EVA PERÓN por quien mejor la conoció, su confesor, el padre Hernán Benítez. Yapa: su último mensaje de Navidad.

El padre Hernán Benítez, fue el confesor de Evita y una de las personas que estuvo más cerca de ella y, también una de las personas que más la amaron, aun sin dejar de tener en cuenta sus defectos. Murió sin revelar (se lo prohibía el secreto de confesión) lo que dijo era “el gran secreto” de Evita (una hipótesis es que haya abortado tras quedar embarazada producto de una relación anterior a su matrimonio con Perón). En “Yo fui el confesor de Eva Perón”, la larga entrevista que le hizo Norberto Galasso, hay dos capítulos -9 y 10- dedicados a hablar sobre ella. Transcribimos a continuación el primero de ellos, titulado “Eva Perón y el dolor de los pobres”.

De yapa, el último mensaje de Navidad de Evita (1951), un texto recopado.

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NG – Padre, ha llegado su sábado más glorioso: Hábleme de Eva Perón.

HB – Existen tres Evas. La primera, según propia confesión, “mala actriz” de teatro y peor de cine, en cambio, se defendía bastante bien por radio. La segunda, la política, que acompañaba a Perón y cuyos dichos no tenían mucho contenido, a decir verdad Pero la tercera era la que tenía pasión social tremenda. ¡Formidable! ¡Qué mujer! Estaba entregada totalmente a los desposeídos, abrazaba a los leprosos, cancerosos, tuberculosos… Yo estaba al lado de ella. yo, pastor de Cristo, me tiraba atrás. Pero ella no vacilaba. se entregaba y lo hacía de igual a igual, como hermana, no como las señoras de la Sociedad de Beneficencia. de los viejos tiempos… A la noche regresaba tarde, a la madrugada. llena de piojos y liendres. ¡Tremendo! Su adhesión a los pobres era bárbara… Mire, hijo, que quiere que le diga, nunca vi algo igual… Y recuerdo que un obispo me dijo una vez: ” No me explico como usted puede defender a una puta”. Perdí los estribos. Le contesté que no dijera barbaridades, que ella era castísima y que yo lo sabía en mi carácter de confesor de Eva. Y ya desbordado le agregué:”Además, ¡ella no se preocupa de decir si usted es puto o no!”.

Eva Perón le ganó a Dios el corazón, no tanto con edificar policlínicos monumentales, ni escuelas, ni hogares de tránsito, ni ciudades infantiles, ni barrios obreros, cuanto con darle su corazón al pobre. Yo la vi derrochar amor a los necesitados, el amor que redime a la limosna de la carga de injusticia que lleva implícita… Si sus aciertos fueron más o menos que sus errores, ¡Que juzgue Dios! Pero es evidente que no por sus errores, sino por su aciertos la amó el pueblo apasionadamente como, por esos mismos aciertos y no por sus errores, la odió el antipueblo. Ela no comprendía que pudiera apellidarse cristiana una civilización que cada año condena a morir de hambre a ochenta millones de personas, en la que los dos tercios padecen desnutrición y el 15 por ciento posee y goza de más bienes que el 85 por ciento restante. Incomprensible estado de injusticia social luego de dos mil años de predicación del Evangelio.

Los Derechos Humanos no eran para Eva Perón un rosario de bonitos apotegmas ni de quiméricos ensueños. La defensa de esos derechos, cuando va de veras, importa un compromiso existencial. Importa una toma deposición. Importa una lucha cotidiana por un orden más justo. Ella no comprendía pudieran defender de verdad los Derechos Humanos quienes usufructúan gozosos los privilegios de la sociedad individualista liberal. La defensa de los Derechos Humanos, desde la vida fastuosa, la mesa regalada. la mansión suntuosa, le parecía insulto cruel al pobre, a Cristo, al Evangelio. Su indisimulada enemistad respec­to a las castas privilegiadas: oligarcas, jerarcas militares, altos prelados eclesiásticos, le nacía de no poder conciliar en su cabeza y menos en su corazón que quienes con las palabras defienden la igualdad y fraternidad entre los hombres,

