GOBIERNO – CGT. Macristas se equivocan al festejar la virtual fractura de la central obrera

  • Después de las fotos, el análisis de Claudio Mardones para la Letra P.

    El amague del paro profundizó grietas en la CGT, pero también en el Gobierno

     

  • El amague del paro profundizó grietas en la CGT, pero también en el Gobierno

  • El amague del paro profundizó grietas en la CGT, pero también en el Gobierno

  • El amague del paro profundizó grietas en la CGT, pero también en el Gobierno

Los titubeos para ponerle fecha al paro debilitó a los interlocutores cegetistas de Cambiemos, que duda entre los riesgos y beneficios de frenar la huelga. La iniciativa aparece lejos del escenario.

POR CLAUDIO MARDONES / LA LETRA P

La resistencia de la CGT a ponerle una fecha al paro puso en evidencia sus debilidades internas y le confirmó al gobierno el estrecho margen que tiene para evitarlo.  El mayor indicio surgió en la tarde de este martes, cuando las altas temperaturas de la movilización desbordaron hasta el escarnio la tranquilidad que tenían los miembros del triunvirato de la CGT unificada. El choque de una sensación térmica con la otra  sucedió una hora antes de lo previsto y se transformó en una tormenta que arreció cuando los oradores se negaron, con matices, a ponerle fecha a la huelga nacional que ya lleva 30 días de amagues.

El objetivo original de la protesta había sido disparado por la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) junto a los demás gremios industriales para exigirle al Gobierno un cambio en la política económica y el freno a las importaciones indiscriminadas. Ese conflicto, en parte, tiene domicilio en la sede del Ministerio de Producción, manejado por Francisco Cabrera, a quien le achacan dentro del Gabinete Económico la ausencia de una respuesta acorde para evitar que se rompiera la Mesa de Diálogo, abierta el año pasado y clausurada hace un mes por la CGT porque se “quebró la confianza” con los negociadores oficiales y empresarios. Una de las críticas internas contra el ministro de origen mendocino es haber desaprovechado el mes que tuvo para evitar que el reclamo industrial se transformara en una bola de nieve. El malestar creció e implicó una convocatoria unificada de la CGT y el apoyo de las dos CTA para empujar la definición de un paro nacional. 

La fecha del paro no sólo tenía que ver con el cuándo, sino con su concreta realización, que ahora depende del Gobierno. Dentro de la cartera de Trabajo admiten que el diálogo nunca se cortó y en oficinas de la Casa Rosada apuestan a que la nueva foto de una posible reunión profundice la debilidad expuesta del triunvirato. Entre los dirigentes sindicales que reclamaban la huelga nacional y los que realmente estaban dispuestos a hacerla hay, por ahora, una línea imperceptible, que remarcó Moyano dentro de la CGT. El sindicato camionero resulta determinante en el papel que pueden jugar los trabajadores del transporte ante un paro nacional. Están concentrados dentro de la poderosa Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte (CATT) que preside Schmid, de Dragado y Balizamiento y que también tensiona Roberto Fernández, titular de la Unión Tranviarios Argentinos (UTA). Luego del escándalo en el cierre, el jefe del gremio de los colectiveros pidió diez días para que se decida la fecha del paro. Algunos de sus pares lo acusan de mantener una relación demasiado fluída con el ministro de Transporte Guillermo Dietrich y con el dirigente de UATRE Gerónimo “Momo” Venegas, el sindicalista más cercano a Macri, cuyo partido político “Fe” integra Cambiemos. 

Por afuera de las internas del cegetismo, el primer paso lo habían dado los gremios docentes con la marcha masiva del lunes, durante el comienzo de un paro de 48 horas, cuya masividad reforzó el peso que tienen todos los gremios que reclamaron la huelga nacional a los gritos. Ahora se preparan para no perder esa iniciativa.

Las advertencias que retumbaron una y otra vez desde la Avenida Diagonal Sur interpelaron a la conducción de la CGT, pero también acortaron el margen de negociación que podían barajar desde la Casa Rosada y las oficinas del ministro de Trabajo Jorge Triaca.  A su turno, cada uno de los miembros del triunvirato titubeó para hablar del paro nacional. Carlos Acuña, el primero en hablar, mencionó la medida de fuerza a medias. Luego fue el turno de Juan Carlos Schmid, que confirmó el paro, pero no le puso fecha y finalmente Héctor Daer coronó las imprecisiones cuando tuvo un fallido y dijo: “El paro será antes de fin de año, perdón, de fin de mes”.

Cada orador fue el protagonista de un nivel distinto de bronca. Con el final, estallaron algunas escaramuzas frente al escenario y la conducción sindical estuvo demorada por más de media hora para salir del lugar. Cuando lo hicieron, algunos tuvieron que correr más de tres cuadras en medio de los abucheos. Dos de los tres triunviros son parte del Frente Renovador de Sergio Massa y el impacto de la impugación callejera también puede mover el tablero de alianzas que coordina el ex intendente de Tigre.

