ESPAÑA: El Régimen del 78 está en crisis y el miedo refuerza su núcleo duro

«En España, como en Turquía, la obsesión por el Estado unitario viene de ser imperios que se han ido al carajo», quien lo explica es Francisco Letamendia, veterano luchador antifranquista, y ex diputado vasco en 1977 por Euskadiko Ezquerra  en el Congreso salido de las primeras elecciones democráticas. En una entrevista de alto contenido político, Letamendia, que es autor de numerosos libros,  habla de la actualidad del conflicto del estado español con las naciones vasca y catalana, de la crisis del régimen el 78 y del panorama mundial. M. Mestre

Letamendia: ‘El estado español tiene el síndrome turco’

 

Francisco Letamendia

La suya ha sido una de las voces más críticas que han resonado en el Congreso español. En 1978, como diputado de Euskadiko Ezkerra, Francisco Letamendia (San Sebastián, 1944) fue uno de los pocos que votó en contra de la constitución española. Durante aquellos debates, Letamendia fue el único que defendió incluir el derecho de autodeterminación presentando una enmienda y al final acabó dimitiendo, convencido de que lo querían hacer callar. Su fotografía con el punto alzado se convirtió en un icono. Durante la legislatura siguiente obtuvo el escaño con Herri Batasuna, pero mantuvo la consigna de no participar en el parlamento español y poco después dejó la política. Para muchos nunca dejó de ser un «etarra», pero Letamendia se opuso a la lucha armada. En 1982 se fue a París, donde comenzó la carrera académica que lo ha ocupado el resto de su vida. Ha sido docente, investigador y escritor. Ha profundizado en la historia del País Vasco y los nacionalismos. Ahora es profesor emérito de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco.

ODEI A. ETXEARTE / VILAWEB

Traducción Montserrat Mestre

-En 1978 estaba prácticamente solo cuando defendió el derecho de autodeterminación y ahora es una cuestión política clave. ¿Cómo valora este cambio?

-Con cierta ironía mezclada con satisfacción. Entonces, casi no hubo nadie que defendiera la autodeterminación en el congreso. Yo venía de un mundo en el que lo que importaba era la independencia pura y dura y había un cierto rechazo a «la autoderminación». Les parecía casi una «españolistada» (N.de la E. es decir, una avivada de los españolistas). Hay que poner las cosas en contexto. El hecho de que yo defendiera el derecho de autoderminación implicaba, por mi parte, una cierta actitud de enfrentamiento. Con mi actitud en el congreso y con aquella marcha con el puño en alto gané una popularidad muy fuerte y sin embargo, hubo gente que se me quería tirar encima porque yo no estaba nada de acuerdo con la lucha armada . En el año 82, un año después del 23-F, me fui a París a hacer estudios sobre anticapitalismo y la liberación de los pueblos, que eran mis temas. La autodeterminación era, para las Naciones Unidas, la manera de ventilar el tema colonial, sobre todo de los pequeños poderes coloniales. Era un mundo bipolar, con EEUU y la Unión Soviética, y se recurrió a un derecho que habían defendido los marxistas del siglo XIX y de principios del XX.

-Su enmienda (a la Constitución) hizo aflorar las contradicciones del PSOE, del PSUC y del PCE, de CDC y del PNV …

-Fui a defender la autodeterminación en un momento en que los creadores de opinión y los políticos la menospreciaban profundamente y todos eran partidarios de «la teoría del agua salada«. Es decir, que para defender la autodeterminación, tenías que vivir en una colonia separada por el océano . El hecho de que un loco defendiera el derecho de autodeterminación no tenía mucha importancia. En ese momento, los únicos que la defendíamos éramos los vascos. A los catalanes, con Pujol y compañía, no les parecía mal, pero luego no la defendían, y eso se puso en evidencia durante los debates en el congreso. Como explico, sólo hubo cinco personas que votaron a favor, incluyéndome a mí. Entre estas personas había tres catalanes de partidos diversos. Uno era Heribert Barrera. Le tenía mucho aprecio y teníamos una cierta relación paterno-filial. Cuando yo era la expresión del pro-etarra con cuernos y cola, él me recibió, incluso oficialmente. De ahí me viene una simpatía clara por el catalanismo y el partido de Barrera, que era ERC.

Ahora la autodeterminación está en el centro del debate político.

-El mundo ha cambiado. La autodeterminación fue la receta que se aplicó para liquidar otro imperio, el soviético. Con la reunificación de las dos Alemanias, se usó el término del derecho de autodeterminación en Alemania, lo que le confería una cierta legitimidad en Europa. En España, ha cambiado la actitud de los catalanes. Companys y Macià defendían este principio, pero durante el franquismo los que lo defendimos con empeño fuimos los vascos. He recibido este cambio con una gran satisfacción, pero también con una especie de sabiduría que da el hecho de ser viejo: es como dar patadas contra un muro.

-Por la parte española, los argumentos en contra de la autodeterminación son casi los mismos que entonces.

La construcción de estados, desde Luis XIV hasta la Revolución Francesa, consistía en algo muy sencillo: hacían guerras. Expandían el territorio, haciendo guerras cobraban impuestos, con los impuestos se procuraban una cantidad muy grande de funcionarios y los funcionarios pasaban a ser leales al estado y concretamente al monarca. Dependían y cobraban de él. Esto crea la identidad del estado centralista. Hay situaciones que no se discuten porque son sagradas. La unidad del estado es sagrada. No puedes hablar con nadie, incluyendo a (Pedro) Sánchez, porque es sagrado, es tabú. Durante la discusión de la autodeterminación, al menos se presentaron algunos argumentos. Se repetía la teoría del agua salada, que era una humillación para el País Vasco aplicarle algo que sólo se aplicaba a las colonias. Otro era que los vascos y los catalanes o quien sea, ya se autodetermina cada vez que votaba en las elecciones. Ahora no se argumenta nada. A la identidad del estado centralista español se suma otra situación.

-¿Cuál?

Hablamos de un imperio que ha dominado el mundo pero que después se ha hundido hasta caer en la más absoluta irrelevancia, que siente una animadversión especial hacia quien pone en duda una de las pocas cosas que le quedan: su estado-nación. Es el síndrome turco. En Francia también hay mucha vinculación al estado unitario pero viene de otras fuentes, viene de la Revolución Francesa, de la voluntad general de Rousseau, de un momento glorioso. Pero en España, como en Turquía, viene del hecho de ser un imperio que se va carajo. Así que los que ponen en duda la existencia de su estado-nación son objetos de un odio total. En Cataluña y en el País Vasco, afortunadamente, se ha retomado lo que tiene de democrático el derecho de autodeterminación. También tiene un principio kantiano. Los seres humanos tienen una fuerza interior que les permite autodeterminarse y decidir por sí mismos, y esto se aplica a los colectivos. En estos momentos, la autodeterminación se pone en relación con cosas que son un poco dudosas. La voluntad general de Rousseau (N.de la E. «voluntad general» es el término utilizado por el filósofo Jean Jacques Rousseau en su famoso libro El Contrato Social, de 1762) puede conducir también al autoritarismo. En cambio, ahora no se habla de autodeterminación en el sentido en que lo hacía Kant, que es el auténtico ideólogo de la autodecisión en todos los ámbitos, tanto a escala personal como colectiva. Como esto coincide finalmente con el sentido de la gente, después Herder habla del sentimiento de unidad que da compartir una lengua, un territorio, una historia en común, etcétera. Es totalmente indestructible y de una manera u otra este sentimento sale. Salió en los países de la Europa del este, con el imperio otomano, con las colonias de América … y aquí también saldrá. Si me preguntas si lo veré, tengo 75 años y creo que seguro que no lo veré porque son procesos que funcionan en largos tiempos de la historia.

-¿De cuánto tiempo estamos hablando?

-Me gustaría que lo vieran mis hijos, que tienen 39 y 37 años, pero no lo verán. Hay eventos que hacen posible cosas que hasta entonces eran imposible. ¿Se pueden prever? No. Los catalanes han hecho un favor enorme en todo el mundo.

-¿Qué ha significado el 1-O (el referéndum por la independencia en Cataluña) en el País Vasco?

