SAGAS. Memorias de un niñó peronista / 21. Se acabó lo que se daba

De alguna manera, el viaje de Perón a Panamá, la caída de Lonardi y la muerte del padre de los Pérez García parecían estar relacionados, pero a medida que lo fui pensando mejor, me di cuenta de que no podía ser mi tío Rodolfo el causante de todo, como había supuesto en un principio. Mi tío no hacía más que repetir –a su manera, claro– lo último que le hubiera escuchado decir al diariero Miguel o al doctor Rofo, no siempre de acuerdo entre sí.

Mi tío no descalificaba a Lonardi como lo hacía Miguel ni pensaba seriamente que hubiera que echarlo. Lo dijo por decir algo, y porque lo había dicho Miguel.  De igual manera, no iba a provocar la muerte del bueno de don Pedro por llamarlo “Radolfo”, como lo hacía una y otra vez Pablito Serún, que seguía vivito y coleando.

En cuanto a Perón ¿qué podía importarle si seguía en Paraguay o viajaba a Panamá? Mientras no se metiera con la pureza de su vino clarete, al que se le había dado por bautizar “Pistone”, a mi tío le daba lo mismo.

No dejaba de provocarme cierto asombro que después de esos tres magnos acontecimientos del mes de noviembre mi tío siguiera igual a como había sido anteriormente, pues casi todo en el bar y en mi casa parecía haber cambiado. El Mudo fue espaciando sus monólogos telefónicos hasta que el aparato quedó bajo la exclusiva autoridad de Pablito Serún. El diariero Miguel se veía menos malhumorado, casi exultante, como si súbitamente le hubieran desaparecido los callos plantales. El Pelado empezó a llevar prendido en la camisa un escudito con el Cristo Vence igualito al del doctor. Y en la esquina de Carranza y Buffano, de la noche a la mañana, la unidad básica del ruso Kaplan de transformó en una semillería y pajarería en la que los canarios, cabecitas y corbatitas pasaron a ocupar el lugar de los dos inmensos retratos de Perón y Evita.

Como ya dije, mi tío seguía igual que siempre, sólo que ahora obsesionado con su nueva adquisición, el enorme pavo con que se apareció un domingo. Lo dejó en la terraza, junto a los conejos que se reproducían incesantemente entre los canastos de botellas de vino, los cajones de cerveza y un par de guardabarros oxidados; planeaba engordarlo para Navidad.

El cambio más pronunciado pareció ser el del doctor: ya no defendía a Lonardi tan enfáticamente como lo venía haciendo ante los accesos de furor anticlerical que los callos le provocaban a Miguel.

–El presidente provisional abrió una senda de libertad para los argentinos –solía decir antes del 13 de noviembre, refiriéndose al primer presidente bueno. Ahora que gobernaba el segundo presidente bueno, el primero parecía ser no tan bueno.

Miguel reía con pretendido sarcasmo:

–Sí, claro. Con los peronistas en los sindicatos…

–Joven amigo, uno de los aspectos más límpidos de la revolución del 16 de septiembre fue el de constituir la culminación de un clima de resistencia civil incrementada a través de largos años. Se consolidó en un vasto sector de la República el consenso de que el pueblo argentino había sido y seguía siendo engañado, apartándolo de su digna y promisoria trayectoria histórica.

–Los peronistas siguen en los sindicatos –insistía Miguel. Eso había sido lo malo del primer presidente bueno.

El doctor fingía reunir toda la paciencia que Dios le había dado.

–¿Qué pretende, Miguel? ¿Una ola de revanchismo? Bien sabe usted que todos los diputados, senadores, gobernadores y altos funcionarios del régimen depuesto están en prisión, acusados de traición a la patria, asociación ilícita y enriquecimiento desmedido.

Obviamente, Miguel pretendía más.

–¡Por favor, doctor! ¿Cómo puede aceptar que haya en el gabinete un nazi declarado y confeso como Goyeneche, nada menos que en el puesto de Apold, y fascistas como Bengoa, Uranga y Villada Achával.

Yo me afanaba con el lápiz, pero Miguel estaba tan enfurecido que no me daba tiempo a nada.

–Sí –admitió el doctor–, un auténtico monje negro, pero monje negro moderado. ¿No le alcanza a usted con que Vuletich, Espejo y otros gremialistas comprometidos con el peronismo estén en la cárcel o buscados por la Ley, que se haya disuelto el Congreso, intervenidas las provincias, declarados cesantes los miembros de la Corte Suprema, intervenidas las universidades y expulsados más de cuatro mil profesores de simpatías totalitarias? Por no mencionar que desde el intento de huelga general de la semana pasada, nueve mil dirigentes sindicales están presos.

