Violaciones, guerra y propaganda

Una joven mujer le tapa la boca sin nombrarlo al fiscal de la CPI Luis Moreno Ocampo y su tan estúpida como mal intencionada acusación de que Gadafi repartió entre sus tropas toneladas de viagra y les ordenó violar a las mujeres libias, poniendo las cosas dónde deben estar. Lo hizo en el diario Público, de Madrid.
Una disgresión:  Público se sitúa expresamente a la izquierda de El País (tengo entendido que lo impulsaron y escriben en él periodistas que se fueron de El País) y se imprime o imprimía en Buenos Aires dónde es o era distribuído por… Cablevisión. Es decir, por el grupo Clarín. Si alguién me lo puede explicar…). JS

Punto y seguido
Violación, guerra y propaganda

Por Nazanín Armenian / Público

Los soldados que participan en un conflicto armado no necesitan las órdenes del jefe del Estado o drogas estimulantes para la violación organizada de mujeres, niñas, niños e incluso hombres de la población agredida. Este viejo crimen de guerra desconoce fronteras políticas o culturales. Hasta las grandes religiones han considerado el cuerpo de la mujer como botín de guerra,  al lado del ganado, el oro o la plata.

Mientras unas agresiones sexuales copan titulares, otras –cometidas por “nuestros” violadores-, se ocultan. Obama impone la ley del silencio sobre esta atrocidad ejercida por sus hombres en Abu Ghraib para no manchar la imagen de las tropas de la democracia. La masacre de Mahmudiyah (Irak 2006), en la que cinco marines violaron a una niña, la mataron junto a su familia e incendiaron la casa simulando un ataque insurgente (narrada en la película Redacted), es la punta del Iceberg del calvario que sufren las iraquíes en su propio país, ultrajado.

La tortura sexual armada, lejos de ser un acto de violencia privada ejercida por soldados sin escrúpulos o un daño colateral inevitable de la guerra, es fruto de la ideología basada en la supremacía masculina que considera a la mujer una posesión para satisfacer sus necesidades. El conflicto armado sólo exacerba una actitud normalizada en la práctica diaria.

La violencia sexual siembra terror en la población; es un castigo colectivo, pues el cuerpo femenino, despreciado por los atacantes, es el habitáculo del honor de los atacados. Producirá hombres avergonzados por no “cuidar su propiedad”, padres de “hijos bastardos” y niños señalados de por vida. Los lazos sociales y familiares de las “violadas” son destrozados, así como su dignidad e identidad. Ningún hombre las querrá. Unas, lesionadas o embarazadas, caerán en el abandono; otras se verán abocadas al suicidio o incluso serán asesinadas por la familia para lavar su maldita “honra” manoseada, y miles serán esclavas sexuales.

Una educación basada en la igualdad y la empatía, y el fin de la impunidad de los criminales podrán frenar esta perversión.

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