En Eva se daba la rabia por la justicia. Una implacable voluntad de desterrarla. Lo hacía a la criolla, llevada por la furia santa. Y claro; cometía algunos errores. Al principio, cedió a vengan­zas en el medio artístico y sindical Pero nunca concretó nada memorablemente grave. Yo le pregunté alguna vez, por qué se había alejado de la Eva anterior y se había recluido (políticamente) en esa pasión absorbente de la “acción social directa”, la pasión de su tercera vida. Eva me miró desorientada desde sus almohadas. Pensaba. Yo la había desconcertado con mi pregunta. Era como si le mostrase un espejo que reflejaba a otra persona. diferente de la que ella creía ser. No supo qué decirme.

Después con los años, meditando en el exilio prisión a que me condenaron mis pares por mí imprudencia peronista, llegué a la conclusión siguiente, a ver si me sigue. Cuando Eva sintió por primera vez el misterio -la fuerza- del poder en su mano, como un elemento para ejercer el sagrado mandato del bien, nadie, ni el mismo Perón, la pudo ya sujetar. Fue algo así como cuando se fugó de Junín. ¿Quién la hubiera parado?

Y oiga: en un país y en un tiempo en que el poder no era más que un instrumento para la gloria, el honor, el enriquecimiento personal o el orgullo, Eva vivió la fiesta del poder en su dimensión divina. Lo vivió como un amor supremo, hasta la locura. Hasta la última consecuencia. Ella se sentía representante de los que nunca se habían podido expresar, incluso en tiempos de democracia, las mujeres, los desamparados, los enfermos, los distintos… Sólo unos pocos, incluido por supuesto, el sagacísimo Perón, se dieron cuenta de que en Eva había estallado esa pasión transpolítica, una especie de vuelo místico. Eva, en su genialidad descubría el poder en su dimensión sublime: poder dar. Poder acompañar al que sufre. Poder hacer el bien. Poder alimentar y sobre todo, poder directo, como el de los santos medievales o la madre Teresa de Calcuta.

– ¿Usted entiende que era una santa?

  • No era una santa. No, no lo era. Menos que menos santa de altar. No corre el riesgo de que el Vaticano la canonice. ¡Y a lo que habría llegado en caso de ser santa! No renunció a las riquezas como los santos, pero renunció al orgullo frente al pobre que crea la riqueza. No renunció a los honores pero tampoco los aprovechó para escapar a su clase social dejando a los sumergidos en el atolladero. Fue fiel a su pueblo. Fiel, porque amó al pobre y porque condenó al rico. No a éste por ser rico (ella también lo era) sino por ser enemigo del pobre (ella no lo era).

El amor al pobre, la pasión por la justicia hasta las cimas de la abnegación a que ella las llevó no pueden brotar ni de ambición, ni de egoísmo. ni de oscuro resentimiento social ni de ninguno de los siete pecados capitales. Sólo quien da la vida por sus hermanos los desposeídos y sacrificados puede tener confianza de que ama a Dios de verdad. Y ella dio la vida por los desposeídos y sacrificados. Amaba a Dios de verdad. El odio clasista la cubrió de infamias. Ese odio no perdonó ni sus sacrificios, ni su enferme­dad..,

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– ¿ Qué rasgo la definía a Eva, por sobre todo?

  • La autenticidad, sin ninguna duda. Ella no se iba con vueltas. Esa anécdota que pone Abel Posse en su libro la pinta de cuerpo entero… Yo se la conté…  Era un l4 de julio en que por azar me tocó acompañarla al festejo del día de Francia… Por un azar del tránsito el auto y la escolta se detuvieron frente a un Banco, en la calle Cerrito. Había una viejita mal entrazada, llorando, hablando con unos curiosos. Dio orden de esperar y bajamos. La viejita no entendía ni sabía explicar lo que le exigían en la sucursal del Banco. Le mostró a Eva el documento y entraron en el edificio. Eva caminó a lo largo del mostrador principal llevando por el hombro a la viejita llorosa. De pronto se oyó su voz terrible paralizando a los cagatintas y todo el movimiento del Banco, desde el gerente hasta el ordenanza: “Díganme, señores, ¿quién de ustedes fue el hijo de puta que le dijo a esta señora que vuelva mañana?”.

Ella no se iba con vueltas. Al pan, pan y al vino, vino. Y durísima. Pero en el trato de la residencia era delicadísima. En el largo y doloroso proceso de su enfermedad ganó en espiritualidad hasta en el lenguaje.

Ella bramaba contra los burócratas, contra los obsecuentes. Una mañana estaba furiosísima contra el ministro Méndez San Martín. Me dijo: “¿Quiere conocerlos?” Estábamos en la residencia y el peluquero, ese famoso, la estaba peinando. Entraron los tres ministros. Ella me hizo una seña de complicidad y de pronto, dijo: “Ay, caramba. se me ha caído una perla”. ¿Sabe lo que hicieron los tres? se agacharon y se pusieron en cuatro patas buscando la perla, los ministros. Y ella, mientras la seguían peinando, me miraba de reojo y se sonreía… Al rato, cuando le pareció suficiente la humilla­ción, dijo: “Acá, acá está”. Fin de la opereta. Ella no se iba con vueltas…

– Padre, me interesa aclarar un equivoco acerca del 17 de octubre ¿Participó efecti­vamente Evita ese día, impulsando la movilización popular, como afirman algunos?

  • No, hijo. Ella no intervino. Para nada. Evita no precisa que le agreguemos méritos que no tuvo, para ser lo extraordinaria que fue. Ella carecía de contactos y vínculos como para mover a la gente. Todavía no la conocían. Quiso gestionar la liberación de Perón y un permiso para salir del país, creo que un recurso de amparo y fue a ver a Román Subiza. Cuando vino Perón al Hospital militar, la mañana del 17, yo fui allí y me quedé hasta la noche, que fuimos a la Casa Rosada. Eva no estaba. Perón la encontró en su casa, cuando regresó. Pero si es elemental: los únicos que podían favorecer la movilización eran los sindicalistas, los delegados… Aunque es verdad que ella había dirigido un gremio, el de locutores de Radio.

– Fíjese, Padre, tanto se ha escrito sobre Evita y no se ha acentuado la importancia de que este general que sintetiza Ejército Nacional con sindicatos obreros en un frente único antimperialista, se haya casado precisamente con una gremialista. Del mismo modo, tampoco se recalca la condición de hijos extramatrimoniales que tenían ambos, lo cual suponía humillación y marginación.

Efectivamente, esas condiciones de profesión y de vida parecen simbólicas de lo que fue el peronismo: la irrupción de los desamparados, de los marginados, ajenos al orden legal desde el campo militar y el campo obrero. Qué notable, ¿no es cierto?

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– Dos palabras sobre “La razón de mi vida”.

Lo escribió Penella de Silva, estupendo, muy buen escritor. Ella lo conoció en Europa. durante su viaje. Después él vino a Buenos Aires. Yo tuve a sus hijas en mi curso de Antropología. Penella había escrito unos apuntes para una biografla de la señora de Roosevelt, el presidente norteamericano. ¿Sabía usted eso? Mire que es muy poco conocido. Ella le propuso que los adaptara para relatar su vida. Lo hizo y salió muy bien, requetebién. Pero escrito muy en español. Entonces, los borradores los tomó Mendé. Un escritor simple, sencillo y con un estilo muy de mujer, lo digo sin ánimo de crítica. El libro salió muy bien escrito. Pero tenía muchos inventos, muchas macanas. Mendé lo escribió pensando en quedar bien con Perón. Salieron cosas ridículas. Por ejemplo, en lo que se refiere a los días de octubre del ‘45, donde dice “No te olvides de los descamisados” ¡Qué descamisados ni que ocho cuartos! Él (Perón) no se acordó (de ellos) ese día. Quería el retiro e irse. El libro contiene, entonces, muchas falacias. Fíjese la paradoja. lo digo siempre: ese libro lo leyeron millones de mujeres argentinas, menos una, la que aparece firmándolo.

– Volvamos a la Obra Social. Los opositores decían que era fácil hacer beneficencia con dinero ajeno. También decían que ella era muy orgullosa. ¿Qué puede decirme?

  • Eva no poseía el orgullo de clase que deja al pobre en su pobreza para acentuar la superiori­dad del rico sobre el pobre. Todo su orgullo lo ponía en que el pobre cesara de ser pobre y de necesitar remedio a su pobreza. Para redimir al pobre de su pobreza repartió por millares viviendas confortables, aseguró el trabajo del obrero y lo defendió con avanzada legislación social. Su beneficencia se enderezaba a complemen­tar la justicia social No a engañar a los hambrientos para que se resignaran a la injusticia.

“Reparte lo que no es de ella” decía la oligarquía enfurecida. Y agregaba: “¡Qué gracia. Hacer caridades con plata ajena. Si contáramos nosotros con los recursos de ella, haríamos lo mismo”. Efec­tivamente, ella hacia caridades con plata ajena. pero con sacrificio propio. Ganó el amor del pueblo y el odio del antipueblo, no por la plata que daba, sino por el amor, por la pasión, por los pedazos de corazón que entregaba con la plata.

Yo la vi besar al leproso, besar al tuberculoso, besar al canceroso. Yo la vi distribuir amor. El amor que redime a la limosna de la carga de injuria al pobre que la limosna sin amor lleva dentro de sí. La vi abrazarse a los harapientos y llenarse de liendres y de piojos. La vi sentirse hermana del pobre y no superior al pobre. Por más que sus riquezas, sus joyas y trapos la colocaran tan lejos de la pobreza.

Los oligarcas ponían su orgullo en estar contra el pueblo y contra Evita. Evita ponía su orgullo en estar con el pueblo contra los oligarcas. Las damas de la sociedad no podían decir, como ella decía a cada instante: “Nosotras, las mujeres del pueblo”. Porque las damas de la sociedad son las mujeres del antipueblo. Ella se jactaba de ser pueblo. Y el pueblo sabía que se jactaba con razón. Ella era pueblo. Nada más que pueblo.

– Usted colaboró estrechamente con ella en la Fundación, ¿no es cierto?

  • Sí. Lo hice a partir de mi regreso a la Argentina, a mediados de 1948. Le dije a Evita: “El comunismo es un fracaso. Se habla del comunismo de los cristianos primitivos. Nadie tenía interés en trabajar. Es un fracaso. El capitalismo incentiva. Entonces el hombre trabaja, se esfuerza y termina explotando a los otros. Es otro fracaso. Por eso, la economía no tiene solución. Evita, hay que crear una gran Fundación. La economía individualista unida a una gran Fundación Social puede dar soluciones”.

En la Fundación, hicimos algunas presiones y algunas vengancitas. No éramos ángeles, ni mucho menos, es cierto. Más de cien religiosas y cincuenta sacerdotes servían en las obras de la Fundación. Yo era director espiritual honorariamente. La Fundación fue instrumento de justicia social, de elevación del indigente a la categoría de persona humana… Ninguna legislación aunque sea hecha por ángeles. logrará extirpar del todo de la sociedad las enfermedades, la injusticia. los infortunios, el desamparo. De allí la necesidad de orga­nismos como la fundación.

– Otra aclaración, Padre. últimamente, en el libro “Santa Evita”, de Tomás Eloy Martínez, aparece la cuestión de la candidatura a la vicepresidencia y el renunciamiento de Eva. El autor -escudándose en que se trata de una novela- lo coloca a Perón en papel siniestro enrostrándole el cáncer a Eva para trabar su posibilidad vicepresidencial. ¿Qué opinión le merece esta versión?

