Fusilados al amanecer

Por Pablo E. Chacón (para Pájaro rojo)

Suele decirse que cuando una sociedad está a la espera del acontecimiento que puede extinguirla, el miedo, la pobreza, el desamparo, la ausencia de hospitalidad y la envidia de todos contra todos han llegado a un grado de madurez comparable a un gesto secreto que aparece en los rasgos de los vivos. Las caras que nos rodean cargan con ese silencio que se extiende. Ese silencio ignora su ferocidad. La sociedad argentina está en ese estado de madurez. Está al límite de la carnicería.

Rodolfo Walsh percibió ese límite no sólo por su militancia política sino porque el escritor que no puede más que escribir subordina todas o casi todas las formas retóricas (incluso las más urgentes, como la carta abierta de 1977) no tanto a advertir la inminencia de una carnicería sino a insistir que de no expulsar ese silencio la carnicería será más rápida, más violenta, más suicida. Ajeno a las formas del sacrificio, quizás cedió su vida precisamente para evitar los beneficios de inventario.

Pero desarticulada la convención y rearticulada en el fondo de la naturaleza, no existe la revelación por medio de la cual la metamorfosis separó al viviente de la ciénaga en la que estaba preso. Esa restauración conservadora es posterior, retroactiva, interesada, justa muchas veces. El límite de la carnicería contemporánea es la indiferencia. El paso del sacrificio a la indiferencia no es ninguna ganancia, tampoco una pérdida. Podría decirse que es ese trance o malestar que se nombra política. El lenguaje es el lugar de un secreto al que ningún hablante se acerca.

Walsh nunca dejó la literatura pero se lo recuerda (y se lo festeja) como militante. Sin embargo, un lector, un escritor como Roberto Ferro entiende que los altares petrifican, resultan casi siempre obstáculos, objetos pedagogizantes, elogios del humo y del polvo. El ser es una presa cuyo escondite es todo lo que hay.

Escribe Ferro: “La escritura es sólo un instante, exige la insistencia de la mirada para no desaparecer, la escritura demanda la solidaridad de la lectura; por eso los diligentes cómplices de los asesinos no repararon en el Walsh lector, el que vuelve una y otra vez sobre los hechos para comprenderlos, para asediar la verdad; el Walsh que revisa sus textos para insertar su lectura, siempre otra, para reescribirlos; los censores habían ignorado al Walsh lector, que descifra y escribe trastornando lo que lee, el que traduce.

“Ese traductor es el que hace un aporte decisivo a la conciencia política de las generaciones de lectores que se confabularon con su escritura. Walsh como escritor ha sido capaz de traducir experiencias que no le pertenecieron, a tal punto que sus textos son una cifra de la deriva de las series históricas más que revelaciones sobre hechos puntuales”.

No hay estudio de mercado  que pueda implementarse para asegurar que aquello que no es no vaya a ser esperado por quienes lo ignoran. Sólo en el periodismo la estrella del lenguaje no está ausente. Pero el lenguaje del periodismo es una estadística que se orienta por la luz artificial de las redacciones y la delación. La literatura –la literatura de Walsh, sin distinción de géneros– es otra cosa.

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