Fontanarrosa no es un escritor torturado

Esta entrevista es de fines de 2005 y se publicó primero en Caras y Caretas. Este es el corte «de autor», algo más largo que publicó después en «causa Popular», ancestro de Zoom, pero que ahora, váyase a saber por qué, no está en sus archivos. Los dejo con mi hermano que, avatares del destino, sobrevivió al Negro apenas dos meses y medio. Ahora que lo pienso, el cáncer que lo mató ya debía estar en pleno desarrollo. (Después de la entrevista hay un comentario de Luis sobre la entrevista, hecho luego de la muerte del Negro y dirigido a mi. Le puse de título «Nota»).

Por Luis Salinas / Causa Popular


– Es difícil hacerle una entrevista a alguien que tiene tantas entrevistas corridas ¿no? Tocás internet y se te caen encima.

– Con el tiempo, yo he ido valorando las entrevistas como un modo de expresión más, diferenciado de los otros.En una entrevista, uno redondea cosas que por ahí no tenía claras, o se mete en un tema que le era imposible en un chiste o un cuento. Sacando que a uno no lo entrevistan por sí, sino por lo que hace; y que de todos modos, las entrevistas alimentan la vanidad y tienen una parte utilitaria, –como ahora difundir la publicación del Rey de la Milonga, en Editorial de la Flor– te queda todavía eso que se dice siempre de Borges, que son muchos más los que lo conocen que los que lo han leído. ¿Y a través de qué lo conocen? ¿Cómo sabe uno qué clase de tipo es más o menos Saramago, antes de leer 300 páginas de una de sus novelas, que de cualquier modo son muchas, si no es a través de las entrevistas? Te lo digo como lector, porque siguiendo una tendencia de época, cada vez leo más ensayos, material y autores periodísticos. Capote, Walsh, Mailer, y menos ficción.

– Clarín los tiene capturados a vos, a Caloi y a Quino. Es como la tríada sagrada del folklore argentino en el rubro. Es obvio que ustedes no son buenos porque estén ahí sino al revés, pero ¿cuánto contribuye el dedo mágico a sostenerlos?

– Y, yo creo que mucho. No va a incidir en si el chiste es mejor o peor, pero en la permanencia, en la difusión, en el reconocimiento de la gente… yo no me voy a ofender si me dicen que soy un escritor mediático: he trabajado siempre en los medios y me considero un periodista. Ayuda incluso para vender un libro que no tiene un solo dibujito. El que lo ve ya te conoce de otra cosa y eso es ventaja.

– Desde hace cuatro o cinco libros de cuentos, tus críticos insisten, a modo de elogio, en que te alejás progresivamente de la parodia, como si fuera una condición de entrada a la gran literatura. ¿Escribirías hoy prescindiendo totalmente del humor?

– En este nuevo libro hay bastantes cuentos resueltos en forma periodística, lo que no deja de ser una parodia, con algunos recursos como el de intercalar datos reales con otros disparatados, una característica de los mitómanos. El interlocutor del mentiroso, en este caso el lector, reconoce un dato como bueno, y después vacila frente al absurdo: quien sabe, capaz que ése también es cierto. No creo que hoy desarrollara una idea dramática a secas, sin relación con el humor, porque hay una suerte de correspondencia con el lector, que lo espera, y porque es un plus que tengo ¿por qué lo voy a resignar?
Pero encontrar el conflicto es el 70 por ciento de la cosa, y eso quizás explica por qué mucho de lo que escribo llega al teatro, cuando yo no soy en absoluto un tipo de ese ambiente. Una vez que tengo la historia, la giro al humor en mayor o menor grado. Tampoco podría escribir algo simplemente costumbrista, gracioso pero sin nudo dramático.

– Escribís muy rápido…

– He encontrado una forma que me viene bien. Voy anotando ideas que me parecen factibles. No mucho, la idea básica y después alguna otra cosa… las guardo, hasta llegar más o menos a 25, una cantidad caprichosa. Entonces vuelvo al primero, y con la distancia, los errores saltan muy rápido, como si lo hubiera escrito otro. Ahí hago una primera versión, y así con todos. De cualquier modo, y esto no cambió desde que trabajaba en publicidad, de pibe, lo mío es producir mucho con poco refinamiento. Vos habrás oído de los escritores que corrigen y corrigen, maníacamente. Yo no soy uno.

–¿Con vos no se hizo animación nunca?

