SAGAS. Memorias de un niño peronista extra. Capítulos 33 y 34. Como Superman / Las armas de los trabajadores

POR TEODORO BOOT

33. Cómo Superman

Permanecí un buen rato frente a la casa de mi tía, sentado en el umbral de la puerta del pasillo, esperando el regreso de Friedman y De Santis. En algún momento tendrían que salir de lo de Emilio. Junto a ellos, o después, lo haría el tío Polo, porque no se iba a quedar a vivir ahí.

¿Qué podría hacer Polo todo el santo día encerrado en esa casa?

En su lugar, yo no hubiera tenido problemas, porque había cientos de libros para leer y, aunque aun seguía prefiriendo el Intervalo y El Tony, desde que a mi vieja le había agarrado la loca de comprarme en cuotas una colección de libros con bibliotequita en madera de pino y todo, había empezado a encontrarle el gusto a las novelas de aventuras. Debía haber muchas como La flecha negra, La isla del tesoro, Robin Hood y hasta 20 mil leguas de viaje submarino en la enorme biblioteca de Emilio, pero nunca había visto al tío Polo leer otra cosa que El Gráfico y el Mundo Deportivo.

Evidentemente, tarde o temprano, Polo tendría que salir a la calle. Y yo podría contarle que había conseguido esconder su revólver.

A medida que el sol iba cayendo, empezó a hacer frío. Carlitos y Alberto Culacciati pasaron a mi lado y entraron al bar. Más tarde lo hizo el Mudo. Y ya debían estar adentro el Pelado y muy probablemente el diariero Miguel, que ingresaban por la puerta de la ochava. De un momento a otro, el doctor estacionaría aparatosamente su Oldsmobile junto al árbol de la discordia, tropezaría contra el tacho de basura de don Santiago y, una vez más, volvería a despotricar contra los trabajadores, soliviantados luego de diez años de demagogia. Pero seguía sin haber novedades de Friedman y De Santis y, mucho menos, del tío Polo.

Entré a buscar un pulover y mi tía me agarró justo para tomar la leche. Hizo pan con manteca y dulce Chimbote, del que había reservas inagotables en la heladera del mostrador, dentro de enormes cilindros de cartón. Se comía mucho flan con dulce de leche en el bar de mi tío. Lo hacía mi tía y era de huevo, con agujeritos.

Una vez que terminé, pasé por el bar. Acababa de llegar el doctor Rofo y todos se congregaban a su alrededor.

–…malversaciones de caudales públicos, exacciones ilegales, usurpaciones, daños, fueron delitos habituales en esa década nefasta.

–Pero hubo otros más graves –acotó Miguel–. Acuérdese de…

El doctor no estaba dispuesto a dejar el monopolio de la palabra.

–Sí señor: intimidación pública, instigación al crimen, abuso de autoridad, cometidos por los más altos jerarcas del régimen ante el estupor de la ciudadanía.

“Estupor”. Otra palabra nueva.

Vacilé. Llevaba la libreta y el lápiz en el bolsillo del pantalón, pero era urgente encontrar a Polo y explicarle que su revolver había sobrevivido intacto tanto al allanamiento como a uno de los cada vez más habituales ataques de nervios de mi tía, tan parecidos a los de mi vieja.

Parecía un mal de familia, porque fíjense que, con el tiempo, tampoco mi primo andaría muy bien de la cabeza.

No vayan a creer que lo de mi tía era hereditario. Nada de eso. Sus neuronas hicieron implosión de improviso, por un ataque de esos que dejaban a la gente torcida, provocado por el allanamiento policial o la palabra “bomba” que alcanzó a oír en boca de uno de los marinos mientras permanecía paralizada en medio del patio en momentos en que yo observaba la escena desde la ventana de la cocina, transcurriendo frente a mis ojos en cámara lenta.

Debió ser eso, porque hasta entonces no había notado que mi tía tuviera un tornillo flojo, aunque era medio distraída, se le hervía la leche en el fuego y cada vez que venía a casa, a visitar a mi vieja, era inevitable que se pasara varias cuadras en el colectivo.

