BREXIT: El Reino Unido prepara una guerra comercial que enfrente a los miembros de la UE entre si

Los políticos británicos que capitanean el Brexit están asombrados de que los  27 socios de la Unión Europea se hayan mantenido unidos y disciplinados durante la primera fase de las negociaciones de salida del bloque. Los británicos esperan su oportunidad en la segunda fase, cuando se negociará sector por sector para aplicar su estratagema de “divide y vencerás”. Las autoridades del  Reino Unido consideran que ofrecerán un entorno mucho más amistoso a las empresas con la liberalización de las leyes de protección medioambiental y de salud pública, reguladas hasta ahora  desde Bruselas; y también por la reducción de impuestos. Londres se preparara para una guerra comercial contra sus antiguos socios, en la cual utilizará todos los recursos acumulados en sus siglos de potencia mercantil mundial. MM

Brexit y el Maquiavelo inglés

 

David Davis,ministro del Brexit

La estrategia de Londres para el 2018 es enfrentar a los europeos entre sí

 

RAFAEL RAMOS/ LA VANGUARDIA

El Gobierno británico cree que ha salvado los muebles en la fase del Brexit en que tenía las peores cartas (el acuerdo previo) y que sus bazas son mucho mejores ahora que se va a empezar a hablar de comercio y las negociaciones serán sectoriales y más específicas. Es ahí cuando confía en sacar partido de su estrategia de divide y vencerás, de enfrentar a unos europeos y otros.

“Creíamos que la unidad de la UE se rompería mucho antes, pero no fue así porque Michel Barnier ha sido el único interlocutor, y los gobiernos de los 27 se han abstenido de intervenir con una disciplina que no esperábamos –comenta un alto funcionario de Downing Street–. Pero mantenerla en el 2018 les va a resultar difícil, cuando choquen los diferentes intereses nacionales”.

Los pescadores españoles contra los agricultores franceses. La industria alemana del coche contra la belga del acero. Los fabricantes italianos de pieles contra los operadores del aeropuerto holandés de Schiphol. Los gestores del Eurotúnel contra los de los ferris de Folkestone y Zeebrugge. Países con una economía estrechamente vinculada a la británica como Irlanda, Malta y Holanda, contra los menos dependientes. Grandes contra pequeños. Nórdicos contra meridionales. Ricos contra pobres. El Este contra el Oeste. El Maquiavelo inglés pretende explotar al máximo todas esas diferencias para sacar tajada y que el Brexit no constituya un castigo económico. Conservar las ventajas del club sin pagar su cuota ni asumir sus responsabilidades. Aunque Londres ya no lo diga públicamente, en privado los funcionarios de la administración May admiten que sigue siendo el objetivo.

“Nunca intervengas cuando el enemigo se encuentra en proceso de destruirse a sí mismo”, decía Churchill. El Gobierno de Theresa May cuenta con que eso sea precisamente lo que haga la Unión Europea –de la que los británicos tienen una opinión muy pobre, de ahí la decisión de marcharse–. Fuentes del Foreign Office explican que en la última cumbre en Bruselas para ratificar los pactos sobre el dinero a pagar, los derechos de los residentes y la frontera de Irlanda, hubo ya tensiones que en su momento no recogió la prensa, y que el primer ministro de un país exclamó: “Supongo que nadie está sugiriendo que anteponga los intereses del bloque a los de mi país”.

Esa es precisamente la actitud que pretende “favorecer” Londres a lo largo y ancho de los próximos meses, cuando comiencen las negociaciones sector por sector, y los acuerdos –digamos– en el terreno de las manufacturas sean mucho más beneficiosos que –por citar un ejemplo– en la pesca, la industria textil, la aviación o la ganadería. “En el momento que unos países salgan más beneficiados que otros, la unidad de la UE estallará por los aires y será nuestra oportunidad para obtener lo que queremos”, opina uno de los responsables del Ministerio del Brexit.