– No. Me encantaría, me dan mucha curiosidad los resultados. Hay ahora en marcha un proyecto alrededor de mis ilustraciones para el Martín Fierro que publicamos en el 2002, en De la Flor. Pero no hay mucha animación acá en la Argentina, ya otras veces me acercaron propuestas, pero después falla el cálculo económico, o lo que fuere. Recién ahora se están armado equipos con técnica y elementos; que en esto hay un equipo, porque si fuera yo el que va a ponerse a hacer veinticuatro dibujos para cada segundo, ni en pedo me agarran.

– ¿Cómo pega tu producción en el exterior?

– Y… no voy a decir «injustamente olvidado» . Boggie publicó mucho en México y Colombia, que no por casualidad son dos países con fuerte tradición de violencia. Inodoro es imposible de adaptar. Lo entienden en el Uruguay. Hubo un intento de traducirla al portugués para la zona gaúcha del Brasil, pero no pasó nada.

– ¿Los españoles no se ríen con Inodoro?

– Me lo han comentado, pero no estás hablando de cualquier español, es por lo menos una lectura muy trabajosa. Con los cuentos pasa otra cosa: El colombiano Daniel Samper, un editor amigo (y hermano de Ernesto, el ex presidente) hizo la selección para una primera edición de mis cuentos en Barcelona, basándose en el criterio de que fueran aquellos en los que el idioma interfiriera menos y me fue bien. Después Alfaguara los publicó todos, y también funcionaron. Ahora hay un ida y vuelta muy fuerte, con muchos argentinos viviendo allí, lo que hace a nuestro idioma menos inexpugnable. Por otro lado, si yo leo a otro latinoamericano quiero que suene como venezolano, paraguayo o lo que sea, dentro de ciertos límites; he leído cosas de Arguedas en las que el porcentaje de localismo era excesivo. Y publicar en España tiene una ventaja extra; no solo es un mercado grande, sino que no hay un «más allá» del castellano; una vez que lo agotaron, no tienen más remedio que reexpedir los libros hacia Latinoamérica.

– Desde el derrumbe del 2001 para acá ¿nosotros estamos jugando un papel de vedette?

– Sí, el imperialismo argentino… el poder blando, que no se basa en las armas. Me sucedió ir a un Encuentro de escritores argentinos en Madrid. Vos decís, que caprichoso ¿por qué no se reúnen en la Argentina? Sin embargo traté a varios escritores que no conocía, o apenas conocía de vista; a Alan Pauls, a César Aira, a Bayer; a Gelman, que no estaba en el congreso pero sí en Madrid. Y el periodismo español tuvo sobre eso una mirada muy curiosa. La debacle económica trajo una reafirmación cultural. Yo creo que la gente se dijo: para cagarse de hambre en una oficina da lo mismo cagarse de hambre haciendo teatro, que es lo que me gusta. O tocando la guitarra, o haciendo tortas de cumpleaños.

– Fuiste desgranando hasta acá una serie de profesiones: dijiste publicitario, periodista, escritor, dibujante. Nunca dijiste humorista.

– Una vez que viajábamos a Cuba con Quino, y estábamos llenando las tarjetas de inmigración, me preguntó: «Donde dice profesión, ¿vos que ponés?» «y, yo pongo dibujante»; «Ah, bueno, yo también».
He dibujado siempre. Pero no me considero un gran dibujante, apenas bueno, y éste es un país de grandes: Sábat, Nine, el Crist, Oscar Grillo, el negro Caloi, los historietistas, Alberto Breccia, su hijo Enrique… son muy virtuosos. Yo tengo ese complejo, que sé que comparto con Quino… que no nos sentimos grandes dibujantes. Si fuera cuestión de elegir, me pondría más cerca del narrador. Me gusta contar cosas; a veces las cuento con dibujo, a veces con texto y a veces con ambas cosas.

–¿El humor es una forma de arte?

– Hay algo que favorece el buen clima que hay entre los humoristas, y es que casi todos hemos pasado por la publicidad, y en pocos rubros te van a tocar el culo tanto como en ése. Vos hacés un dibujito que es una maravilla, y «No viejo, –te dice el cliente -acá va una foto de mi hijo. O mejor ponemos una oferta de ropa interior». Y lo cambiás. Estás más emparentado con el oficio…

– Una lección de humildad…

– Qué de humildad, ¡de cosa mercenaria! Hacés un dibujo y te lo pagan. No existe esa cosa de yo no voy a comercializar mi arte, arrancamos de cero comercializándolo. Y eso hace que entre humoristas haya menos vedetismo que en otros munditos, pongamos el de los poetas, o el de los pintores…

– ¿Por qué las mismas palabras son graciosas dichas en un orden y no en otro?

