AMIA-20/12/2001. El regreso del ubicuo principal González (una demostración práctica de la obsolescencia del aparato judicial y del grueso del periodismo)

No conozco su rostro. Podría encararme y presentarse con cualquier nombre, pues nunca, que sepa, se ha publicado una foto suya. ¿Habrá llegado a comisario? ¿A subcomisario? Lo cierto es que al parecer, a fines de 2001 seguía siendo oficial principal de la Policía Federal. José Luis González, que así se llama, fue un activísimo encubridor de los asesinos en julio de 1994, cuando dos bombazos demolieron la AMIA y mataron a 85 personas. Y seguía estando en actividad cuando, a fines de 2001, Domingo Cavallo y Fernando De la Rúa fueron eyectados del Gobierno en medio de revueltas en las que fueron asesinadas (cito de memoria) unas 35 personas. En ese momento, González fue identificado como uno de los que había participado muy activamente –como el comisario Jorge «El Fino» Palacios, que estaba de franco pero no se privó de reprimir– en aquella matanza. Pero, insólitamemte, su nombre desapareció en la causa que tramitó la jueza federal María Romilda Serviini de Cubría.  Ahora, pasados más de 17 años, ha sido nuevamente identificado como uno de aquellos asesinos por el fiscal Franco Picardi.

Más vale tarde que nunca.

Fiscal Piccardi. Más vale tarde que nunca.

 

Lo que nuevamente nos demuestra el estado de nuestro sistema judicial. Y también el del periodismo. Porque a ningún medio le importó que en el año 2002, y en un órgano de la colectividad judía, se publicara esta nota que describía con pelos y señales la actividad encubridora de los asesinos de la AMIA qie había desarrollado J.L. González.

Nada parece haber cambiado demasiado. González ha sido imputado por el fiscal Picardi junto a miembros del departamento de Asuntos Internos (cuya función es evitar que los policías delincan, y que aquel infausto 20 de diciembre de dedicaron a dispararle a los manifestantes, si eran bardudos y melenudos mejor) y un oficial que se llama Ernesto Weber. Que posiblemente sea hijo del oficial homónimo que baleó a Rodolfo Walsh en la avenida San Juan casi Combate de los Pozos, y que se jactó de ello en la ESMA frente a prisioneros detenidos-desaparecidos.

Me abstendré de volver a publicar fotos de los hermanos Lorenz, del policía Martínez y de otros implicados en el atentado porque si no lo hacen las organizaciones de familiares de las víctimas no veo que obligación tendría yo de perseguirlos pasado tanto tiempo, cuando a lo mejor, ojalá, bienvenidos sean, se hayan arrepentido de participar en un asesinato colectivo con objetivos que se les escapaban.

Aprovecho, eso sí, para hacer nota que el periodismo está anquilosado, además de por los Magnetto y Szpolsky, por la rutina. Doy un ejemplo, Si uno busca en Google la Carta abierta a la Junta Militar de Rodolfo Walsh se encuentra con 82.800 entradas. Pero si busca al capitán de ultramar Horacio Gándara, cuya desaparición denunció Walsh en ella (porque se oponía al desguace y desaparición de ELMA, nuestra flota estatal de ultramar) hay apenas 282.

En esa carta, el testamento de Walsh, tan perfecto, puede leerse: «La misma continuidad histórica liga el asesinato del general Carlos Prats, durante el anterior gobierno, con el secuestro y muerte del general Juan José Torres, Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruíz y decenas de asilados en quienes se ha querido asesinar la posibilidad de procesos democráticos en Chile, Bolivia y Uruguay.

«La segura participación en esos crímenes del Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal, conducido por oficiales becados de la CIA a través de la AID, como los comisarios Juan Gattei y Antonio Gettor, sometidos ellos mismos a la autoridad de Mr. Gardener Hathaway, Station Chief de la CIA en Argentina, es semillero de futuras revelaciones como las que hoy sacuden a la comunidad internacional que no han de agotarse siquiera cuando se esclarezcan el papel de esa agencia y de altos jefes del Ejército, encabezados por el general Menéndez, en la creación de la Logia Libertadores de América, que reemplazó a las 3 A hasta que su papel global fue asumido por esa Junta en nombre de las 3 Armas».

Aspecto del FIat del general Prats luego del bombazo 1ue hizo explotar a control remoto Mariana Callejas, esposa de Michael Townley.

