¿Por qué «Pájaro Rojo»?

Un servidor yendo a Ezeiza,
modulando como Pájaro Rojo.

Me preguntan por qué le puse al blog «Pájaro Rojo» de nombre, y mi mujer, socarrona, por qué no le puse «Pájaro loco», como me llamaban tanto mi madre y, sin saber aquello, también María Flores, mi responsable en aquél grupo de la reserva de «la pe». O Pajarraco, como también me decían. La respuesta es sencilla: más me decían «Beto» y no seré yo quien me haga mala fama. Y, por cierto, fui «Pájaro rojo» el 20 de junio de 1972 para, como responsable de la columna de la JP de Montserrat, comunicarme con Polo (Enrique «Keny» Berroeta), que era «Pájaro Azul».

 Aquella jornada, entre ambos pájaros coordinamos y ejecutamos acciones para persuadir a los colectiveros de sendos 31 (una línea hoy desaparecida de ómnibus Leyland cuyo final de recorrido era la esquina de Chile y Piedras, donde nos trepamos a ellos a las tres de la madrugada), uno de ellos gallego y muy tozudo, y de tres 12 (abordados en Plaza Constitución alrededor de las seis) de que llevaran a nuestra gente hasta Ezeiza. Lo hicimos con una mezcla de discurso político que apelaba a la calidad de hijos del pueblo de los choferes, repartiendo certificados (con sellos y firmas del Ministerio de Educaciòn y de la Secretaría de Agricultura) acerca de el vehículo de marras había sido momentámente requisado para intervenir en el acto del «Retorno Definitivo de Perón a la patria y al poder», y también dejando cada tanto que se vieran las culatas de las pistolas y revólveres de mentirijillas (réplicas) que llevábamos en la cintura para subrayar nuestra decisión de incautar los vehículos. 

Dos de los colectiveros, recuerdo, el gallego de la 31 y uno de los de la 12 no querían rumbear para Ezeiza. El gallego se le retobó a Polo y el criollo a mi. Entonces, como habíamos acordado, después de mostrar las culatas, apelamos al último recurso. 

– Atención pájaro rojo atención pájaro rojo. 

 Pájaro azul, aquí pájaro rojo. ¿Algún inconveniente?- respondí en una voz prepotente en volumen perfectamente audible.






Columna de la JP de la 13 (Montserrat) rumbo a Ezeiza


– Acá hay un chofer que se niega a acatar las órdenes del ministerio (o de la Secretaría, de acuerdo al escrito de requisa que se les había enseñado) por lo le informó que, no teniendo más remedio, procederé a aplicar el código rojo.

– ¿Está seguro de haber agotado otras posibilidades, Pájaro Azul?– me  respondió con tono de perceptible angustia el flaco Keny.

– Sí, estoy seguro.

– Entonces proceda- dijo lacóno, como resignado el Flaco.

En las dos oportunidades, los colectiveros aflojaron y con una sonrisa bastante falsa dijeron que, pensándolo bien, no veñian inconvenientes insalvables para llevarnos a Ezeiza si podían justificarlo ante sus empresas. Acaso hayamos fracasado con un tercero, gorila inconmovible. No lo recuerdo con claridad.

Se me había ocurrido utilizar el binomio pájaro azul/pájaro rojo, creo ahora, por muchos motivos. Azul y Rojo es el título de la única novela publicada por mi tío Fernando (Suárez Rodríguez).  Con el compartimos la pasión azulgrana como hinchas de San Lorenzo. Mi padre era un marino rojo español, él un infante de marina colorado, y yo fundé el club de «Los Colorados de Mompracem» cuyo carné era un papel glacé rojo y en el centro una cabeza de tigre de la Malasia, tal era mi amor por Sandokan, sólo superado por el hindú Tremal-Naik. En este club, via mi hernano Luis, se encontraba Marcos Suárez Mason, hijo de «Sam», el general Carlos Guillermo, también llamado Pajarito, que era miembro de la comisión de ex alumnos del colegio (el Instituto Santa Catalina de Brasil y Tacuari) cuyos colores eran y son -entonces en las corbatas, hoy en los buzos que reemplazaron a los blazers- rojo y azul. Esos «clubes» replicaban el enfrentamiento que en las calles se daba entre los militares azules y colorados, es decir, entre gorilas peludos y ultrapeludos.

Como se vé,  no sólo hay pajaritos y pajarracos, sino también muchas clases de pajaritos. Como un admirado maestro de periodistas, Rogelio García Lupo.