Cuando tomaba el colectivo para ir a casa, mi tía terminaba caminando más cuadras que si hubiera venido directamente a pie. Y una vez estuvo cerca de asfixiar a mi primo con una estufa de kerosene.

Como lo oyen.

La pieza se había llenado de humo y todo lo que mi tía atinaba a hacer era gritar “¡Eeeehhh! ¡Iiiihhh! ¡Eeeehhh! ¡Iiiihhh!” parada en medio del patio, igual que cuando entraron los policías.

¿A que no saben quién rescató a mi primo?

Pablito Serún.

Cruzó el patio arrastrando las pantuflas, se metió en la pieza y salió llevando a mi primo en brazos.

Mi primo se había puesto azul. Pablito lo revivió haciéndole respiración boca a boca.

De ahí en más tampoco mi primo anduvo muy bien de la cabeza.

La estentórea voz del doctor Rofo me sacó de mis ensueños.

Recuerden señores –decía– el memorando de 1952.

¡El memorando! –exclamó el Pelado.

¡Otra palabra nueva! No podía seguir dudando. Abrí la libreta y busqué la página con los delitos peronistas: felonía, peculado, negociado, hojalata, amoresano, chafalonía, subiza… No, todavía no había anotado memorando. Mojé la punta del lápiz

¿Qué memorando, dotor?

Miguel se plantó delante de Carlitos Culacciati, que había tenido el tupé de interrogar al doctor.

El rostro de Miguel estaba descompuesto.

¿Cómo “qué memorando”? –preguntó con ira apenas contenida.

El doctor observó con piedad a Carlitos y Alberto Culacciati, al fin de cuentas, apenas dos de los millones de orates engañados por la propaganda totalitaria. Giró hacia mi tío, quien, boquiabierto, lo miraba por encima de los anteojos.

–Sírvame un whisky, Rodolfo.

Mi tío sacó dos vasos de la repisa.

El memorando –explicó el doctor–, firmado por el Dictador pero ignorado por la inmensa mayoría de sus partidarios, fue redactado por Guillermo Solveyra Casares*, un siniestro personaje al que el Tirano había designado jefe de Informaciones Políticas de la Presidencia para manejar el Control de Estado.

–¡No me hable del Control de Estado!

¿Sería grave?

Por las dudas, había decidido anotar esta otra palabra cuando Friedman y De Santis entraron al bar por la puerta de Lascano.

Friedman saludó a los presentes con un cabeceo y siguió a De Santis a la mesa hasta la ventana de Gavilán. De Santis se dejó caer en la silla y permaneció mirando el vacío como una rechoncha réplica de la momia de don Manuel.

¡Me había distraído demasiado anotando los nombres de más delitos peronistas!

Salí a la esquina y miré en todas las direcciones posibles en busca del tío Polo. ¿Todavía seguiría en lo de Emilio o había salido junto a Friedman y De Santis? Como fuere, Emilio no me sacaría de dudas, probablemente ni siquiera me abriría la puerta y si me quedaba vigilando la casa corría el riesgo de no regresar a tiempo para hablar con Fiedman y De Santis.

Volví a entrar al bar y me dirigí hacia la ventana de Gavilán. Me paré junto a la mesa y pasé el trapo rejilla.

Desde hacía mucho venía sospechando si no tendría poderes, como Superman, la Mujer Maravilla, el Capiango y otros personajes de las revistas que mi tío Rodolfo compraba en el kiosco de doña Raquel y que yo leía incansablemente en la escalera, experimentando los primeros síntomas de mi poder. Así como Superman se cagaba en la ley de gravedad y, al igual que Perón, atravesaba la materia con su mirada de rayos x, aunque sin cámara de fotos, la Mujer Maravilla -que podía comunicarse con los marcianos, llevaba brazaletes mágicos y un lazo indestructible que obligada hasta al más taimado a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad–, o el Capiango, un astuto Zorro salteño que peleaba contra los odiosos realistas, yo tenía la propiedad de volverme invisible. Así, de un momento a otro, como por arte de magia, nadie me veía.

