Me cagaron a piñas

Salía del restorán luego de una de las habituales cenas antisoja cuando alguién me toco el hombro. Al darme cuenta me encontré con un fornido pelado que me dijo: “Vos sos un hijo de puta que ensuciaste a mi hermano Gorriarán”. Le respondí “Yo no lo ensucié…”. Pensaba que había sido Gorriarán o mejor dicho sus fieles los que habían volanteado Plaza Once acusándonos de botones a Verbitsky, Rodolfo Mattarollo y a mi, allá por 1990 o 1991. Pero el Pelado no estaba para filigranas e insistió “Sos un puto que ensució a Gorriarán”, Perplejo, cometí un error (producto del temor a arrugar que me fue imbuído en la infancia) y le respondí: “¿Qué? ¿Me querés pelear?” Y sí, evidentemente era lo que quería el Pelado: surtirme. Ahi mismo me tiró una piña. Nico González que asistió a la cena y me aprecia, dice que yo también le tiré una y que le di, dos asertos que no estoy en condiciones de confirmar. La segunda piña del Pelado me tiró de culo (todavía me duele la nalga derecha, con la que aterricé). Me paré lleno de pánico a seguir cobrando en el suelo, y cobré parado pero agachado, cubriendome la cara con los brazos. Básicamente ligué tres piñas, una en la oreja derecha, otra en medio de la frente y una tercera que me rompió la piel de la nariz muy cerca de dónde se apoyan los anteojos. Después, alguién nos separó, o el Pelado se aburrió de pegarme y se metió para adentro del restorán. Ahí lo seguí, no por que sea muy valiente sino porque adentro soy local, pero el Pelado, así como me vio, y tras amagar tirarme una última piña, se fue con sus acompañantes. Fuí al baño y me enjuagué la sangre. Alguna gente que estaba adentro -como la que celebraba el cumpleaños de mi amiga Silvana Fernández- ni siquiera se dio cuenta del incidente. Pienso que la agresión fue sumamente injusta ya que ningún otro periodista cubrió completo el juicio a quienes intentaron tomar el cuartel de La Tablada, y que fue en base a nuestro libro (escrito en colaboración con Julio Villalonga) Gorriarán, La Tablada y las “guerras de inteligencia” en América Latina, que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) pudo condenar al Estado argentino por haber sentenciado a esos muchachos en un juicio poblado de iregularidades y sin darles posibilidad de revisar el proceso. Pienso también, cuanta bambolla y escándalo habría armado Alfredo Leuco si le hubieran pegado a él. Seguramente acusaría a Néstor por la golpiza y hoy estaríamos tapados de editoriales de Adepa, La Nación, la SIP y todo el resto, y Lucas Carrasco sería algo así como una cruza entre Roby Santucho y Rocky Marciano. De buena nos hemos salvado.       

     

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