 

«Juan Gattei» aparece en unos 2.190 resultados, pero con la excepción de Miguel Bonasso y de algún estudioso extranjero, no hay quien profundice en el papel que cumplió. Para eso, la wikipedia.

«Antomio Gettor» aparece un poco menos. Luego de la muerte de Wals el comisario mayor fue director de la sección Delitos y Vigilancia, dependiente de la jefatura de la Superintendencia de Investigaciones Criminales y por lo tanto responsable del funcionamiento del c.c.d. «Olimpo».

¿Qué tiene que ver todo esto con la actualidad? A la impunidad de los asesinos de los ’50 siguieron la de la mayoría de los ’70 ( a pesar de tantos juicios) y las de los ’90 y 2000.

Y tengo para mi, las que están impulsando el Presidente y su renegada ministra de Seguridad para estos años infame. Impunidad que implican protección de los asesinos, llámense Chocobar o Pintos u de otros criminales, por ejemplo Extornelli.

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Adjunto la noticia aparecida en Tiempo Argentino, y después la que publiqué en 2002 en desaparecido órgano de «la cole», La Voz y la Opinión. En el medio, 17 años.

Identifican a los policías que reprimieron a las Madres de Plaza de Mayo en diciembre de 2001

Surgió luego de un análisis sobre fotos y filmaciones que llevó adelante la Dirección General de Investigaciones y Apoyo Tecnológico a la Investigación Penal de la Procuración.

 

(Foto: GENTILEZA Eduardo Longoni)

La Justicia pidió el procesamiento de cinco policías acusados de golpear a las  Madres de Plaza de Mayo que se habían acercado hasta la Casa Rosada el mediodía del 20 de diciembre de 2001, cuando el país atravesaba  una crisis social, económica e institucional.

El fiscal Franco Picardi, a cargo de la investigación, los acusó de «vejaciones» ante una «manifestación pacífica» y aseguró que aquel  ataque a las mujeres bien pudo haber sido la mecha que desencadenó el desastre del 20 de diciembre de 2001 y eso agrava más aún el accionar policial.

La identificación de los sospechosos surgió luego de un análisis sobre fotos y filmaciones que llevó adelante la Dirección General de Investigaciones y Apoyo Tecnológico a la Investigación Penal de la Procuración. El pedido de procesamiento ante el juez Claudio Bonadio alcanzó a  los integrantes de la Policía Federal Ernesto Sergio Weber, Fernando Héctor Villegas, José Luis González, Luis Oscar Rodríguez y Ramón Feliciano Vargas, que formaban parte del Cuerpo de la Montada. Cuando declararon en indagatoria, los policías hablaron de agresiones de los manifestantes, de la orden de desalojar la plaza y del descontrol en lo que se transformó el escenario en solo unos minutos.

Durante las jornadas de 19 y 20 de diciembre, cinco manifestantes fueron asesinados en la zona de Plaza de Mayo, y otros cientos resultaron heridos. En el país, los muertos pasaron las tres decenas. Fernando de la Rúa fue sobreseído. En 2016, el Tribunal Oral Federal 6 condenó a cuatro años y nueve meses de prisión a Enrique Mathov, ex secretario de Seguridad Interior del gobierno,  y a cuatro años a Rubén Santos, ex jefe de la Policía Federal Argentina (PFA), por ordenar y dirigir la represión policial.

En esa ocasión, el tribunal también condenó a Norberto Gaudiero y Raúl Andreozzi por sus responsabilidades en el operativo y a otros cinco funcionarios policiales. También absolvió a otros seis policías y sobreseyó a otros dos. En ese juicio, por primera vez, el Poder Judicial consideró que los funcionarios políticos son penalmente responsables de las consecuencias que tiene la orden de reprimir una protesta social.

https://www.tiempoar.com.ar/nota/identifican-a-policias-que-reprimio-a-las-madres-de-plaza-de-mayo-en-diciembre-de-2001.

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Atentado a la AMIA

El ubicuo principal José Luis González

José Ignacio David, un joven médico recién recibido, y su entonces prometida, Martha Manganiello, fueron detenidos en el marco de la causa AMIA a iniciativa del oficial principal José Luis González, del Departamento de Protección al Orden Constitucional (Dpoc) de la Policía Federal.
Respecto a los motivos de su detención, lo único que trascendió es que se lo vinculaba a otro médico recién recibido y coetáneo, Mario Lorenz, hermano del principal sospechoso de haber estacionado una Trafic (la que supuestamente habría sido utilizada como vehículo-bomba) en las adyacencias de la mutual judía, de nombre Tomás David Lorenz.