Para un niño común debía ser una experiencia horrenda saberse invisible y pasar completamente inadvertido a las miradas de los demás. Pero yo era un niño peronista, consciente de que mi invisibilidad me convertía en un agente secreto de Perón dotado de facultades extraordinarias -como Rosas, pensé por un instante–, un auténtico superagente peronista.

Fue así que apenas apoyé en la mesa el trapo rejilla, me hice invisible.

–¿Te volviste loco? –preguntó Friedman.

De Santis se alzó de hombros.

¿De dónde sacás que nadie movió un pelo para defender a Perón? –insistió Friedman– ¿No viste cómo se puso Polo?

Eso no es justo –había contestado Polo, con la espuma de la cerveza todavía blanqueándole el bigote–. Lo puede pensar de Tessaire, Méndez San Martín o Leloir, pero no de los trabajadores. Si hubiéramos tenido con qué, salíamos a defenderlo –Tras una pausa había agregado–: Y si no teníamos con qué, también. Pero él nos tendría que haber dicho.

De Santis hizo un cabeceo más de comprensión que de asentimiento.

-Yo hablaba de los militares. ¿Acaso alguno hizo algo para defender a que te dije?

Yo qué sé –repuso Friedman– Pero eso de que en Panamá valoran su obra más que acá…

De acá lo rajaron y en Panamá lo reciben como si fuera Gardel. Más claro, echale agua.

–¿Pero por qué carajo te ponés a hablar de lo que no sabés? ¿Te das cuenta el lío en el que te metiste?

Parece que De Santis no se daba cuenta. Tomó un traguito del largo vaso de Cinzano con soda y limón y envió un imaginario beso a una señora que pasó junto a la ventana.

¿De qué te preocupás, Ruso? Vamos y les decimos.

Friedman dio un respingo en la silla como hacía mi hermana cuando se echaba un gas.

–¡¿Vamos?! No vamos nada. En todo caso, vas vos.

De Santis volvió a cabecear, esta vez con aire paciente y sufrido.

¿Quién te crees que sos, ruso agrandado? No estaba hablando de vos. Vamos… yo y Polo, y le contamos a los tipos lo que Perón dice de los militares.

Creo que miraba a De Santis más boquiabierto que Friedman, pero como yo era invisible, nadie se daba cuenta.

–Cerrá la boca, Ruso, que se te va a llenar de moscas.

–¿Y vos qué sabés qué dice Perón de los militares?

–Yo sé –repuso enigmáticamente De Santis.

No sé si habrá sido el asombro, o la excitación que me provocó el haber confirmado que Pablito no se equivocaba, que De Santis hablaba realmente con Perón o que, haciendo muy poco que había adquirido superpoderes, todavía no sabía manejarlos, el caso es que así como me hacía invisible sin darme cuenta, en un abrir y cerrar de ojos, sin aviso ni síntomas previos, volvía a ser visible.

Traeme una ginebra, pibe –dijo Friedman–. Necesito algo fuerte –agregó, como para sí mismo.

Y otro Cinzano.

Yo tendría poderes, pero no había conseguido vencer mi timidez y me resultaba imposible gritar el pedido desde donde estaba, de manera que fui hasta el mostrador.

Los derechos de la Iglesia –decía en esos momentos el doctor– fueron conculcados de innumerables maneras en la República.

Me arrimé a mi tío Rodolfo para trasmitirle el pedido, mientras el doctor seguía con su filípica.

No sólo se ejerció violencia contra personas eclesiásticas sino que hasta se ha osado poner las manos en el excelentísimo señor obispo don Manuel Tato.

–¡Y lo echó del país! –exclamó Miguel.

El Mudo sacó un Particulares sin filtro de su marquilla roja, lo encendió y mientras pasaba parsimoniosamente la cera del fósforo contra el papel de un extremo del cigarrillo, preguntó:

–¿Pero vos no eras socialista?

–Sí ¿y qué? ¿te pasa algo con eso?

