AMIA: ¿Hubo aviso?

Juan Salinas / Pájaro Rojo

El presidente ortodoxo de la AMIA, Guillermo Borger, quizá haya estado al tanto con anticipación de que iba a producirse un terrible atentado en el edificio de Pasteur 633 en la mañana del lunes 18 de julio de 1994. Hace más de un año, en declaraciones alusivas al 15º aniversario del hecho, hizo declaraciones a la Agencia Judía de Noticias  en las que afirmó ser «un sobreviviente, ya que «el día del atentado tenía una reunión a las 10 de la mañana como miembro de la comisión directiva, y me demoré por tareas en mi empresa (…) aunque parezca mentira, la noticia me llegó desde Israel (…) Yo estaba en mi empresa y recibí el llamado de mi hijo, preocupado porque sabía que estaba siempre en la AMIA. Los dos nos pusimos a llorar por teléfono, y despues de unos minutos me fui hasta la AMIA, dónde me encontré con un desolador panorama que nunca me hubiera imaginado.»

Recien reparo en ello leyendo un viejo e-mail de José Petrosino, que éste mandó como adjunto de uno nuevo, al que tituló «Borger, el avisado». Petrosino sigue con mucha atención todo lo concerniente a los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA, lo que le permite extraer algunas conclusiones muy sustanciosas aunque también, desgraciadamente, las más de las veces castradas a causa de su decisión de absolver a priori a policías y ex policías federales y a árabes e hijos de árabes de cualquier partucipación en el ataque (no de iraníes, ambos coincidimos en que no hay la menor evidencia de hayan participado iraníes -no hablemos ya del gobierno de Irán- y si, en cambio, muchas de que los asesinos estaban interesados en culpar a Teherán).

Puntualiza Petrosino que no es que que Borger se haya retrasado, sino que directamente no fue a la reunión de la comisión directiva de la AMIA, y que no se sabe que haya ido ningún otro directivo de la AMIA ni de la DAIA, ya que en el ataque no murió ninguno (en cambio, todos fueron a último momento a Radio Jai, que los invitó y en cuyo estudio se sacaron una foto que durante años decoró las paredes del lugar. N. del E.).

Se pregunta Petrosino como puede ser que no le hayan avisado del atentado a Borger los otros miembros de la comisión directiva de la AMIA que tampoco estaban en el edificio pero que debían estar llegando, y conjetura que todos debían estar «avisados» y que no «no le avisaron porque sabían que él ya sabía».

Agrega que si Borger se puso a llorar largos minutos por teléfono al recibir el llamado de su hijo es «porque ya conocía la magnitud del atentado, de lo contrario, al avisarle el hijo, que muchas precisiones no podía ofrecerle desde Israel, lo primero que razonablemente debería haber hecho, en lugar de llorar, hubiera sido averiguar que había pasado, con la natural esperanza de que no fuera tan grave.»

Aquel lunes infausto a las 9 estaba programada en el 5º piso, sede de la DAIA una reunión del grupo de «Proyecto Testimonio», dirigido por la entonces directora del Centro de Estudios Sociales de la AMIA, Beatriz Gurevich, a su vez profesora del CEMA.

Sugestivamente, esa reunión no se había hecho. Con lo que sus ignotos diez miembros y los que integraban el consejo académico que supervisaba sus actividades (presidido por el historiador Natalio Botana e integrado entre otros por Marcos Aguinis, Carlos Escudé, Gregorio Klimovsky y Manuel Tenembaum) habían, como Borger, salvado la vida.

En abril de 1995, quien escribe encabezaba un pequeño grupo de investigación del atentado, integrado también por Daniel Frontalini, jefe de documentación del CELS y las entonces estudiantes de periodismo Gisela Marziotta y Marianella Garbini. Un domingo, ellos tres fueron al lugar de la Costanera norte donde se arrojaban los escombros de la AMIA, se pusieron a hurgar entre ellos y encontraron «una carpeta plástica que encerraba páginas deformes por el sol y la lluvia pero todavía perfectamente legibles. Se referían a tres ‘oficinas’: de compilación, de análisis e investigación y de archivo. Es evidente que funcionaban en dependencias de la DAIA y dependían tanto de ella como de ‘La Mis'», abreviatura, todo indica, de «Misión israelí», expliqué en las páginas 58 y 59 de mi libro AMIA, El Atentado. Quienes son los autores y por qué no están presos (Planeta, 1997).

Según el texto, publicado en las páginas 59-62 de ese libro, era evidente que se trataba «de un documento liminar o constitutivo de un grupo de inteligencia» que respondía a «la Universidad de Tel Aviv» y en segundo lugar al director ejecutivo de la DAIA, Alfredo Neuberger.

El texto especificaba las características que debían reunir las personas contratadas para las oficinas de compilación (4) y archivo (1). También que las 6 dedicadas a análisis e investigación debían haber aprobado los cursos de «La Mis y haberse especializado en ánalisis dentro de ella», reiterando seguidamente que debían haber hecho «el curso de Análisis avanzado», tener conocimientos de computación y en lo posible «conocimientos de lenguas extranjeras, prefentemente árabe».

¿Quienes eran los diez miembros de este grupo? ¿quiénes los investigadores y analistas que dependían de «la Universidad de Tel Aviv». ¿A que se dedicaban?

El edificio de la AMIA se conectaba a través del 5 piso con el 7 piso del edificio de Pasteur 611, donde también oficinas de la DAIA. «El ingreso por el número 611 sólo era utilizado por los funcionarios o ante un eventual corte de luz. Si se entraba por el edificio del 611, al salir del ascensor sólo se podía ver una puerta blindada sin picaporte, que se abría desde adentro», puntualizaron Joe Goldman y Jorge Lanata en Cortinas de Humo (Planeta, 1994).

En mi carácter de investigador contratado por la AMIA, pedí sendas reuniones con Beatriz Gurevich y Adolfo Neubeger. Gurevih me recibió en su casa y dijo que esa mañana ella estaba en Montevideo y debía tomar un avión de regreso en el aeropuero de Carrasco pero lo perdió, y que desde allí levantó la reunión por teléfono. «Si la reunión se hubiera hecho, los muertos hubieran pasado del centenar. Cuando la consultamos acerca de que si era posible que en las mismas oficinas donde ellos se reunieran también se reuniera un grupo dedicado a perseguir nazis aquí y ahora, muy nerviosa, lo negó de plano».

Decir que Gurevich se puso «muy nerviosa» es decir poco. Tuve que aclararle varias veces que estaba contratado por la AMIA, no por sus enemigos.

En cuanto a «Neuberger, se limitó a señalar que analizar las actividades de los antisemitas es una de las funciones específicas de la DAIA, y que “el más elemental de los sentidos comunes indica que el objetivo prioritario de los terroristas fue la DAIA y no la AMIA”.

También Neuberger parecía muy nervioso. En julio de 1997, apareció mi libro. Antes había recibido amenazas por parte de un conspicuo miembro del entormo del presidente Menem. Viajé a Madrid a denunciar ante el juez Baltasar Garzón que la AMIA había sido volada por una banda mercenaria integrada por policías y ex policías federales, continuadora de la famosa «Banda de los comisarios», y luego a Nueva York y Washington, a fin de interesar (mi inocencia se acercaba entonces peligrosamente a la estupidez) en mis conclusiones a la colectividad judíonorteamericana y al FBI, además de a periodistas y parlamentarios.

Volví el 17 de julio, en vísperas del tercer aniversario del ataque. Me encontre con tres telegramas de la DAIA firmados por Neuberger. Me acusaba de «antisemita» y me amenazaba con hacerme juicio si no rectificaba mis expresiones agraviantes, sin aclarar a qué expresiones se refería.

Esa misma noche estuve en «Hora Clave», el programa de Mariano Grondona. Él y el presidente de la DAIA, Raúl Beraja, estaban a partir piñones. Decían y repetían que los asesinos habían sido fundamentalistas islámicos motivados por el odio racial. Estallé. Les dije al borde del pasmo que Dios no había tenido nada que ver con el ataque, que había sido un ataque mafioso.

Horas después, en el acto realizado en la calle Pasteur, Beraja y su padrino en el gobierno, Carlos Corach, recibieron una silbatina inolvidable. La Historia Oficial I comenzaba a derrumbarse.

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