ATENTADOS: Por qué elogio a quien me difamó y calumnió

El rol del Estado argentino y la participación de agentes israelíes en los atentados, claves de las divergencias

Gracias a mi amigo David, que me lo envió, vi casi todo este video, que tiene dos años de antigüedad. Como conozco muy bien las posiciones de Horacio Lutzky (obsesionado con culpar a Irán de los atentados, a pesar de carecer de las más mínima prueba de que haya sido así) me interesaron sobre todo las de Pablo Gitter, dirigente de Apemia (Asociación por el Esclarecimiento de la Masacre Impune de la AMIA)´con quien creo jamás haber cruzado una palabra pero de quien se por fuentes plurales que en repetidas oportunidades me calificó de «servicio», afrenta que me es imposible perdonar, no sólo porque pertenezco a la generación de los desaparecidos y fue compañero y amigo de decenas de ellos, sino también porque no creo que haya nadie en el ancho mundo que haya hecho mas que yo por esclarecer quienes y por qué demolieron la AMIA y mataron a 85 personas.

Sin embargo, curiosamente, comparto casi todas las posiciones de Gitter, comenzando por la línea de continuidad que ambos establecemos entre el Terrorismo de Estado que llegó a su cénit en la dictadura y quienes atacaron a la embajada de Israel y la AMIA (no hay organización que debute como asesina con tantos muertos) excepto, claro, su igualación de todos los gobiernos que se sucedieron a partir de los ’90 -esa segunda década infame- bajo el marbete común de «el Estado»…, una verdad de perogrullo del gusto de la mayoría de los autoproclamados trotskystas, que olvidan la represión ordenada por don León argumentando razones de Estado contra los marineros anarcosindicalistas del puerto de Kronstadt.

Este es el quid de nuestras divergencias: el papel que cumple o debe cumplir el Estado. Los nacionalistas revolucionarios de las periferias del sistema hegemónico sostenemos que los estados nacionales son la mejor -sino la única- defensa posible ante una globalización compulsiva orquestada por la oligarquía financiera planetaria.

A partir del minuto 26, Pablo Gitter destaca que el Estado argentino ya reconoció, por decreto de 2005, haber encubierto a los asesinos, algo previsible desde que horas después de la voladura de la AMIA, el entonces presidente Menem, pidió perdón (¡a Israel!) en nombre de su gobierno ante las 150 mil personas que llenaban la plaza de los dos congresos.

Gitter dijo que Rubén Beraja, el banquero que presidía la DAIA y que sería luego una pieza clave del encubrimiento, se había ufanado de que aquella misma noche del día del atentado fue a la Casa Rosada, y que allí le dijeron que los autores habían sido militares carapintadas. Y que él les contestó que estaban completamente equivocados: que no sabían nada de lo que pasaba en el mundo y que él tenía claro que los asesinos habían venido de afuera. Al decir del dirigente de Apemia, habría sido «algún marciano que llegó a la Argentina en la lucha contra Israel». Beraja también se jactó, dijo Gitter, se haber exigido seguidamente (y sin que se analizara la posibilidad de que otros, locales, hubieran sido los autores materiales) que se investigara lo que luego habría de llamarse «la conexión internacional», en línea con un Estado de Israel que exigía se culpabilizara a Hezbolá e Irán.

Una conexión internacional que, destacó Gitter, «nunca fue probada».

En esto Gitter se distanció de Lutzky, que se empecina en hacer como que la participación iraní fuera tan obvia que no tuviera que ser demostrada… lo que lo emparenta con la autoproclamada dirigencia de la «kehilá» (la cole) y sus mandantes de la Embajada de Israel, a quienes con toda justicia Lutzky critica acerbamente.

Luego de postular que la clave de quienes y por qué dinamitaron la AMIA se encuentra en los archivos que la SIDE, la PFA y demás servicios de inteligencia ocultaron (al poder judicial, al periodismo y a las familiares de las víctimas) Gitter arremetió contra el periodismo venal, y al igual que quien escribe puntualizó que éste no se limitó al eje Clarín-La Nación y sus corifeos sino también y en forma sustantiva, a Página 12, donde las primeras crónicas estuvieron a cargo de un Roman Lejtman que reportaba tanto a la embajada de Israel como al ministro Carlos Corach.

Gitter señaló que luego de haber denunciado el encubrimiento en 1994 con su libro «Cortinas de humo», Jorge Lanata ya era claramente encubridor una década después, en 2004, cuando en la pantalla de América TV sostuvo que era una ingenuidad pedir la apertura de los archivos secretos, como exigía Apemia, porque en el caso de haber existido hacía rato que habrían sido incinerados. Recordó al respecto Gitter que once años después, en 2015, el gobierno de CFK decretó la desclasificación de una parva de documentos secretos de la SIDE guardados en cajas de 90 cm. de altura que puestas una junto a la otra ocupaban más de dos kilómetros. Y que los decretos que ordenan la desclasificación de los documentos secretos de la ex SIDE fueron 12 (doce) y que esas órdenes jamás se cumplieron cabalmente, evitando referirse a la ingente labor cumplida por el GERAD (Grupo Especial de Relevamiento y Análisis Documental) creado por los fiscales que reemplazaron al suicidado Alberto Nisman al frente de la UFI-AMIA), equipo que encontró y desclasificó documentos que entre otras muchas cosas prueban que la SIDE jamás creyó que Irán tuviera algo que ver con los atentados. Documentos que viene a cuento subrayar, les fueron ofrecidos a importantes periodistas (entre ellos, a los de Página 12) pero que sólo fueron publicados -unos pocos, pero fundamentales- por quien escribe en La infAMIA (Colihue, 2018).

