Pactos siniestros (con ROVIRA)

Rovira, aqui cómodamente sentado, fue un  personaje central en la trama de las Tres A. De pie a su izquierda y con barba, Rodolfo Almirón. Falta identificar a los demás policías de las custodias de López Rega e Isabel.

La prehistoria de la Triple A
Pactos siniestros
 Juan Salinas / Caras y Caretas

 

El comisario Evaristo Meneses es el máximo héroe del panteón policial, un paradigma del policía duro e incorruptible. Pero fue bajo su mando, en la División Robos y Hurtos cuando se constituyó una “Brigada de Vigilancia General” que, tan pronto él se hubo marchado, se convirtió en una banda de despiadados asesinos seriales. En base a la cual, una década más tarde, se conformó el núcleo original de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), las  tristemente famosas Tres A o Triple A. Las mismas a las que se les atribuyen desde algo menos de mil a dos mil muertes, según las fuentes.
  
A comienzos de 1963 coincidieron en aquella  brigada, entre otros, el subcomisario Juan Ramón “El Chango” Morales, el inspector Rodolfo Eduardo “El Pibe” Almirón y los suboficiales escribientes Edwin Duncan “El Inglés” Farquharson.  Según algunas fuentes,  al año siguiente se agregó Miguel Ángel Rovira. Según otras, estaba de antes.[1]
Rovira, el único al que los autores 
no identificaron, es el segundo por 
la izquierda. A su derecha, Almirón. 
A su izquierda, Morales. En primer 
plano el secretario Vázquez.

Morales, el cabo José  López Rega y quien fuera al mismo tiempo jefe de la Policía Federal y de la Triple A hasta que los Montoneros lo asesinaron, el comisario general Alberto Villar, habían coincidido en la custodia del presidente Juan Perón a comienzos de los ’50.  Poco después, Morales había sido expulsado del  cuerpo por insultar y amenazar a su superior.

Los medios de la época, particularmente diarios y revistas, impulsaban en 1963 una “guerra contra el hampa”. Gracias a su laxitud moral ante “el abatimiento de malvivientes”, unos  meses después de iniciado su raid  exterminador,  Morales, a pesar de sus pésimos antecedentes, recibió la máxima condecoración policial: la Cruz de Oro Ramón L. Falcón (en recuerdo de un coronel y jefe policial que masacró obreros inermes y fue luego asesinado por un adolescente anarquista) por su “destacada actuación contra la delincuencia”.

En ese contexto, cuando todavía muchos gratas (delincuentes de armas llevar) y policías como Meneses se jactaban de tener códigos comunes, algo se rompió y policías como los ya mencionados se especializaron en reclutar buches, armar ratoneras,  torturar, extorsionar y mejicanear en medio de grandes aspiraciones a fin de mantener el training.

