ALEMANIA – ANGELA MERKEL: Principio del fin del merkelismo

La crisis merkeliana

 

 

La mayor amenaza para Merkel no viene de la oposición, sino de su propio partido, de su aliado más importante. Alemania se está despertando de su sueño de armonía en torno a la canciller. No está preparada para una realidad tan explosiva

SEBASTIAN SCHOEPP/ ctxt

Los alemanes que están llegando a los 18 años en 2018, es decir a la edad de votar, no han conocido otra realidad política en su vida consciente que el eterno reinado de Angela Merkel. Desde 2005, la canciller de hierro domina, sin descanso, la vida política del país, y en este periodo ha logrado marginalizar cualquier otra corriente política, al menos hasta ahora. Ahora, se están sumando indicadores de que esa época está llegando a su fin. Para entender esto, hay que retroceder un poco en la historia.

El merkelismo se basa en la tradicional adhesión de los alemanes a sus líderes conservadores; el padre político de Merkel, Helmut Kohl, se mantuvo en el poder durante 16 años, récord que Merkel está a punto de batir. El merkelismo es un fenómeno político mucho mayor que la suma de los votantes de su partido, la CDU. Y esos son muchos. La CDU ha mantenido su fuerza en Alemania a lo largo de décadas, a pesar de su relativa pasividad en el campo de las ideas – o justamente por esto. Junto a su eterno aliado, la CSU de Baviera, el partido de Merkel obtuvo un 33 por ciento en las últimas elecciones de 2017, mucho menos que en 2013, pero mucho más que la mayoría de los grandes partidos democráticos en Europa que sufren una continua erosión.

El otro gran partido tradicional de Alemania, el SPD, no ha sido tan exitoso; todo al contrario. Ha ido de desastre en desastre electoral y corre peligro de marginalización parlamentaria. Esta situación, según sus críticos, se debe precisamente al hecho de que los socialdemócratas forman gobierno con la CDU/CSU desde 2013, lo que quiere decir que ya son parte del propio merkelismo y que carecen de perfil propio. El merkelismo ha absorbido prácticamente por completo la oposición de centroizquierda y solo resisten los extremos de la izquierda y de la derecha. La naturaleza del merkelismo es la mezcla de liberalismo y elementos socialdemócratas básicos, y eso, por lo visto, agrada a una gran mayoría de la población alemana. Son los mismos ciudadanos quienes admiten que “viven bien con Merkel”, aunque no compartan sus ideas políticas fundamentales. El mejor cualidad del merkelismo es un cierto conformismo, combinado con un cierto sopor.

El secreto de su éxito siempre ha sido dejar que las cosas fluyan, actitud que funciona bien en un país cuya economía flota normalmente sin necesidad de grandes impulsos políticos. Merkel lo ha entendido. Su política es silenciosa y pasiva, es política sin hacer política. Cuando las cosas no fluyen o dejan de fluir, Merkel consulta a los sondeos. Cuando, por ejemplo, estallaron los reactores de Fukushima, la canciller entendió que la energía nuclear –que nunca fue muy popular en Alemania– tenía que llegar a su fin. Entonces, acabó con la energía atómica, lo que fortaleció la tecnología ambiental, uno de los pilares básicos de la industria exportadora alemana. Jugada genial, todos contentos, menos unos sentimentales que lamentaron que que el paisaje alemán se convirtiera en un parque eólico.

El segundo hito del merkelismo era la crisis del euro. Con su férrea política de austeridad en el contexto europeo, Merkel, una vez más, siguió el rumbo que marcaba la opinión publicada en Alemania, liderada por unos medios agresivos, que acusaban a los países del sur de ser perezosos y merecedores de un poco de mano dura. En este caso, Merkel no tenía que variar demasiado su posición. La austeridad encaja perfectamente en su convicción económica fundamental, que es un neoliberalismo moderado, común para la gran mayoría de los que han vivido y sobrevivido al comunismo soviético. Fue Merkel quien inventó el concepto de “democracia conforme al mercado” que se impuso sin piedad a partir de 2010 a los países del sur de Europa. Merkel, los mercados y Bruselas mandaban, y se modificaron constituciones (como en el caso de España), gobiernos (como en Italia), o se prescindió de ministros críticos (como en Grecia). De hecho, la falta de empatía de Merkel con el sur de Europa fue su primera metedura de pata.

Los efectos del daño causado en las relaciones entre el norte y el sur están emergiendo ahora: Merkel necesita la solidaridad del sur para mantener su política migratoria abierta. Pero esta solidaridad ya no existe. Una consecuencia directa del merkelismo y sus imposiciones ha sido el auge de los partidos xenófobos y antieuropeos en Italia, cuyo gobierno populista le está cerrando las puertas no sólo a inmigrantes, sino también a la propia Merkel, que está pidiendo una solidaridad que ella había negado antes a los demás.

