DOMINGO MERCANTE: El repudiado corazón de Perón

La vida te da sorpresas. Leí esta larga y muy instructiva nota (ideal para matar el tedio en una tarde lluviosa y sin fútbol) en whatssap sin reparar en su autor. Cuando lo hice, me asombré. No se trataba de un simple gorilón erudito, como Hugo Gambini, sino de un cómplice confeso de la dictadura. Y, sin embargo, y más allá de algún esporádico golpe bajo, este trabajo bien puede calificarse de equilibrado e incluso casi diría que de imprescindible. ¡Si hasta cita a Teodoro Boot! Por lo visto estamos en épocas de “fuego amigo” contra el relato cipayo. Comenzó Carlos Escudé, y lo siguieron Hugo Alconada Mon, Pablo Duggan y Mario Cimadevilla. En la foto, Mercante, Evita y Perón: mientras estuvieron juntos fueron imbatibles.

La historia del gobernador al que Perón ungió como su sucesor pero al que terminó persiguiendo

“¡Con Perón y con Mercante, la Argentina va adelante!” era el slogan en 1946

 

Mercante junto a Perón (Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires)

Mercante junto a Perón (Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires)

Por la monumental obra pública, por la transparencia contable y por su talante democrático, la suya fue una gestión impecable.

La consagración definitiva llegó cuando Eva Duarte dijo que Mercante era “el corazón de Perón“.

Pero de repente, algo ocurrió. Dentro del propio gobierno peronista Mercante pasó a ser mala palabra. Se desató una durísima campaña contra él. Sus colaboradores fueron perseguidos, denunciados y encarcelados.

Hasta que en 1953, siendo presidente Perón, Domingo Mercante fue exonerado del Partido Justicialista, sospechado de “corrupción” y acusado de “deslealtad”.

Y allí terminó su carrera política. Un velo cayó sobre su persona y su obra.

Nunca más se habló de él. El olvido es tan absoluto que a lo largo de los años ni siquiera los dirigentes peronistas lo han mencionado. Sin embargo, es difícil encontrar un gobernador bonaerense -de cualquier partido político- que haya realizado una gestión tan extraordinaria.

Los primeros tres años de su gobierno, en los que desarrolló el llamado Plan Trienal, fueron febriles. La provincia fue un hervidero de obras públicas.

Inauguró 1.609 escuelas nuevas, además de las miles que refaccionó. Organizó el sistema preescolar, creó jardines y escuelas de formación de maestras jardineras.

Hizo caminos: La Plata-Punta Lara, General Rodríguez-Pilar, Chascomús-Magdalena, Moreno-San Miguel, Coronel Suárez-Las Colonias, Ayacucho-Las Armas-General Madariaga, Villa Elisa-Punta Lara, San Andrés de Giles-San Antonio de Areco, Saladillo-25 de Mayo, Olavarría-Hinojo, Juarez-Tandil, Capilla del Señor-Ruta 8 y el primer Camino Isleño.

Evita, Perón y Mercante leen el diario (Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires)

Evita, Perón y Mercante leen el diario (Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires)

Pavimentó miles de calles, entre ellas la Avenida Pavón desde Avellaneda hasta la entonces ruta nacional (hoy provincial) 210. Construyó 59 aeródromos, la planta de tratamiento de agua para La Plata, Berisso y Ensenada, creó la Escuela de Policía “Juan Vucetich” y la Escuela Superior de Policía.

Bajo su mandato se hizo el Hotel Provincial de Mar del Plata, el Instituto Tecnológico del Sur (ahora Universidad Nacional del Sur) en Bahía Blanca, la República de los Niños en Gonnet, el sistema interconectado de energía Mercedes, Alberti, Suipacha, Bragado y Chivilcoy, la usina eléctrica de Bahía Blanca y el Viaducto Sarandí. Este último se construyó en un año y medio, estaba prácticamente terminado en mayo de 1952, un mes antes dejar el gobierno, pero no lo quiso inaugurar porque sólo lo hacía con las obras en pleno funcionamiento.

También es obra suya el complejo turístico de Chapadmalal. Lo mismo que el Primer Festival Cinematográfico de Mar del Plata, en 1948, cuyo director general fue Enrique Telémaco Susini, aquel loco de la azotea que hizo la histórica transmisión inaugural de radio de la Argentina. (Recién en marzo de 1954 se haría el que erróneamente se menciona como primer festival de cine en Mar del Plata, con la presencia -entre otros- de Errol Flynn, Alberto Sordi y Jeanne Moreau.) Mercante hizo 146 barrios obreros en toda la provincia, que los beneficiarios pagaron con planes ajustados a sus posibilidades económicas. Alentó el turismo social hacia Mar del Plata, imponiendo el slogan “Usted se paga el pasaje y el gobierno el hospedaje”. Construyó la Casa de la Provincia de Buenos Aires en la avenida Callao 237, creó la primera escuela de enfermeros paracaidistas del país, erradicó el vaciadero de basura de Villa Domínico, distribuyó 130 mil hectáreas entre nuevos propietarios, edificó el Hotel Provincial de La Plata, el Sanatorio Marítimo de Necochea, logró el regadío de 50.000 hectáreas en Villarino con el Canal de Riego Unificador, inauguró estaciones de ferrocarril, centros polivalentes, unidades sanitarias, bibliotecas y cloacas.

