CAMPESINOS. Ramona Bustamante, baluarte de quienes resisten la sojización

Córdoba. Homenaje a Ramona Bustamante, una comandante de la batalla campesina

La lucha continúa

Por Mariano Saravia / Veintitrés

El domingo pasado cumplió 88 años Ramona, la campesina que se ha convertido en bandera de la lucha contra el avance de la frontera agropecuaria.

Batalla. Ramona viene peleando hace años por mantenerse en sus tierras. 

Vivimos en una sociedad con resabios machistas, pero también con una impronta matriarcal bastante importante. Sobre todo en cuanto a luchas populares, tenemos mujeres que son todo un símbolo porque han encabezado esas luchas o por la coherencia que han mostrado, con una constancia y paciencia difícil de encontrar en un hombre.
Desde la mismísima Evita, marcando una bisagra en la historia política de nuestro país. Ahí están las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, claves en el actual ejemplo que da la Argentina al mundo en cuanto a memoria, verdad y justicia. Ahí está Susana Trimarco, con su lucha contra la trata de personas. Ahí están las Madres de Barrio Ituzaingó, contra el envenenamiento sistemático de Monsanto. Y hasta la propia presidenta Cristina Fernández de Kirchner, símbolo de la recuperación de la política en la Argentina, luego de la década en que nos hicieron creer que la historia había terminado y que las ideologías habían muerto.

El domingo pasado cumplió 88 años otro símbolo actual: Ramona Bustamante, la campesina que se ha convertido en bandera de la lucha contra el avance de la frontera agropecuaria, contra el desmonte indiscriminado, contra el despoblamiento del campo y contra la pérdida de la soberanía alimentaria.

Ramona es todo eso y mucho más. Es la comandante de una de las luchas más fundamentales de este momento histórico. Es el ejemplo de lucha para miles y miles de campesinos que sin sus tierras no son nada. Como nada es un trabajador sin trabajo, o un niño sin identidad.

El festejo del cumpleaños de Ramona reunió en su campo de Sebastián Elcano a familiares, amigos y miembros del Movimiento Campesino de Córdoba, que más que festejar renovaron el compromiso alrededor de esta viejita, luego de más de 10 años de aquel primer desalojo violento de diciembre de 2003.

Hoy, la lucha de Ramona ya no es sólo por sus 236 hectáreas en el paraje Las Maravillas, a 20 kilómetros de Sebastián Elcano y a 200 kilómetros de Córdoba. No es sólo contra los hermanos Scaramuzza, los productores sojeros de Oncativo que hace días han vuelto a la carga para desalojarla.

Hoy la lucha de Ramona y del Movimiento Campesino es la lucha de todos, en Córdoba, en la Argentina y hasta se podría decir que a nivel mundial. Parece exagerado pero le aseguro que no lo es, y si me da la posibilidad de seguir leyendo esta nota, se lo voy a explicar detalladamente. Primero le cuento la historia de la Ramona, porque quizás usted no la conozca.

La soja desaloja. Esta viejita de 88 años nació en el mismísimo campo que ahora defiende con uñas y dientes. Su padre había venido de Catamarca y compró el campo pero sin el papelerío y la burocracia de hoy, sino más bien como era en el campo hasta no hace mucho tiempo, con la palabra y con los límites que no necesitaban de alambrados, porque en estas zonas áridas y semiáridas, los campesinos saben hasta dónde llega lo de cada uno, y eso no impide que los animales de uno pasen al campo del otro y viceversa.

Ramona creció y vivió ahí siempre, con sus vaquitas, chanchos, cabritos y gallinas. Luego murió su madre y su padre se volvió a casar. Con el tiempo también murió su padre y su madrastra emigró y terminó trabajando como empleada doméstica en Oncativo. Allí, los Scaramuzza la convencieron de que les vendiera sus derechos posesorios sobre el campo en cuestión, y un buen día se aparecieron por el norte, “informándole” a la Ramona que todo eso ahora era de ellos. Pero como sabían que legalmente sólo habían comprado los derechos posesorios, pero que la posesión concreta la tenía la Ramona, le dijeron que no habría problemas, que ellos no harían nada todavía y que nunca la echarían de su campo. Con el tiempo, también le hicieron firmar un papel para, según ellos, “no tener problemas”. Y ella, que no sabía leer ni escribir, lo firmó, confiada. En realidad, estaba firmando la renuncia a sus derechos.

