EL REPRESOR MÁS ESTRAFALARIO: Breve historia de Mario Alfredo Mingolla Montrezza, que pasó de ser el batata “Christian” al obispo Valerian de Silio

No hay dudas de que Mario Alfredo (así se llamaría, aunque la nota dice “Alberto”) Mingolla Montrezza es un personaje de película. Que si uno lo hubiera inventado, sería acusado de fantasioso y exagerado. Me pica la curiosidad: ¿Alguién sabe qué fue de este hombre? 

 

La increíble historia de un represor

Obispo Mario Alberto Mingolla: un siervo del terrorismo de Estado

MONTREZZAFue agente del Batallón 601 del Ejército. Actuó con escuadrones de la muerte en América Central, antes de participar del narcogolpe del general García Meza en Bolivia. Ahora es un dignatario de la llamada Iglesia Bielorrusa Eslava.

 

Por Ricardo Ragendorfer

 

Había que verlo con saco de lino, camisa rosa, cuello sacerdotal y un pesado crucifijo sobre el pecho. Así, el 15 de febrero de 2002, llegó desde Buenos Aires al aeropuerto paulista de Guaruhlos. Era un alto dignatario de la llamada Iglesia Ortodoxa Bielorrusa Eslava. En el hall de arribos lo aguardaba su máxima autoridad regional: el obispo Athanasios. Por la tarde, durante una solemne ceremonia en la Catedral Ortodoxa de San Pablo, al recién llegado se le concedió el honor de encabezar la Capellanía General para la República Argentina.

Lo cierto es que su carrera eclesiástica fue meteórica. Entre tal fecha y el 18 de mayo de 2008, ese hombre fue proclamado primer obispo de dicho credo en el país, pasó a integrar su Santo Sínodo, asumió la capellanía de la Orden Bonaria, se lo elevó al rango de archieparca y obtuvo el obispado de Milán. En esa travesía adoptó el nombre Valerián de Silio. ¿Tanta pompa en el seno de un culto no reconocido por la Cancillería?

Tal interrogante ensombrecía la figura del obispo. ¿Se trataba de un charlatán de feria? No fue del todo posible desestimar esa presunción. En cambio, nadie imaginaba lo que aquel sujeto en realidad era: un represor de la última dictadura militar. Su nombre: Mario Alberto Mingolla Montrezza.
SOLDADO DE AMÉRICA

En Buenos Aires, durante el mediodía del 2 de septiembre de 1980, el Teatro San Martín parecía una fortaleza.  Un dispositivo con carros de asalto, patrulleros y tropas armadas robustecía ese parecer. Ningún civil podía acercarse sin autorización. Allí transcurría el IV Congreso de la Conferencia Anticomunista Latinoamericana.

Los delegados –entre ellos, anticastristas de Alpha 66, parapoliciales de Guatemala y El Salvador, somocistas prófugos, masones de la logia Propaganda Due, y operadores del pinochetismo– estallaron en una ovación cuando el anfitrión del encuentro, general Guillermo Suárez Mason, concluía su discurso de apertura.

Junto al estrado, un joven con gafas de espejadas aplaudía a rabiar. Pertenecía al Grupo de Tareas Exterior (GTE) del Batallón 601 de Inteligencia. Había llegado desde La Paz, Bolivia, a donde regresaría al culminar el encuentro. Su familiaridad con algunos de los presentes resultaba notoria. Era una pieza de valía en el armado internacionalista del Ejército. Todos le decían “Christian”. Así se hacía llamar Mingolla.

Sus andanzas por fuera del territorio nacional habían tenido un paso previo: América Central. A fines de 1979 fue enviado de comisión a Honduras –junto a otros 40 oficiales y agentes del Ejército encabezados por el teniente coronel José Osvaldo Riveiro y el mayor Santiago Hoya– para adiestrar, con apoyo de la CIA, a contras nicaragüenses y escuadrones de la muerte de El Salvador, Guatemala y ese país. El GTE tuvo además responsabilidad directa en asesinatos, torturas y desapariciones en toda la región.

Mingolla hizo en Tegucigalpa buenas migas con el comandante del Ejército local, coronel Gustavo Álvarez Martínez, quien llegó a considerar al argentino su brazo derecho y el enlace con los militares enviados desde Buenos Aires. Así fue como Mingolla tuvo una influencia crucial en la creación del Batallón 3-16, una unidad de inteligencia construida a imagen y semejanza del Batallón 601. Participó de tal empresa junto a Juan Ciga Correa, un ex integrante de la Triple A. Los dos eran inseparables.