Acaso esta reseña parcial resulte una sorpresa, aún para personas bien informados como los lectores de estas líneas.
Y seguramente surgen varias preguntas. ¿De dónde salió este tal Mercante? ¿Cómo llegó a ser gobernador? ¿Por qué nunca se habla de él, con semejante récord?

Antes de responder a esos interrogantes, reparemos en algo fantástico: al asumir su cargo, la provincia tenía un presupuesto deficitario. Pero el Plan Trienal pudo completarse porque se reformó el Código Fiscal. No sólo se incrementó la recaudación, sino que se pudo planificar la obra pública con anticipación. Y lo milagroso fue que el plan tuvo el apoyo legislativo de la oposición.

El gobierno de Mercante no tenía mayoría en las cámaras, y no alcanzaba los dos tercios necesarios en el Parlamento para aprobar los presupuestos. De manera que los votos del radicalismo (la principal fuerza opositora) eran cruciales. Sin embargo, todas las propuestas se aprobaban rápidamente y las obras se realizaban. Mercante mantenía una relación fluída y respetuosa con la oposición, y en ese marco de pluralidad recibía el apoyo esencial para ejecutar la obra de gobierno. “El carácter singular del ejecutivo bonaerense residió, en esta como en otras áreas, en una marcada inclinación a la negociación y al diálogo, particularmente con la cúpula parlamentaria“. (Oscar H. Aelo – UNMdP)

El 2 de julio de 1974, ya anciano, el coronel Domingo Mercante fue a despedir los restos de Juan Domingo Perón, que era velado en el Congreso de la Nación. Entre lágrimas, seguramente evocó los momentos compartidos a lo largo de muchos años.

Se habían conocido en 1924, cuando ambos participaban como profesores en un curso de actualización en la Escuela de Suboficiales. Dieciocho años más tarde, en 1942, se reencontraron en la Dirección General de la Inspección de Tropas de Montaña, por entonces establecida en la avenida Santa Fe 3.117, casi esquina Gallo.

Perón ya era coronel, le llevaba tres años de diferencia en la antigüedad militar. Había estado en Europa, donde luego de recorrer España, Francia, Alemania y Portugal prestó servicios en la Escuela Militar de Montaña de Italia. Esa experiencia, su simpatía arrolladora y una agudeza política singular lo convertían en el centro de todas las reuniones. Las charlas sobre la situación del país se hicieron habituales. Además, Perón escribía muchísimo.

Un día le extendió unas hojas mecanografiadas y le dijo:

—Tome, Mercante, lea esto… Aquí están muchas de las cosas que hemos conversado.

Eran los apuntes iniciales sobre la formación del GOU, el futuro Grupo de Oficiales Unidos. Allí se hablaba de organizar una acción tendiente a asumir el gobierno “para recuperar al país de una corrupción que lo lleva derecho al comunismo”.

Ante el entusiasmo de Mercante, Perón le ordenó:

—Mercante, usted es el primer integrante… Comience a trabajar.

De inmediato, Mercante empezó a tomar contacto con distintos oficiales, de diferentes cuarteles y guarniciones.
Había comenzado el golpe militar que finalmente tomó el poder el 4 de junio de 1943.

Isabel Ernst era bellísima. Alta, rubia. Y joven: tenía 18 años. Trabajaba como maestra en una academia que estaba en la avenida Santa Fe al 3.100, enfrente de una dependencia del Ejército.

Ella había nacido en Köln, Alemania y hablaba cinco idiomas. Pero el oficial que siempre la miraba desde la ventana vecina, aún no tenía esa información. Le llevó unas semanas, luego de dejarle varias esquelas y algunos ramitos de flores, convencerla de tomar el té con él.

Luego de esa primera vez, tuvieron más oportunidades de narrarse sus respectivas historias.

Ella le contó que sus padres habían sido propietarios de una fábrica de porcelanato en Alemania. Y que pese a que tenían una buena posición económica, decidieron abandonar Europa ante el peligro inminente de la guerra.

A su vez, él le confesó que era casado. No imaginaban que pese a eso, y a que él le llevaba 26 años, nunca más habrían de separarse.

Menos aún podían sospechar que cuatro años más tarde él iba a ser gobernador de la provincia de Buenos Aires.
Y que alguien lo iba a denominar “el corazón de Perón“.

“Pero -escúcheme bien, Blanca- lo que más me conmovía aquella noche, ante los despojos de Evita, en medio del impresionante silencio de la residencia, era que veía alzarse su corazón ya sin latidos, como una patena, ante el rostro de Dios, brindándole el holocausto de un inmenso dolor. De un dolor que jamás se sabrá en este mundo. De un dolor más meritorio ante los ojos de Dios que su lucha en favor de los necesitados, con ser esta heroica, como no cabe negarlo. Usted sabe muy bien a qué dolor me refiero. Sabe quién lo provocaba y de qué manera. Dolor que, como ningún otro, desgarró su corazón. Más, mucho más que la enfermedad. Lo hemos conversado en nuestras conversaciones, con usted y con Chicha, sangrándonos todavía el corazón. Con qué ganó más Evita el corazón de Dios: ¿con ése su sufrimiento, que ignorará la historia, o con su obra social pública, en la que -como no podía ser de otro modo- se mezclaba mucho de vanidad, mucho de éxito mundano, mucho de política y ostentación? Soprendente: lo que de verdad hizo grande a Eva Perón jamás se sabrá en este mundo. Lo ignorarán las gentes. Escapará a la búsqueda de los historiadores. Morirá con la muerte de contadas personas. La de usted, la de Chicha, la mía, y no sé si de alguien más.