-Ha habido un deseo de imitación por un lado y por otro la toma de conciencia de que sigue habiendo un muro de hormigón por parte de España. La admiración y el aprecio son enormes, pero uno es escéptico con el pensamiento de que esta es la vía para romper el muro. La única manera es que haya un evento que altere las coordenadas en que se mueve la Europa occidental. Y puede haber. Trump lleva una política de irritar hasta a la última potencia, tanto sea Rusia o China; la relación de fuerzas en el mundo ha cambiado. Quizá por eso las derechas occidentales, producto del miedo, están más agresivas y parece que vuelvan al fascismo de hace sesenta años, aunque yo no lo creo. Son fuerzas de extrema derecha absolutamente virulenta, que podrían llegar a cotas de violencia similares a los nazis, pero los planteamientos no son nazis, son los del 2000 y 2020.

-Debería ser, por tanto, un evento macro. ¿A escala de la UE?

-A escala mundial. Las decisiones ya no se toman sólo en Occidente. La potencia mundial será China. No podemos prever qué pasará ni influir. Pero puede haber eventos que modifiquen la relación de fuerzas.

-Después del 1-O, España ha incrementado la represión … ¿Qué debería hacer el independentismo ahora?

-Todas las votaciones demuestran que la mayoría se mantiene, aunque no sea abrumadora. Ojalá nos pasara en el País Vasco, donde ahora no hay una mayoría en favor de la independencia. Hay un núcleo importante y los partidos pueden cambiar de posición de la noche a la mañana, como en el caso del PNV. Pero, ¿cómo va a estar el PNV a favor de la independencia si gana todos los votos que pierde el PP? El PNV tiene una base de derechas que le genera una hostilidad respecto de la izquierda abertzale e impide que haga lo que mucha gente del PNV quisiera, que es abrir la vía de la autodeterminación. Hay una vía intermedia que es la de Gure esku Dago, que es compartida por Bildu, PNV y Podemos. Se ha de funcionar en la ola antirrepresiva, en cada uno de los movimientos sociales, y esto finalmente es hacer nación. ¿Cuando se conseguirá que esto se transforme en un plebiscito de autodeterminación en el que una de las soluciones sea la independencia? Sinceramente, no lo sé. Creo que hay eventos que abren puertas que estaban cerradas hasta ese momento. Puedes predecir la tesitura en la que debe situarse una comunidad para que esta puerta se abra. Y la tesitura es la de aumentar la soberanía partiendo de abajo, en un movimiento múltiple y multicolor, y por otro lado hay que limpiar los movimientos absolutamente centralizados que vienen de arriba. Me puedo sentir muy cerca con los movimientos leninistas, pero se ha demostrado que no funcionan porque crean núcleos de poder que pueden ser igual de opresores que aquellos contra los que antes habían luchado. La única manera de que un pueblo sea libre es que todas las rutinas de este pueblo, mediante los movimientos sociales, lo sean, y que estén en movilización constante, que sean dinámicos. Se deben impulsar movimientos que generen poder y soberanía y que en estos momentos sean múltiples. El movimiento de los jubilados, de las mujeres, de los contrarios a las deslocalizaciones de empresas, en defensa de las diferentes identidades sexuales … Para mí, mantener el concepto decimonónico o novecentista de la nación es desfasado. La nación es perforada por todos lados y afortunadamente, hay mucha gente que viene de otros mundos y continentes. Hablar de identidad y de pureza étnica no es que sea de derechas, es que es ridículo. Sí es posible generar un sentimiento nuevo de comunidad formado por movimientos de todos estos trozos de sociedad que son pisados, no solamente por los estados-Leviatán sino también por el capitalismo precarizador.

-¿En qué medida la ANC (Asamblea Nacional Catalana) y los partidos independentistas catalanes ha influido el proceso de cambio del País Vasco?

-La actitud de los vascos favorables a un plebiscito en el que se pueda decidir sí o no a la independencia, ha pasado por tres fases respecto de Cataluña. Una fase de frialdad, en que no se veía con buenos ojos la actitud de la Generalidad. Una segunda fase de cierta admiración por la unidad que había alrededor de un estatuto que era muy fuerte, que no era la independencia, pero significaba fuerza del autogobierno. Después, identificábamos esto con lo que los politólogos llamamos elección racional. Es decir, de este modo conseguiremos más fondos, que haya menos extracción de recursos respecto del centro. Y después, la tercera fase, es que ya se ha visto que mantener la unidad con una represión brutal es muy difícil o imposible, y cada uno tira por su parte. Pero el sentimiento de unidad se mantiene, y eso nos produce una admiración y una estima enorme. Aquí hay muchas manifestaciones a favor de la lucha catalana.

