GOLPE – PIGLIA. El ominoso clima instaurado por la dictadura en el último texto del gran escritor

Clarín afirma que Ricardo Piglia escribió este texto el mismo día en que murió. Puede ser (cuando Clarín dice que el día está espléndido, pienso dónde puse el paraguas). Lo cierto es que decribe a la perfección el clima ominoso en que estábamos sumergidos luego del golpe de marzo de 1976. Piglia no militaba, pero había estado relacionado en el pasado, me parece (pueden corregirme), con Vanguardia Comunista, y tenía un lógico temor. Los dejo con él.

“Durante años viví cerca de la biblioteca del Congreso y la convertí en mi sala de lectura nocturna. El lugar estaba abierto toda la noche y ahí me encontraba con los desesperados de la ciudad, eran los años de la dictadura. En 1977 mi amiga Sylvia Coppola, hija de la fotógrafa Grete Stern y Horacio Coppola, me alquiló su departamento en Bartolomé Mitre y Rodríguez Peña. Ella se exilió en París y me dejó instalarme en su guarida. Cambiar de barrio es descubrir otro mundo. La zona de las inmediaciones del Congreso estaba llena de vida; había bares, librerías que yo recorría como si fuera nuevo en la ciudad. Yo me había movido siempre en el cuadrado que formaban Avenida de Mayo al sur, Avenida Santa Fe al norte, al oeste Callao y al este la 9 de Julio. Ese era mi territorio.

De modo que ahora vivía cerca de la frontera y no me aventuraba, en lo posible, a las zonas que quedaban cruzando la Avenida de Mayo. Esas eran las estrategias que servían para sobrevivir: nunca internarse en tierra ajena (como dice Fierro: “Es triste dejar el pago y largarse a tierra ajena”). ¿Pero que era en esos años el pago y la tierra propia? No había respuesta. Cada cual se imaginaba su refugio en la intemperie sin fin. Igual yo veía desde la ventana el palco del Congreso. Cada tanto los militares tiraban una alfombra en las escalinatas para recibir a los canallas que formaban la comisión consultiva integrada por sus aliados civiles. Pero nadie daba el menor signo de reconocimiento a esa ralea. La plaza seguía desierta y hasta los jubilados se retiraban del lugar. Esa ceremonia siniestra se realizaba en total soledad.

En esos años yo trabajaba en la vida de Enrique Lafuente que había formado parte del Salón literario junto a Echeverría y Alberdi. Lafuente no se exilió como sus compañeros de generación. Permaneció en Buenos Aires y se hizo el federal para ganarse la confianza de Rosas y llegó a ser escribiente supernumerario en la secretaría del gobernador donde tenía acceso a documentos de carácter reservado. Infiltrado en los ambientes de El Restaurador, pasó información clandestina a los exiliados en Uruguay donde más tarde se exiló el mismo. Luego pasó a Chile donde fue visto con desconfianza por sus amigos y entonces se embarcó a California atraído por la fiebre del oro. Volvió a Chile desencantado y se suicidó en el cementerio de Copiapó, como un buen romántico, el 9 de septiembre de 1850.

El personaje me sirvió de modelo para Enrique Ossorio, uno de los protagonistas de mi novela Respiración artificial. Tarde en la noche, yo me refugiaba en la Biblioteca y rastreaba a esa figura esquiva y aventurera. Tomaba notas frenéticas y leía periódicos y correspondencia de la época y otros materiales que encontraba con facilidad. El salón de lectura estaba bien calefaccionado y uno tenía la ilusión de que estaba a salvo ahí entre libros. No sé por qué pensaba que los militares no iban a irrumpir en el recinto. Quizás, creía yo ilusionado y sin ningún fundamento, que los iba a intimidar el nombre del lugar. Varios otros noctámbulos pensaban como yo y ahí estaban protegidos porque en esas madrugadas creí reconocer algunos de los seres espectrales que frecuentaban el lugar.

Trabajaba hasta la madrugada, salía de ahí y me metía en la ciudad como una sombra solitaria. Estaba muy aislado entonces. Muy ensimismado. Mantenía una relación tumultuosa con una mujer casada (¿existe la categoría de mujer casada?). Andaba por los bares y bebía un whisky atrás de otro para entontecerme y poder dormir. Ella me despertaba por la mañana, llamaba por teléfono cuando su marido se iba a trabajar. La citaba en el bar del frente, un paulista que ocupaba la esquina de Mitre y Rodríguez Peña. Tomábamos el desayuno juntos y subíamos al departamento y yo le leía tres o cuatro páginas del libro (yo no lo llamaba novela mientras escribía). Ella era una excelente lectora, sus comentarios eran certeros y despiadados. Era, según creo, psicoanalista, tenía un oído muy bien entrenado para delirios como los míos.

La novela se publicó en noviembre de 1980. El año siguiente recibí una propuesta de Princeton para dar unas conferencias así que me embarqué para los Estados Unidos e hice una escala en Venezuela para visitar a mi amigo José Sazbón que vivía en Maracaibo. Recuerdo que para huir del agobiante calor del trópico José ponía el aire acondicionado a una temperatura polar en su oficina en el sótano de la Universidad. Así que en nuestras charlas yo me abrigaba con bunfanda y pulover. José era como Robinson en su isla (en el Ártico). Después seguí viaje a México donde estuve un par de semanas. “¿Cómo podía yo seguir en la Argentina?”, me preguntaban mis amigos. Las explicaciones no bastaban. Me sentía Enrique Lafuente. Pero esa es otra historia. Solo quería recordar ahora esos años difíciles en los que vivía amparado por la luz nocturna de la Biblioteca del Congreso”.

Ricardo Piglia

(Escrito en ocasión del comienzo del ciclo Palabra Viva, el 6 de enero de 2017, día de su muerte)

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