Estos párrafos forman parte de una enigmática carta que el confesor de Eva Perón, el padre Hernán Benítez, le escribió a Blanca Duarte de Álvarez Rodríguez, hermana de Evita, en 1985.

Eva Perón y Mercante (Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires)

Eva Perón y Mercante (Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires)

Mucho se ha escrito y especulado sobre el secreto de confesión de uno de los personajes más carismáticos de la Argentina. Ha habido diferentes interpretaciones, algunas fantasiosas, más de una malintencionada.

La carta del padre Benitez también dice: “Al purgatorio lo había padecido ya en este mundo. No en su carne cancerada, sino en su corazón acrisolado en la peor de las torturas. Bien sabe usted, Blanca, a qué me refiero. Eran ustedes sus hermanas las únicas a quienes ellas abría todo su corazón.”

Quizás no se sepa nunca cuál era el motivo de ese terrible dolor espiritual. O sí. Este mismo desgarrador documento del padre Benítez parecía destinado a permanecer oculto. Él parecía confiar en eso al escribir:

Y si esta carta cayera algún día en manos de los biógrafos o de los historiadores de Eva Perón, ¡lo que no inventarán éstos para descifrar su secreto sufrimiento!“.

De una manera u otra, tarde o temprano, el futuro suele revelar los hechos del pasado. ¿Se sabrá alguna vez cuál era el secreto de Evita?

Entre junio de 1943 y octubre de 1945 los hechos se fueron sucediendo de un modo inexorable.

El general Pedro Pablo Ramírez era el presidente de facto. Perón empezó ocupando la jefatura de la secretaría del Ministerio de Guerra y Mercante fue el oficial mayor adjunto, ambos con el total apoyo del general Farrell, designado Ministro del Arma. Allí, en el viejo edificio militar, comenzaron los contactos con los dirigentes gremiales. Pronto, Perón y Mercante ocuparon posiciones más propicias para afianzar su relación con los trabajadores: Perón fue designado al frente del hasta entonces ignoto Departamento Nacional del Trabajo y Mercante ocupó la intervención de la Unión Ferroviaria y La Fraternidad. En esa posición, Mercante –con inmejorables contactos con el gremio por motivos familiares, porque su papá era ferroviario de toda la vida– logró que se levantara una larga huelga del sector.

El paso siguiente fue transformar el Departamento Nacional del Trabajo y elevarlo a la categoría de Secretaría de Trabajo y Previsión, a cuyo frente se nombró a Perón. Y Mercante, siempre a su lado, ocupó la Dirección General de Trabajo y Acción Social. A medida que pasaban las semanas, se multiplicaban las reuniones con los dirigentes de los sindicatos, quienes por primera vez pisaban los despachos oficiales. Pero al mismo tiempo crecía la resistencia de sectores militares contrarios al acercamiento de los trabajadores con Perón y Mercante, a quienes consideraban “comunistas“. Las crisis castrenses provocaban cambios en los altos mandos, situación que derivó en el reemplazo del general Ramírez por el general Farrell. Así, en julio de 1944, Perón ya era vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión, aunque en la práctica de esta última se ocupaba el coronel Mercante.

Eva perón en una edición de los Juegos de la Juventud

Eva perón en una edición de los Juegos de la Juventud

A principios de la década del ’40, radio Belgrano tenía sus estudios en la calle Posadas al 1.500, casi esquina Ayacucho. Enfrente, en el 1.567, había un edificio llamado “Golden Home”, hoy convertido en el Hotel Meliá Recoleta. Según el abogado y empresario español José María Lafuente, allí vivían altos oficiales del Ejército, en muchos casos de manera subrepticia. El lugar era algo así como el refugio sentimental, el departamento de solteros de generales y coroneles casados.

Lafuente -ahora propietario del hotel- lo afirma en su libro “Evita en la Golden Home”.

Pero no es sólo esto lo que revela. También afirma que Mercante tenía allí un departamento. Y que en 1939 conoció a una joven actriz, que trabajaba a pocos metros de allí, en radio Belgrano. Ella había llegado del interior, tenía dificultades económicas y algunos problemas de salud. Congeniaron, se enamoraron, él la ayudó, ella se quedó a vivir allí.

No muchos años después, esa delgada veinteañera iba a convertirse en la abanderada de los humildes de la Argentina.

Hay muchas maneras de acercarse a la Historia y a sus personajes.

Una es aceptar que se trata de hechos protagonizados por seres humanos que -más allá de la trascendencia de sus actos- tenían las mismas emociones y sentimientos que todos nosotros.

Los juicios de valor -que siempre son relativos- en todo caso deberían relacionarse con sus actos públicos y con sus gestas. Pero debería respetarse siempre el patrimonio personalísimo de los actores históricos.

Guerreros, líderes políticos, descubridores, escritores, todos han amado, odiado, temido, traicionado, sufrido y gozado.
Precisamente esa intransferible condición humana los hace más cercanos, más próximos. Y nos ayuda a comprenderlos y a aceptarlos.

Al fin y al cabo, es lo que esperamos para nosotros mismos cuando seamos tan sólo un recuerdo.