  • Supercherías, burradas. ¿ Vamos a ver? Esos insultos, que querías ser ésto o aquello, que hijo de p…, ¡cancerosa.’ ¡Cómo se te ocurre!… Por favor, hijo. Piense en una mujer que está por operarse que debe suponer que tiene algo grave. Piense si está en condiciones de tener ánimo para pelear una vicepresidencia. De ninguna manera. En segundo lugar, observe, para no caer en la estupidez que le digan novelescamente. Ella era infinitamente más que un vicepresidente. La vicepre­sidencia la iba a encasillar en el Congreso. Significaba renunciar a su vocación, a su destino de la Obra Social para reemplazarlo por algo para lo cual ella no estaba preparada. Y ella no tenía un pelo de tonta.

Que internamente aparecieron algunos fuegos fatuos de esos, por la vanidad ¿sabe? Y bueno, ¿quién no lo desea? Era lógico. Pero bastaba tener dos dedos de frente y ella tenía más de cuatro para decir, “no me voy a matar por esa estupidez”

– ¿Algún otro recuerdo sobre Evita?

  • Sí. Quisiera que recordase esto: “El enemigo político vio en Eva Perón lo exterior, lo accidental suyo y le gritó a la cara: demagoga, resentida, odiadora, vanidosa. vengativa… Dios, en cambio, vio su interior, vio la sustancia de su ser, vio el fondo de su alma desbordando pasión de justicia hizo de ella la más célebre, la más famosa mujer de este siglo.

……

Eva Perón y su mensaje de navidad de 1951

 

El siguiente es el mensaje de Navidad de Eva Perón desde su lecho de enferma en la Nochebuena de 1951:

Todos los años, la Nochebuena nos reúne en el hogar inmenso de la Patria. Y como si fuese una cosa ritual e imprescindible siento la imperiosa necesidad de hablar con mi corazón para todos los corazones amigos de la gran fraternidad justicialista.

Esta noche hacemos una tregua de amor en el camino de nuestras luchas y de nuestros afanes; y sólo pensamos en las cosas buenas y bellas que nos ha regalado la vida en el año que se acaba hundiéndose ya como un cometa en el horizonte de la eternidad, dejándonos una estela de recuerdos en el alma.

En todos los hogares del mundo, hombres y mujeres, ancianos y niños de todos los pueblos, en este mismo instante maravilloso están rindiendo homenaje al amor y están encendiendo en sus corazones las lámparas votivas de sus mejores recuerdos.

¿Por qué no hacer lo mismo nosotros en este inmenso hogar que es nuestra tierra? ¿Acaso no somos una gran familia? Preside la mesa invisible de nuestra Nochebuena la figura de Perón, nuestro líder, nuestro conductor y nuestro amigo.

Aquí está, sobre todos nosotros, mirando más allá del horizonte, con la mano firme puesta sobre el timón de nuestros destinos y con su corazón extraordinario, pegado a los sueños y a las esperanzas de su pueblo.

Sobre todos nosotros, que somos y que nos sentimos hermanos porque nos une el vínculo de los mismos ideales y de los mismos amores.

Por eso; porque somos y porque nos sentimos una inmensa familia y porque no podemos evadirnos del sortilegio maravilloso que en esta noche embarga el corazón de todas las familias del mundo, nosotros nos reunimos también en esta medianoche del amor y del recuerdo, para rendir precisamente nuestro homenaje al amor y para dejarnos llevar por los recuerdos del año que ya empieza a morir.

Por eso estas palabras mías se atreven a romper el bullicio o el silencio de la noche, se animan a llegar con su mensaje al corazón de todos los hogares que quieren recibirlas con cariño y se derraman así sobre la mesa invisible de la Patria Nueva, como un canto de amor y de esperanza.

Lo primero que se me ocurre es agradecer a Dios, porque en medio de un mundo casi definitivamente olvidado del amor, nosotros creemos en su poder y en su fecundidad, y nos permitimos anunciar la buena nueva de su advenimiento por el camino del Justicialismo.

Por eso nos regocijamos y nos alegramos en la fiesta de esta noche.

Hace diecinueve siglos y medio Dios eligió a los humildes pastores de Belén para anunciar el advenimiento de la paz a los hombres de buena voluntad.