En tal contexto, el salto de Mingolla hacia Bolivia fue previsible.

 

EL DELATOR

En el alba del 17 de julio de 1980, la presidenta boliviana, Lidia Gueiler, despertó sobresaltada por el ruido de un helicóptero y los disparos que sonaban a la distancia. La radio transmitía la marcha Talacocha, un signo inequívoco de que su mandato acababa de finalizar de manera abrupta.

El golpe de Estado se inició con el levantamiento de la guarnición militar de de Trinidad, capital del departamento del Beni. El emprendimiento del general Luis García Meza y del coronel Luis Arce Gómez –con el apoyo logístico del criminal de guerra nazi Klaus Barbie (ver recuadro), junto al financiamiento del “Barón de la Cocaína”, Roberto Suárez, y un selecto grupo de empresarios santacruceños– se llevó a cabo de acuerdo a lo planeado en los últimos siete meses.

La preparación del asunto coincidió con el arribo de los militares argentinos: 150 efectivos del Batallón 601; muchos venían de América Central; entre ellos, Mingolla. Se dice que él solía ufanarse del trato afectuoso y paternal que le dispensaba Barbie. El alemán se había fascinado con él. ¿En qué parte de su ser estaba depositado su encanto?

Con apenas 24 años, Mingolla supo encubrir con eficacia ciertos capítulos de su pasado. Sin embargo, una versión indica su temprano vínculo con el grupo fascista Concentración Nacional Universitaria (CNU). Se cree que esa, justamente, fue la vía que lo llevó a enrolarse como agente civil en el Batallón 601. Hasta hay testimonios que señalan su presencia como interrogador en el centro clandestino que la Policía Federal regenteaba por cuenta del Ejército en sus talleres mecánicos de la calle Azopardo. En Bolivia no ocultó su gran solvencia operativa. Era diestro tanto para infiltrarse en grupos de izquierda como para ir de cacería nocturna, junto con las patotas de nazis alemanes, franceses e italianos traídos por Barbie para la ocasión. Pero también era un gran cultor del contraespionaje; adscripto al Departamento VII –Operaciones Psicológicas–, descolló por el carácter preciso de sus informes. En La Paz, él estaba a sus anchas; ahora esa ciudad era un santuario para represores, mercenarios y terroristas de ultraderecha. No en vano, el ministro Arce Gómez había aconsejado a los opositores “andar con el testamento en el bolsillo”. En sólo doce meses hubo 500 asesinatos y cuatro mil detenidos. En semejante cosecha, el papel de Mingolla y sus camaradas de armas no fue menor.

El régimen de García Mesa se derrumbó el 4 de agosto de 1981.

Mingolla quedó entonces al servicio de su reemplazante, el general Celso Torrelio Villa.

Así lo consigna en 1983 el propio “Christián” en un formulario del Ministerio del Interior, sin mencionar su rol en la dictadura de García Meza. Ya gobernaba en aquellos días el presidente democrático Hernán Siles Suazo. ¿Qué retenía a Mingolla en La Paz? ¿Acaso estaba impedido de su libertad? Nada se sabe con certeza al respecto.

Sin embargo, un documento desclasificado de ese ministerio es, en tal sentido, revelador: se trata de un informe firmado por Mingolla el 21 de septiembre de 1983; allí proporciona datos exactos de los grupos paramilitares de la dictadura, los organigramas secretos de los servicios de inteligencia y la identidad de todos sus miembros. En ese paper, Mingolla consumó un auténtico hito en el ejercicio de la delación: se denuncia a sí mismo en tercera persona.

A partir de ese instante, no habrá vestigios de su existencia.

Hasta el 26 de marzo de 1987. Ese día fue detenido en un paso fronterizo por la Policía Militar de Brasil. Entre sus efectos personales, Mingolla atesoraba 375 kilos de cocaína.

 

UNA LÍNEA BLANCA DE LUZ. Alojado en un penal del estado de Santa Catarina, Mingolla se relacionó con presos evangelistas. En tales circunstancias, vio la luz del Señor. Y se puso a predicar su palabra.

Ya cumplida su condena, fungió de capellán penitenciario por cuenta del Consejo Nacional de Pastores. Luego se volcó al culto siriano, antes de recalar en la Iglesia Bielorrusa Eslava. Un espacio desde el cual él no fue ajeno al tráfico de drogas y al lavado de dinero.