Soldados durante la Segunda Guerra Mundial (Getty)

Soldados durante la Segunda Guerra Mundial (Getty)

 

En el mundo comenzaba el ocaso de Hitler, luego de que los rusos rompieran el cerco de Stalingrado. Y faltaban pocos meses para que los aliados entrasen a París.

En Argentina, el golpe militar del 4 de junio de 1943 había instalado a los militares del GOU en el poder. El presidente de facto era el general Pedro Pablo Ramírez, quien le dio nombre a la Copa de la República, un torneo de fútbol que ganó San Lorenzo de Almagro al vencer 8 a 3 a General Paz Juniors de Córdoba.

Pero el acontecimiento tremendo ocurrió a las 20:45 hs. del sábado 15 de enero de 1944: un violento terremoto destruyó la ciudad de San Juan. Murieron 7.000 personas, hubo 12.000 heridos y largas caravanas de sobrevivientes iniciaron un éxodo hacia otras ciudades cercanas. El coronel Juan Domingo Perón, desde su cargo en la Secretaría de Trabajo y Previsión promovió un gran movimiento de solidaridad nacional para asistir a las víctimas. La repercusión popular fue inmediata. Hubo una gran colecta por la calle Florida, encabezada por funcionarios del gobierno entre los que se destacaba el propio Perón. Unos días antes, en la secretaría, Mercante se había reunido con los representantes de distintas agrupaciones gremiales, que ofrecieron su apoyo a la campaña. En el grupo del Sindicato de Actores de Radio era evidente que la joven actriz Evita Duarte se manejaba con iniciativa.

En una nueva reunión, esta vez con Perón, se revolvió hacer un gran festival en el Luna Park, en el que se haría entrega de la recaudación obtenida en las colectas. La fecha elegida fue el sábado 22 de enero de 1944. Esa fue la noche en la que Evita se sentó al lado de Perón. Desde ese momento, siguieron juntos hasta que ella murió en 1952.

¿Quién ubicó a Evita en esa butaca, junto a Perón? Hay muchas versiones, que van desde Homero Manzi a Roberto Galán, pasando por el coronel Aníbal Imbert. Sin embargo, el Dr. Domingo Alfredo Mercante -hijo del coronel- dice que fue su propio padre quien la hizo sentar al lado del hombre fuerte del momento. Así lo escribió en su libro “Mercante, el corazón de Perón”: “Al divisar entre los concurrentes a Eva Duarte, y recordando su simpatía y la fácil llegada que había tenido al coronel Perón en la audiencia previa al acto, fue en su busca y sin darle ninguna explicación , ante el asombro de la requerida la tomó de la mano y la obligó a que lo acompañara, conduciéndola a la silla vacante. Asombrada y algo temerosa, Evita le dijo ‘Pero Mercante, ¿aquí al lado del Coronel?’. ‘Sí’, le contestó mi padre. ‘Siéntese, cállese y no se mueva del lugar’. Una vez que llegó Perón, ocupó la silla contigua a Evita, saludándola con su permanente y grata sonrisa”.

Comparados con la magnitud de los episodios históricos que vivieron estos personajes, los detalles anecdóticos no tienen importancia.

Resulta casi insignificante dirimir lo de la silla, aunque le agrega cierto sabor el hecho de que una actriz conocida de la época, cuyas iniciales eran P.S., tenía pensado ocupar ese lugar porque aspiraba a acompañar a Perón. Dice el hijo de Mercante: “Comenzado el acto, y llegada -con la impuntualidad propia de las damas expertas- la actriz que había reservado el lugar de privilegio, inútiles fueron sus
protestas, sin perjuicio de increpar a mi padre por la actitud por él asumida“.

Hojarasca, cascarilla, pelusas de la Historia, que sin embargo se fueron enhebrando.

Peron y Evita

Así por ejemplo, hay un par de interpretaciones sobre cómo concluyó la noche de ese primer encuentro. Por un lado, se ha publicado que Perón y Evita se fueron al Tigre y que allí pasaron el fin de semana. Sin embargo, otro testimonio sostiene que del Luna Park se fueron a pernoctar al departamento que el actor Fernando Ochoa tenía en la calle Corrientes.

Lo que parece indiscutible es que no fueron al departamento de Perón, porque allí vivía la joven mendocina María Cecilia Yurber Peña, a quien el coronel llamaba “La Piraña”. Aunque era su compañera sentimental, la presentaba como su hija. Como consecuencia del terremoto, había viajado a Cuyo para verificar cómo se encontraba su familia. Regresó pocos días después, pero pronto tuvo que abandonar el domicilio: Evita le hizo saber que ahora ella era la dueña de casa y también del corazón del morador.

Lo que no se ha podido confirmar es si esa noche Isabel Ernst también estuvo en el Luna Park. A esa altura, ya era la relación amorosa estable de Mercante, pese que éste seguía casado con su esposa, María Helena Caporale, de quien jamás se divorció.

Estas referencias no son casuales. Y muy lejos de responder a una curiosidad malsana, son el anticipo de hechos trascendentales.

En ese momento, enero de 1944, Isabel ya no trabajaba como maestra. Ahora tenía un cargo en la Secretaría de Trabajo y Previsión, al lado de Mercante. Junto a él, mantenía fluídos contactos con los dirigentes gremiales que iban constituyendo la base política del movimiento político que se estaba gestando en la Argentina. Ella había tenido activa participación en la organización tanto de la colecta como del festival.