Sobre aquél mensaje, los hombres de mala voluntad han acumulado diecinueve siglos y medio de guerras, de crímenes, de explotación y de miseria, precisamente a costa del dolor y de la sangre de los pueblos humildes de la tierra.

Y cuando todo parecía perdido, acaso definitivamente, nosotros, un pueblo humilde, a quien la soberbia de los poderosos llamó “descamisado”; nosotros, un pueblo que repite en su generosidad, en su sencillez, en su bondad, la figura de los pastores evangélicos, hemos sido elegidos entre todos los pueblos y entre todos los hombres, para recoger de las manos de Perón, bañado en el fuego de su corazón e iluminado por sus ideales de visionario, el antiguo mensaje de los ángeles.

Salvando las distancias y remedando el cántico antiguo, podríamos decir que Dios ha hecho grandes cosas entre nosotros, deshaciendo la ambición del corazón de los soberbios, derribando de su trono a los poderosos, ensalzando a los humildes y colmando de bienes a los pobres.

Por eso la Nochebuena nos embarga el corazón con la armonía de sus encantos prodigiosos, porque la Nochebuena es nuestra, es la noche de la humildad, la noche de la justicia.

Y el Justicialismo que Perón nos ha enseñado y nos ha regalado como una realidad maravillosa de sus manos, es precisamente eso, algo así como el eco vibrante del anuncio que recibieron los pastores o como el reflejo encendido de la estrella que señaló, en la noche de los hombres, el divino amanecer de una redención extraordinaria.

Esta noche también sentimos que empieza ya a morir el año que termina.

Por eso nos gusta rememorar las alegrías y las penas que nos trajo sobre el hombro de sus días y de sus semanas, y hasta los dolores ya sobrepasados nos parecen esta noche menos amargos.

Acaso, precisamente, porque ya son recuerdos.

Este año que se va nos ha dejado la marca de su paso en el corazón y lo mismo que en todos estos años que van pasando sobre nosotros, bajo la mirada y la protección serena de Perón, la de 1951 es una marca de felicidad.

Yo sé que dentro de muchos años, cuando en esta misma noche los argentinos se dejen acariciar por el recuerdo y retornen sobre sus alas al pasado, llegarán a estos años de nuestra vida y dirán melancólicamente: entonces éramos más felices, Perón estaba con nosotros.

Porque la verdad, la indudable verdad es que todos somos ahora más felices que antes de Perón.

No tanto por los bienes materiales que poseemos, cuanto por la dignidad que nos dio con su esfuerzo infatigable.

Si nuestra felicidad residiese solamente en las riquezas materiales, no tendríamos derecho a ser dichosos.

Pero nos sentimos felices porque en el seno de la gran familia justicialista que formamos, todos somos hijos iguales de la misma Patria, con los mismos derechos y los mismos deberes.

Nos mide a todos, con la misma medida, la vara de la misma justicia.

Nos ampara la bandera enhiesta de la dignidad y nos abraza la generosidad paternal del mismo amor que brota del corazón inigualable de Perón.

Ahora sí podemos abrir nuestro corazón a la palabra ardiente del amor y comprendemos el verdadero sentido de la fraternidad.

No queremos vanagloriarnos con orgullo de lo que somos ni de lo que tenemos, pero en esta noche, propicia para los aspectos del corazón, sentimos la necesidad de decirle a los hombres y mujeres del mundo el sencillo secreto de nuestra felicidad, que consiste en poner la buena voluntad de todos para que reinen la justicia y el amor.

Primero la justicia, que es algo así como el pedestal para el amor.

No puede haber amor donde hay explotadores y explotados.

No puede haber amor donde hay oligarquías dominantes llenas de privilegios y pueblos desposeídos y miserables.

Porque nunca los explotadores pudieron ser ni sentirse hermanos de sus explotados y ninguna oligarquía pudo darse con ningún pueblo el abrazo sincero de la fraternidad.