Hiperactivo

El oficial González parece haber sido el policía más activo desde el mismo momento en que se consumó el atentado que dejó como saldo 85 muertos y centenares de heridos, pero no para esclarecerlo sino, por el contrario, para desviar la investigación hacía callejones sin salida y  vías muertas.
El mismo 18 de julio de 1994 González aseguró haber entrevistado a Hilda Delescabe de Díaz, la doliente viuda del fallecido portero del edificio enfrentado con el de la AMIA, el enterriano Tito Díaz. González confeccionó el acta correspondiente según la cual, la mujer le habría dicho que «instantes antes de la explosión estuve con Tito en la vereda», ocasión en la que ambos habrían visto «como un camión dejó un volquete sobre la vereda de la AMIA»  y también cómo «después de que el camión-grúa se fue» llegó al lugar «una pick-up que estuvo estacionada como unos diez minutos».

Sin embargo, no sólo no hubo un sólo testigo que viera la referida pick-up (contra más de 180 que vieron el volquete, el camión color naranja que lo depositó no más allá de los cuatro minutos antes de que todo volara por los aires, o a ambos vehículos) sino que la mujer negó haber sido interrogada por algún policía aquel infausto día. Al ser entrevistada por Elisa Wenger para su libro Sus nombres y sus rostros (el álbum recordatorio de las víctimas que editó la AMIA) dijo algo diametralmente opuesto: que ella se fue a trabajar a una óptica en la que hacía changas, y que dejó a su marido en la cama. Es más: dijo que Tito Díaz leía el diario en la cama en compañía al pequeño hijo de ambos, y que desde allí le dijo: «Bandi (un apelativo cariñoso) ¿vas a volver enseguida?». Y que ella le contestó: «Mirá, si en la óptica no me dan de almorzar, vuelvo», y que él, siempre desde la cama insistió: «Volvé enseguida, que te extrañamos mucho». Hilda dijo que esas fueron las últimas palabras que le escuchó.

Del mismo modo, el ubicuo principal González dijo haber entrevistado en las 72 horas siguientes a los tres supervivientes que habían estado más cerca del foco de la explosión y que se encontraban internados en el Hospital de Clínicas, una crasa mentira.

Sin sentido

Era muy fácil darse cuenta de ello, ya que dos de estos heridos, el barrendero Juan Carlos Álvarez y el estudiante de cine Daniel Saravia, de 21 años, tenían heridas gravísimas y se encontraban sin sentido.

Ambos habían sido sorprendidos por la explosión de espaldas. Díaz tenía ambos pulmones y los intestinos perforados por la metralla, fracturas en ambas piernas y la columna vertebral expuesta. La carne de la espalda de Saravia sencillamente había sido arrancada y el talón de Aquiles de una de sus piernas seccionado. Había perdido más de dos litros de sangre y para volver a caminar con cierta prestancia necesitaría someterse a una larga serie de operaciones. Los dos confirmaron lo obvio: que ese día no hablaron con policía alguno.

Sin embargo, González metió en el expediente judicial sendas actas en las que Álvarez aparece diciendo, entre otras cosas, que había visto que el volquete estaba vacío y que la explosión había tenido lugar cuando acababa de golpearlo con la pala, y a Saravia que no había escuchado nada y sólo recordaba «un viento muy fuerte».

Ambos negarían expresamente tiempo después haber sido interrogados por policía alguno y manifestarían su sorpresa de que algún policía pudiera haberlo afirmado, atendiendo al estado en que se encontraban, más próximos «al arpa que a la guitarra», como ilustró el barrendero. Saravia, es bueno acotar, dijo en el juzgado que su último recuerdo fue el volquete, alrededor del cual había obreros. Efectivamente, un sobreviviente de los albañiles bolivianos (la explosión mató a siete), Carlos Domínguez, recordó que se encontraban tirando dentro del volquete unas veinte bolsas con escombros provenientes de las refacciones que se estaban haciendo en el edificio.