El destino estaba a punto de hacer confluir en un episodio cumbre a Perón, Mercante, Evita Duarte e Isabel Ernst: el 17 de octubre de 1945.

Las calles el 17 de octubre de 1945

Las calles el 17 de octubre de 1945

 

Esa fecha se ha narrado habitualmente con fervor partidario y ese contenido emocional no ha dejado espacio para un análisis más riguroso. Una somera investigación permite apreciar que el coronel Domingo Mercante tuvo una participación decisiva en esa jornada.

Por ejemplo, dice Teodoro Boot en su investigación “Hoy como ayer, ascenso y caída de Domingo Mercante, el corazón de Perón”:

A despecho de uno de los más caros hitos de la mitología peronista, será justamente Mercante el verdadero promotor y articulador de la reacción obrera ante el encarcelamiento de ese arremetedor coronel, ya por entonces tenido por ser el primer trabajador.

Una fuente inesperada (“Hojas de afeitar argentinas”, el blog de Sergio y Nadia, noviembre de 2009) descubrió que el Partido Peronista de San Isidro, poco antes de 1950, lanzó las hojitas “Gobernador Mercante”. Y al hacer la reseña histórica asegura:

En octubre de 1945, cuando Perón fue obligado a renunciar y luego detenido por los grupos conservadores de las Fuerzas Armadas, Mercante desempeñó un rol decisivo para restablecer las comunicaciones entre los sectores sindicales y la CGT y organizar las movilizaciones obreras que culminaron con su liberación el 17 de octubre de 1945.

Por su parte, Juan Godoy sostuvo en “La gestión Mercante: expresión de la Revolución Nacional en la provincia de Buenos Aires”:

En el marco de la detención de Perón, Mercante comienza a recorrer los sindicatos, juntarse con dirigentes, caminar las barriadas populares del Gran Buenos Aires pidiendo la movilización. Ante los hechos, el General Eduardo Ávalos, ordena su detención el 14, y luego su liberación el 17 para que actúe como negociador entre Perón y el gobierno en esas tensas horas que se viven. Desde el “subsuelo de la patria sublevada” se corea “con Perón y Mercante la Argentina va adelante”. (Mercante (h.), 1995: 75) Un año más tarde, el 17 de octubre de 1946, se inaugura la distinción de la “medalla de la lealtad“, Mercante es el primero en recibirla. Evita y Perón lo tienen en alta estima.

Es inevitable la referencia al libro “Mercante, el corazón de Perón”, escrito por el propio hijo de Mercante, el doctor Domingo Alfredo “Tito” Mercante. Allí se puede leer:

Perón se dirigió a sus seguidores desde los balcones de la Secretaría que daban sobre la calle Perú; entre la noche anterior y ese momento Mercante había armado rápidamente la comparecencia de miles de trabajadores.

Mi padre, en la función de Director General de Trabajo, desde esa misma noche del día 10 comenzó a vivir días inolvidables; dejando de lado el sueño recorrió sindicatos, pueblos y barriadas y para hacerlo con los que no podía llegar, comisionó a amigos y a los mismos dirigentes y obreros, los que se dispersaron por todo el Gran Buenos Aires, pidiendo la movilización.

Finalizadas las palabras de Perón, Farrell anunció la formación del nuevo gabinete. Mercante sería el nuevo secretario de Trabajo y Previsión. Pero Mercante no estaba presente en el balcón, estaba pasos más atrás. Se había desmayado, atendido por un médico de la presidencia.Ocho días de tensiones acaban con cualquiera, querido“, me dijo al día siguiente.

Cipriano Reyes

Cipriano Reyes

La historia oficial no ha sido generosa con Mercante en cuanto a su papel fundamental en aquella jornada. En realidad, las omisiones en algunos casos han sido estruendosas, como la que alcanzó a Cipriano Reyes, dirigente del gremio de la carne que fue uno de los pilares de la primera etapa de Perón, y que luego sufrió una durísima persecución política por parte del peronismo.

Aunque la sorpresa mayor la brinda una investigación exhaustiva sobre la tarea que cumplió Isabel Ernst en los días previos al 17 de octubre de 1945. Tres historiadoras, Lucía Gálvez, Ana Inés Echenique y Alicia Dujovne Ortiz, le adjudican un papel fundamental. La primera de ellas no vacila en afirmar que la pareja de Mercante fue “la verdadera mujer protagonista del 17 de octubre“.

Es que Isabel -aquella joven rubia que Mercante había cortejado desde una ventana- no sólo lo acompañó en aquellos días febriles, tomando contacto con los sectores gremiales, sino que lo sustituyó en las riesgosas negociaciones cuando también Mercante fue encarcelado, el 14 de octubre, en Campo de Mayo, mientras que Perón ya estaba preso en Martín García.

Eso le hacía correr grandes riesgos, al trasladar personalmente los mensajes secretos que intercambiaban los dos militares detenidos y que ella recibía de parte de un capitán médico que oficiaba de nexo.

