GRECIA – TROIKA: El FMI enfrentado a Bruselas a causa del rescate al país heleno

El FMI opina que la deuda griega no es sostenible y apuesta por una quita, a lo que se opone enérgicamente Alemania,  que por otra parte anuncia que no participará en más rescates si el Fondo no participa. No obstante este  enfrentamiento entre los técnicos del FMI, el BCE (Banco Central Europeo) y el Eurogrupo, todos se ponen de acuerdo en exigir a  Grecia una reducción de  sus prestaciones sociales y aplicar más impuestos. Por enésima vez piden que se reduzca el gasto en pensiones -ahora en un monto equivalente al 1% del PIB- reforma laboral, despidos colectivos, suspensión de convenios laborales,nuevas privatizaciones (la troika ha aportado la lista de las nuevas propiedades públicas que deben privatizar: el aeropuerto de Atenas y 40 centrales eléctricas), y más impuestos a los salarios más bajos. El FMI aun no ha tomado ninguna decisión sobre su participación en el segundo tramo del tercer rescate griego, que debe llegar antes de julio para evitar que el país entre en suspensión de pagos. No obstante, Bruselas espera la bendición de Donald Trump a la participación del FMI en la nueva inyección de dinero que necesita Grecia antes del verano. La deuda del país heleno no para de crecer, y a finales de 2016 llegó al 179% de su PIB. En 1980 la deuda griega era sólo del 22,5% del PIB. En la actualidad, después de siete años de rescate, los griegos son cada vez más pobres y nada indica que la situación vaya a mejorar. Montserrat Mestre.

¿Por qué Grecia está haciendo tambalear los cimientos de la Troika?

PABLO R. SUANZES / EL MUNDO

Los mercados están nerviosos y el rescate griego, en peligro. En los últimos años estas dos frases se han repetido infinitas veces, casi siempre de forma vinculada. La diferencia respecto a situaciones anteriores es que buena parte de esos nervios y esa tensión los ha generado la guerra civil que hay ahora mismo dentro de la Troika.

La situación dentro de la llamada Troika es difícil de entender y de creer. El FMI discrepa absolutamente de las ideas europeas, tanto en la sostenibilidad de la deuda griega como en los rigores fiscales. Alemania se niega tajantemente a la importantísima quita que exige el Fondo, pero también ha dejado claro que no habrá más programa si la institución de Washington no participa. Y en medio queda Grecia, apretada desde todos los frentes, sin aliados e incapaz, como es habitual, de cumplir su parte de los acuerdos.

Atenas lo tiene muy complicado. Es cierto que los acreedores están divididos y muy enfrentados en puntos concretos, pero eso no juega precisamente en su favor. Primero, porque la batalla interna repercute sobre las finanzas helenas y sus perspectivas. Y segundo porque, incluso con el brutal enfrentamiento entre los técnicos y dirigentes de la Comisión, el BCE, el Eurogrupo y el FMI, los acreedores mantienen un principio muy sólido: el enemigo de mis enemigos es mi amigo. Y para desgracia de Alexis Tsipras, ese enemigo sigue siendo él.

Los troikos tienen cerrado defender una posición común. Lagarde y Schäuble coinciden en que Grecia necesita más impuestos y menos prestaciones sociales para alcanzar los exigentes objetivos fiscales impuestos en el Memorando de Entendimiento, que buscan un 3,5% de superávit primario a partir del próximo ejercicio. En concreto, bajar el umbral mínimo para empezar a declarar, reformas a la baja de las pensiones y más privatizaciones. Según Reuters, solicitan a Grecia unos 1.800 millones a través de nuevas reformas hasta 2018 y otros 1.800 millones más adelante.

Grecia se niega, claro. Tsakalotos aceptaría un plan por el que se comprometan a medidas adicionales en caso de incumplimiento, pero no por adelantado, lo que complica muchísimo el acuerdo y la finalización de la segunda revisión del programa heleno. Atenas sólo ha puesto en marcha un tercio de todas las medidas, leyes y reformas que tiene comprometidas. Pero necesita cuanto antes un acuerdo, finalizar la segunda revisión de este tercer programa de ayuda y zanjar el debate sobre la senda fiscal. Con todo ello, en teoría, sus bonos podrían volver a quedar dentro del paraguas del BCE y el país podría beneficiarse directamente de la expansión cuantitativa.

La clave es quién da el siguiente paso antes. Los más duros en el FMI rechazan unirse a un programa que consideran suicida, no aceptan poner más dinero si los Estados Miembros no aplican una nueva y gigantesca quita a la deuda griega y no se fían en absoluto de las predicciones y la laxitud de Bruselas.

El FMI cree que la Comisión Europea y las capitales comunitarias no saben lo que hacen. Que están tan preocupadas por recuperar el dinero que han puesto demasiada cocina en sus cálculos. Sus técnicos, con décadas de experiencia en programas para países en apuros, dicen que la deuda es absolutamente insostenible y que ni con un milagro bajaría a los niveles con los que sueñan los políticos europeos.

Alemania, Holanda (y el Mede, el fondo de rescate) dicen que no es necesario perdonar deuda y que sería una señal pésima, además de un trago inaceptable para sus parlamentos y votantes, y ambos países tienen elecciones este año. Juran y perjuran que con las medidas ya adoptadas la deuda griega es sostenible a largo plazo. Que los vencimientos retrasados y extendidos y los tipos reducidos con los que el Mede (el principal acreedor griego, con 174.000 millones desembolsados ya) trabaja son suficientes.

Hace unos días (NE: el pasado mes de febrero) el FMI publicó un documento durísimo y provocador en que dice que la deuda es «insostenible» y que deja claro que piensa que en Bruselas son unos amateurs. La respuesta llegó el viernes en un artículo de Klaus Regling, director del Mede, en Financial Times. En él, sin eludir la pelea entre quienes deben ser sus socios, el alemán dice que «una mirada sobria a los hechos muestra que la situación de la deuda griega no tiene que ser motivo de alarma». Esto es, que el FMI es alarmista y exagera.

La ecuación es extraña. Washington y Europa discrepan en todo. Pero Berlín se fía más del FMI que de Bruselas en cuanto al rigor y las exigencias presupuestarias. Teme que vuelva a ocurrir lo que ha pasado desde 2010 si el FMI no forma parte del programa. La postura holandesa, siempre a rebufo de la germana, es la misma. Se ha puesto demasiado dinero y sus Parlamentos, en año electoral, no aceptarían más dinero sin garantías absolutas, sin mano dura, y eso pasa indiscutiblemente, según su visión, por la participación del Fondo en la Troika. Sin el FMI no hay trato.

La guerra civil entre los hombres de negro no es cruenta, pero si feroz. El FMI no parece dispuesto a ceder esta vez, no como en los años anteriores. Pero lo que está en juego, además de egos, modelos macroeconómicos y rivalidades políticas es el futuro del país. Y, como sucedió en el verano de 2015, la amenaza de la salida del euro vuelve al tablero.

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