CAPITALISMO: Su incompatibilidad con la democracia es estructural, creciente e incorregible

«Los fines de la democracia y el capitalismo son totalmente distintos. Lo que anima a la democracia es el afán de justicia. Lo que impregna al capitalismo, el afán de lucro y la insaciable pasión por la riqueza, van en detrimento de la justicia», explica el profesor español Cándido Marquesán en la nota que pueden leer a continuación. Una nota  de un extraordinario valor educativo, muy necesario en estos tiempos en que los cerebros de nuestros conciudadanos van camino de convertirse en zombies del sistema. M. Mestre

¿Capitalismo y democracia son compatibles?

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Se ha destacado que la revolución industrial constituyó la única posibilidad de crecimiento –sin otras posibles vías– que racionalizó la producción frente a atrasos seculares, y gestó la fábrica. Pero de hecho hubo otra posibilidad de revolución industrial, con potencial transformador que nacía desde abajo y que fue abortada desde el poder político

CÁNDIDO MARQUESÁN MILLÁN / NUEVA TRIBUNA

Uno de los historiadores a los que he recurrido continuamente en mis clases y en mis artículos ha sido Josep Fontana. Uno de sus libros clásicos que todo profesor de Historia ha leído es el titulado Crisis del Antiguo Régimen 1808-1833, en el que se puede entender con una claridad impresionante ese momento clave de la historia. Otro de 2013 es El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social del siglo XXI. Según sus propias palabras, esta obra nace de las preocupaciones que le surgieron tras haber concluido su libro anterior del 2011 Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945, al apercibirse de que la crisis siguió avanzando, pero de la que no había acabado de ver la trascendencia. Fue consciente de la profundidad del desastre y la evidencia de que se trata de un cambio de larguísima duración, que puede continuar y tener unas consecuencias catastróficas.

Falleció en agosto del 2018, momento en el que tenía preparado otro libro Capitalismo y Democracia (1746-1848) Cómo empezó este engaño. El libro se ha publicado el mes de mayo pasado y hace una advertencia muy clara a la sociedad – sobre todo a los excluidos- que el problema, aunque no se quiera asumir, es el capitalismo. Trata de sacar a la luz la trama oculta de las políticas realizadas en ese periodo citado del libro (1746-1848) para favorecer el desarrollo del capitalismo que el discurso académico ha olvidado.

Ese desarrollo se basó inicialmente en arrebatar la tierra y los recursos naturales a quienes los trabajaban comunalmente y en liquidar las reglamentaciones colectivas de los trabajadores de oficio (gremios) con el objetivo de arrebatarles el producto de su trabajo en la fábrica. Todo esto no se produjo como consecuencia de una evolución natural e inevitable de la economía, sino que se impuso desde los gobiernos, mediante leyes para favorecer los intereses de la burguesía y defender su aplicación con medios represivos.

Para Fontana, la visión unívoca, avalada por el grueso de la academia, es la que ha configurado una determinada idea del proceso histórico hasta el presente. Así, se ha destacado que la revolución industrial constituyó la única posibilidad de crecimiento –sin otras posibles vías– que racionalizó la producción frente a atrasos seculares, y gestó la fábrica. Todo en aras de la eficiencia. Pero de hecho hubo otra posibilidad de revolución industrial, con potencial transformador que nacía desde abajo y que fue abortada desde el poder político: esa otra posibilidad podía haber surgido de los gremios, del trabajo doméstico, de la inventiva menestral, del esfuerzo de artesanos y campesinos.

En definitiva, la historiografía dominante ha impuesto una idea, que tampoco nos debería resultar extraña hoy, que la revolución industrial tal como aconteció, masacrando a los campesinos al arrebatarles las tierras comunales, y a los artesanos integrados en el sistema gremial, era la única alternativa posible, además de estar impregnada de desarrollo y progreso. ¿Desarrollo y progreso para quién? Vamos a ver la respuesta a esta pregunta.