Los nervios de Miguel estaban a flor de piel y resultaban inútiles los esfuerzos del doctor por tranquilizarlo. “Sea paciente, Miguel. Es necesario suturar esa profunda herida que la prédica demagógica del Tirano ha abierto entre los argentinos”, aconsejaba el doctor. “¡Mierda los tenemos que hacer! ¡Mierda!”, retrucaba Miguel.

–No, si a mí no me pasa nada –se atajó el Mudo–. Vos podés ser lo que quieras, pero ¿no era que los socialistas estaban contra los curas?

–Contra los andimemocráticos.

El Mudo exhaló una nube de humo por los orificios de la nariz.

–Y el obispo…

–Monseñor Tato –se apresuró a intervenir el doctor, antes del previsible estallido de Miguel– es un auténtico demócrata que siempre se opuso a la dictadura peronista.

–¡Por eso lo echaron!

–Lo cual le ha valido al Tirano la pena máxima.

Mi tío se atragantó de tal modo que arrebató el whisky de las manos del doctor y lo acabó de un trago.

–¿Lo van a fusilar?

El doctor hizo una seña a mi tío para que le repusiera el whisky.

–Bien merecido lo tendría, pero el nuestro es un país pacífico y ahora nuevamente democrático en el que no se mata a nadie.

Carlitos y Alberto Culacciati aprobaron las palabras del doctor mientras el Pelado se santiguaba.

–¡Dios menelibre! –murmuró, desconcertando momentáneamente al doctor,

–¿Le aplicaron la excomúnica? –preguntó Carlitos Culacciati.

–No, si le iban a cobrar penal –contestó Alberto.

El doctor se repuso.

–Efectivamente, fue excomulgado. El texto de la excomunión, originado en la Sagrada Congregación consistorial, con la firma del cardenal Adeodato Piazza y la de monseñor Giuseppe Ferretto, se refiere, clara y taxativamente a la acción de “poner manos violentas” sobre la persona de un obispo e impedir el ejercicio de la jurisdicción eclesiástica.

–Cagó fuego –exclamó Alberto Culacciati con aire satisfecho.

Coloqué en la bandeja la ginebra, el vermú y dos o tres platitos de ingredientes y, haciendo equilibro, avancé, muy concentrado, hacia la mesa. No bien levanté la vista, para mirar por donde iba, por poco no me desmayo de la sorpresa: sentada de lo más Pancha en medio de ambos, la amiga del tío Polo charlaba animadamente con Friedman y De Santis. Hablaba en susurros, en voz tan baja, casi tan baja como cuando mi vieja y mi tía secreteaban en el patio sobre Gina Lollobrigida, las chicas de la UES y el campeón mundial de los semipesados, que estuve seguro de que Perón había vuelto a mandarse otra cagada.

34. Las armas de los trabajadores

A la sorpresa y el desconcierto provocado por la súbita reaparición de María Elena en el bar se sumaba la extraña y mucho más sorprendente sensación de encontrarme en vísperas de acontecimientos extraordinarios. Por algún motivo, difícil de comprender, mis manos no paraban de temblar.

Eso no habría significado gran cosa de no haber estado sosteniendo una bandeja, demasiado grande para mí, y casi para cualquiera que no fuese un avezado gastronómico. Y sobre ella, dos vasos llenos hasta el borde -como había empezado a ser costumbre de mi tío-, uno con ginebra y el otro con Cinzano, hielo y limón.

Este nuevo berretín de mi tío Rodolfo provocaba protestas, risas y confusiones.

Pocos días antes, Miguel había observado con disgusto sobre su mesa su vaso colmado de clarete.

-Rodolfo, dame otro vaso, para poder echarle soda.

Mi tío le alcanzó el vaso.

-Son cinco.

-¿Cinco qué?

-Cinco mangos -explicó mi tío-. Me debés dos vinos.

-¡Pero si es la misma cantidad!

-¿Y la soda? ¿O ahora te crees que cuando voy al baño cago sifones?

