FRANCIA – INCENDIO DE NOTRE DAME: Los símbolos que arden invitan a la reflexión

A la misma hora que el pasado lunes 15 ardía Notre Dame, se incendió la sala de oración de la mezquita de Al-Aqsa, situada  en la Explanada de las Mezquitas, en Jerusalén Este. El fuego no causó mayores daños y los responsables de la mezquita atribuyeron el incendio a unos niños que jugaban en el lugar. La Explanada de las Mezquitas es el tercer lugar santo del Islam y es también el más sagrado para el  Judaísmo. Por su parte, tampoco  Notre Dame está situada en un enclave cualquiera. El lugar sobre el que se asienta la catedral fue territorio sagrado para los druidas celtas. A su llegada a las Galias, los romanos, levantaron en ese lugar un templo dedicado a Júpiter, su principal y más popular dios. Sobre el mismo,  se construyó  en el siglo VI la primera iglesia cristiana de París. En el año 1163 sobre esa primitiva iglesia,  se comenzó la construcción de la catedral, la primera de estilo gótico de Europa, en un proyecto transversal -como diríamos ahora- en el cual cooperaron todas las clases sociales. Notre Dame ha vivido en sus carnes de piedra los avatares de la lucha por el poder terrenal. El más terrible, sin duda,  fue la quema en la hoguera, ante sus puertas,  del último caballero templario   acusado de desviaciones ideológicas diversas  por el Papa y el rey de Francia de la época. Entre sus muros se coronó Eduardo VI de Inglaterra como rey, hasta que Juana de Arco levantó a los franceses contra los invasores ingleses. La Revolución Francesa expropió la catedral y la convirtió en almacén de alimentos. Napoleón la devolvió a la Iglesia y allí se hizo coronar emperador con el Papa Pio VII como invitado de lujo, aunque el aspecto del templo era tan lastimoso que tuvieron que disimularlo con cortinados. Las obras de restauración se iniciaron tras el éxito de la novela de Víctor Hugo, «Notre Dame de París», que despertó el interés del  público por conservar la catedral en una época en que se derribaba sin contemplaciones todo el patrimonio histórico medieval. La Notre Dame que conocemos es la que resultó de esta restauración de 1844. Las revueltas populares de la Comuna de París, en 1871, nuevamente la tomaron con Notre Dame, y a poco estuvo de ser pasto de las llamas. En 1944 volvió a salvarse de la destrucción ordenada por Hitler de los principales monumentos parisinos -la Torre Eiffel, Notre Dame, el Arco del Triunfo; Los Inválidos; etc-  antes de entregar la ciudad a los aliados. La salvación la protagonizaron 3 republicanos españoles alistados en la 9 Unidad Blindada, la primera en entrar en la capital francesa, y que recibieron el encargo de detener al general Dietrich von Choltitz, comandante de París, que era quien debía llevar a cabo la insania destructiva de su Führer.  Se llamaban Antonio Gutiérrez, Antonio Navarro y Francisco Sánchez. No se pierdan la historia porque vale la pena, aunque sólo sea  por imaginar el horror del general nazi de ser capturado por tres rojos españoles, unos desarrapados soldados rasos.  En 1991, Notre Dame  fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.  Les dejo con el escritor Juan Antonio Molina y su reflexión sobre el simbolismo del incendio de este icono de la historia europea. M. Mestre

Notre Dame y el capitalismo en llamas

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JUAN ANTONIO MOLINA / NUEVA TRIBUNA

“Un amigo me preguntaba – escribía Heinrich Heine- por qué no construíamos ahora catedrales como las góticas famosas, y le dije: los hombres de aquellos tiempos tenían convicciones; nosotros, los modernos, no tenemos más que opiniones, y para elevar una catedral gótica se necesita algo más que una opinión».

Notre Dame arde; la iconografía material de la cultura europea se convierte en brozas de forma plástica, pero con igual dramatismo pueden intuirse los escombros de las formas espirituales. La globalización, tal y como se planteó, ha sido un fracaso, un sistema que ha contribuido a concentrar el poder económico, que se ha consagrado al desarrollo tecnológico y al sostenimiento del poder dando la espalda al ser humano. Y si la economía no sirve para el progreso del hombre, entonces no sirve para nada. En una crisis que tiene más que ver con la filosofía, con la ética, que con la economía.

Arde Notre Dame y parafraseando a Kierkegaard, vivimos una inducida suspensión de la ética  en el ámbito de la posmoderna postpolítica en la que el conflicto entre las visiones ideológicas globales, encarnadas por los distintos partidos que compiten por el poder, queda sustituido por la colaboración entre los tecnócratas ilustrados mediante la negociación para alcanzar un acuerdo que adquiere la forma del consenso más o menos universal. Es la forma de reducir el espacio de lo pensable, de lo opinable, bajo el pragmatismo absolutista de lo posible que incluye la premisa de que lo sustancial es aplicar “buenas ideas” vengan de donde vengan, Pero, ¿cuáles son las buenas ideas? Las que funcionan, es la respuesta. Ello constituye la abolición de la política, puesto que el verdadero acto político no es cualquier cosa que funcione en el contexto de las relaciones existentes, sino precisamente aquello que modificará el contexto que determina el funcionamiento de las cosas. Afirmar que las buenas ideas son las que funcionan significa aceptar de antemano los escenarios del capitalismo global que establece qué puede funcionar. Gastar demasiado dinero en educación o sanidad no funciona, porque entorpecen las condiciones de la ganancia del capital.

La degradación de las clases medias, la depauperación de las mayorías sociales, la desigualdad, la pobreza, mediante un sistema que crea ricos pero no riqueza, siempre, en el ámbito de la postpolítica, ubica el malestar ciudadano en los espacios del orden público y como en otras fases críticas se apela a la reconstrucción de modelos autoritarios para superar las propias contradicciones creando enemigos eternos que focalicen el debate en lugares dialécticos ajenos a los propios desarreglos y heridas sociales que el propio capitalismo global causa estructuralmente. Es la hora de los fascismos. Arde Notre Dame y la libertad en un tiempo en que las opiniones son incapaces de construir catedrales góticas y la justicia y la igualdad están secuestradas.

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