Una comisión en Inglaterra, que estudiaba el problema del trabajo infantil interrogó en junio de 1833 a Ellen Hootton. Entonces tenía 10 años y ya había iniciado el trabajo a los 8 con un periodo breve de 5 meses de “aprendizaje” en el que no cobraba. Empezaba la jornada a las 5,30 de la mañana y terminaba a las 8 de la noche, con sólo dos pausas para comer. Recibía por lo menos 2 palizas semanales por parte del supervisor de niños. El resultado de estas investigaciones fue la Factory Act de 1833 que prohibía que las fábricas empleasen a niños menores de 9 años, establecía que los de 9 a 13 no trabajasen más de 9 horas y los de 13 a 18 no más de 12 horas. Para vigilar la aplicación de esta norma había 4 inspectores para toda la industria británica. La disciplina se extendió a los adultos. En 1823, una ley castigaba con 3 meses de prisión al obrero que abandonase el trabajo sin avisar.

Pasemos a Francia. En 1829 Villermé publicó una Memoire su la taille de l´homme en France, en la que sostenía que “las condiciones que establecen el bienestar o la miseria determinan en parte la estatura de nuestro cuerpo” y daba ejemplos de la mengua de la talla registrada en los reclutas entre 1816 y 1827.

Charles F. Sabel y Jonathan Zeitlin sostienen que había otras formas de progreso industrial que no pasan necesariamente por la fábrica. Proponen abandonar el viejo relato que contrapone un antiguo régimen gremial y producción manual doméstica, con una modernidad marcada por la libertad de mercado, la mecanización y la fábrica, y sustituirlo por otro alternativo que define la etapa final del Antiguo Régimen como una era de modernización de la tradición, que hacía posible la mecanización y el progreso tecnológico dentro del marco institucional vigente.

El progreso imparable del capitalismo con el consiguiente sufrimiento humano que el movimiento obrero frenó desde las últimas décadas del XIX, y que pareció detenerse entre 1917 y 1975, por el miedo a la revolución soviética, se ha desatado sin control en las últimas décadas y prosigue en siglo XXI, en una evolución que recuerda el período entre 1814 y 1848, pero hoy con una intensidad mucho mayor. Esta es la tesis fundamental del libro: las grandes semejanzas en el funcionamiento del sistema capitalista de aquel entonces (1746-1848) con los momentos actuales. Fijémonos en el hoy.

Observamos hoy cómo se controla la fuerza de trabajo. Ese fue el primer objetivo y para ello se debilitó la capacidad negociadora de los sindicatos, lo que iniciaron Reagan y Thatcher en los años 70, y que ha seguido avanzando dejando a los trabajadores desprotegidos. Sólo hay que observar la situación actual de los EEUU – extrapolable a otros países y por supuesto a la España actual-  en unos momentos en que la economía funciona y el desempleo es bajo, y esto no ha supuesto aumento de los salarios. Esta situación explica que la inseguridad alimenticia de los niños es mayor que antes de la Recesión o que casi la mitad de los americanos rozan el umbral de la pobreza. Un artículo del New York Times, de diciembre de 2017 denuncia la existencia en Europa de unas 55.000 agencias que proporcionan a las empresas centenares de miles de trabajadores con salarios de 3,50 euros la hora y contratos precarios.

En EEUU la amenaza más grande es la «gig economy», una situación en la que la mayor parte de trabajadores son autónomos contratados, que no tienen acceso a los servicios sociales. Y va a más. Se calcula que en 2020, el 40% de los trabajadores norteamericanos serán autónomos independientes. A su vez ha aumentado la represión. Desde los 70, la población encarcelada en USA, que se mantenía estable desde 1920, se ha más que cuadriplicado y hoy asciende a 2,3 millones, sin olvidar los 4,5 millones en libertad condicional. Todos ellos pobres, predominando los afroamericanos (cinco veces más que los blancos), obligados a trabajar en algunos estados sin compensación alguna, entrampados por deudas, multas y fianzas.

La regla de oro del capitalismo de hoy, como la de principios del XIX, es la expropiación de los beneficios del trabajo. A su vez la maquinaria intelectual pregona  de que todo funciona  perfectamente. 

