La Lealtad montonera (IV) . Los maoístas pacifistas están hervidos

Acerca de la irrelevancia del pacifismo de los ex montoneros leales a Perón

Hace tiempo, la revista Lucha armada publicó un artículo de Alejandro Peyrou sobre la escisión de  Montoneros de los » leales a Perón» y esa nota fue continuada aqui por otra de Teodoro Boot , Ahora escribe el compañero Dardo Castro, quien fue editor de la revista Los 70 («Política, Cultura y Sociedad en los 70») y antes miembro de la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO), que a diferencia de Montoneros puso el acento de su actividad en las Coordinadoras Obreras antiburocráticas e intentó, en la medida de sus escasas posibilidades, conjurar el Golpe de Estado.  Mi comentario, al final.

Una izquierda gramsciana y nacional. Dardo Castro (en el medio) hablando en un acto de reivindicación de los caídos de OCPO y sus Brigadas Rojas.
Me siento casi como un intruso en esta polémica, sobre todo en lo que se refiere al conflicto de Montoneros, Lealtad, Perón y el peronismo. De todos modos, me asombra un poco que los análisis no incorporen la lucha de masas como un factor determinante en la situación política del momento, que había cambiado sustancialmente con relación a la etapa de la lucha antidictatorial. Por eso la comparación de Cooke y Rearte con Montoneros me parece extrapolada de los respectivos contextos. El país de Perón en Puerta de Hierro y el país de Perón retando a Montoneros por imberbes ya no era el mismo a causa de la larga confrontación obrera y popular que se abrió con la Resistencia Peronista –a cuyo impulso nacieron  los cuerpos de delegados y las comisiones internas en fábrica que radicalizaron la lucha por el salario y las condiciones de trabajo–, desembocó después en el Cordobazo y se prolongó en las tomas de fábrica con rehenes en los “70, hasta culminar en las Mesas de Gremios en Lucha en el ‘75, el punto organizativo y político más alto alcanzado jamás por el movimiento obrero argentino, ya en la antesala de la dictadura.
En ese proceso, el movimiento popular había cambiado sustancialmente, y Montoneros no podía ser ajeno a los términos de unidad que se gestaban desde abajo, desde la lucha concreta en las fábricas y en las calles. A diferencia de las FAP, Peronismo de Base, Comando Sabino Navarro, MRP, FRP y otras organizaciones de esa franja, Montoneros, absorbido por sus peleas superestructurales, no incorporaba esas luchas de base en su estrategia política, hasta el punto de que no tuvo una participación significativa en ninguna de ellas.
De hecho, el acercamiento a dirigentes sindicales que protagonizaron el Cordobazo, como Atilio López, es posterior al levantamiento, y de todos modos no logró reclutar (quizás ni se lo propuso) a ningún dirigente importante de las gestas antidictatoriales y antiburocráticas de los sindicatos de Fiat Sitrac y Sitram, Luz y Fuerza y el Smata, de Córdoba, ni de la UOM de Villa Constitución ni de la UOCRA del Chocón ni de los gremios azucareros de Tucumán, etc., etc. No así las organizaciones peronistas “de base”, que sí tuvieron un rol protagónico junto con la nueva izquierda.
Hacia 1972 todas las organizaciones armadas estaban al borde del colapso. Todas, peronistas y no peronistas. La clase obrera se había replegado, la mayor parte de los cuadros de dirección hacía flexiones en Trelew y otras prisiones y, en medio del reflujo, la propaganda armada por sí sola no servía como método de acumulación, lo que desnudaba las limitaciones del militarismo de Montoneros y del PRT. Pero la apertura del 73 y el enorme triunfo electoral del peronismo pusieron en segundo plano esas falencias, y Montoneros emergió con una poderosa capacidad de organización y movilización, absorbiendo de manera acelerada a prácticamente el conjunto del peronismo combativo.
Pero ese proceso no alcanzó una síntesis ni, mucho menos, anuló las contradicciones entre los grupos que confluyeron sino que las postergó por poco tiempo. Y el fracaso de Perón para “pacificar” el país, su compromiso fundamental con, principalmente, los grandes grupos de poder y de presión, chocaba de lleno con lo inviable de una gobernabilidad que no empezara por desmovilizar a la clase obrera, lo que sólo podía lograrse con la represión y el descabezamiento de lo que Balbín bautizó más tarde, ya en tiempos de Isabel, como “la guerrilla fabril”, una denominación que pretendía reducirlo todo a un grupo de militantes sindicales vinculados a las organizaciones armadas.
Más allá del carácter burocrático y estalinista de la cúpula que encabezaba Firmenich, en esa época un número importante de sus cuadros de superficie habían comenzado a participar activamente en las luchas obreras junto a la izquierda revolucionaria, ya sea de origen peronista o marxista o ambas cosas (que también las había, qué tanto), una práctica que inevitablemente acarreaba contradicciones flagrantes con la conducción nacional. (De paso, debo decir que no conocí a ningún delegado o activista de Lealtad en ninguna fábrica ni sindicato, aunque supe que había uno que otro en la estructura gremial burocrática de los municipales y los empleados públicos). Así fue como la mayor representación en las Coordinadoras obreras de Córdoba, Buenos Aires, Capital y Rosario la tenían la Montoneros, la OCPO y el PRT, aunque éstos últimos, ya en la última fase, menguaron su fuerza al sacar activistas y dirigentes obreros para mandarlos a la Compañía de Monte. 
Tengo el persistente recuerdo de compañeros entrañables de Montoneros, militantes de base y dirigentes, como Iván Roqué, Mendizábal, los Molina de Santa Fe, el negro Juárez de la JTP y tantos otros, con quienes compartimos celdas y pabellones, asambleas y debates, algunos de los cuales me preguntaban asombrados porqué nosotros, los de OCPO, no éramos peronistas, ya que a diferencia del resto de la izquierda compartíamos con ellos la famosa categoría política de frente de masas.
Para OCPO, el frente de masas era un concepto fundante y lo concebíamos como la  configuración de un movimiento, a la vez espontáneo y orgánico, en el que confluyen diversos sectores populares, cuyo método de lucha es predominantemente la acción directa y cuyo programa expresa reivindicaciones de vida y de trabajo consideradas irrenunciables. El frente de masas es siempre inestable y contradictorio, ya que conviven en él sectores cuyos objetivos tienden a divergir o incluso tornarse antagónicos cuando se modifican o desaparecen las condiciones que dieron lugar a su configuración.
Como peronistas, los compañeros montos entendían esto perfectamente y de una manera concreta, pragmática, aunque no hubieran leído una letra de Gramsci. Otra cosa era cómo lo aplicaban y resolvían en su particular puja de poder al interior del peronismo. A lo que voy es que la inserción de Montoneros en los conflictos de base radicalizaba su militancia y abría contradicciones que su conducción no estaba en condiciones de resolver, aunque intentó hacerlo de manera burocrática y hasta castrense, por ejemplo en el caso de la famosa columna Norte. Pero estaba claro que cerrar filas con Perón y aceptar la verticalidad, como lo plantea crudamente la carta de Lealtad que ahora se vuelve a publicar (¡comparándola con la de Rodolfo Walsh!!), era entregar a la avanzada obrera a la represión y a la muerte. Como sucedía en el resto de los  países dependientes y semicoloniales del Tercer Mundo, la cuestión nacional ya no podía resolverse al margen de la cuestión social. El destino de Montoneros, el nuestro y el de todos los combatientes y no combatientes que luchaban por un proyecto de poder popular autónomo, ya estaba jugado de todos modos, como quedó demostrado con la llegada de la dictadura, pero ese desenlace no devino de enfrentar a Perón. A lo sumo, hacer lo que proponía Lealtad era estar, por acción u omisión, del lado de Lorenzo Miguel, López Rega, CNU y demás, despejando el terreno para la llegada de la represión sistemática y planificada de la dictadura.
Si las organizaciones revolucionarias –o que se pretendían tales– debieron replegarse, abandonar el militarismo, irse a México y España u otra cosa, es otro debate, del que no tengo ninguna respuesta que no sea una desdichada conciencia de que hay situaciones históricas en las que, llegado cierto punto, no hay salidas acertadas. Es lo que muestra André Malraux en una de las escenas finales de La condición humana, cuando los maoístas que habían entregado las armas al general nacionalista Chiang Kai Shek eran metidos, uno por uno, en la caldera hirviente de una locomotora. En estos días, mirando las caras de Astiz y Acosta sentados en el tribunal el día de las sentencias a cadena perpetua, he vuelto a pensar en eso obsesivamente y sin consuelo.

Finalmente, el argumento contrafáctico de que Lealtad salvó compañeros (¡y hasta que lo salvó a Kirchner¡) es de una simplicidad en la que no incurriría ni el más bisoño estudiante de historia. Eso mismo decían los fundadores de la Coordinadora radical cuando los entrevistamos para la revista Los ’70, como también  en su momento Altamira y el resto del troscaje para defender su pacifismo irrevelante.

Yo no me fui con la Lealtad, me fui hacia la OCPO. Lo hice, sintéticamente, porque estaba indignado con Perón por lo de Ezeiza, y porque la OCPO no aprobaba la GPP, que juzgaba equivocada, y porque subordinaba la lucha armada al desarrollo de las Coordinadoras Obreras y se oponía activamente al golpe en ciernes, proponiendo que el Gobierno convocara a una asamblea constituyente, es decir, proponiendo una salida democrática.
Eso fue en 1976. Antes, en 1974, hice la colimba. Pasé el invierno y la primavera de ese año mandándole largos escritos criticos a los responsables de Sur Capital de los Montos. Aprovechando que había criticado que llamaran a la Presidenta «Isabel Martínez» (privándola del apellido Perón, siendo como era que Perón no sólo la había elegido, sino que nos la había dejado de presente griego, y que los Montos no querían criticar a Perón en público), dichos montos echaron a rodar la bola de que yo era de La Lealtad, de cuyos miembros me consideraba en las antípodas. Sin embargo la conducción de Sur Capital de los Montos me difamaba a fines de 1974 diciendo urbi et orbe que yo era un quintacolumnista, un leal que váyase a saber por qué, no me había ido con los demás. Pasaron muchos años antes de que comprendiera que mi mirada era muy parecida a la de muchos «leales» como Horacio González y mi gran amigo  Teodoro Boot, algo que estaba velado por mi rencor peronista con Perón. Estoy de acuerdo con Dardo en que los leales no le prestaban la debida atención al fenómeno de las Coordinadoras, que desvelaban a los Balbin y Martínez de Hoz, pero no lo estoy en absoluto cuando se pregunta retóricamente si la propuesta pacifista de la Lealtad  implicaba algo más que permanecer en el mismo bando que López Rega, Lorenzo Miguel y la CNU. Me parece una chicana porque la alianza entre López Rega y  Lorenzo Miguel iba a saltar por los aires, y la chispa iba a ser el asesinato, por parte de los guardaespaldas de Miguel, de un pistolero de la CNU. Seguramente los leales apostaban por llegar a una tregua, a un pacto con Miguel,  pero eso también lo pretendían algunos jefes de quienes permanecían en montoneros. Y no creo que hubiera un solo leal que quisiera aliarse con la CNU.  

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