-ETA ya no existe, pero España no ha reconocido sus errores ni crímenes durante el conflicto. El PSOE tampoco ha terminado la dispersión de los presos. ¿Es posible un proceso de reconciliación casi unilateral?

-Tenemos un problema muy grave, que es que se ha querido mantener un ánimo de venganza y de silenciar absolutamente o negar rotundamente las barbaridades que se hicieron durante y después del franquismo,  incomparablemente mayores en cantidad y calidad, a las que ha hecho ETA. En el País Vasco no ha habido ninguna reconciliación, ni reconciliación de mentalidades ni de terminar con esta situación absurda que no se ha producido ni en Irlanda del Norte ni en Sudáfrica, ni en ninguno de los lugares donde ha habido procesos reales de reconciliación. La cuestión llega a unos grados de crueldad que son sádicos ya. Mantener gente mayor en las prisiones, familias obligadas a hacer viajes lejanos, inclusive hasta el norte de África, con accidentes de tráfico y el descalabro económico que implica. Y ¡cuántos años han pasado desde que se tomó la decisión de abandonar la lucha armada! Ha habido una serie de gente que hemos estado empujando para que esto finalmente desapareciera y afortunadamente ha pasado. Gente como Arnaldo Otegi y otros, convencieron a ETA para que lo dejara. Incluso ellos se daban cuenta de que no habría reconciliación aunque se ha intentado por todos los medios. Rentería es un ejemplo de laboratorio de trabajo por la reconciliación. Hay un alcalde que es una joya y se ha creado un consenso incluso con gente del PP. Cs (Ciudadanos) va para hacer lío. En esta campaña (electoral) ha habido cosas infames. Existe la injusticia espantosa que se ha producido en Altsasu contra una serie de jóvenes, y el sufrimiento de las familias, y también fueron al bar a meter el dedo en el ojo a la gente. La consecuencia ha sido que aquí no les ha votado ni San Pedro.

En este contexto, ¿qué tienen que ir a hacer los partidos independentistas en el congreso? usted escribió una «Carta abierta a los vascos que me votaron», donde decía que al Congreso se tenía que ir a hacer denuncias y no al colaboracionismo. ¿Lo mantiene?

-Claro. Estaba en Euskadiko Ezkerra, que salía del corazón de las dos ETA. La ETA militar estaba absolutamente en contra de la participación; y en la que después sería Euskadiko Ezkerra, había dos líneas. Una, que era desgraciadamente mayoritaria, que estaba a favor de pasarse a la participación y finalmente fue a parar al PSOE, como ocurrió a los pocos años. Y había otra, que era la mía y que compartía con otra gente, que era ir y hacer tanto como fuera posible porque se abriera una vía a escala parlamentaria, que es lo que hubiéramos querido. Pero, si no pasaba, teníamos que hacer denuncia, y es lo que hice. ¿Qué pasó en ese momento? Como vieron que les dolía, la UCD tomó dos decisiones. La primera, que sólo podría intervenir en los plenos del congreso si había unanimidad en el grupo parlamentario, y yo estaba en el Grupo mixto con gente bastante agradable por cierto, como Tierno Galván, con quien me llevaba bastante bien. La segunda, introducir dos «paracaidistas» en el grupo parlamentario para que yo no volviera a hablar nunca más. Debía ser el «parlamentario florero» y no volvería a abrir la boca, pero yo mantenía que tenía que estar. En ese momento, Euskadiko Ezkerra ya estaba encaminada hacia el PSOE y me pasé a Herri Batasuna. No es verdad que hubiera una fusión entre HB y ETA, pero sí que había un espíritu ‘mili’ que era ‘nos vamos de aquí’. Y me ponían a mí como ejemplo. «Fíjense: incluso Letamendi se tuvo que ir porque no había nada que hacer». Y en ese momento era verdad. En la segunda legislatura, HB decidió no participar. Me dediqué a trabajar desde la base. Pero luego se han abierto ciertas estructuras de oportunidad y ahora son mayores. Aprovechemos el momento. Pero la posición es siempre de denuncia, no haciendo propia la actitud de la mayoría española.