Otro paralelismo sorprendente de hoy con los siglos XVIII y XIX es la usurpación de la tierra y de los recursos naturales. Lo que en el XVIII y XIX se hizo en Europa con la privatización de los bienes comunales ahora adquiere una dimensión mundial. El landgrabbing (acaparamiento de tierras) por parte de empresas europeas, estadounidenses o de Oriente Medio es espectacular. Fontana ya estudió este tema en su libro «El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social del siglo XXI», mostrándonos unos estudios publicados en el 2011, de Veterinarios sin Fronteras «Paren aquí, vive gente, sobre los impactos del agronegocio en África» y el publicado en 2010 por Friends of the Earth Europe, que señalaba que en África, por ejemplo en  República Democrática del Congo el total de la tierra en manos extranjeras alcanza el 48,8% del total de la tierra del país; en Mozambique es el 21,1%; en Uganda el 14,6%; en Zambia el 8,8%, en Etiopía el 8,2%, etc.

Sólo en África, 30 millones de hectáreas han sido acaparadas, curiosamente en un continente donde la inseguridad alimentaria y el hambre provocan grandiosos estragos. Al expolio de tierras hay que añadir el del agua para explotaciones mineras, para el embotellado o para electricidad. Grandes empresas compinchadas con los gobiernos locales usan métodos expeditivos para acabar la resistencia de los campesinos. Berta Cáceres fue asesinada en 2016 por su campaña en Honduras contra la central hidroeléctrica de Agua Zarca. Esta clase de asesinatos se producen en Colombia, Brasil, Guatemala y otros países.

Para acabar con esta descripción de la voracidad del capitalismo actual, en su versión neoliberal observamos el aumento de la desigualdad en los países desarrollados, como consecuencia de que sus gobiernos toman medidas para beneficio de las minorías. Dos ejemplos: rebaja de impuestos a las grandes fortunas hecha por Trump y la tolerancia en Europa de los gobiernos con los paraísos fiscales que benefician a las grandes empresas. En El Periódico de Aragón, publiqué un artículo titulado «La industria de la defensa de la riqueza«, donde señalaba que Jeffrey Winters ha estudiado en el libro «Oligarquía» (2011) la historia de los más ricos, desde las oligarquías de la Antigua Grecia hasta los multimillonarios que hoy lideran el ránking de Forbes. Winters examina las estrategias de las grandes fortunas para defender sus bienes y los problemas que su éxito está causando al mundo moderno. Han pasado ya siete años de su publicación, pero es plenamente vigente.

Hoy 62 personas tienen la misma riqueza que la mitad de los habitantes del planeta, unos 3.600 millones. En los EEUU los 20 más ricos tienen una fortuna equivalente a lo que poseen la mitad de los norteamericanos, unos 160 millones. Algo sin parangón en la historia de la humanidad. Un senador del imperio romano en la cima de la escala social, era 10 mil veces más rico que una persona promedio. En EEUU, los 500 más ricos tienen cada uno 16 mil veces más que un americano promedio. Ni siquiera en las épocas con esclavos, la riqueza estaba tan concentrada como hoy.

En las últimas décadas, el debate público se ha desinteresado del aumento de la concentración de la riqueza, siguiendo al pensamiento económico dominante para el que lo importante es el crecimiento económico.

Robert Lucas, profesor de la universidad de Chicago y Premio Nobel de Economía 1995, es un buen ejemplo de esta demonización del tema de la distribución de la riqueza: «Entre las tendencias dañinas para una economía bien fundada, la más seductora y la más venenosa, es la de poner el foco en la distribución», escribió en 2003. Winters sostiene, sin embargo, que al olvidarse de la concentración, lo que se ha hecho es ignorar el poder político que esta genera. Advierte que a medida que la concentración crece, ese poder se hace más indomable, y que la voracidad del 1% más rico es consecuencia de la aparición de un poderoso actor: la industria de la defensa de la riqueza. Hay «un ejército de profesionales muy preparados y bien remunerados, que piensan no sólo en cómo hacer más ricos a sus empleadores, sino en cómo imponer políticamente las ideas que los benefician».