Parece a Miguel que no le alcanzaba.

–Claro –dijo–, pero mientras tanto, el Tirano se pasea por la mansión que el gobierno paraguayo puso a disposición en Villarrica, y Borlenghi, ese siniestro Fouché del bonapartismo peronista, toma sol en Cuba ante la indiferencia de Lonardi y Villada Achával. Y hay otros, como…

El doctor asintió.

–Hay otros, pero debe comprender que ha llegado una nueva hora para los argentinos. La hora de la paz y el respeto por las ideas de todos. El Dictador, responsable máximo del resentimiento popular y principal escollo para la unidad y la concordia, ha sido removido. Quizá quiera volver, pero los mismos peronistas le responderán: “No. Tú no mereces ni el honor de ser llamado ciudadano argentino”.

El doctor había dicho estas palabras con tanto énfasis y apasionamiento, que el Pelado y Carlitos y Alberto Culacciati prorrumpieron en ruidosos aplausos

Sin embargo, para el momento de la muerte de don Pedro, que había enlutado a la rama femenina de mi familia y tenía al borde del llanto a Pablito Serún, el doctor Rofo había comenzado a mostrarse todavía más belicoso que el diariero Miguel.

Fue el mismo día de la asunción de un nuevo presidente bueno. Luego de una discusión con Pablito Serún, mi tío había ido a la terraza para seguir adobando el pavo según le había explicado el doctor.

–No insistás, Pablito. El dotor dijo coñá.

–Pero la Hispiridina is mejor, Radolfo.

–Usted se calla la boca y se viene con la botella de Tres Plumas.

–Pero Radolfo…

–Ni una palabra más. Y vení, ayudame, que el bicho no quiere saber nada con el coñá.

–Me parece que entendiste mal, Rodolfo –dijo el Mudo.

Mi tío giró a medias desde la puerta que daba al pasillo.

–Mirá si me vas a enseñar a cocinar a mí. Justamente vos. Para que sepas, hay que ablandarlo con alcohol para que sea tierno.

El Mudo se alzó de hombros y mi tío siguió a Pablito rumbo a la terraza. Luego de arrojarse sobre el pavo, que en su intento de huir chocaba contra las paredes, Pablito lo sujetaba mientras mi tío le abría el pico para echarle en el garguero media botella de Tres Plumas.

El doctor entró al bar a lo gran señor, por la puerta de la ochava, cuyas ocho hojas estaban abiertas debido a las altas temperaturas de ese día. Lucía radiante en su ambo de casimir inglés cortado a medida en una afamada sastrería de 18 de Julio y, en reemplazo del escudito con el Cristo Vence, llevaba una enorme escarapela patria en la solapa. Según decía, acababa de regresar de la jura del nuevo presidente bueno.

Levantó un palmo su sombrero Orión a modo de saludo y exclamó:

–¡Se acabó lo que se daba! ¡Ya es momento de proceder a la limpieza total de los gérmenes del oprobio!

–¿Qué pasa, dotor? –preguntó el Pelado

–Pasa que luego de la dura pero necesaria etapa de regeneración cívica que acaba de inaugurarse, los gobiernos venideros comenzarán su tarea en una atmósfera incontaminada de totalitarismo.

–¡Muy bien dicho! –aplaudieron Carlitos y Alberto Culacciati.

–Después de la dura lección, que, como ocurre en cualquier parto, aprenderemos con dolor, con el aporte de muchos de los otrora perseguidos, que volveremos a ocupar, por la gravitación de nuestros propios merecimientos, el lugar que nos corresponde en el ámbito público del que fuimos apartados por una dictadura desorbitada…

Mientras el doctor continuaba con su discurso, abrí la libretita y anoté “Otrora”, seguro de que era otra de las dirigentes del Partido Peronista Femenino a disposición de la Comisión Nacional Investigadora, como Juanita Larrauri y Delia Parodi, de las que había oído susurrar a mi vieja y mi tía.

Mi tío volvió al bar y se ubicó tras el mostrador. Echó una mirada hacia la ventana de Gavilán, donde acababan de sentarse el pensionista de doña Carmen y Friedman, su amigo de más allá de Jonte, y fue hacia la cafetera express.

–Un whisky, Rodolfo –dijo el doctor–. Caballito Blanco, que tenemos que celebrar.

Mi tío hizo un café y llenó una tetera de aluminio con un chorro de agua caliente.

–Estamos adobando el pavo, como usté me explicó.

–Muy bien –aprobó el doctor–, pero que sea con cognac.

Mi tío sonrió, sobrador.

–¿Qué te dije?

El Mudo volvió a alzarse de hombros.

–Vos sabrás.