¿Qué es lo que quiere Gran Bretaña? Básicamente, estar a las maduras pero no a las duras, como dijo en su día Boris Johnson ( have the cake and eat it, en la expresión inglesa). De manera más concreta, gozar del mayor número posible de ventajas del mercado único y la unión aduanera, pero sin pertenecer a ellos, y por tanto sin aceptar –una vez expirado el periodo de transición de dos años, en que todo seguirá igual– las decisiones de los tribunales europeos, y sin participar en la libertad de movimiento de trabajadores.

La aspiración de Londres es lo que llama la fórmula Canadá plus plus plus, que partiría de la base del acuerdo suscrito entre Bruselas y Ottawa que elimina el 98% de las tarifas y aranceles a las manufacturas, y añadiendo la pesca, la aviación y la banca. Los servicios financieros constituyen el mayor obstáculo, porque la UE nunca los ha incorporado a un pacto comercial, y capitales como Dublín, Frankfurt, París y Amsterdam aspiran a robar a la City buena parte de sus operaciones como castigo por el divorcio. Por otra parte, constituyen un porcentaje muy importante de la economía del Reino Unido, que está dispuesto a pagar para conservarlos.

“Este va a ser el gran campo de batalla –especula el funcionario del ministerio para la salida de Europa, uno de los principales acólitos de David Davis–. Nos gustaría conservar el pasaporte bancario que permite realizar transacciones en toda la Unión Europea, pero probablemente sólo nos van a ofrecer, y a un considerable coste, algún tipo de equivalencia para realizar las operaciones, pero de una manera más compleja y onerosa. Si limitamos la pérdida de puestos de trabajo a unos cuantos miles nos podremos dar con un canto en los dientes”.

“Europa es consciente de esta estrategia de divide y vencerás –reconoce el funcionario de Downing Street–, y va a procurar neutralizarla metiendo miedo a los países miembros sobre el peligro de entrar en una carrera con Gran Bretaña a ver quién baja más los estándares medioambientales y los impuestos de sociedades. Bruselas va a querer poner como condición para cualquier acuerdo comercial garantías de que nosotros, una vez libres de las regulaciones de la UE, no obtenemos ventajas competitivas en ningún sector, y si lo hacemos se aplicarán sanciones y tarifas. Pretenderán lo que se llama técnicamente un alineamiento regulatorio. Cuando ministros como Boris Johnson (Exteriores) o Liam Fox (Comercio Internacional) presumen en voz alta de la liberalización que vamos a lograr, en realidad están desatando las alertas y torpedeando la táctica negociadora”.

La posición de partida de la UE es que ni la aviación ni los servicios financieros pueden incorporarse al compromiso, dadas las líneas rojas trazadas por Londres, y en especial las restricciones a la inmigración. “No va a ser fácil pero veremos qué pasa, será sin duda lo último que se decida, y a la hora de la verdad todo tiene un precio. Hay países europeos que, por ejemplo, tienen particular interés en mantener el acceso a las aguas territoriales británicas para pescar. Otros tendrán que contribuir más que hasta ahora a los presupuestos comunitarios, o perderán ayudas y fondos estructurales con los que contaban, y verían con buenos ojos una generosa aportación por nuestra parte a cambio de que la City conserve sus privilegios. Dinamarca, por ejemplo, nos ha dicho que no quiere aportar ni un duro más”, comenta el funcionario del Foreign Office.

Si hasta ahora la unidad de los 27 ha sido absoluta, el cisma en el bando británico no ha sido tan terrible como algunos pronosticaban. Conscientes de que un desafío al liderazgo de May podría desembocar en elecciones anticipadas, la victoria del laborista Corbyn y el rechazo al Brexit, los más euroescépticos han optado por mantenerla a flote conformándose con la salida del mercado único, aunque haya hecho concesiones importantes en la factura a pagar y en la cuestión de Irlanda. Algunos han ladrado, pero la sangre no ha llegado al río. Gran Bretaña fue el mayor imperio comercial del mundo, el comercio es lo suyo, y se moría de ganas de empezar a hablar de comercio.

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