¿Habrá sido ella quien le entregó a Evita la carta que Perón le escribió el 14 de octubre? En ella le decía:

—Ahora sé cuánto te amo y que no puedo vivir sin ti. Esta inmensa soledad está llena de tu presencia. Escribí hoy a Farrell, pidiéndole acelerara mi excedencia y, tan pronto salga de aquí, nos casaremos y nos iremos a vivir en paz a cualquier sitio…

Una parte de ese párrafo se cumplió. Perón y Evita se casaron muy pronto: el 22 de octubre de 1945. Domingo Mercante fue el testigo de la boda y seguramente Isabel Ernst estuvo allí. De hecho, Isabel se convirtió inmediatamente en la secretaria privada de Evita. Y ambas parejas tuvieron una permanente relación amistosa, a tal punto que pasaban juntos los fines de semana en la quinta de San Vicente que había sido de Mercante y que -de acuerdo a todas las publicaciones- éste le vendió a Perón.

Los historiadores aseguran que el precio fue de 50.000 pesos y que el dinero tenía el respaldo de un préstamo del Banco Hipotecario.

Con respecto a esto último, hay otra versión. Alejandro Mercante, nieto del coronel Mercante y de Isabel Ernst, me dijo:

No se la vendió. Mi abuelo le regaló a Perón la quinta de San Vicente. Desde la primera vez que fue allí, Perón quedó fascinado con el lugar. Se iba debajo de los árboles, abría los brazos y respiraba hondo… Y decía que era el mejor lugar del mundo para él.

Perón no tenía partido político. Por eso, para las elecciones presidenciales del 24 de febrero de 1946 utilizó la personería del Partido Laborista, cuyo líder era Cipriano Reyes. Muy pronto esa coalición hizo crisis y el 23 de mayo, en una proclama leída por radio, el presidente electo anunció la creación de una nueva coalición, denominada PRUR, Partido Único de la Revolución.

También duró poco. Perón asumió la primera presidencia el 4 de junio y el 21 de noviembre de 1946 creó el Partido Peronista. El PRUR ya no existía. Para ese mandato inicial Perón quería a Mercante como Secretario General de la Presidencia. Los sindicalistas, con quienes había tenido tanto contacto en los años anteriores, presionaron para que fuese candidato a Vicepresidente, el compañero de fórmula. Pero Perón optó por el radical Hortensio Quijano. Y además propuso a Alejandro Leloir como candidato a gobernador para la provincia de Buenos Aires.

Luego de tensas disputas, los laboristas y los gremialistas lograron que el coronel Domingo Mercante
accediera a la candidatura bonaerense, acompañado por Juan Bautista Machado.

En la provincia, la fórmula opositora radical era Juan Pratt-Crisólogo Larralde y Mercante ganó con el 58% de los votos.

En la elección nacional, Perón-Quijano derrotaron a Tamborini-Mosca con el 52% de los votos.

Comenzaba una nueva etapa. Para Mercante, con una realidad que iba a marcar todo su mandato: no tenía mayoría parlamentaria. En el Senado, 21 radicales contra 18 peronistas; en Diputados, 35 radicales y 33 peronistas.

Sin experiencia política, pero con una determinación inquebrantable caracterizada por la ejecución del Plan Trienal, Mercante se rodeó de colaboradores provenientes de distintos orígenes. El ministro de Hacienda, Miguel López Francés, y el de Educación, Julio César Avanza, pertenecían al grupo FORJA. Hubo otros funcionarios de extracción radical y algunos sin militancia política.

Un caso singular es el de Pedro Poggio, un joven ingeniero que ocupó la Subsecretaría de Obras Públicas, palanca fundamental de la gestión de Mercante. Según el exhaustivo informe “La gobernación Mercante – Construcción histórica con documentos orales” del Centro de Estudios de Historia Política de la Universidad Nacional de General San Martín, Poggio fue presentado una mañana de 1946 ante el ya gobernador electo Domingo Mercante:

—Señor Gobernador, debo decirle que yo no lo voté.

Mirá, para manejar esta provincia yo necesito gente que sepa y que trabaje. Sea peronista o no sea peronista.

Uno de los personajes más importantes del gobierno de Mercante fue el presidente del Banco Provincia: Arturo Jauretche, el mismo que muchos años después escribiera “El medio pelo en la sociedad argentina”. Y como fiscal de Estado fue designado el abogado Arturo Sampay, vinculado al pensamiento social cristiano. Sampay tuvo un papel fundamental en el armado de la Constitución de 1949.
Porque en 1948 comenzó a tomar cuerpo la decisión de reformar la Carta Magna.

En la Argentina el mandato presidencial tenía seis años. Y no había reelección. El artículo 77 de la Constitución fijaba la duración de los mandatos: el presidente y el vice no podían ser reelegidos, sino con el intervalo de un período.

Públicamente, Perón sostenía que la repetición del mandato era “escuela del fraude“. Y privadamente, le dijo una vez a Mercante:

Mercante, después de mí, usted. Y después, si puedo, vuelvo yo.

Evita, en cambio, quería reformar ese artículo. Así lo recuerda el hijo de Mercante en su libro:

—Mercante, convénzase de que el General acepta la reelección. Tenemos que hacerlo presidente de ahora para siempre.

La Constitución fue reformada y el nuevo artículo 78 incluyó la reelección presidencial. Perón iba a presentarse otra vez. Si bien la flamante Constitución, en una Disposición Transitoria, prolongaba el mandato de los gobernadores provinciales hasta 1952, Mercante no aceptó que su período se adaptara a ese recurso:

—El pueblo me votó hasta el 16 de mayo de 1950 y yo termino en esa fecha.