Su última aparición pública ocurrió el 2 de diciembre, durante la visita del obispo Athanasios a Buenos Aires. Desde entonces, su paradero es un misterio. Un cúmulo de acusaciones por estafa lo han retirado de circulación. Estaría escondido –dicen– en algún lugar de Polonia.

Quizás alguna vez también sea buscado por sus crímenes contra la humanidad.

Una tumba sin lápida para el tío Klaus

Aún recuerdo el rictus azorado de mi madre cuando, simplemente, dijo: “Pablo, mira quién salió en el diario.” Pablo era mi padre. Y palideció al ver la tapa del diario La Nación. Una enorme fotografía mostraba a alguien que conoció durante su largo exilio en Bolivia.Es que ese país, en vísperas del Anchluss, era el único que otorgaba visados a los judíos de Austria que huían de la inminente invasión nazi. Por ese motivo, la familia de mi padre –que por entonces tenía 24 años– no tardó en recalar en la ciudad de La Paz. Allí ya se encontraban los Hochmann –otra familia judía en la misma situación–, una de cuyas integrantes, Olga Blanka, de 20 años en 1938, se casaría con Pablo en el invierno de 1956. Fruto de esa unión, yo nacería al año siguiente.

En esa época, mi padre había montado junto a dos amigos y compatriotas –Paul Riesz y Eric Simon– un pequeño aserradero en la zona selvática de las Yungas. Cada tanto viajábamos por breves temporadas. De hecho, ese sitio terminó encarnando los primeros recuerdos de mi existencia. Ese sitio, y el hombre que lo administraba. Un tipo muy alto y afable. O, al menos, afable conmigo, al punto de que yo le decía Tío Klaus, cuando me llevaba de paseo por los alrededores. Mis padres sólo sabían de él que había nacido en Alemania y que se apellidaba Altmann. Lo vimos por última vez en 1960, cuando mi padre vendió el aserradero, antes de radicarnos definitivamente en Buenos Aires.

Ahora, en esa mañana dominical de 1973, mi madre blandía el ejemplar de La Nación con la foto del tal Klaus. El titular decía: “Identifican en Bolivia al Carnicero de Lyon”.

Tal mote data de su paso como jefe de la Gestapo en esa ciudad francesa, durante la ocupación nazi. En realidad, el tipo era Klaus Barbie.

Su carrera de genocida había comenzado en 1935, al enrolarse en las SS. En 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, Barbie fue destinado a la Sección IVB4 con destino en Ámsterdam, y más tarde, en mayo de 1942, a Lyon. Como jefe local de la Gestapo cometería infinidad de crímenes, incluyendo la captura de 44 niños judíos escondidos en la villa de Izieu. Y el asesinato de Jean Moulin, el miembro de la Resistencia francesa de más rango en ser capturado por los alemanes. Sólo en Francia, a Barbie se le atribuye el envío a campos de concentración de 7500 personas, 4432 asesinatos y el arresto y tortura de 14.311 combatientes de la Resistencia. Tras la caída del Tercer Reich, el paradero de Barbie fue un misterio. Su identificación, ocurrida tras 28 años de rigurosa clandestinidad, fue obra de los cazadores de nazis, Beate y Serge Klarsfeld. Sin embargo, ello no precipitó su ocaso. Por el contrario, Barbie sería protegido por las sucesivas dictaduras militares bolivianas, a las que –como contraprestación– brindó importantes servicios en materia represiva.

Recién fue capturado por los franceses al asumir en Bolivia el gobierno democrático de Hernán Siles Suazo. Desde entonces fue confinado en la misma fortaleza de Lyon usada por él como cuartel general de la Gestapo. Tiempo después, se lo condenó a prisión perpetua.

A finales de 1989 tramité a través de su abogado, Jaques Vergez, una entrevista con él. El encuentro se concretó, aunque entablar un diálogo con Barbie fue imposible. Simplemente, fingió emoción al reconocerme como el hijo de su antiguo empleador. Yo me retiré de allí lo antes posible.

El abogado, con tono de confidencia, luego me dijo que en Francia nadie deseaba que Barbie hable, ya que él atesoraba en su memoria a todos los ciudadanos de ese país que –abiertamente o de modo encubierto– colaboraron con los invasores alemanes. Tal vez Vergez haya tenido razón.

En 1992, el otrora poderoso “Carnicero de Lyon” murió de cáncer. Sus restos descansan en una tumba sin lápida.

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