– Hay un efecto muy relacionado con la sorpresa, esto de amagar para un lado y salir para el otro…. me asombra a menudo la construcción formidable de algunos chistes de la calle. Yo no soy un gran contador de chistes, pero aprendí oyendo, por ejemplo a Landriscina, esto de no jugarse al remate final de Inodoro; mucho antes de terminar ya va agregando pequeñas cosas graciosas… Pero no hay esquemas infalibles. Ahora, esto de la construcción de las palabras, yo a veces tengo la impresión de que entré torcido en un frase. Entré incomodo y tengo que esperar y repetírmela. Es como dicen, que los melones se van acomodando en el carro solos. Tengo un cuento en el que dice » el pelotudo de Góngora». Yo jamás lo leí al pobre Góngora. Me acordaba de él, y necesitaba un nombre esdrújulo. Es caprichoso qué efecto va a tener el humor; laburando para Les Luthiers nos decimos muchas veces: «este chiste va a reventar el teatro» y no pasa nada. Lo cambiamos de lugar, y por ahí anda, o a los dos meses lo sacaron, porque no hay caso. El teatro mismo es un misterio; los críticos hablan del público de cada función como si fuera una sola persona; que éste funciono y aquel otro no.

– ¿Inodoro no se te volvió un peso? Es una propiedad verdaderamente colectiva. ¿Qué pasaría si lo discontinuaras, como a Boggie?

– Me van a apedrear la casa, sí. Pero con Boggie me pasó que una vez, a los 20 años de dibujarlo, lo dejé para el otro día a pesar de que tenía la página diagramada y los diálogos escritos… y lo dejé otro, pasó una semana y pasaron dos, diciéndome no tengo tiempo; pero lo que no tenía eran ganas. Con Inodoro sí las tengo, todavía no hay motivo de alarma. Si mi trabajo divierte, se qué voy a divertir. Si me aburro al hacerlo…

– ¿Vos fuiste de Vanguardia Comunista en los ’70? En mi infancia, eso era como una leyenda…

– No, yo publiqué en medios relacionados… Pero te soy sincero, en esa época no tenía idea de nada. Porque no terminé la escuela secundaria, es decir que me perdí el ambiente de esos últimos años y de la facultad, y enseguida entré en publicidad, que como te imaginarás es un burbuja. Mi viejo era peronista, emocional, no crítico. Recién me empecé a interesar por la política en una época en la que trabajé en la revista Boom, en Rosario. Sería el año ’68, o el ’69. Allí trabajaba Juan Carlos Martini entre otros, gente con una visión más entendida de la realidad.

– Sos extraordinariamente prolífico ¿trabajás al ritmo de siempre?

– Más. Ahora que no puedo salir tanto; y la verdad es que el trabajo me resulta una gran laborterapia, no lo digo solo emocionalmente sino en lo físico más concreto, de ejercitación…. pero la calle es tan seductora; mi viejo decía «La vida está en la calle», como para justificar que se iba permanentemente a la mierda, ¿no?.

– El bar El Cairo está abierto ¿no?

– Sí, reabrió hace unos años, totalmente remodelado, para bien, porque El Cairo era un bar muy feo. El atractivo se lo daba la gente. Yo no he ido mucho porque ya andaba con estos problemas. Pero tengo un departamento nuevo que elegí, entre otras cosas, porque tiene un bar casi en la puerta. Y a mí me gustan mucho los bares. El otro día leí, en la biografía de Sebreli, creo, una definición que me pareció acertada: «El bar está a mitad de camino entre la casa y la calle» Así que los miércoles, los muchachos vienen a ese barcito, que es chiquito, no llega ni a restaurant.

–¿Vos sos el triunfador del grupo?

– No, soy el conocido. Pero la gran ventaja es que, con el paso del tiempo, uno se encuentra con pibes …o con gente… que te trata con excesivo respeto, cada vez más. Y los muchachos no, te toman para el churrete, lo que es muy refrescante.

– ¿No les gustan las referencias encubiertas, las de la Mesa de los Galanes, por ejemplo?

– Sí, les encanta aparecer. Pero es una cosa menos solemne…

– ¿Cómo la de «Algunos comentarios sobre las mujeres narigonas»?

