ACERCA DE RICARDO PIGLIA. Emilio Renzi no tiene quien le escriba

POR HUGO PÉREZ NAVARRO

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“Imposible no pensar ahora, dijo Renzi, –sí, justo ahora–,  en una historia que Piglia me contó hace unos años, una madrugada fresca y sin viento, en uno de esos barcitos rockeros de la Diagonal Pueyrredón, en Mar del Plata.  Lo interesante, si se puede decir así, es que se trataba de algo que yo le había contado a él en los días de Blanco nocturno, porque fue por esa época cuando la escuché de boca de una de las hermanas Belladona. Imposible, digo, no pensar en la historia del viejo General que se quedó sin trabajo porque cerraron la historieta en la que trabajaba o vivía o lo que fuere. El hecho (el cierre de la historieta, no el que Piglia me contara la historia) ocurrió durante los años más intensos del menemismo, un período cruel que los canallas y los idiotas aplaudieron con igual entusiasmo, como suele ocurrir.

La cuestión es que el viejo General se llamaba Juan H. Villaseca y, junto con esa H muda y misteriosa como la N de Leandro Alem, cargaba con un pasado también enigmático, que algunos mentaban como oscuro y otros como vergonzante, pero que siempre dio lugar a infinitas versiones o interpretaciones sobre su vida y sus hazañas.

De esas muchas versiones, que corren por ahí como vidas paralelas pero de un mismo personaje, varias coinciden en que Villaseca nació en el sur de Córdoba, cerca de La Concepción, que entonces se llamaba Fortín Cuatro Ranchos; que se sumó al ejército de San Martín, poco antes del cruce de los Andes, y que participó en las jornadas más gloriosas de la campaña de Chile. Prácticamente todos hacen notar su destacada actuación en Cancha Rayada, donde tuvo la sangre fría y la claridad necesarias para salvar todo lo que podía salvarse, mientras el General Las Heras se esforzaba por entrar en acción, impedido por obra de un tintillo chileno muy pegador o –según otras versiones– por los brazos de una chinita que se le había apencado en Mendoza y había cruzado la Cordillera con uniforme de artillero.

Como tantos soldados de la Independencia, concluida la gesta emancipadora (o su parte en ella), Villaseca volvió a la Patria. Y antes de darse cuenta se encontró a las órdenes del General Bustos, poniendo un cerco defensivo a Córdoba y sumando fuego al incendio desatado por esos días en la todavía joven Argentina.

Como es sabido, las guerras civiles (que, para muchos fueron en realidad capítulos de una guerra nacional, de liberación nacional), no terminaron ni con el predominio de Rosas, ni con la Constitución del 53, ni siquiera con Pavón. Razón por la  cual Villaseca estuvo en acción décadas y décadas. Tras la caída de Rosas pidió el retiro reiteradas veces. Pero los unitarios, luego nacionales, luego crudos, luego pandilleros, luego “gente del pan”, pero siempre liberales, le cobraron sus años federales y lo tuvieron a las vueltas, gobierno tras gobierno.  Con lo que no le quedó otra alternativa más que ir a pelear a la frontera, al sur de La Concepción, hasta más allá del Río Quinto y la laguna del Cuero.

Y esa fue su vida, en la historia o en la historieta, que para el caso resultaba ser lo mismo, sin que nadie, después de ese final triste y solitario, volviera a ocuparse de él. Por lo cual se vio condenado a vivir para siempre, pasando de persona histórica a personaje de historieta.

Porque esto es lo que pasa: los autores crean personajes, los echan a rodar por el mundo y ahí los dejan, condenados a vivir en las páginas de cuentos y novelas o en los metros de película o en los gigas de videos digitales, repitiendo siempre lo mismo si la producción del autor fue acotada, o viviendo una vida interminable una y otra vez. Ni hablar de las reversiones ni de las ventas de derechos que dan lugar a resurrecciones o a contrabandos de sentido o de valores, como ocurrió con Superman cuyo contrato lo obligó a enfrentarse con Batman. O del lastre de los embrollos del autor, que los personajes  deben cargar como propios, como le pasaba a Marlowe cada vez que su autor se quebraba moralmente.