Perón le preguntó: —¿Piensa hacer una elección por dos años, Mercante?

Sí, mi General. Y si usted me permite, en eso soy irreductible.

Ese diálogo se mantuvo en febrero de 1949, en la quinta de San Vicente. Allí estaban Perón, Mercante, Evita e Isabel Ernst. Aún no sabían que Isabel estaba embarazada. Al año siguiente Mercante no sólo iba a competir por sí mismo, sin participar de una lista con Perón, sino que iba a ser padre.
Habría de nacer Alfredo Silvestre Mercante.

La campaña electoral fue breve pero intensa. Perón y Evita acompañaron a su candidato en muchos actos. En uno de ellos, la líder de los descamisados dijo la frase que se hizo famosa:

—Mercante es el corazón de Perón..

El 12 de marzo de 1950 la fórmula Mercante-Passerini obtuvo el 63% de los votos, contra los radicales Balbín- Noblía. Mercante había conseguido 50.000 votos más que en 1946. El peronismo lograba un triunfo histórico en la provincia de Buenos Aires, un punto de apoyo invencible que aseguraba los resultados para las elecciones nacionales de 1952.

Además, esta vez había también había obtenido la mayoría en ambas cámaras.

Pero la alegría no fue completa, porque Ricardo Balbín, el candidato opositor, fue detenido cuando salía de votar en la mesa 22 de la ciudad de La Plata. Estaba acusado por un juez de Rosario de haber cometido desacato contra el Presidente, en un discurso dicho en esa ciudad. Terminó preso en la cárcel de Olmos.

Mercante fue a verlo a Perón para pedirle que dejara libre al líder radical:

—El desacato es un delito sin sentido, mi general… Del radicalismo hay que buscar el apoyo, no la guerra.

—No Mercante, si el Presidente de la República no logra que lo respeten, el país puede llegar a ser un caos. No hablemos más del asunto.

Pasaron los meses. Las relaciones entre las parejas Perón-Evita y Mercante-Isabel Ernst se enfriaron. Ya no hubo reuniones en San Vicente.

Mercante, flamante papá, se había afirmado políticamente. Y si bien no podía ser el sucesor presidencial de Perón porque se había aprobado la reelección, quizá podría acompañarlo en la futura fórmula como vice.

Pero no iba a ser así.

Una madrugada del mes de mayo de 1950 sonó el teléfono en la casa del diputado peronista Ángel Miel Asquía.

Sobresaltado, casi dormido, atendió. Una voz femenina, imperativa, casi le gritó:

—Venite volando para aquí.

Era Evita. Intentó convencerla de que era una hora impropia, pero fue en vano. Se vistió lo más rápido de lo que pudo y fue a la residencia. La encontró desencajada:

—’¡Quiere ser él, quiere ser él!’ Cuando le preguntó de quién hablaba, la respuesta fue como un latigazo:

—’¡Mercante! ¡Quiere ser el presidente!’ Estaba presente Raúl Alejandro Apold. La orden fue terminante: no podía aparecer ni una sola foto de Mercante en los diarios. Las radios no podían mencionarlo.

Y en el Congreso, todos los diputados y senadores deberían enterarse:

—Vos te encargás de eso. Tanto Apold como Miel Asquía cumplieron con lo que se les había encargado.

Mucho tiempo después, en 1962, en un encuentro circunstancial en el Palacio de Tribunales, el doctor Miel Asquía le confesó esta historia a su colega Domingo Alfredo Mercante, hijo del gobernador:

—Te lo tenía que contar, después de tantos años. Nunca se lo mereció, pero vos sabés cómo era la cosa.

Cerca de la Navidad de 1950, el gobernador Mercante llamó a su ministro de Gobierno, el médico Héctor Mercante, que era un pariente lejano suyo:

—Quiero que de aquí a fin de año Balbín reciba visitas en Olmos las 24 horas del día.

Cuando se empezó a cumplir la disposición del gobernador, las colas de gente que iba a visitar a Ricardo Balbín ocuparon varias cuadras, a toda hora, de día y de noche.

El 3 de enero de 1951, después de diez meses de prisión, el presidente decretó sorpresivamente el indulto de líder radical, quien salió en libertad.

En noviembre de 1972, Balbín saltó una tapia para entrevistarse con Perón en la casa de la calle Gaspar Campos, en Vicente López. Se abrazaron y Perón dijo:

—Doctor Balbín, usted y yo nos tenemos que poner de acuerdo porque somos el 80% del país.

Ambos habían olvidado sus rencores. Ninguno de los dos recordó a quien, 21 años antes, quiso evitar el error político de uno y la prisión del otro.

En 1952 terminó el mandato del gobernador Domingo Mercante. Por su propia voluntad, se le terminaba un camino y no podía optar a la reelección porque había acudido a las urnas en 1950.

Su lealtad le impedía lo que algunos imaginaban: que iba a intentar encabezar una fórmula interna en el peronismo, para enfrentar a Perón en las elecciones presidenciales. Lo lógico era, en todo caso, que la fórmula del oficialismo fuese Perón – Mercante.