Del mismo modo, el principal González dijo haber entrevistado en el Clínicas a Rosa Montano de Barreiro, madre del pequeño Sebastián Barreiro, de cinco años, asesinado por la explosión externa. Rosa iba con él hacia el hospital Clínicas y había pasado por frente a la puerta de la AMIA hacía escasos segundos cuando se produjo la explosión. Tenía casi seccionado el brazo izquierdo por el corte que le infligió un trozo de metal azul, pero los médicos pu-dieron salvárselo. Ella si podía hablar, pero al igual que Saravia y Álvarez negó haber sido entrevistada por la policía en el hospital y en aquellas horas aciagas.

Por supuesto, en el acta confeccionada por González, Rosa Montano no dice lo que si dijo al ser entrevistada por Rolando Graña para un programa especial que emitió la CNN en español al cumplirse el tercer aniversario del ataque: que cuando pasó junto al patrullero Renault 18 estacionado entre la puerta de la AMIA y la esquina de Pasteur con Tucumán le llamó la atención que adentro no hubiera ningún policía.

Silencio

Una digresión: para ese mismo programa Graña entrevistó al cabo 1º Jorge Eduardo Bordón, a cargo de ese vehículo (que hacía semanas estaba inmóvil, pues carecía de batería) y le preguntó qué heridas había sufrido. «Eh… contusiones varias, pérdida de las uñas, operaciones varias», vaciló el policía (que se obstinaba en haber estado adentro del patrullero a pesar de que otra testigo dijo haberlo visto doblar por Tucumán hacia Uriburu segundos antes de la explosión: bastaba ver el estado en que quedaron los asientos del patrullero para darse cuenta de que mentía). «¿A cuántos metros de la puerta estaba el patrullero?», insistió Graña. «A unos… seis metros», calculó Bordón. «Si estaba adentro del patrullero ¿cómo es que no vio a la Trafic-bomba?», insistió Graña. Bordón no supo qué contestar. Y no contestó dejando que se produjera un largo silencio.

Arreglo

Volvamos al omnipresente principal González. Fue él quien encabezó el allanamiento a Automotores Alejandro, el establecimiento de Avenida San Martín y Campana de propiedad de Víctor Alejandro Monjo, socio de la cúpula policial y quien le había transferido una camioneta Trafic siniestrada a Carlos Alberto Telleldín, un trozo de cuyo motor habrían de aparecer entre los escombros de la AMIA pasada una semana del ataque en mas que  oscuras circunstancias*

Monjo era un hampón que contaba con la protección no sólo de la División Sustracción de Automotores (que lo había distinguido con un llavero enchapado en oro), sino, tal revelaron fuentes del propio Juzgado Federal nº 9, del propio subjefe de la Policía Federal, comisario Baltazar García. Era, además, amigote de un hermano de González, también policía y miembro del DPOC.

Los fiscales Eamon Mullen y Carlos Barbaccia le explicarían a quien escribe que González «arregló» a sus espaldas aquel allanamiento (lo que qué habría y lo que no habría de secuestrarse) a cambio de una gruesa suma de dinero («entre 200 y 300 mil dólares», precisaron).

Poco después, agentes de la SIDE ubicaron en San Telmo a los sospechosos de haber estacionado una Trafic blanca el viernes previo al ataque en el estacionamiento «Jet Parking» de Paraguay y Azcuénaga: el agente de la Policía Federal Carlos Alejandro Martínez (perteneciente a la comisaría 47 y que en sus horas libres trabajaba para Monjo) y su amigo de la infancia Tomás David Lorenz, ambos de 24 años y vecinos de San Telmo.

Vínculos con Monjo

Tomás David Lorenz, estudiante de kinesiología, vivía en el departamento de su hermano mayor, Mario Alejandro, de 30 años, casado con la kinesióloga Susana Inés Froener, de 28. Mario Alejandro acababa de recibirse de médico. Los Lorenz eran muy allegados a Monjo y a su gestor, Rodolfo Setau, hasta el punto de que éste figuraba de testigo en los trámites hechos por los hermanos ante la Policía Federal como la obtención de cédulas de identidad.