También puede ser que me gustará ser «Pájaro Rojo» porque en el cole, entre Jorge Caterbetti y el Tano Zambrano (¿no es un apellido español?) me habían bautizado como «Bólido de fuego» y a mi me gustaba que me dijeran afectadamente «Thunderbird». Quizá porque enfrente de mi casa habia estado el Trueno Naranja, un «sport prototipo» (como decíamos entonces) con estructura de Ford y motor Chevrolet que manejaba Carlos Pairetti.

A los 17 Keny era tan extravagantemente serio que madrugaba para escuchar «La peña del camionero» y veneraba las canciones lunfas de Leonel, el gran Edmundo Rivero… aunque le haya dado la mano a Videla y a Spinetta no le guste. Lo que no fue óbice para que en su casa escuchara por primera vez el simple de «Muchacha ojos de papel» que en el reverso traia «Gabinetes espaciales» mientras tomábamos un Don Valentín lacrado de la bodega de Don Henri. Gabinetes espaciales fue el primer tema de Almendra  que escuché, la primera vez que escuché a Spinetta, cuyo arte me marcó para siempre. 

Gabinetes espaciales / donde la gente va / los que llegan de la tierra / esos son los más… Ah…
Algunos saben / porque lloran / y algunos quieren ver la aurora…
Gabinetes espaciales / flotando sin razón / Circos de polietileno / para ver el sol… Oh…
Y en navidad todos se juntan / y explotan bombas en la luna.
Gabinetes espaciales / donde la gente va / los que llegan de la tierra, esos son los más… Ah…
Algunos saben porque lloran / y algunos quieren ver la aurora… 

Keny, cuando veía que se me había empastado alguna neurona, me repetía la propaganda de una marca de yerba mate que se escuchaba por la radio en boca de una mujer. «Juancito despertate que está Pájaro Azul en el mate!».

Curiosamente, a Polo le terminaron diciendo «Pajarito». Fue en la Esma, donde luego de haber hecho un ajedrez con migas de pan, un miércoles se lo llevaron en un «traslado», uno de los «vuelos de la muerte». Había llegado muy maltrecho desde la Mansión Seré y debía pesar apenas unos 40 kilos. Y es que allá, en lo que es ahora «La Casa de la Memoria» de Morón,  la pasó muy mal.

Mi querido amigo Keny, para entonces, a los 23, tenía cuatro hijos, María Eugenia y los trillizos (el Mamut me comenta desde Barcelona lo bien que se lleva con Martín).

Soy Pájaro Rojo y no Azul porque mamé la Guerra Civil española desde la cuna. Mi padre era socialista, vasco-navarro y españolista, orgulloso descendiente de los hermanos Teodoro y Teófilo Salinas, ambos maños, alfarero y platero, respectivamente. Gente con oficio escapada de Huesca por un asunto de faldas, casi seguro marranos que se sentían tan españoles como para negarse en redondo a emprender la diáspora.

Mi padre socialista -de Indalecio Prieto, para más señas- no peleó en la guerra porque era muy jóven, pero fue arrollado por ella. Hasta que desertó de la mili (colimba) de dos años tras cumplir todo uno en Melilla, Marruecos. Siempre consideré a mi padre un vencido y ansié reivindicarlo.

Así, fuí siete años rojo en Barcelona, primero y efímeramente sindicalista, primero metalúrgico y luego (cuando pasé a trabajar en la también exiliada Editorial Granica) gráfico. Por entonces me conectaba espirtualmente con rojos y rojinegros anarquistas como Eduardo Pons Prades. Y cantábamos La Internacional.

Azulófila, debo reconocer, fue, de jovenzuela, mi madre. Hija de un alcalde rojillo de Navia, Asturias, en las fotos que conservó, sus novietes lucían invariablemente camisas azules de la Falange. Ella se justificaba diciendo que, como a todas las chicas de entonces, le gustaban los uniformes. Pero al final se había casado con mi padre, a quien le gustaba holgar en casa con su ropa de trabajo, de pantalones  y gruesas camisas color caqui, verde olivo o, preferentemente, azul plomo. Como los encargados de edificios de renta horizontal, vulgo porteros.

Lo recuerdo embutido en ese «uniforme»,  fumando en pipa y leyendo libros de Historia, a veces con un vaso de buen whisky cerca. Y es entonces cuando lo veo humano, y puedo permitirme quererlo.

Recordatorio de Polo o Keny Berroeta en los años 90. Había cumplido 24 cuando lo «trasladaron» en la Esma, dónde que lo llamaron «pajarito». Era muy flaco y para entonces debía estar hecho un alfeñique. No creo que llegara a los 45 kilos. Arbitró los medios para que su mujer, Julia, también secuestrada, fuera puesta en libertad. Dejó cuatro hijos, cuatro buenas personas. 

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