La escena de cierre de la movilización alentó, dentro del Gobierno, el interés de algunos funcionarios por  incrementar el descrédito del sindicalismo para ganarle la pulseada de marzo. Sin embargo, las notorias evidencias de malestar público demostraron que el optimismo del oficialismo es muy acotado para evitar el paro. También que las posibilidades de retomar el diálogo encierran un costo político mucho mayor que el que podían tener la semana pasada. Para la conducción de la CGT unificada también, que este martes por la tarde afrontó un desgaste muy acelerado, aunque sus miembros tienen escasos siete meses en ejercicio.

Arriba del escenario algunas broncas fueron compartidas, pero en silencio, como en el caso de los gremios cercanos a Pablo Moyano, titular del Sindicato de Camioneros, que este domingo amenazó con dejar la reunificación en caso de que no se confirmara el paro. Ese compás también echó a correr, al calor de discusiones internas que pueden desembocar en el anuncio de una fecha para realizar finalmente la huelga o en un mayor resquebrajamiento dentro de la CGT. La propuesta de las dos CTA, conducidas por Hugo Yasky y Pablo Miceli, apunta al 30 de marzo, a 35 años de la marcha encabezada por Saúl Ubaldini contra la dictadura y por “Paz, Pan y Trabajo”. Una incómoda similitud para el Gobierno y un registro de unidad que el sindicalismo no experimenta hace tres décadas.

Mientras evoluciona esa tensión dentro del mundo confederal, afuera sobrevuelan otros interrogantes. En el Gobierno la incógnita gira en torno a “la productividad” de evitar un paro que parece inevitable. Por ahora, desde Trabajo advierten que no comparten el mismo “diagnóstico” que bramó el sindicalismo en la marcha y contradicen la destrucción de puestos de empleo. Acotan que se trata de “los mismos dirigentes que dicen en privado cosas muy distintas a las que gritan en público”, aunque remarcan que Triaca está “abierto al diálogo”, quizás para relativizar un posible llamado desde el Gobierno a la sede de la calle Azopardo.

Entre los que no estuvieron en el escenario de los insultos, aparece el desafío de capitalizar la potencia y creatividad de un heterogéneo movimiento obrero que en sólo 48 horas ya realizó dos marchas masivas, con alcance nacional, y cuenta las horas para que el Paro Internacional de Mujeres se transforme en una nueva experiencia inédita. Todo ese continente, con nuevas generaciones de asalariados que transitan por primera vez la traumática y masiva pérdida del empleo, es soslayado por la administración del Presidente Mauricio Macri. A su alrededor minimizan ese fenómeno. “Todo está enmarcado en un año electoral”, advierten desconfiados, con la esperanza de que el paro se concrete lo más lejos posible de los comicios de octubre.

La resistencia de la CGT a ponerle una fecha al paro puso en evidencia sus debilidades internas y le confirmó al gobierno el estrecho margen que tiene para evitarlo.  El mayor indicio surgió en la tarde de este martes, cuando las altas temperaturas de la movilización desbordaron hasta el escarnio la tranquilidad que tenían los miembros del triunvirato de la CGT unificada. El choque de una sensación térmica con la otra  sucedió una hora antes de lo previsto y se transformó en una tormenta que arreció cuando los oradores se negaron, con matices, a ponerle fecha a la huelga nacional que ya lleva 30 días de amagues.

El objetivo original de la protesta había sido disparado por la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) junto a los demás gremios industriales para exigirle al Gobierno un cambio en la política económica y el freno a las importaciones indiscriminadas. Ese conflicto, en parte, tiene domicilio en la sede del Ministerio de Producción, manejado por Francisco Cabrera, a quien le achacan dentro del Gabinete Económico la ausencia de una respuesta acorde para evitar que se rompiera la Mesa de Diálogo, abierta el año pasado y clausurada hace un mes por la CGT porque se “quebró la confianza” con los negociadores oficiales y empresarios. Una de las críticas internas contra el ministro de origen mendocino es haber desaprovechado el mes que tuvo para evitar que el reclamo industrial se transformara en una bola de nieve. El malestar creció e implicó una convocatoria unificada de la CGT y el apoyo de las dos CTA para empujar la definición de un paro nacional. 