Pasó el tiempo y a fines de la Segunda Década Infame (la del menemato), década que fue un desastre para el campo, por el neoliberalismo y por el tipo de cambio sobrevaluado, los Scaramuzza empezaron a desmontar. Orlando, hijo de la Ramona, tuvo un altercado con ellos y terminó haciéndoles una denuncia que derivó en una multa a los sojeros. Estos reaccionaron poniendo en marcha la maquinaria siniestra de desalojo, valiéndose legalmente de los documentos que tenían, entre ellos la cesión de derechos que había firmado la Ramona engañada.

Ese trámite siguió su curso hasta que “la Justicia” ordenó el desalojo, el 30 de diciembre de 2003. Hubo tantos policías como para detener a todo un cartel de la droga o a toda una banda de narcotraficantes. Le tiraron abajo el ranchito y hasta le envenenaron el pozo de agua con nafta.

La Ramona volvió a entrar y en enero de 2004 vino un segundo desalojo, tan violento como el primero. Contemporáneamente, en el Festival de Cosquín, Raly Barrionuevo accedió a subirla al escenario y entonces su caso tomó repercusión nacional.

Mientras tanto, ella con algunos militantes del Movimiento Campesino resistieron en carpas sobre la calle, al borde de su campo. Así estuvieron seis meses hasta que volvió a entrar para ocupar lo que es suyo.

Desde ese momento hasta la actualidad no hubo novedades. Hasta que ahora los Scaramuzza reactivaron sus demandas de desalojo y “la Justicia” volvió a darle curso.

“Nosotros buscamos justicia, pero no la podremos esperar nunca de la Justicia”, resumió Germán Pez, del Movimiento Campesino, el domingo pasado ante Veintitrés. “La verdadera solución debe venir de una decisión política que en primera instancia frene urgentemente los desalojos en todo el país y luego aborde en profundidad el problema de la tierra en la Argentina”, agregó.

Vergüenza de sí misma. Dicen que cuando cambia el paisaje, cambia el hombre. Porque el hombre es parte del paisaje. Eso es lo que ha venido pasando en la Argentina, sobre todo a partir de la irrupción de la siembra directa, la tecnificación del campo, el monocultivo y, sobre todo, el desembarco de una de las patas del Imperio: las transnacionales de agronegocios.

La Federación Agraria Argentina (FAA) surgió con el Grito de Alcorta, en 1912, como rebelión campesina contra los abusos de los dueños de la tierra. Hoy, los miembros de la FAA son en su mayoría propietarios medianos de tierras. Pero una cosa era ser un mediano propietario en los ’60 o ’70 y otra cosa es en la actualidad. Hoy, tener más de 100 hectáreas en la pampa gringa significa tener ingresos importantes, que en algunos casos alcanzan la categoría de renta extraordinaria, como lo planteaba la 125.

¿Por qué? Principalmente porque cambió el paisaje: de las viejas chacras, de la producción agrícola o pecuaria de alimentos, se pasó a la producción de soja u otras oleaginosas, que tienen otros destinos muy distintos que los de llenar panzas humanas. Cambió el paisaje, y con él cambiaron los hombres que lo componían. Muchos de estos miembros de la FAA pasaron de ser chacareros o pequeños productores y estar orgullosos de sus manos callosas, a estar más preocupados por la timba financiera de los alimentos según los mercados a términos de Chicago o de Rosario. Perdieron su condición de clase, no son más trabajadores. Aunque no tengan grandísimas extensiones de tierras, son igualmente terratenientes y se comportan como tales.

Los que cambiaron no son los grandes oligarcas de la Sociedad Rural. Ellos siempre fueron lo que son y siempre actuaron como actúan, apoyando por ejemplo todos los genocidios y todos los golpes de Estado en beneficio propio. Siempre fueron igual y siempre lo serán.

Los que sí cambiaron son los miembros de la FAA. Algunos cambiaron tanto que no les importa más la tierra como herramienta de trabajo, como amiga y madre, sino que la ven sólo como una maquinita de hacer billetes. Entonces, si les conviene más alquilar sus tierras a un pool de siembra, no lo piensan dos veces. Y se los ve todo el día en el bar del pueblo, buscando la forma de gastar el chorro de plata que les entra sin trabajar. Nadie dice nada de esa otra parte de la realidad, pero así también es como se pierde la cultura del trabajo y se generan muchos de los vicios de la sociedad.