Tal como narró este periodista al declarar en el juicio oral y público que sustancia el Tribunal Oral Federal nº 3 hace poco más de un mes y ha recogido el «Diario del Juicio» (diariojudicial.com), un alto funcionario de la SIDE le dijo que, bajo presión, Tomás David Lorenz admitió haber estacionado en Jet Parking una Trafic blanca en compañía de su amigo, el policía Martínez, y también que se le había prometido como recompensa por esa participación marginal en las maniobras previas al ataque una suma de dinero y unas vacaciones en las islas caribeñas de Aruba y St. Marteen.

A la hora de cometerse el atentado en St. Marteen se encontraba casualmente Víctor Monjo.

Chequeo

Mario Lorenz, que trabajaba como fotógrafo (al parecer para la Policía Federal) sería reconocido ante policías del DPOC por una de las camareras del pequeño bar «Kaoba», situado frente a la AMIA, como la persona que en los días anteriores al ataque en varias ocasiones había pasado horas sentado en la mesa que daba a la calle –desde la que se observaba el movimiento de entrada y salida a la mutual– mientras tomaba notas y hablaba por un teléfono celular.

Estudiar un «blanco» a fin de maximizar los daños a lograr y minimizar las víctimas indeseadas (por ejemplo, en este caso, policías), «chequearlo» es un paso de manual para quienes de disponen a consumar atentados con explosivos.

Tomás Lorenz fue reconocido fotográficamente por el gerente y empleados de Jet Parking como la probable persona que había estacionado una Trafic blanca pasadas las 18 del viernes 15 de julio de 1994. El mismo habría de reconocer en el juzgado de Juan José Galeano que solía ir seguido a la cuadra de la AMIA para tramitar la papelería de la firma Servicios Médicos (en la que trabajaba) en la imprenta de Guillermo Galárraga (muerto en el ataque) y Humberto Di Chiesa (gravemente herido) y que también que solía ir a esperar a su empleador a Jet Parking, dónde éste estacionaba su automóvil.

No hay dudas razonables acerca de que fue Tomas David Lorenz (probablemente acompañado por el policía Martínez) quien dejó una Trafic blanca en Jet Parking en aquel día y hora, como ha manifestado este periodista en un extenso escrito en el que le pidió al juez Galeano su detención.

Detenciones VIP

Aquella alta fuente de la SIDE le explicó que, careciendo la secretaría de la potestad de detener e interrogar personas, se le pidió a la Policía Federal que detuviese a los hermanos Lorenz, a Susana Froener y al policía Martínez.

La policía así lo hizo, en allanamientos tan ostensiblemente amañados, que aunque secuestró en el domicilio de los Lorenz seis agendas, cinco rollos de película fotográfica utilizada (cuatro de marca Fujicolor y otro de marca Ildford FP4), expurgó las agendas y «olvidó» entregarle al juez Galeano dichos rollos.
Otros elementos secuestrados en casa de los Lorenz los policías los entregaron al juzgado… afirmando que provenían de la casa de Carlos Allberto Telleldín.

El juez Galeano denunció –tardíamente– la desaparición de los cinco rollos de fotos, uno de los motivos por el que ha sido procesado el jefe del disuelto DPOC, comisario Carlos Antonio Castañeda. Fue inmediatamente después de estas detenciones y en el contexto de estas maniobras de encubrimiento de la posible participación de los hermanos Lorenz, Susana Froener y el policía Martínez en las maniobras previas al atentado que el principal González tuvo la iniciativa de detener a José Ignacio David y su entonces novia y actual esposa. Pretendió justificar sus detenciones con supuestas declaraciones de los encargados del edificio que tenían alquilado que a la luz de los antecedentes mencionados a nadie debería sorprender que fuesen fraguadas.

David fue sometido en sede policial a un interrogatorio de cuya lectura sólo cabe discernir que las supuestas sospechas que se cernían sobre él, lejos de disiparse, se agrandaban, al darse la desgraciada circunstancia de no haber podido citar testigos que no fueran familiares directos suyos o de su novia para dar cuenta de sus actos en los días previos al ataque.

El alto funcionario de la SIDE que departió con este periodista le explicó, socarrón, que por la única razón que policías del DPOC habían denunciado la supuesta intervención en el atentado de una ex militante prófuga de la disuelta organización terrorista alemana «Rote Arme Fraktion» (Fracción del Ejército Rojo, más conocida como «Banda Baader-Meinhof»), Andrea Martina Klump (de la que no hay constancia de que jamás haya estado en la Argentina) había sido la de «embarrar la cancha» y desviar las investigaciones ante testimonios que mencionaba a una mujer apodada «La Alemana».