El día del amor y de la paz llegará cuando la justicia barra de la faz de la tierra a la raza de los explotadores y de los privilegiados, y se cumplan inexorablemente las realidades del antiguo mensaje de Belén renovado en los ideales del Justicialismo Peronista: Que haya una sola clase de hombres, los que trabajan; Que sean todos para uno y uno para todos; Que no exista ningún otro privilegio que el de los niños; Que nadie se sienta más de lo que es ni menos de los que puede ser; Que los gobiernos de las naciones hagan lo que los pueblos quieran; Que cada día los hombres sean menos pobres y Que todos seamos artífices del destino común.

Para que todo esto se consolide como una realidad duradera entre nosotros, seguiremos luchando con Perón, al pie de sus banderas victoriosas, hasta el último aliento que nos dé la vida.

En este año que se acaba, hemos conseguido que Perón nos acompañe otra vez y nos conduzca, en una nueva etapa de la Patria; y nos disponemos a rodearlo con nuestro cariño y ayudarlo con nuestro esfuerzo, para que se cumplan todos los sueños de su corazón.

Yo seguiré a su lado, brindándole también mi cariño, por todos los que lo quieren y cuidando sus espaldas para salvarlo del odio de sus enemigos.

Seguiré a su lado con todos ustedes, mis amigos descamisados, mis compañeros trabajadores; con todos los que se sientan peronistas de corazón.

Seguiré a su lado como la simple y humilde mujer que renunció a todos los honores, porque le gustaba más que su pueblo la llamase cariñosamente: Evita.

Con mis últimas palabras, llega el momento de los augurios y de los deseos.

Aquí, a mi lado, en la cabecera de la mesa familiar que nos reúne a todos bajo el cielo estrellado de la Patria, está nuestro conductor y nuestro líder.

El primer deseo de mi brindis es para él: que sea siempre feliz, que lo acompañe siempre el cariño de todos ustedes, por muchos años, hasta el fin de sus años, porque se lo merece como premio de sus afanes y sus sacrificios.

El otro augurio de mi brindis es para mi pueblo, para todos ustedes; y no puedo expresarlo de otra manera que deseándoles sencillamente que sean muy felices, cada vez más felices.

Y por fin, yo me permito reunir simbólicamente la copa con que brinda cada uno de ustedes con mi propia copa, que contiene la misma sidra humilde, con la misma sencillez de nuestro corazón.

Levanto al cielo con ella los deseos, los sueños y las esperanzas de todos, para que en esta noche prodigiosa el amor infinito los toque con la vara de sus milagros y los convierta en realidad.

Comentarios (2)

  1. carlososomonti@hotmail.com

    BIENESTIMADO PAJARO ROJO !! TUVE LA SUERTE DE CONOCER AL PADRE BENITEZ, Y DE COMPARTIR MUY BELLOS MOMENTOS CON MI FAMILIA !! Los últimos años de su vida, supo pasarla en una casita muy austera, muy cerca de la panamericana, en la localidad de Olivos. Solía escuchar, sus historias, y luego de tomar un café, o un té, me invitaba a pasar a un oratorio pequeño, donde tenía, recuerdos increibles de Evita !! Rezábamos una oración, por ella, y luego continuábamos la charla, donde daban ganas de escucharlo.. y no interrumpirlo nunca !! Era de un coraje y valor extraordinario !! Nunca renunció a sus convicciones !!Aquejado de muchos dolores, en sus piernas, por la artritis, supo irse..!! con una sonrisa, y la paz de los ” grandes hombres “, refejada en su rostro !!Cuando mi bautismo, supe que fui bendecido por el !! A mi madre, la llamaba Santa Elsita !! porque cuando niño, sabía serle muy revoltoso !! Tengo bellas anécdotas de su vida , algunas contadas en el programa de Eduardo Valdés “Café Las Palabras”,en los aniversarios de Eva Perón!! Lo saludo y el deseo un 2017, pleno de proyectos!! osonauta urbano

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  2. Eduardo Lagilla

    Una mujer enamorada y loca de amor lo dio a manos llenas.

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