Toda esta explicación es para entender cómo es que los hermanos Scaramuzza, que vienen atormentando con acosos judiciales y de todo tipo a una campesina, son justamente de la FAA. Ellos también son un símbolo de un sector del campo que ha cambiado, porque como ellos hay miles.

El imperio mundial. Pero los Scaramuzza, como tantos productores cordobeses de este tipo, y como en otras partes del país los De Angeli o los Buzzi, no son más que un triste eslabón de este engranaje. Pasarán a la historia sin pena ni gloria y si alguien los recuerda, será como esos cipayos que por echarse unos pesos en el bolsillo entregaron todo y vendieron hasta a su madre, que es la tierra.

En realidad, el verdadero poder que está detrás de este fenómeno es el del nuevo imperialismo, un imperialismo que también ha cambiado en los últimos tiempos.

Hoy ya el Imperio ni siquiera es Estados Unidos, sino el poder financiero internacional. Ese poder financiero sigue muy emparentado con Estados Unidos y su poderío bélico, que usa cuando es necesario. Pero las otras patas son las corporaciones mediáticas y las transnacionales de agronegocios.

De hecho, homogeneizar el pensamiento de los pueblos y adaptarlo a lo que el Imperio dicta como discurso único es una realidad hoy mediante las guerras de cuarta generación, que son las guerras de la información (o de la desinformación, o de la tergiversación).

Y sojuzgar a un pueblo a través de la comida es otra de las nuevas tácticas imperialistas. Luego de atravesar distintas etapas y llegar a niveles insospechados de desarrollo tecnológico, la lucha vuelve a ser como en la prehistoria, por la comida. Se habla mucho de que las guerras del futuro serán por el agua, pero no se dice nada de la comida, cada vez más estratégica.

El mejor ejemplo de esto es lo ocurrido recientemente con Ucrania, el llamado “granero de Rusia y de Europa”. Ucrania es el país más grande de Europa. Con sus 600 mil kilómetros cuadrados es como las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba juntas. Y tiene la tierra más fértil del mundo, una tierra negra que ellos llaman chernozem. Por eso no es extraño que el nuevo primer ministro, surgido del neogolpe, en su reunión con el Premio Nobel Barack Obama, haya decidido abrir las puertas de Ucrania para el desembarco con alfombra roja de Monsanto.

De hecho, hoy la mejor táctica es invadir un país sin tanques ni aviones, pero con transnacionales de agronegocios. Es una táctica mucho más eficiente, porque al suprimirle la soberanía alimentaria, ese país quedará de rodillas.

Soberanía alimentaria es ni más ni menos que la potestad de ese país de decidir qué y cómo comer, y para eso debe tener la capacidad de decidir qué y cómo cultivar, cómo usar su tierra, el recurso más estratégico que puede haber.

Cuando sucede como en Córdoba, que la soja ha eliminado toda opción de discutir estos temas, ese pueblo es cada vez más esclavo y dependiente.

Por todo esto, la lucha de la Ramona es realmente la lucha de todos. Acá ya no se trata solamente de una cuestión de solidaridad. Se trata de tomar conciencia de que cada campesino desalojado es un pedacito menos de soberanía alimentaria para todos nosotros.

¿Se preguntó usted por qué ya no son baratas ni siquiera las frutas o verduras de estación? Ni hablemos cuando están fuera de estación o cuando hubo alguna inclemencia del tiempo (sequías, inundaciones, etc.) que también responden al cambio del paisaje. 

No, en circunstancias normales también los productos del campo son caros. Por la simple razón de que cada vez hay menos, ya que el bien estratégico y limitado que es la tierra se destina cada vez en mayor proporción a las oleaginosas que van a alimentar chanchos en China o que van a biocombustibles para llenar tanques de autos “ecológicos” en Europa.

Por todo esto, cada Ramona más y cada Scaramuzza menos es una buena noticia para todos los cordobeses, para todos los argentinos, y hasta para toda la Humanidad.

Salud Comandante Ramona, por tus 88 años, y por la lucha que debe continuar.

Fuente: http://veintitres.infonews.com/nota-8632-sociedad-La-lucha-continua.htm

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