La fecha del paro no sólo tenía que ver con el cuándo, sino con su concreta realización, que ahora depende del Gobierno. Dentro de la cartera de Trabajo admiten que el diálogo nunca se cortó y en oficinas de la Casa Rosada apuestan a que la nueva foto de una posible reunión profundice la debilidad expuesta del triunvirato. Entre los dirigentes sindicales que reclamaban la huelga nacional y los que realmente estaban dispuestos a hacerla hay, por ahora, una línea imperceptible, que remarcó Moyano dentro de la CGT. El sindicato camionero resulta determinante en el papel que pueden jugar los trabajadores del transporte ante un paro nacional. Están concentrados dentro de la poderosa Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte (CATT) que preside Schmid, de Dragado y Balizamiento y que también tensiona Roberto Fernández, titular de la Unión Tranviarios Argentinos (UTA). Luego del escándalo en el cierre, el jefe del gremio de los colectiveros pidió diez días para que se decida la fecha del paro. Algunos de sus pares lo acusan de mantener una relación demasiado fluída con el ministro de Transporte Guillermo Dietrich y con el dirigente de UATRE Gerónimo “Momo” Venegas, el sindicalista más cercano a Macri, cuyo partido político “Fe” integra Cambiemos. 

Por afuera de las internas del cegetismo, el primer paso lo habían dado los gremios docentes con la marcha masiva del lunes, durante el comienzo de un paro de 48 horas, cuya masividad reforzó el peso que tienen todos los gremios que reclamaron la huelga nacional a los gritos. Ahora se preparan para no perder esa iniciativa.

Las advertencias que retumbaron una y otra vez desde la Avenida Diagonal Sur interpelaron a la conducción de la CGT, pero también acortaron el margen de negociación que podían barajar desde la Casa Rosada y las oficinas del ministro de Trabajo Jorge Triaca.  A su turno, cada uno de los miembros del triunvirato titubeó para hablar del paro nacional. Carlos Acuña, el primero en hablar, mencionó la medida de fuerza a medias. Luego fue el turno de Juan Carlos Schmid, que confirmó el paro, pero no le puso fecha y finalmente Héctor Daer coronó las imprecisiones cuando tuvo un fallido y dijo: “El paro será antes de fin de año, perdón, de fin de mes”.

Cada orador fue el protagonista de un nivel distinto de bronca. Con el final, estallaron algunas escaramuzas frente al escenario y la conducción sindical estuvo demorada por más de media hora para salir del lugar. Cuando lo hicieron, algunos tuvieron que correr más de tres cuadras en medio de los abucheos. Dos de los tres triunviros son parte del Frente Renovador de Sergio Massa y el impacto de la impugación callejera también puede mover el tablero de alianzas que coordina el ex intendente de Tigre.

La escena de cierre de la movilización alentó, dentro del Gobierno, el interés de algunos funcionarios por  incrementar el descrédito del sindicalismo para ganarle la pulseada de marzo. Sin embargo, las notorias evidencias de malestar público demostraron que el optimismo del oficialismo es muy acotado para evitar el paro. También que las posibilidades de retomar el diálogo encierran un costo político mucho mayor que el que podían tener la semana pasada. Para la conducción de la CGT unificada también, que este martes por la tarde afrontó un desgaste muy acelerado, aunque sus miembros tienen escasos siete meses en ejercicio.

Arriba del escenario algunas broncas fueron compartidas, pero en silencio, como en el caso de los gremios cercanos a Pablo Moyano, titular del Sindicato de Camioneros, que este domingo amenazó con dejar la reunificación en caso de que no se confirmara el paro. Ese compás también echó a correr, al calor de discusiones internas que pueden desembocar en el anuncio de una fecha para realizar finalmente la huelga o en un mayor resquebrajamiento dentro de la CGT. La propuesta de las dos CTA, conducidas por Hugo Yasky y Pablo Miceli, apunta al 30 de marzo, a 35 años de la marcha encabezada por Saúl Ubaldini contra la dictadura y por “Paz, Pan y Trabajo”. Una incómoda similitud para el Gobierno y un registro de unidad que el sindicalismo no experimenta hace tres décadas.

Mientras evoluciona esa tensión dentro del mundo confederal, afuera sobrevuelan otros interrogantes. En el Gobierno la incógnita gira en torno a “la productividad” de evitar un paro que parece inevitable. Por ahora, desde Trabajo advierten que no comparten el mismo “diagnóstico” que bramó el sindicalismo en la marcha y contradicen la destrucción de puestos de empleo. Acotan que se trata de “los mismos dirigentes que dicen en privado cosas muy distintas a las que gritan en público”, aunque remarcan que Triaca está “abierto al diálogo”, quizás para relativizar un posible llamado desde el Gobierno a la sede de la calle Azopardo.

Entre los que no estuvieron en el escenario de los insultos, aparece el desafío de capitalizar la potencia y creatividad de un heterogéneo movimiento obrero que en sólo 48 horas ya realizó dos marchas masivas, con alcance nacional, y cuenta las horas para que el Paro Internacional de Mujeres se transforme en una nueva experiencia inédita. Todo ese continente, con nuevas generaciones de asalariados que transitan por primera vez la traumática y masiva pérdida del empleo, es soslayado por la administración del Presidente Mauricio Macri. A su alrededor minimizan ese fenómeno. “Todo está enmarcado en un año electoral”, advierten desconfiados, con la esperanza de que el paro se concrete lo más lejos posible de los comicios de octubre.

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