naturaleza del poder. En una entrevista concedida a Télam, el escritor sostuvo que “junto con el amor, el poder es una de las cosas más importantes del mundo: la pregunta es qué vas a hacer con él, cómo te vas mover. Mientras estás trabajando para conseguirlo tenés que saber para qué mierda lo querés”.
    Experto en la obra de Edgar Allan Poe y admirador de Stephen King, Laiseca trazó en su literatura una mitología de la magia negra, las ciencias ocultas, la paranoia técnica, las formas de la conciencia, las religiones y la guerra, tema que lo fascinó a lo largo de toda su producción.
    “La guerra es una cosa muy importante para el ser humano, está adentro nuestro”, dijo en otra entrevista para esta agencia.
    Además de consagrar su vida a la escritura de cuentos, poemas y novelas inclasificables como “La mujer en la muralla”, “Matando enanos a garrotazos”, “Aventuras de un novelista atonal”, “La hija de Kheops” o “El gusano máximo de la vida misma”, Laiseca realizó talleres literarios durante más de veinte años, marcados por un trabajo con la imaginación que difiere del método de otros espacios de escritura.
    Selva Almada, Sebastián Pandolfelli, Leonardo Oyola, Leandro Ávalos Blacha, Natalia Rodríguez Simón, Alejandra Zina, Gabriela Cabezón Cámara, Odiseo Sobico, Juan Guinot, Martín Hain, Marcelo Guerrieri, Alan Ojeda y Valeria Tentoni son algunos de los escritores que pasaron por el taller de Laiseca, conocido en ese ámbito como Lai.
    Obsesionado con la Guerra de Vietnam, de la que quiso participar enviándole una carta al presidente Lyndon B. Johnson para que lo dejara ir a pelear contra los “ateos bolcheviques”, esperó más de 50 años para dar su visión del conflicto bélico en “La puerta del viento”, novela publicada en 2014. “Reconozco que esta novela es tan políticamente incorrecta que puede significar el fin de mi carrera como escritor”, dice al comienzo del libro.
    A pesar de haber sido reconocido en su momento por escritores como Fogwill, Piglia y César Aira, Laiseca pasó muchos años en la marginalidad, sin obtener traducciones ni premios, hasta que en 2002 realizó el programa televisivo “Cuentos de terror”, emitido por el canal de cable I-Sat.
    Ese ciclo televisivo, donde se lo puede ver en un cuarto oscuro fumando un cigarrillo y narrando cuentos de Poe, Lovecraft, King, John Collier, Horacio Quiroga y Manuel Mujica Láinez, entre muchos otros, le permitió mostrar sus dotes actorales y hacerse más visible para el gran público.
    Esa primera aparición televisiva lo llevó a trabajar en cine en varias oportunidades: el documental “Deliciosas perversiones polimorfas” (2004), de Eduardo Montes-Bradley; y las películas “El artista” (2009) y “Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo” (2011), de Mariano Cohn y Gastón Duprat.
    “Hay que tener una fe absoluta en la victoria final. Hay que trabajar y trabajar, y también vivir más. Si no vivís más, no vas a escribir mejor”, dijo el escritor en más de una oportunidad.
    Una de sus últimas apariciones en público fue en Dain Usina Cultural, donde presentó “La madre y la muerte”, versión libre del cuento de Hans Christian Andersen “Historia de una madre”, con ilustraciones de Nicolás Arispe. En esa ocasión, emocionado, Laiseca habló sobre el miedo, tema latente en toda su obra: “El miedo te ayuda a crecer no solamente en la literatura, sino en la vida. Lo que pasa es que a veces el miedo puede ser superior a tu destino. Si vas a la guerra seguro te quitás el miedo, pero podés salir muerto”.
    El “Conde Lai”, como le llamaban sus conocidos, configuró una obra fuera de serie atravesada por todos los elementos que lo fascinaban: la literatura de terror, los fantasmas, el esoterismo, la guerra, todas las formas del poder, el humor implacable y, ante todo, el delirio que vive en el fondo de cosas aparentemente normales. Su obra, como su vida, fue única. Ahora solo queda leerlo.
    Los restos del escritor serán velados hoy de 21 a 23 y mañana de 9 a 12 en la Sala Cortázar de la Biblioteca Nacional (Agüero 2502, CABA).

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