– Claro, es así. Es imposible hablar en serio, todo el tiempo hay otros que se cruzan con cualquier pelotudez. Yo no sé quien inventó aquello de los que «tratan de arreglar el mundo desde una mesa de café», porque la verdad que en las mías, y en cualquier otra mesa de café que conozca, nadie trata de arreglar nada. Son mesas en las que se habla de liviandades, gracias a Dios.

– Hay un cuento tuyo, ya un clásico, en el que alguien es citado a la comisaría porque tuvo un sueño erótico con una vecinita…

– Sí. Es uno de los que más se teatralizan; y el conflicto es mínimo, es sólo que el tipo argumenta «ella me provocó». Si se agarrara de lo obvio, que es «fue un sueño», no existiría nudo dramático… ¿Y sabés cual es la base? Una vez tuve un sueño de tono muy subido con una amiga íntima de la que entonces era mi mujer… y me desperté, y la tenía a mi mujer a cinco milímetros de la nariz. Fue muy impresionante.

Señas particulares

A los 61 años de edad, Roberto Fontanarrosa acaba de publicar en Editorial de La Flor su duodécimo libro de cuentos, El rey de la Milonga. Tiene además tres novelas, algunos libros de misceláneas futboleras y una lista interminable de compilaciones de humor gráfico, en la que destacan las de sus dos personajes más populares, Boggie el Aceitoso, discontinuado en 1992, e Inodoro Pereyra, que goza de un aspecto saludable, tributario de su virginidad laboral.
Fontanarrosa comenzó a hacerse conocido a escala nacional a partir de 1970, en base al boom de la revista cordobesa «Hortensia», que los incluía. Es rosarino, autodidácta como dibujante (hizo el famosísimo curso de «los doce grandes artistas», por correspondencia, cuando debería haber estado completando el secundario) y en cualquier otro sentido. Reivindica sin esperanza la autoría de centenares de chistes, descripciones y comparandos que la calle hace rato que se adjudica sin pudor a sí misma. Y viceversa.

La salud

Hace ya algunos años se sabe que Fontanarrosa padece una forma de la esclerosis, de definición difícil: «la carátula va cambiando como sucede con los juicios. Cuando solo había tomado el brazo izquierdo, me dijeron «esto es el mal de Iroyama»,que es una atrofia muscular de un solo miembro. Pero progresó, y dejó de ser el mal de Iroyama.
Ahora me han hecho un implante de células madre, que es lo que está de moda, aunque no para esta enfermedad, porque no hay jurisprudencia; la técnica específica tiene menos de un año, de modo que se sabe poco acerca de lo que puede pasar. Parece ciencia ficción, pero las células madre se dirigen a los lugares específicos en los que hay funciones caídas, y las reemplazan.
Que hacen exactamente está poco claro, porque no tienen un chip como las gaviotas de la National Geographic. Ahí estarán, haciendo algo. Yo he tenido que aprender a convivir con la preocupación. Todo es en tiempo potencial: «podría», «se supondría».

Nota

Le agradecí a Fontanarrosa una atención detallada, cálida y sin ningún apuro, –algo más de una hora– a pesar de que tenía por lo menos otros dos entrevistadores, entre ellos a Muleiro de Ñ, esperando. Le conté una anécdota que incluía un postulado y me dijo que le encantaba la idea y que la iba a utilizar, «citándote, por supuesto». Le dije que no quería que me citara de ningún modo, que si alguna vez la veía me iba a emocionar profundamente y prefería que fuera un anónimo popular. Y que de cualquier manera nunca iba a cometer el error de adjudicármela.
La anécdota en cuestión fue la manera poco noble con que obligué a mi hijo Simón cuando tenía dos años a ser de San Lorenzo –convenciéndolo de que se trataba de algo ligado al apellido de los varones de la familia– porque había advertido que una señora que limpiaba en casa le ponía la pelota en los pies y le decía «A ver, Simón…¡Gol de Boca!. En ese momento se me prendió la alarma: «Boca» es una palabra tan fácil de decir como Agua, Babau, Mamá, papá, nene. Esto seguramente –le dije– es lo que garantizó en su momento la extraordinaria proliferación de los bosteros. A pesar de mi pretendida humildad, no puedo dejar de contarles esto a los taxistas cada vez que hablamos de fútbol, pero no sé si el genio llegó a hacer algo con ella. Ya estaba afectado en ambos brazos –en uno de forma incipiente– por la enfermedad que lo mato. De esto y de la circunstancia del encuentro se habla en los dos recuadros finales. Y basta. Podés distribuirlo como quieras; seguramente a alguno de los miles de prematuros nostálgicos le gustará.

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