COLOMBIA. El triunfo de Gustavo Petro permite soñar con que el país deje de ser un portaviones de los EEUU, donde reinan a sus anchas latifundistas aliados a narcotráficantes

Es el fin del uribismo asesino, lo que no es poco.

Colombia es un país hermoso con una historia terrible, cuando menos desde el asesinato de Jorge Elíécer Gaitán hace 74 años y la explosión popular que derivó en el Bogotazo. Desde entonces el país ha vivido en una guerra civil intermitente con decenas de miles de muertos y desaparecidos, sin que una rancia oligarquía aliada a los Estados Unidos (que mantiene siete bases militares en territorio colombiano) y al narcotráfico aflojara jamás el puño. El dolor acumulado por los campesinos colombianos expulsados de sus tierras a punta de fusil cuando no directamente asesinados es incuantificable. En dos oportunidades se le ofreció a la guerrilla mayoritaria, la de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, de origen comunista, integrarse a la vida política pacíficamente, y en las dos oportunidades bandas paramilitares financiadas por la oligarquía terrateniente y el narcotráfico, se encargaron de asesinar sistemáticamente a quienes se habían acogido a los acuerdos de paz junto a sindicalistas, ecologistas y líderes indígenas. Todavía hoy, los generales del ejército colombiano constituyen un auténtico Sindicato del Crimen, que no ha pagado sus culpas por el asesinato sistemático de jóvenes campesinos previamente disfrazados de guerrilleros en lo que se ha dado en llamar “falsos positivos” que, para mayor escarnio, permitieron el ascenso vertiginoso de los asesinos a la cúpula del ejército. La vida de los referentes sociales y de los periodistas colombianos no es nada fácil, pues deben moverse escoltados por automóviles de policías armados hasta los dientes. El único progreso es que en los últimos tiempos estos guardaespaldas no se han visto envueltos en el asesinato de sus teóricos protegidos como pasaba antes con el siniestro y por suerte disuelto DAS. La magnitud de las tareas que afrontarán Gustavo Petro y sus compañeros es colosal. Cuando era muy joven, Petro integró el M-19, el último movimiento guerrillero en surgir y el más parecido en múltiples aspectos a Montoneros y demás guerrillas peronistas de los años 70, que tuvo el tino de acogerse a uno de los planes de paz sin que la mayoría de sus miembros cayera bajo las balas de los sicarios (a los que allí, glup, llaman “pájaros”) y luego hizo una brillante carrera política; fue un excelente alcalde de Bogotá depuesto con triquiñuelas legales en una muestra adelantada del lawfare en ciernes, senador y –como le había pasado a Salvador Allende– candidato a la Presidencia dos veces antes de triunfar (la tercera, dicen, es la vencida) luego de haber armado una coalición, el Pacto Histórico, en torno a su partido, Colombia Humana. (sigue)

Debe ahora enfrentarse a la realidad de un país cuyo poder judicial, económico y mediático. tal como sucede en Argentina, le es hostíl, y que para mayor dificultad está acostumbrado a recurrir a todos los medios a fin de imponer su voluntad, al punto de que se teme por la integridad física de Petro y de su vicepresidenta Francia Márquez, negra y feminista.

Quizá uno de sus primeros desafíos coincida en reintegrar a la vida civil y pacífica a la guerrilla del ELN (“los elenos”, de origen cristiano-castrista, fuerza a la que perteneció el sacerdote Camilo Torres) y de las facciones de las FARC que volvieron a echarse al monte, temiendo ser asesinados.

No es lógico esperar al menos en los primeros tiempos de su gobierno medidas que atenten contra el engrosamiento con nuevos sectores de la pequeña burguesía del Pacto, la alianza gobernante. Gobernar la Colombia colonizada por el Imperio le exigirá a Petro tanta firmeza como muñeca, lo que los españoles llaman encaje de bolillos.

Pájaro Rojo comparte en todos sus términos la felicitación que le hizo llegar a Petro el presidente de Mexico, Manuel López Obrador, junto con Alberto Fernández, de los primeros en felicitarlo.

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