–Claro que sé –y dirigiéndose a mí, dijo–: Nene, limpiá la mesa de De Santis.

Guardé la librerita en el bolsillo y fui hasta la mesa de la ventana de Gavilán. Le estaba pasando el trapo cuando sonó el teléfono. El Mudo se alzó de hombros por tercera vez y Pablito se bamboleó hacia el aparato, arrastrando las pantuflas marrones, apelmazadas, asombrosamente sucias, que habían sido de mi tío y salvado por milagro de las periódicas campañas antisépticas que mi tía llevaba a cabo en el cuartito de la azotea.

Menos el doctor, que bebía su whisky, y De Santis, siempre locuaz, que cuando no bromeaba a costa de Friedman decía piropos a las señoras que pasaban por la vereda, todos en el bar dejamos de hacer lo que estábamos haciendo y prestamos atención a la escena. El cerebro estragado por el alcohol de Pablito y su dificultad para el castellano eran una combinación infalible. Tenía, además, serias dificultades con las distancias, tal vez debido a trastornos oftalmológicos, cerebrales, o simplemente alcohólicos. Manoteaba el auricular de lejos y, en vez de arrimarse a la boquilla, se echaba hacia atrás. El bamboleo era parte esencial, constitutiva, de su personal sistema de conservar el equilibrio, pero al atender el teléfono siempre se echaba hacia atrás. Ahí empezaban los gritos, con el primer “Hola”.

De acuerdo a su experiencia, todos los que llamaban a ese teléfono eran sordos. Pero en tanto ese primer “Hola”, gritado desde más de medio metro de distancia de la boquilla, era inmediatamente seguido de las carcajadas, los abucheos y la rechifla del Mudo, el Pelado, Carlitos y Alberto Culaciati y a veces hasta los del diariero Miguel, Pablito se veía obligado a seguir aumentando el volumen de sus gritos, ya no para hacerse oír, sino para escucharse a sí mismo.

En esa oportunidad, sin embargo, se produjo el milagro: descolgó el auricular y se bamboleó hacia delante.

–Hola –gritó con la boca pegada a la boquilla.

Se bamboleó hacia atrás, soltó el auricular, que quedó colgando del aparato, y siguió bamboleándose hasta el final del mostrador.

–¡Deisanti! –gritó– ¡Taléfono!

De Santis alzó las cejas y se señaló el pecho con el pulgar.

–¡Taléfono! –insistió Pablito Serún, ya casi desentendiéndose del asunto.

De Santis se puso de pie y atravesó el salón, mostrando su asombro a la concurrencia. Entonces Pablito agregó:

–¡Is Perón! ¡Queire hablar con vos o con Fríman!

De Santis se detuvo en seco y palideció. Más allá, pude ver cómo Friedman comenzaba a temblar. Luego de un segundo de vacilación, De Santis bajó la vista y caminó en silencio hacia el mostrador mientras todos festejaban la insólita ocurrencia del borracho. El doctor, en cambio, muy serio, parecía a punto de manotear el teléfono, cantarle cuatro frescas al irresponsable que hacía esas bromas de mal gusto y remitir a De Santis a la seccional de policía.

Lo salvó el pavo.

Además de un hígado del tamaño de una pelota número cinco, el desdichado animal debía tener el cerebro disuelto en alcohol. Fue así que huyendo de las infernales visiones provocadas por el delirium tremens, saltó de la terraza a la calle y aterrizó con un revoleo de plumas, frente a la amplia puerta de la ochava.

–¡El pavo! –gritó mi tío.

El pavo consiguió ponerse de pie, trastabilló hacia la izquierda, trastabilló hacia la derecha y cuando pudo más o menos recuperar el equilibrio, miró hacia el interior del bar, donde todos se habían vuelto hacia él y gritaban tanto como mi tío. El pavo abrió muy grandes los ojos y, aterrado, se lanzó a correr por Lascano en dirección al puente de la avenida San Martín, seguido por mi tío, Pablito, el Pelado y Carlitos y Alberto Culacciati.

En el bar, el Mudo había encendido un Particulares Fuertes y observaba filosóficamente la maratón. El doctor dejó el vaso de whisky sobre el mostrador, convencido de estar siendo víctima de una nueva alucinación, Friedman, pálido, temblaba en su silla y De Santis escuchaba con el auricular en la oreja y el teléfono en su mano izquierda.

Afuera, mientras algunos muchachos del barrio se sumaban a la persecución del enloquecido pavo, Pablito chocó contra una de los postes de la luz y cayó desmayado en la vereda.

Carlitos y Alberto Culacciati consiguieron alcanzar al pavo unas cinco cuadras más allá, en la esquina de Punta Arenas y la avenida, cuando lo atropelló un Leyland.

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