Pero Perón decidió que su compañero de fórmula fuese Hortensio Quijano. La realidad determinó que eso no se concretara, porque el veterano político radical falleció antes de las elecciones. Así fue que el presidente optó por el almirante Alberto Teissaire, sin imaginar que apenas caído el gobierno peronista en septiembre de 1955 su compañero de fórmula iba a ser su gran acusador, ante las nuevas autoridades.

¿Y Mercante? Fue sucedido en la provincia por Carlos Aloé, un mayor del Ejército que había estado al frente de ALEA, la cadena oficialista de medios, que incluía siete diarios de la ciudad de Buenos Aires, la editorial Haynes con todas sus revistas, dos radios en la capital, 14 en el interior y sesenta y tres diarios en las provincias. Su estilo político representaba el verticalismo, el servilismo y el culto a la personalidad que caracterizó esa etapa del gobierno peronista, a diferencia del sesgo tolerante y sin autoritarismo que distinguió al gobierno de Mercante.

Apenas instalado Aloé en la gobernación, comenzó una campaña de hostigamiento contra su antecesor y quienes habían sido sus funcionarios.

Sus ex ministros Julio Avanza (Educación), Miguel López Francés (Hacienda) y Raúl Mercante (Obras Públicas) fueron encarcelados. Arturo Jauretche, que había estado al frente del Banco Provincia, debió exiliarse en Uruguay. El fiscal de Estado Arturo Sampay, que además fue redactor de la Constitución de 1949, se fugó a Paraguay disfrazado de sacerdote. El ingeniero Pedro Poggio fue torturado con la picana eléctrica y estuvo detenido varios años.

Ante esta situación, Mercante interrumpió un viaje a Europa y lo fue a ver a Perón:

—Mi general, Aloé ha detenido a tres de mis ministros. He venido para defenderlos.

—¡Contra usted no hay nada, Mercante!

—Presidente, si ellos son acusado por algo vinculado a sus funciones, el responsable soy yo y no ellos. Vengo a pedir su libertad.

—Vea Mercante, la justicia es independiente, no podemos interferir su tarea.

—Aloé está procediendo arbitrariamente.

—Encabeza el gobierno de un estado federal. No puedo interferir la acción de Aloé.

Mercante entendió que ya no era “el corazón de Perón”.

Mientras tanto, el gobierno de Aloé comenzó una sistemática tarea: eliminó todas las placas de bronce o de mármol en las innumerables obras públicas de la administración anterior. En las escuelas, en los hospitales, en las estaciones, fueron arrancadas las referencias a la fecha de inauguración o al gobernador Mercante.

Hubo otros cambios. Los registró el sociólogo Lior Zylberman, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, a través del análisis del “Noticiario Bonaerense”, el informativo cinematográfico de la gobernación.

Según este investigador, en el mandato de Mercante las imágenes de las personas que asisten a los actos tienen saco, el locutor menciona a la sociedad pero no alaba al pueblo, los gestos de Mercante son medidos y casi nunca aparece en camisa. En cambio, a partir de la etapa de Aloé, el modo centrado es reemplazado por la gesticulación ampulosa y con grandes movimientos de brazos. Aloé ingresa con saco y a los pocos minutos está en camisa, mencionando constantemente a Perón y a Evita.

Todo confluía para no quedaran rastros de Mercante.
Su obra se ocultó, su estilo se reemplazó. ¿Pero toda su carrera política junto a Perón no servía de nada?

Había sido el primer integrante del GOU; acompañó a Perón desde el Departamento Nacional del Trabajo y luego en la Secretaría de Trabajo y Previsión; fue un factor fundamental el 17 de octubre de 1945; su notable gestión como gobernador fue recompensada con la caudalosa aprobación de los votantes.

La fecha de las elecciones presidenciales era el 11 de noviembre de 1951. Obviamente, Perón era el candidato del gobierno.

¿Y el vice? El 22 de agosto de 1951 la CGT le ofreció esa candidatura a Evita, que el 31 de ese mes daría a conocer lo que se denominó “el renunciamiento“.

¿Era la oportunidad para Mercante? No, porque Perón decidió que lo volviera a acompañar Hortensio Quijano. La fórmula obtuvo el 63% de los votos y derrotó a Balbín-Frondizi, los candidatos de la UCR.

Pero Quijano no llegó a asumir, porque murió el 3 de abril de 1952.

¿Se abría otra chance para Mercante? Perón asumió el nuevo mandato sin vicepresidente. Se decidió que hubiera una elección para ese cargo el 25 de abril de 1954.

¿Tercera oportunidad para Mercante? Tampoco. Perón le ofreció el cargo al almirante Alberto Teisaire, quien derrotó holgadamente al radical Crisólogo Larralde.

Después, todo fue peor. Para todos. ¿Por qué motivo se frustró la posibilidad de Mercante?

En este relato hay datos que tienen que ver con lo estrictamente político y también con lo esencialmente humano.

Usted puede elegir.

Coda final.

Esta historia que les conté sucedió hace 70 años. Cualquier parecido con hechos y personas de la actualidad se debe a que el lector tiene mucha imaginación. O más información que yo.

Comentarios (3)

  1. Nando Bonatto

    excelente nota

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  2. Nando Bonatto

    Un error,Jauretche no se exilio en el Uruguay ,rechazo esa posibilidad en forma terminante

    Responder
    1. Lombardi Walter

      Jauretche se exilio en el Uruguay. Por eso su libro Los Profetas del Odio tiene un capitulo llamado Epílogo Montevideano.

      Responder

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