La política migratoria ha sido el tercer hito del merkelismo, y probablemente el último. Hasta 2015, Merkel no había mostrado el más mínimo interés por el tema. Como casi siempre, empezó a reaccionar tarde. Hay que recordar que en 2015 la migración masiva ya tenía una larga trayectoria, no era, en absoluto, un fenómeno nuevo ni inesperado. Ya habían muerto miles de refugiados en el Mediterráneo desde los años 90, y nadie que tuviera los ojos abiertos podía ignorar que en Medio Oriente y en África estaba fraguándose un problema, provocado por las guerras y la pobreza, derivadas de la explotación que han ejercido los países ricos en el Sur. Desde que Manu Chao cantó su canción del inmigrante Clandestino, ya estaba claro que los pobres y perseguidos del mundo un día iban a pedir su parte de la riqueza.

Seguramente Angela Merkel no tiene idea quién es Manu Chao. Ella y todo su gobierno, Alemania entera, estaban durmiendo tranquilamente en la playa mientras en el horizonte se estaba formando la ola. La guerra de Siria desató la alerta. Cuando en septiembre de 2015 llegaron más de un millón de migrantes a la frontera de Alemania no había ningún debate, ni un ápice de conciencia, ni un plan político que poner en marcha. Merkel, esta vez, no tiró de sondeos, sino que recurrió directamente a las leyes. Era lo más fácil y lo más oportuno. Las leyes obligan a que cualquier persona que pida asilo en Alemania tenga derecho a ser escuchada. La decisión de mantener abiertas las fronteras no era política sino un imperativo legal. Política sin política, merkelismo puro.

Esta gestión ha sido interpretada de muy diversas formas, siempre dependiendo del punto de vista de cada uno: mientras que para unos fue un acto heroico de humanidad (cuando en realidad no fue otra cosa que respeto a las leyes), para otros fue el error del siglo. Hasta ahora Merkel ha sobrevivido a la tormenta, gracias al apoyo que está ganando en sectores de la izquierda, de los liberales, de académicos urbanos, de sectores verde-alternativos, de profesionales cosmopolitas, en definitiva, de todos los que están a favor de no cerrar fronteras.

Nadie sabe qué habría pasado en Alemania si el flujo migratorio del otoño de 2015 se hubiera mantenido. Pero no fue el caso. Fueron otros los que cerraron las fronteras: el húngaro Viktor Orbán y el austriaco Sebastian Kurz bloquearon la ruta de los balcanes, saltándose la legalidad europea. Y fue el muy criticado Recep Tayyip Erdogan quien cerró el paso marítimo a Grecia, después de cerrar un sucio y suculento acuerdo económico con la UE, que le ha permitido fortalecer su sistema autocrático. En realidad, la relativa tranquilidad en Alemania se debe, de momento, a la actuación de los malos de la película. Esta hipocresía es la gran borrón en la supuesta humanidad del merkelismo.

Al mismo tiempo que Merkel gana votos en el lado de la izquierda, los pierde por la derecha, su propio terreno. En ese lado del tablero ha nacido un nuevo partido de disidentes conservadores y antimerkelistas, un partido estrictamente antimigratorio y reaccionario, la AFD. Esta organización está robando votos a la CDU/CSU, que ha caído en una fuerte crisis de identidad, similar a la que sufrió el SPD con el fortalecimiento de Die Linke, la Izquierda. Es la CSU, el agresivo pequeño aliado bávaro de Merkel, el que ha tomado la iniciativa y quiere recuperar votos derechistas. La CSU se está comportando como un Dachshund, el perro salchicha emblemático de la región sureña de Alemania que intenta morder la pierna de la esfinge de Berlín. Los líderes de la CSU, Horst Seehofer, ministro del Interior en el gabinete de Merkel, y Markus Söder, jefe de Gobierno de la región de Baviera, son los perros más peligrosos para Merkel. Ladran sin cesar. Sobre todo Söder, más joven y energético que el pálido Seehofer, quiere aplastar a la AFD, transformando su CSU en una especie de Liga Sur, es decir en un partido similar a la Liga Nord de Italia, como escribió el Süddeutsche Zeitung.

De hecho, la Liga y la CSU tienen mucho en común. Proceden de regiones ricas y reacias a compartir su riqueza con los pobres. La política de la CSU promueve una especie de separatismo light, sin el objetivo de convertir Baviera en un estado independiente, pero sí decidido a tomar las riendas de su futuro, hasta el punto de amenazar con cerrar las fronteras bávaras al extranjero en un acto unilateral y sin el consentimiento de Berlín. Merkel solo podía frenar a Söder y Seehofer con el poder constitucional de su cargo (Richtlinien-Kompetenz), el martillo más poderoso que ofrece el sistema político alemán y que sólo se emplea en casos muy especiales de rebeldía interna.

Es al mismo tiempo lógico e irónico que la mayor amenaza para Merkel no venga de la oposición, de la socialdemocracia o de la izquierda, sino de su propio partido, de su aliado más importante. Alemania se está despertando de su sueño de armonía merkeliana. No está preparada para una realidad tan explosiva.

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