Por lo dicho hasta ahora, creo que ya he puesto suficientes argumentos para responder a la pregunta del título. No obstante quiero terminar con las palabras de Ellen Meiksins Wood, que establece que la incompatibilidad entre el capitalismo y la democracia es estructural, creciente e incorregible. Si aquella -la incompatibilidad- se atenuó durante el cuarto de siglo de oro del capitalismo keynesiano (1948-1973) por la presión sindical y el temor al socialismo soviético, luego se incrementó extraordinariamente. Hoy las clases privilegiadas no tienen nada delante que les inquiete, entonces, ¿por qué van hacer concesiones?

Y esa incompatibilidad se muestra también en que los fines de la democracia y el capitalismo son totalmente distintos. Lo que anima a la democracia es el afán de justicia. Lo que impregna al capitalismo, el afán de lucro y la insaciable pasión por la riqueza, va en detrimento de la justicia. Lo que reina en el capitalismo es la ganancia no la justicia, el rédito y no la equidad. Para el capitalismo la justicia es una molesta distorsión “extra económica” que interfiere en el cálculo de los costos y beneficios y que sólo puede tener un efecto paralizante en la dinámica voraz de los mercados en el sistema capitalista.

Comentarios (4)

  1. Montenegro

    El articulo ¿Capitalismo y democracia son compatibles? Posee un concepto erroneo pues «TODA DEMOCRACIA DEVIENE EN PLUTOCRACIA» aspecto que es muy congruente con el Capitalismo. De hecho, NO EXISTE y existió democracias con la pretendida justicia reclamada, porque su sustento es el concepto de «»CONTRATO SOCIAL» y no el de COMUNIDAD en un «estado de derecho social». Atte. Dr.Montenegro.

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  2. adhemar principiano

    La democracia y el capitalismo, es una misma cosa. Una es la otra. Y la otra es una. La rev.industrial, si hubiera nacido, desde la comunidad, le otorgaba al ser humano dignidad. Dignidad de vida, Y no por eso poder del mony, mony. Cuya existencia no se hubiera conocido. aUNQUE LOS «IMBECILES DEL DINERILLO», OPINEN EN NUESTRA LOCURA»

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  3. hmontenegro

    Las democracias que conocemos siempre han sido excluyentes; desde la griega que excluía a los esclavos, los extranjeros y las mujeres, hasta la de inicios de los EE.UU. que era sólo para propietarios blancos. Sin embargo, muchas veces han albergado movimientos emancipadores como los sindicatos u organizaciones civiles. Pero estamos hoy en una época donde tienden a ser plutocracias, con mayor o menor velocidad de avance. En la medida en que las democracias den oportunidad a los subordinados de comunicarse, organizarse y defenderse, siguen siendo valiosas. Y si no las dan, son una mentira; un caramelo envenenado con envoltorio atractivo.

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    1. Raúl

      Perdón Dr Montenegro, siempre fue una plutocracia, jamás una Democracia. Ni la mentira de EEUU es una Democracia, donde el sistema de votación no es por mayorías, sino indirectas y ademas bipartidistas, cuyas doctrinas están envenenadas por las las grandes transnacionales.
      El tema real, es que en el siglo XXI ya no debería ser una plutocracia, si los ciudadanos del mundo (más que nada las clases medias) tuvieran un poco de estudios de teorías y no dejarse llevar por medios de comunicación que les mienten y les llenan sus cabezas. Esto no pasa solo en AL (fíjense Chile, votó el 50 % de la gente y Piñeyra gano con un 45% y le dicen un país libre y en Venezuela voto el 55 % y Maduro obtuvo el 67 % de los votos y dicen que es una dictadura). Reitero, pasa lo mismo en EEUU (donde la Corte le dio ganada la elección a un presidente por un voto.
      El problema es la baja lectura y la manipulación de descerebrados, donde en la clase media, fluye al 90 %.

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