-¿Hay que ir al Congreso a pactar investiduras (tras las elecciones del pasado 28 de abril)?

-No lo sé, y no quiero entrar. Sí pido que no haya un Pablo Casado o un Albert Rivera en la Moncloa.

-¿Existe la soberanía de los estados en el siglo XXI?

Hablar de soberanía de los estados es absurdo. Con los grandes organismos de la globalización, la Organización Mundial de Comercio, la Unión Europea, etcétera, los estados no toman ninguna decisión. Sólo toman decisiones muy fuertes, y enormemente lesivas, en una única franja política: la de la represión. Ya se ha visto con la cuestión catalana, y allí no había el pretexto de que había terrorismo y muertos. La soberanía que viene de abajo es la única existente. La soberanía real es la que viene de abajo. Y afortunadamente es multicolor, es diversificada en varios movimientos, y al final estos movimientos formarán la nación. Las naciones multi-étnicas y multi-culturales, en la medida en que funcionen, resolverán problemas que en algunos otros ámbitos no se han resuelto. En los estados del socialismo real había grandes fobias étnicas. Esta soberanía es la que más puede erosionar el Estado centralista, el que no admite discusión y que se cree el último reducto de la sacralidad. Un Estado como la única fuente creadora de valores: si la tocas eres un blasfemo que mereces todas las peores cosas. Tuve la suerte de conocer a Oriol Junqueras. Cenamos en Barcelona una vez que me invitaron. Tiene una bondad y una inteligencia natural enormes y le tenían un odio tan espantoso que, cuando esperaba un traslado, los policías lo trataron con una agresividad con la que ni siquiera tratan a un violador serial.

-En Cataluña no ha habido violencia, pero en el juicio en el Tribunal Supremo quizás construirán una nueva concepción, la de la violencia ambiental.

-Es como continuar hablando de ETA como si no hubiera desaparecido. Continuar hablando de manos manchadas de sangre … Yo que tuve que irme en 1982 porque no estaba de acuerdo con la lucha armada, pasé a ser el símbolo de aquellas manos. Es absolutamente ridículo. Es mucho peor que ridículo, es mantener en la mentira más espantosa, la única justificación que puede haber en el desarrollo de estas actitudes.

-En el Tribunal Supremo, finalmente, ¿no se está juzgando el derecho de autodeterminación?

-Claro que sí. A la ideología del Estado centralista español se añade el síndrome turco, el síndrome de un imperio que ha perdido todo lo que podía ser imperial y que no admite que nadie ponga en duda su territorio sagrado. Esto se ha manifestado en la política de brutalidad absoluta del 1-O y en la política de los jueces. Y alerta, porque los estados no son monolíticos. Los famosos poderes de Montesquieu funcionan. En algunos momentos los jueces están a la izquierda del gobierno y en algunos otros, están a la derecha. Y éste es uno de esos momentos. Incluso si el PSOE estuviera dispuesto a dar pasos, no a favor de la autodeterminación que contenga la independencia como una solución, sino incluso hacia algún tipo de confederación o de federalismo fuerte, los jueces se pondrían absolutamente en contra. En estos momentos, yo no hablaría de tres jinetes del apocalipsis (el PP, C ‘sy Vox) sino de cuatro. Habría que añadir el Poder judicial.

-¿El régimen del 78 está en crisis o está más apuntalado que nunca?

-Está en crisis, pero precisamente la crisis refuerza el núcleo duro. Se ha reforzado a escala policial, a escala judicial y hay partidos que sólo piensan en la centralización. Lo hacen porque tienen miedo. Piensan que si van con florituras todo se hunde. Es decir, que no se puede negociar absolutamente nada, ni siquiera el federalismo. En el País Vasco se lo quieren cargar todo, incluso el concierto económico y es la razón por la que la derecha ha huido en masa de estos partidos. Hay mucha gente del PP que tiene negocios y que la peor cosa que les podría pasar es que desapareciera el concierto económico.

 

 

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