Miguel no atinó a responder y yo quedé convencido de que el tío Rodolfo era un monstruo del espacio. Todavía no me había dado cuenta de que después del allanamiento y la fuga y desaparición de Polo también a él le habían explotado un montón de neuronas.

Paralizado en medio del salón, traté de serenarme y, cuando pude controlar el temblor, seguí caminando hacia la mesa donde María Elena, dándome la espalda, hablaba en susurros, inclinada hacia adelante, entre Friedman y De Santis, quien más que escucharla, la miraba con ojos desorbitados.

Aprovechando mi superpoder, me acerqué para dejar las bebidas, sin ser advertido.

-Velázquez los espera en la casa de Emilio.

Ni Friedman ni De Santis le señalaron mi presencia. Yo era un moro en la costa, pero ellos no se habían dado cuenta, ya saben.

-¡Acabamos de venir de ahí! –protestó De Santis.

-Ya lo sé -dijo María Elena, comprensiva-. Pero cuando Velázquez se enteró de que acá en Buenos Aires hay un hombre que habla con Perón…

La amiga del tío Polo enmudeció, súbitamente. Me había visto en el reflejo de la ventana. Los espejos debían ser para mí como la kryptonita verde para Kal-El.

-¿Quién habla con…?

María Elena silenció a Friedman con un gesto.

Apoyé el vaso de ginebra entre Friedman y María Elena, dejando caer varias gotas sobre la mesa. María Elena me miró.

-¿No vas a la escuela vos?

Asentí.

-¿A cuál?

-Escuela 24, distrito escolar 17 -recité, tal como me había enseñado la maestra.

-La Ortiz… -ahí me di cuenta de que María Elena era maestra. Con razón mi superpoder no funcionaba con ella-. ¿Y por qué estás trabajando? ¿No sabés que los chicos no tienen que trabajar?

No me trataba como a un niño sino como a un soldado conscripto. Debía ser maestra de cuarto grado. O quinto, pensé, con alguna incongruencia: en quinto y sexto grado enseñaban maestros, como para irnos preparando para la dura vida de los adultos.

Apoyé el vaso de De Santis, ahora derramando el Cinzano. Aunque fuera de cuarto grado, por suerte era maestra y no inspectora de Trabajo. Los inspectores de Trabajo eran capaces de clausurarle el bar a mi tío por tener un menor limpiando las mesas.

-No estoy trabajando, señorita. Cuando me aburro, ayudo a mi tío y de paso me gano unas propinas.

Sequé la mesa con el trapo rejilla.

-Ya le traigo la soda, don -dije, mirando a De Santis. Y salí disparando hacia el mostrador antes de que María Elena me hiciera más preguntas.

A primera vista puede parecer extraño que tratara de escabullirme y evitar que la amiga del tío Polo me siguiera haciendo preguntas cuando el que debía hacerlas era yo, que no tenía la menor idea de quién era Velázquez, ignoraba qué había sido de mi tío en los últimos meses y, más que nada, necesitaba imperiosamente contarle del revólver que había escondido en el cuartito de herramientas, desde hacía un tiempo residencia de Pablito Serún.

Estaba seguro de que nadie, ni la policía, ni los infantes de Marina, ni los comandos civiles, ni siquiera el capitán Gandhi con todas las comisiones investigadoras juntas se animaría a entrar en el cuartito de herramientas: Pablito se bañaba poco y mal, algún que otro domingo y sólo si mi tío Rodolfo conseguía inmovilizarlo, manguera en mano, en algún rincón de la terraza.

Pablito despedía habitualmente un olor asqueroso, que se volvió todavía peor cuando se le empezó a pudrir el pie. Fue Carlitos Culacciati el primero en darse cuenta, seguramente porque no fumaba y desde que el doctor Rofo recalaba en el bar, había empezado a darse dique y empaparse con el agua colonia que sacaba del cajón de la cómoda de su mamá.

-Qué spuzza, Rodolfo -protestaba Carlitos Culacciati cada vez que Pablito pasaba a su lado. También Alberto, el Pelado y el diariero Miguel se quejaban del olor. El Mudo, en cambio, parecía indiferente. Con un Particulares sin filtro permanentemente entre los labios debía ser incapaz de sentir algún olor ni aun nadando en el Riachuelo, mientras el doctor no sólo conservaba una prudente distancia de Pablito sino que también había empezado a llevar el pañuelo perfumado a su rostro con más frecuencia que de costumbre.

-Me van a tener que ayudar -anunció mi tío un lunes. El día anterior, mientras manguereaba a Pablito, había descubierto el origen del hedor-. Pablito está abichado.

Me di cuenta de que nadie había entendido. Yo, menos que nadie. Abrí la libretita, mojé el lápiz y escribí: “vichado”.

Mi tío seguía con sus instrucciones.

-Lo tiramos al suelo y ahí ustedes lo agarran, pero me lo agarran bien, eh.

-¿A quién? –preguntó el Pelado.

-¡A quién va a ser!

El Pelado buscó ayuda con la mirada. No tuvo éxito: todos seguían como fascinados las incomprensibles explicaciones de mi tío. El Mudo hasta había dejado de fumar.

-Y cuando lo tienen bien agarrado, yo lo curo.

Observé que el doctor Rofo retrocedía disimuladamente en dirección a la puerta.

-¿Estamos? -preguntó mi tío. Y sin esperar respuesta se tiró encima de Pablito que, sorprendido, no atinó a defenderse.

-¡Agarrelón! -gritaba mi tío. Había inmovilizado a Pablito con un golpe de furca, pero el húngaro o rumano ya había empezado a revolverse- ¡Agarrelón, que se me escapa!

En un abrir y cerrar de ojos, Carlitos y Alberto Culacciati sujetaban a Pablito contra el piso.

-Las piernas. Gárrenle la piernas.

El Mudo despertó de su ensoñación y rápidamente se sentó sobre una pierna de Pablito.

-Eso -dijo mi tío-. Y vos, Pelado, garrale fuerte la otra.

Y el Pelado se sentó sobre la otra pierna de Pablito.

Los gritos de Pablito habían llamado la atención de la momia de don Manuel. Las terminales nerviosas hicieron contacto, brevemente, con su cerebro y don Manuel levantó dos dedos. Pedía otra ginebra, pero la atención de mi tío estaba concentrada en la media del pie izquierdo de Pablito, adherida a la carne como una segunda piel. Sin vacilar, en medio de los alaridos de Pablito, mi tío la despegó de un violento tirón. Sobre el empeine del pie parecía agitarse una masa movediza y blanquecina.

Ya junto a la puerta de Lascano, el doctor ahogó un grito y salió a la calle.

-Agárrelon fuerte -insistía mi tío.

Había preparado cuidadosamente el instrumental quirúrgico. Lo primero que hizo fue pulverizar el pie de Pablito con insecticida Goodhue y Sullivan.

Nunca creí que alguien podía llegar a gritar tanto. Y gritó todavía más cuando comenzó la operación propiamente dicha y con una ramita de álamo que había juntado en la vereda, mi tío empezó a remover pacientemente y uno a uno los gusanos que se agitaban en el empeine de Pablito. Habían hecho un agujerito que mi tío pronto dejó libre de bichos y llenó de insecticida, redoblando los alaridos del paciente.

Al final, mi tío se incorporó, con alguna dificultad.

-De ahora en adelante, te me bañás todos los domingos, sin falta.

Una manguereada semanal podía evitar que las moscas volvieran a depositar sus larvas en alguna parte del cuerpo de Pablito pero, como medida higiénica resultaba ciertamente ineficaz. En mayor medida si tomamos en cuenta que, cada domingo, mi tío debía correr detrás de Pablito por toda la terraza. Podía mojarlo a gusto sólo cuando el rumano quedaba atrapado entre los canastos de vino, pero eso ocurría muy pocas veces y cuando mi tío ya estaba demasiado agotado como para hacer un trabajo a fondo.