Al señalar que tanto en el atentado a la Embajada de Israel como en el que tuvo como objetivo a la AMIA fue clamorosa la complicidad de los policías que debían custodiar ambos edificios, Gitter fue un poco impreciso. Pero en cambio no lo fue al señalar que los atentados no fueron dos, sino tres, e incorporar a la serie el que tuvo como blanco la fábrica militar de municiones de Río Tercero, pues si en algo coincidimos él, Lutzky y quien escribe es que hubo una relación directa entre el tráfico ilegal de armas hacia Croacia y Bosnia y los bombazos. Al referirse al de Río Tercero, Gitter destacó no sin sorna que en este caso era imposible responsabilizar a algún iraní.

El dirigente de Apemia destacó que lo único claro es que dichos bombazos fueron detonados por locales, y que en su afán de echar las culpas afuera se intentó culpar a libaneses, sirios, iraníes… y anteriormente, cuando fue lo de la embajada de Israel, se lo había hecho (además de con alemanes y pakistaníes), a instancias del Consejo Judío Mundial, a ciudadanos rusos… en una denuncia tan ridícula que jamás fue exhumada.

Recordó luego que horas después de las explosiones que derrumbaron la mutual judía llegó al país un grupo de «rescatistas» israelíes y con ellos el ex embajador Dov Schmorak con instrucciones de acordar con el gobierno agentino a quien se le echaría la culpa (esto es, a Irán), obviando identificar a los autores materiales del ataque.

Más tarde y ante preguntas de los estudiantes de Historia de la UBA, Gitter recordó que Menem se jactaba de haberle dado intervención en las investigaciones a ocho (8) servicios de inteligencia extranjeros (curiosamente el mismo número para el que hacía tareas el locuaz superespía D’Alessio), y destacó que sugestivamente a ninguno de ellos le había interesado identificar a los autores materiales del atentado.

Destacó al respecto que en 1992, cuando se produjo el primer atentado contra a embajada de Israel, no existía el llamado «terrorismo internacional» (Obama bin Laden, Al Qaeda y el ISIS son posteriores), lo que no fue óbice para que se responsabilizara a extranjeros (al respecto, el sionismo y la CIA siempre apuntaron contra Hezbolá, que jamás actuó fuera de Medio Oriente y evitaron investigar la intervención de residentes en Arabia Saudita).

Sostuvo Gitter que el Memorándum de Entendimiento con Irán fue impulsado por el gobierno de Barack Obama, tal como, dijo, CFK reconoció explicitamente en octubre de 2015, al pronunciar su último discurso ante la Asamblea de las Naciones Unidas. Y agregó que a su juicio la iniciativa perseguía dejar afuera a los altos funcionarios de Irán a los que Alberto Nisman había acusado ante la absoluta falta de pruebas colectadas por éste.

Es decir, a destrabar una causa paralizada con una falsa acusación.

En cuanto a Lutzky, nada nuevo bajo el sol. Lo más importante es que volvió a destacar (como ya había hecho en 2012 con su libro «Brindando entre los escombros») la complicidad de los dirigentes de la DAIA-AMIA con la cúpula de una Policía Federal involucrada hasta la coronilla.

En cambio, obvió precisar que el embajador Isaac Avirán escribió una carta exculpatoria (diciendo que jamás había sido investigado) al médico del presidente Menem, Alejandro Tfeli, a quien este periodista había denunciado como partícipe necesario en el atentadi en un largo y pomenorizado escrito presentado en 1999 ante el inicuo juez Juan José Galeano.

Aunque ni Gitter ni Lutzky lo reconocen hasta ahora, el primero está mucho mas cerca de reconocer lo que para quien escribe es obvio: que no sólo en la planificación y el encubrimiento sino también en la factura de ambos atentados participaron agentes de inteligencia israelíes interesados en sabotear los planes del entonces primer ministro Isaac Rabin de devolverle los altos del Golán a Siria a cambio de un acuerdo de paz rubricado con el Consejo de Seguridad de la ONU como garante.

Rabin ordenó encubrir lo sucedido, en aras de poder recobrar el control de la interna israelí, del mismo modo en que Perón minimizó en junio de 1955 la barbarie y la cantidad de víctimas del bombardeo a Plaza de Mayo en su infructuosa intención de restañar heridas y recuperar el control de la situación, tras el incendio de una decena de iglesias por sus partidarios, que las consideraron antros desde los que se había alentado la acción homicida.

Ni Perón ni Rabin pudieron salirse con la suya. Perón fue derrocado y Rabin asesinado por un fanático religioso vinculado al servicio de contrainteligencia Shin Bet, también conocido como Shabak, servicio que etsuvo involucrado en el atentado a la Embajada de Israel como creo haber probado fehacientemente en mi Casi Nisman: Secretos inconfesables.

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