ENSUEÑOS. La noche en que casi me levanto a Raffaela Carrá

Tras leeer que Alfredo Leuco se mandaba la parte de que haciendo la colimba tuvo en la mira de su Fal al sanguinario general Luciano Benjamín Menéndez y caviló matarlo aunque le costase la vida, Teuco no quiso ser menos.

La noche en que casi me levanto a Raffaella Carrá

 

 

POR ALBERTO TEUCO

Esta es la primera vez que lo cuento en público: yo estuve a punto de levantarme a Raffaella Carrá.

La tuve ahí, a veinte centímetros mío. Bajo la cascada de la rubia cabellera sus enormes ojos celestes me miraban con curiosidad. Sus labios, pintados del rabioso Rouge Dior tono 28, el favorito de Grace Kelly y Marlene Dietrich, mostraban el asomo de una sonrisa.

Sólo tenía que tomar la mano que tendía, suave y dócil, ayudar a que se incorporara, atraerla hacia mí, estrecharla en mis brazos y besuquear el lóbulo de su oreja al tiempo de murmurarle “A far l’amore comincia tu”.

¡A far l’amore comincia tu! Hacer el amor comienza contigo.

 Tal el titulo del máximo éxito de su show Millemilioni, que la artista presentaba en esos momentos en el Chateau Carreras, y que los ñoños censores de la dictadura militar habían traducido como “En el amor todo es empezar”.

Esto es algo que el lector no deberá olvidar y que a los más jóvenes les costará comprender en toda su dimensión: imperaba en el país la más negra de las dictaduras militares, circunstancia que confería a lo que yo estaba a punto de hacer un carácter extraordinario.

La dictadura, que asesinaba militantes políticos y sociales, obreros y estudiantes, intelectuales y empresarios, también se detenía en detalles aparentemente nimios, pero que son los que a la postre moldean y determinan las conductas de las personas, como, por ejemplo, transformar en una suerte de aforismo edificante, en mensaje de autoayuda, a lo sumo en prescripción médica (“en el amor todo es empezar”), a una directa y muy explícita invitación sexual: Hacer el amor comienza contigo.

Así estaba yo, tomando la mano de la bella, de la audaz, de la escultural Raffaella Carrá y a punto de murmurar en su cuello “¡A far l’amore comincia tu!”

En las últimas semanas, Raffella venía realizando numerosos conciertos en teatros y estadios de fútbol, así como frecuentes presentaciones televisivas. Su éxito fue de tal magnitud que el concejo municipal de una ciudad santafesina –previa consulta con el titular del Segundo Cuerpo de Ejército, afortunadamente alineado en la facción demócratica de las Fuerzas Armadas– decidió imponer a la localidad el nombre de la artista.

La histeria de los fans llegó a tales extremos que la Carrá debía salir a la calle siempre custodiada por un pelotón de combate de la Gendarmería Nacional, aunque se dice que el papel de los guardaespaldas era doble: mantener lejos de las ansias populares las bondades físicas de la cantante, pero a la vez impedir que la bella artista se dejara llevar por su fogoso temperamento, provocando la clase de desórdenes públicos que tanto incomodaban a la dictadura.

Había ocurrido que durante la presentación televisiva de su tema “Para enamorarse bien hay que venir al sur”, que, presentí, me estaba dedicado, mientras se contorsionaba ante la pantalla al ritmo de “Por si acaso se acaba el mundo, todo el tiempo he de aprovechar, corazón de vagabundo…”, Raffaella llamó la atención mundial al mostrar el ombligo en la televisión abierta, algo de por sí inusual en ese entonces, que revelaba su temperamento rebelde, casi insurgente, con el que tan identificados nos sentíamos los integrantes de las nuevas generaciones argentinas.

Fue así que para su presentación en el Chateau Carreras, general Menéndez, en persona, le prohibió exhibir su ombligo, tanto en Córdoba como en el resto del área comprendida dentro del Tercer Cuerpo de Ejército. Se decía también que el propio Cachorro Menéndez, en calzoncillos, la perseguía con su charrasca, en un inútil intento de darle alcance: con esas piernas, gráciles, estilizadas, fuertes y atléticas, que me quitaban el aliento y me permitían soñar con que otro país era posible, ni el Cachorro ni el entero Regimiento de Infantería Motorizada Coronel Pringles conseguiría darle alcance.

Pero no podía sacarme de la cabeza la imagen del infausto general. ¡Cuánto lo odiaba!  Cachorro hijo de puta, pensé. Hiena maldita. Asesino. Nudista. Todo eso pensé. Fueron segundos que me parecieron años, porque la cabeza me funcionaba a mil kilómetros por hora. Se me cruzaban imágenes y no podía evitar la sensación de que, en el momento menos pensado, un remezón de dolor podría estallar en mi entrepierna.

Volví en mí, a tiempo. Las celestes pupilas de Raffaella, clavas en las mías, se formulaban una muda, misteriosa pregunta. Descansaba su mano en la mía. Su pierna izquierda se había adelantado, lista para incorporarse en toda su escultural estatura y hundirse en mis brazos.

Con un enorme esfuerzo de voluntad, conseguí apartar la mirada de su muslo, desnudo y fantástico, y la volví hacia su bello rostro, pensando cuidadosamente las palabras con las que la invitaría a tomar una copa en una habitación del hotel, a estrecharnos largo rato en un bolero, tendernos desnudos en la amplia cama de colchón de agua y hacer el amor hasta caer agotados, hasta que, saciada y satisfecha, rogara a los gritos que me detuviera: “Para enamorarse bien iré donde estás tú”.

Sus ojos estaban clavados en los míos. Sus labios se despegaron, dejando brotar su voz, cálida y afinada:

–¿Ma, che cosa fare, bómbolo?

Conseguí reaccionar, terminé de abrir la puerta del taxi, y ella se alzó en toda su estatura.

– ¿Puoi lasciarmi passare, pezzo di pazzo?

Me aparté a tiempo. Pude ver, en vivo y en directo, el famoso ombligo que había estremecido a Su Santidad Juan Pablo II y, mientras se alejaba para perderse para siempre en las entrañas del del Grand Hotel Venezia, las más bellas piernas del mundo.

Y lo digo yo, que estuve a punto de levantármela, pero le perdoné la vida.

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