Se darán cuenta, entonces, de que el cuarto de las herramientas, impregnado del habitual hedor de Pablito, era el mejor lugar que podía haber elegido para esconder el revólver de Polo. Ni el almirante Rojas se animaría a entrar ahí.

Cuando volví con la soda a la mesa de De Santis, María Elena susurraba:

-Los militares se negaron a entregarnos las armas que había comprado Evita… y después de traicionar a Perón, ahora quieren usarnos para volver al gobierno… Usted tiene que decirles…

De Santis miraba incrédulo a la amiga del tío Polo. Friedman y yo estábamos todavía más asombrados: ¿qué podía decirle De Santis a los militares?

María Elena volvió a enmudecer en cuanto dejé la soda en la mesa. Se volvió hacia mí.

-¿Ya hiciste los deberes?

-Sí, señorita -mentí automáticamente.

Estaba pensando en otra cosa: ya que Emilio no me daría bolilla si golpeaba la puerta de su casa, María Elena era la persona ideal para devolverle el revolver al tío Polo.

-Ya vengo -dije.

Corrí hacia la terraza. No bien abrí la rústica puertita que el tío Rodolfo había colocado al final de la escalera, los conejos asomaron sus trompitas de entre los cajones de cerveza.

Entré al cuartito de herramientas aguantando la respiración y saqué el bolso con el revólver. Tenía que dárselo a María Elena sin perder un instante.

Cuando salí del cuartito, los conejos se congregaron alrededor mío, estorbándome el paso. Siempre llevaba pedacitos de pan en los bolsillos del pantalón. En cuanto subía a la terraza, metía las manos en los bolsillos, sacaba trocitos de pan y, luego de besarlos cuidadosamente, como correspondía**, se los arrojaba a los conejos.

Cada vez que subía, los conejos se arremolinaban a mi alrededor. Siempre tenía en los bolsillos algo para repartir. Me sentía Perón.

Un día dejaría la puerta abierta para que bajaran a comerse los suculentos malvones que crecían en el patio.

No imaginaba nada más parecido a entregarles armas.

El ejército se negó a entregar armas a los trabajadores por temor a que se comieran los malvones del patio. Eso ocurrió. Lo había anotado en mi libretita.

Permanecí demasiado tiempo en la terraza pensando en Perón, los conejos y las armas de los trabajadores.

Polo era un trabajador y se había quedado sin su arma. Era para preocuparse. Por suerte, conseguiría devolvérsela.

Bajé las escaleras corriendo, pero cuando llegué al bar, la mesa de De Santis estaba vacía.

Y eso no fue lo peor: en el apuro, al salir de la terraza había olvidado cerrar la puertita de la escalera.

A la noche, varios malvones habían desaparecido. Mi tía gritaba “¡Eheheheh! ¡Ihihihi! ¡Eheheheh! ¡Ihihihi!” en medio del patio.

Y al día siguiente cenamos cazuela de conejo.

Eso me dio mucho en qué pensar.

NOTAS

*Guillermo Solveyra Casares lideró la Gendarmería del Chaco que torturó brutalmente a 65 campesinos en 1945. Allí hubo cinco muertos, entre ellos los ucranianos Zdeb y Ramón Pastozuk, y la señorita Leonor Quaretta. El torturador Cipriano Lombilla decía que Solveyra Casares había matado a más de cuatro personas en menos de un mes, “méritos” que en su opinión le valían el cargo como jefe de Control de Estado que le otorgó Perón. Un informe firmado por el diputado Arturo Illia reza: “El gobierno premia con felicitaciones públicas a los delincuentes torturadores”. Solveyra Casares felicitó al comisario Lombilla cuando torturó a las obreras telefonistas en abril de 1949. (Cfr. http://www.anred.org/spip.php?article3829)

**Para los lectores jóvenes, esto resultará incomprensible, pero entonces en todas las escuelas y colegios, aunque fueran laicos, se enseñaba que tirar pan u otros alimentos en buen estado era pecado, o si se quiere, una afrenta a los que carecían de alimentos o estaban subalimentados. Y en los religiosos también que antes de desechar el pan se lo besaba.

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