  
Aunque todavía no reivindicaban sus crímenes como Triple A ni de ninguna otra manera, la técnica de los policías asesinos constituía una especie de firma. Las torturas y golpes eran rubricadas por decenas de disparos de las armas de todos los miembros de la patota y usualmente por la desfiguración del rostro y el quemado de las huellas dactilares, a fin de impedir o al menos dificultar la identificación de sus víctimas, cuyos despojos solían aparecer en desolados baldíos de Villa Lugano o villa Soldati. Un modus operandi que a mediados de los ’70 le permitiría a Rodolfo Walsh  identificar a Morales, Almirón (jefes de las custodias del ministro López Rega y de la Presidenta Martínez de Perón, respectivamente) y Rovira como los jefes operativos de la  Triple A.
Casi de inmediato, un desertor del núcleo original de la Triple A, el teniente primero Horacio Salvador Paino, testimonió que los policías arriba nombrados lideraban escuadras de sicarios de las AAA,  que “firmaban” sus crímenes con despilfarro de municiones.
Faltaba toda una década para que Walsh y Paino identificaran a los jefes de las patotas de la Triple A cuando, a fines de septiembre de 1964, una denuncia anónima pasada por debajo de la puerta del departamento  céntrico de un juez le atribuyó a la Brigada de Vigilancia General  “13 homicidios, más de cien secuestros y robos por más de 100 millones”. Y remató: “Conté una ínfima parte. Con lo que queda, hay para un libro”.
Una vez que Morales, Almirón & Co. estuvieron bajo investigación judicial y en procura de silenciar testigos, la ola de asesinatos llegaría al paroxismo. A pesar de tantas bocas cerradas, Morales, Almirón , Farquharson y otros policías serían exonerados por indignos a fines de los años ’60 y comienzo de los ’70.
Ricardo Canaletti y Rolando Barbano, periodistas del diario Clarín (que ya publicaron antes –en colaboración con Hugo Gambini– Crímenes argentinos. Grandes casos policiales que conmovieron al país ) han de haber leído el excelente capítulo dedicado al “Loco Prieto” del libro Enemigos Públicos. Los más buscados en la historia criminal argentina,  del periodista y escritor rosarino Osvaldo Aguirre,  publicado por Aguilar en 2003. Y han de haber sopesado el  enorme potencial  de aquella saga de salvajes asesinatos.  So pretexto de narrar la historia de Miguel Ángel Prieto, el socio más importante que tuvo la pandilla salvaje dentro del hampa (y de otro delincuente  al que la policía, seguramente para proteger al auténtico, solía confundir con aquél),  Aguirre sentó las bases para lo que Canaletti y Barbano, archivos y confidencias policiales mediante, habrían de desarrollar en un trepidante thriller. Planeta lo  acaba de publicar con el título de Todos mataron (y el subtítulo un tanto redundante y efectista  de  Génesis de la Triple A: el pacto siniestro entre la Federal, el gobierno y la muerte. Sed trata de un libro muy recomendable para quienes,  pasando del alúd de best-sellers cuyo objeto es denostar a la Presidenta y su consorte, busquen leer historias basadas en crímenes reales…  presentados de manera tal que pueda ser filmados por algún émulo local de Sam Peckinpah, Tarantino o los hermanos Cohen.
A  diferencia de  otras recreaciones históricas, Todos mataron no sólo describe bien la época (es particularmente interesante el esbozo biográfico del gran contrabandista Vicente “Cacho” Otero, un colaborador de la “Revolución libertadora” que sería víctima de la banda de Morales, Almirón & Co. y a que terminaría desapareciendo en la ESMA en 1976, acusado de colaborar con Montoneros)  sino que también utiliza el lunfardo que gastaban hace ya casi medio siglo canas y chorros, bastante diferente del actual, lo que hace verosímiles diálogos de enorme crudeza, muchos rematados a balazos con sádica saña… Lo que es tanto un logro literario como un talón de Aquiles. Porque el nivel de detalle que los autores, como narradores omniscientes, ofrecen de escenas que nadie pudo presenciar (y seguir vivo) excepto los asesinos, hace presumir que o bien contaron con una fuente privilegiada, o bien que, partiendo de una somera base documental, discurrieron libremente, por lo que en muchos tramos el libro serían, en rigor, una novela…  lo que en ninguna parte se advierte a los lectores.
Hecha esta salvedad, y más allá de un título y un arte de tapa que procuró mimetizar a Todos mataron con los libros prodictadura de Juan Bautista “El Tata” Yofre que publicó la competencia,  el mayor déficit del libro de Canaletti y de Barbano no radica en lo que dice, excepto en alguna ocasión, como cuando sostiene que al momento de ser atacado por Montoneros en abril de 1975, Morales estaba acompañado por el teniente coronel  Horacio Vicente Colombo; según la prensa de la época Colombo había ido a practicar equitación al Comando de Remonta y Veterinaria,  extrajo su pistola reglamentaria al oír disparos, y los montoneros en retirada lo balearon y mataron sin saber quién era. Maldita será pues la gracia que le causará a sus deudos que lo mezclen con un asesino de la calaña de Morales.