Pero los autores, a pesar de la inmortalidad que les adjudican los críticos, comentaristas y apologistas de suplementos dominicales, se mueren. Se van a dormir,  entran en ese tiempo inagotable que se llama siempre. Parten. Se las toman. Se van a descansar.

Nosotros, en cambio, tenemos que seguir yugándola. Repitiendo o tratando de inventarnos una vida a partir de la vida que nos inventaron. La situación se complica cuando uno está demasiado identificado con su autor.

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Digamos: Cervantes está en una tumba, más allá de los cientos de estatuas, cuadros e ilustraciones que pretenden representarlo, recordarlo y vanamente perpetuarlo. Don Quijote, en cambio, está vivo: apenas uno abre el libro y se encuentra con el Capítulo I, allí está Don Quijote, no Cervantes.

El caso, como digo, se vuelve turbio cuando hay una identificación tan fuerte entre el autor y el personaje. Y este es mi caso.  Después de haberme hecho trabajar (cosa que le agradeceré por toda la eternidad) en varios cuentos y en novelas como Respiración artificial, La ciudad ausente y Blanco nocturno (una experiencia muy loca esta, pero con matices fascinantes), o en El viaje de Ida (que aunque inicialmente lo disfruté, al final me dejó bastante mal), a pesar de todo eso, digo, me cargó la tremenda responsabilidad de sus diarios. Porque, no jodamos: a nadie le importan los diarios de Emilio Renzi, pero sí los de Piglia.

Y esto es lo que ahora, me parece, tengo por delante: repasar mi vida, revivirla una y otra vez en cada lectora, en cada lector, en cada lectura, y tener que hacerme cargo de la autobiografía de Piglia. Es decir…, de la vida de Piglia. Es como mucho, quecomo dicen los pibes.

Piglia siempre me pareció un tipo brillante, y en muchas cosas, un tipo piola. Pero un poco desbordadito, a veces, y no siempre todo lo jugado que pudo haber sido. ¿Por qué? Porque no le hacía falta. ¿Y por qué? Porque para eso estaba yo. Obviamente, jamás me consultó absolutamente nada de lo que iba a hacer o de lo que me iba hacer decir o hacer que hiciera. Yo era el que decía las cosas, el que ponía la cara, como suele decirse.

El problema es que de esa manera se estableció un vínculo tan sin fronteras, tan sólido, tan poco flexible, que, en este momento, aunque sé que yo voy a tener una vida infinitamente más larga que la suya, aunque sé que yo soy el que está vivo y voy a seguir viviendo, tomando buenos vinos y alguna que otra ginebra y tirándome una que otra rubia (aunque después, alguna de ellas tenga que morir, jodiéndome un poco la vida), esta salida suya (es decir, de Piglia) del elenco y del libreto me tensa mucho, me arrastra: me jode más de la cuenta. Es como si me hubiera tocado también a mí.

Por eso quiero hacer constar que, por este acto dejo bien en claro que los Diarios de Emilio Renzi no son otra cosa que los diarios de Ricardo Piglia, quien en un gesto de humildad (toda una novedad en la historia de nuestra “sociedad”, por así llamarle) cargó la cuenta de su vida a mi nombre sin que yo tuviera la oportunidad de decir palabra. Hasta ahora.

Me libero entonces de esa responsabilidad, aunque habrá que ver qué dice el editor. De lo que no me libero ni me voy a liberar es de la sombra luminosa de su presencia, de su maravillosa forma de leer –alguien dice “nos enseñó a leer a todos”–, de su trabajo casi imperceptible, que de modo sistemático me metía en algún bardo del que después me costaba salir o, peor, a veces no quería salir. Pero ese es el destino de los personajes, de los que hacemos sonar la voz de los autores. Hasta que los autores suenan, es decir callan, dejan de sonar. Y de soñar. Y es entonces cuando nosotros, sus sueños, tenemos que seguir viviendo tal como hemos vivido, como si nada, como si todos nuestros días fueran nada.”

Villa Mercedes, San Luis, enero de 2017

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