El apodo, recordó, distinguía a la señora Froener de Lorenz, descendiente de alemanes radicados en el pueblo misionero de El Dorado. De esa región son también oriundos los Lorenz, familia en la que hubo un famoso espía del Tercer Reich en la Argentina y otros miembros denunciados públicamente como agentes nazis en Misiones a principios de los años ’40.

Con tales antecedentes, sólo cabe sospechar que José Ignacio David y su novia fueron detenidos «para embarrar la cancha» y difuminar las prístinas circunstancias que habían llevado a la detención de Tomás David Lorenz, sus familiares y Carlos Alejandro Martínez, de oficio policía, su amigo de la infancia. Una hipótesis es que, como además de la coincidencia fonética, Lorenz y David eran coetáneos, ex condiscípulos, flamantes médicos y ambos se habían interesado en especializarse en traumatología, la protección policial al primero quizá pudiera disimularse embretando gratuitamente al segundo.

En cuanto al principal González, cuando varios meses después el juez Galeano ordenó una extensa serie de allanamientos contra Monjo y sus allegados, los policías del DPOC le avisaron a Monjo –que así pudo huir a último momento– y González encabezó el allanamiento a su domicilio. Según el acta, secuestró allí el ya mencionado llavero enchapado en oro con la leyenda «A Alejandro Monjo, de la División Sustracción de Automotores de la Policía Federal» pero, lejos de entregárselo a Galeano, lo hizo desaparecer.

Curiosamente, sin embargo, el juez Galeano jamás lo denunció por encubrimiento, como si hizo con sus jefes, el ya aludido comisario Castañeda y el fallecido (en Mendoza y en oscuras circunstancias) inspector Carlos Alberto Nistal. No hace todavía un año que el nombre de José Luis González volvió a aparecer publicado. Fue en relación a los cinco asesinatos cometidos por efectivos policiales el pasado 20 de diciembre en la Avenida Nueve de Julio en ocasión de las manifestaciones en desafío a la declaración del estado de sitio declarado por el presidente De la Rúa, que precipitaron la caída de su gobierno.

De 1994 al 2001

Adrina Meter le dio captura.

«Seis policías detenidos por los asesinatos del 20» de diciembre, tituló Página/12 el 13 de enero pasado. En la extensa crónica, la periodista Adriana Meyer informó que «El principal José Luis González, el subcomisario Roberto Rodríguez, que revistaba en la división Operaciones Federales, y (el comisario inspector Orlando) Oliverio, que pertenecía a la división Integridad Profesional de Asuntos Internos y ahora trabaja en Drogas Peligrosas, fueron identificados por un testigo como quienes dispararon contra (Alberto) Márquez, un consejero escolar de San Martín que fue asesinado en la avenida 9 de julio, entre Sarmiento y Perón. Los investigadores también usaron el video de un canal de televisión que resultó ‘muy significativo’ porque también contribuyó a la identificación de estos policías».

Y continuó Meyer más adelante: «Además de Rodríguez, González y Oliverio, fueron detenidos otros tres policías que estaban en el mismo operativo. Todos se negaron a responder las preguntas de la jueza y de los fiscales Luis Comparatore y Patricio Evers y fueron trasladados a la Central de Investigaciones de Villa Lugano. Según los testimonios recogidos, una camioneta y dos autos frenaron en 9 de Julio y Sarmiento, y dispararon a quemarropa contra los manifestantes».

La información, aclaró la periodista, provenía de un despacho de la agencia Télam. Sin embargo, y por increíble que parezca, tampoco en esta ocasión el incombustible González figuró como detenido, y tampoco como procesado.

Más allá de estos misterios insondables que acontecen en una Argentina que nada tiene que envidiarle a Macondo, está más claro que el agua clara que el principal responsable de haber ensuciado el buen nombre de José Ignacio David y su esposa ha sido el ubicuo principal González, que hoy tendrá 38 o 39 años y al que quizá en unos pocos años veamos reaparecer como comisario.

Quizá antes, de acuerdo a una extendida tradición, sea condecorado por la DAIA..

© LA VOZ y la opinión

  • Hoy sabemos positivamente que apareció entonces entre los escombros de la AMIA gracias a un acuerdo entre agentes de la Policla Federal  (Departamento de Explosivos) y el Mossad.

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