El talón de Aquiles del libro es lo que calla.
Como ya se dijo,  en 1974 Rodolfo Walsh había identificado como jefes operativos de la Triple A –además de a Villar– a Morales, Almirón y Rovira. Los  tres aparecen en la foto de tapa de Todos mataron detrás de Isabel Perón, López Rega y el médico y secretario de Deportes y Turismo Pedro Eladio Vázquez.  Apenas se abre la tapa, en la portadilla se repite la foto, y esta vez los autores identifican en ella a Morales y Almirón (ambos fallecidos) pero insólitamente no lo hacen con Rovira, el único vivo y en condiciones de ser juzgado, hoy  cumpliendo una laxa prisión preventiva en su chalet de la calle Pasco al mil (ver ).
La omisión es tan grosera que ¡recién en la página 241! (el libro tiene 258) se menciona a Rovira, y en la siguiente se deja constancia como al pasar de que éste “había estado bajo las órdenes del Gaucho (Morales) en Robos y Hurtos allá por 1964 y había sido convocado a pedido suyo”… y eso es todo. En Todos mataron, Rovira es poco menos que un fantasma insignificante.
Para ello, obvian información publicada. Por ejemplo, en la ya reseñada doble página central del diario Crónica, dónde, al referirse a los vínculos entre el ex periodista Jorge Conti, luego vocero del Ministerio de Bienestar Social de José López Rega, se centran en Rovira, denunciado por Paino como jefe del “Grupo B” de sicarios con sede en ese ministerio. “La trayectoria profesional de Rovira abunda en hechos cruentos. El 26 de agosto de 1965, cuando llevaba las jinetas de cabo, Rovira se tiroteó en un hotel de la calle Mansilla 2462 con dos maleantes y los mató en rápida acción”, puntualizó.
Además de minimizar la responsabilidad de Meneses en haber prohijado semejante atado de desalmados, hay otras notorias concesiones a “la familia policial”.  El comisario Villar es un ícono de los policías fascistas. Hasta el punto que la Escuela de Suboficiales de la PFA llevó su nombre hasta que este gobierno se lo quitó… sin reemplazarlo por ningún otro (en la página web de la PFA se deja melancólica constancia de que dicha escuela “llevó el glorioso nombre” de Villar).  Pues bien, en aquella misma página (242) los autores resuelven su protagonismo como jefe de la Triple A con estas someras líneas “… el 29 de enero de 1974 otro ex integrante de la antigua custodia de Perón fue reincorporado a la policía, nombrado subjefe y luego jefe de la Federal por el mismísimo general. Llegó acompañado de un centenar de ex policías conocidos como Los Centuriones (…) Era el elemento que esperaba López Rega para terminar de darle forma orgánica, con la ayuda de Morales, Almirón y Farquharson, a la temible Triple A”.
No se trata sólo de que los autores sustituyan el  nombre de Rovira por el de Farquharson, que hace rato está muerto. Se trata también de que Villar había sido reincorporado al servicio activo con bastante anterioridad, luego del asesinato de José Ignacio Rucci. Hasta el punto de que –como ya se explicó en estas mismas páginas– era en la práctica subjefe el 20 de enero de ese año,  cuando se produjo el ataque al cuartel de Azul y dos de los jóvenes atacantes fueron detenidos y trasladados en secreto al lúgubre edificio de la Superintendencia de Seguridad Federal (SSF), donde se perdieron sus rastros. Eso sucedió un fin de semana. El lunes se produjo la renuncia del indignado jefe de la SSF, el coronel  (R) peronista  Jorge Oscar Montiel,  luego de una ácida reyerta con Villar a causa de esas desapariciones.

Montiel y el teniente coronel en actividad Martín Rico fueron secuestrados por la Triple A en marzo de 1975. A diferencia de lo que sucedió con Rico, el cuerpo de Montiel ­ jamás apareció.  

En síntesis: omisiones, reemplazos y silencios dejan la amarga sospecha de que para pergeñar este libro tan interesante y atractivo quizá se hayan establecido, tácitos o explícitos, nuevos pactos siniestros. E incluso que, ya sea directa o indirectamente,  Rovira haya sido una de las principales fuentes,  acaso la principal. Y sólo deja una certeza: que la narrada es una historia tan viva como mutilada.

[1] Ver “Conti: surgen contradicciones” en Crónica del 14 de febrero de 1976, págs.. 8 y 9. Allí se afirma que “Ya en 1962 (Rovira) revistaba en Robos y hurtos y en aquel entonces era su superior el comisario Juan Ramón Morales”.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: