AHORA O NUNCA. La Historia Oficial, la pandemia y el ejemplo de Juan Salvo

Cuando se estrenó La Historia Oficial, hace 35 años, más allá de emocionarme hasta los tuétanos (no puedo ver ni leer historia de nietos recuperados sin lagrimear) consideré que hacía concesiones para mi inaceptables a la cobarde posición de “los dos demonios”, pero admito que tendría que volver a verla para comprobar si mantengo ese juicio o lo reveo, ya que me ha pasado con películas (por ejemplo La Batalla de Argel, a la que vi tres veces en los setentas y la volví a ver en los noventas, viendo en esta ocasión una película muy diferente a la que había visto entonces) en las que modifiqué drásticamente mis impresiones primigenios. Todo esto viene a cuento de que en medio de esta cuarenta Marcelo Figueras ha vuelto a ver el laureado film de Luis Puenzo y se puso a escribir sobre lo que le produjo. Comencé a leer la nota, publicada en El Cohete a la luna, solo porque considero a Figueras una gran pluma (como se decía en épocas de mis mayores) pero con escepticismo, tanto por aquél juicio o prejuicio como porque con Marcelo tenemos perspectivas muy diferentes: mientras él es un ochentista ligado al mundo de la cultura y ajeno a la política (al menos, hasta que comenzó a hacerle la segunda a CFK en sus presentaciones) yo… en fin, ya saben.

Pues bien, avanzado el texto fui entusiasmándome más y más al comprobar que, partiendo de lugares distintos, se producía una convergencia entre nuestras respectivas visiones y sentimientos ante lo que es una circunstancia excepcional e inédita en la historia mundial y en especial en la de nuestra joven nación. Figueras, que dista años luz de ser un extremista, llega a la certera conclusión de que hay decisiones que si no las tomamos ahora es prácticamente seguro que no podremos tomarlas nunca. Que llegó el momento de ponerle coto a este mundo en el cual la concentración de una riqueza incuantificable en una porción insignificante de la humanidad mientras las mayorías están condenas a una pelea sin desmayos para meramente subsistir.

Ya no les doy mas la lata: viniendo por fuera de la política, Figueras lo dice de manera inmejorable. No aflojen en la lectura. Y juremos no dejar pasar por alto como si fuéramos idiotas las flagrantes, asesinas injusticias que la pandemia ha puesto en evidencia. Y que tienen responsables con nombre y apellido.

LA HISTORIA DEL MAÑANA

Una película del ’85, un virus de hoy y el calendario de un futuro que pretenden escamotearnos

 

Una de las cosas que acarrea el hecho de que uno (o una) se dedique a algo que ama mucho, es que no fichás la salida por la tarde y te olvidás de la tarea formal hasta el día siguiente. Al contrario: nunca dejás de pensar en el asunto. Ni siquiera dormido. Y esto no es una exageración. Lo que sigue debería probar lo que acabo de decir.

Por lo general, si el miércoles no sé todavía de qué voy a escribir para el próximo Cohete, empiezo a preocuparme. Por eso me fui a dormir con la semilla de ese desvelo en la cabeza. Y mientras dormía, soñé que me encontraba con el colega Eduardo Fabregat, de Página/12, con quien tengo una relación cordial pero nada cercana, y con una tercera persona —mujer, juraría— que me quedó fuera de cuadro y cuya identidad no recuerdo. Fabregat me pedía que escribiese un artículo sobre La historia oficial. El subtexto era que asumía que yo había tenido algo que ver con la peli de Luis Puenzo. En el sueño yo pensaba que mi única vinculación con La historia oficial era en los términos del juego de Seis Grados de Separación, porque tiempo después terminé trabajando con uno de sus productores devenido cineasta, o sea Marcelo Piñeyro. Pero (siempre en el sueño, insisto) yo pensaba que aunque no estuviese vinculado con el film tal como Fabregat asumía, podía escribir sobre La historia oficial tan bien como cualquier hijo de vecino. Y mientras aceptaba el encargo —este detalle delirante tan propio de los sueños me mata—, me preparaba un sandwich de cocido y queso en pan lactal. Que no es un alimento que me encante, aun cuando sostengo que es de esas cosas que de tanto en tanto uno debe permitirse porque, aunque elemental, nunca deja de ser disfrutable.

La familia en el centro de «La historia oficial» está erigida encima de una mentira.

 

Me levanté convencido de que ya tenía tema para el artículo, resuelto mientras mi cuerpo pretendía descansar. Creía recordar que la peli había cumplido un aniversario redondo hacía muy poco, ¿o no había visto algún texto al respecto? (En efecto, es del ’85: cumplió 35 años de estrenada el 3 de abril.)

Tuve suerte: mientras desayunaba apelé al buscador de Netflix y bingo, ahí estaba. Y en su versión primorosamente restaurada, para mayor alegría. Así que dediqué la mañana a la miríada de cosas que tenía pendientes y al mediodía, mientras almorzaba, me puse a verla por primera vez después de 35 años.

Lo primero que quiero decir es lo siguiente: vean La historia oficial. No importa si ya la vieron. Háganlo otra vez. Hoy domingo si pueden, o cuando se hagan un rato y/o junten el coraje necesario. Porque aunque todos la vinculamos a un momento de nuestra historia —la post-dictadura y las consecuencias del genocidio: cuenta de una mujer, Alicia (Norma Aleandro) que sospecha que su pequeña hija adoptiva proviene de una familia de desaparecidos—, La historia oficial no habla tan sólo de lo que fue, de un entonces encapsulado en un tiempo que cada vez nos queda más distante.

La visión de La historia oficial es indispensable hoy, cuando estamos encerrados en casa y desconfiamos de la palabra prójimo porque próximo equivale a peligro, ya que —como ocurre con los grandes relatos— no habla tan sólo de su circunstancia histórica, sino que resuena en nuestro tiempo a través de ecos inesperados.

No es sólo una película sobre la post-dictadura y la herida aún abierta de les hijes y nietes que no saben que lo son. Es un relato que, ahora más que nunca, sigue explicando por qué la Argentina es como es y por qué resulta imperativo cortar amarras con la realidad que hilvana los ’70 con el presente — el principal obstáculo que separa a nuestro pueblo de una plenitud razonable en esta Tierra.

Canción de Alicia en el país

La advertencia no me la puedo saltear: ver La historia oficial equivale a tomarse cinco píldoras de dolor, sufrimiento químico puro, una aflicción que no hay forma de diluir y de la cual se torna imposible distraerse. Entiendo que hay gente que prefiere la evasión, en particular en situaciones como la actual. Mi compañera ve que me descompongo ante la computadora como el Valdemar del cuento de Poe y me reta: «Sólo a vos se te ocurre ver algo así durante la cuarentena». Y yo entiendo que haya gente que pase de este caliz, pero no todos somos iguales. Para muches, el dolor que inspira una canción, una novela o una película no es real sino virtual, una simulación construida con fines artísticos que a menudo entraña una experiencia  pedagógica, al cabo de la cual emergemos con una idea en la cabeza que antes no estaba allí y por la cual nos sentimos agradecides. A menudo el arte funciona como un simulador de esos donde entrenan los astronautas: nos prepara en laboratorio, a través de circunstancias controladas, para que llegado el momento del dolor real sepamos comportarnos.

Se puede glosar La historia oficial de muchas formas, pero hoy me quedo con esta: es un relato sobre una mujer de mediana edad y clase media que descubre y asume que ha vivido equivocada —que ha tolerado un sistema construido en base a mentiras, por propia conveniencia— toda su vida. Alicia Marnet de Ibañez (admirable, la Aleandro) es profesora de historia en un secundario. La asignatura a la que se consagró la condena de antemano, desde que Alicia cree sinceramente que «ningún pueblo podría sobrevivir sin memoria». Casada con el empresario Roberto Ibáñez (Héctor Alterio), ha encarado sin suerte infinidad de tratamientos de fertilidad y finalmente se abrazó a la beba que Roberto trajo una noche, alegando que su madre natural la había rechazado. La película cuenta lo que ocurre cinco años más tarde, en precisa sincronía con su momento histórico. Aunque la historia tiene lugar en el ’83, a su estreno en el ’85 la Argentina seguía siendo exactamente lo que narraba ese espejo cinematográfico: un terreno cenagoso, donde algo había cambiado pero no lo suficiente y toda certeza —empezando por las éticas— era provisional.

Ana (Chunchuna Villafañe) y Alicia (Norma Aleandro).

 

El reencuentro de Alicia con su amiga Ana (Chunchuna Villafañe), que está de vuelta de un largo exilio, atiza las sospechas respecto del origen de su hijita Gaby (la por entonces niña Analía Castro, extraordinaria). Ana será el Conejo Blanco —o lo que hubiese sido el Conejo Blanco, si Lewis Carroll se hubiese zampado a un Sófocles en el desayuno— que guíe a esta Alicia por el túnel oscuro de la memoria, del que emergerá transformada de modo irreversible.

Ver hoy una película de entonces me produjo una serie de estremecimientos que atribuyo a los cambios que tuvieron lugar en estos años. Para empezar, esos alumnos de blazer azul evocaron mi propio colegio. Reconocí esa reticencia a hablar, a preguntar, a expresarse libremente, como si hubiese ocurrido ayer. Pero en ciertos tramos noté la diferencia entre lo que había registrado en su momento el pibe de 23, que bregaba todavía por metabolizar lo que había ocurrido, y el tipo que redescubría la película hoy. En aquel entonces, cuando todavía no sabía ni la mitad de lo que había pasado y de esa mitad no había digerido ni el diez por ciento, todavía estaba lleno de prejuicios respecto de la «subversión» y debo haber visto la película forzándome a una distancia emocional precautoria. Hoy que ya no tengo la edad que tenía durante la dictadura —la edad de los alumnos de Alicia— y no puedo alegar ingenuidad alguna, la película me arrasó desde otro lado. Hace tiempo que dejé de cursar historia como materia formal. A esta altura sé que la historia es, mas bien, la materia que contribuímos a hacer a partir de nuestras acciones y omisiones. Por eso dejé de identificarme con los adolescentes y pasé a vibrar con los adultos del relato.

La escena en que Ana le cuenta a Alicia lo que le hicieron mientras permaneció secuestrada es devastadora. Y me llevó a pensar en la responsabilidad que habrán sentido esos actores: Aleandro, Alterio, Chunchuna, Hugo Arana, Chela Ruiz, durante el rodaje de semejante película. Particularmente Chunchuna, que es el centro de esa escena. Porque todos los actores y actrices tratan de estar a la altura del juego cuando se grita acción, pero —imagino— cuando además de honrar al director y al texto cargás con la responsabilidad de canalizar el dolor de infinidad de víctimas, te regalo el momento. Y en ese tramo en carne viva Chunchuna —hija de un militar, colaboradora del Padre Mugica, pasajera del charter que trajo al General y finalmente amenazada y exiliada— consiguió expresar el sufrimiento de su generación.

Podríamos hablar largamente sobre lo que La historia oficial dice de aquel momento, y estaría muy bien. Pero lo que me interesa ahora —porque fue lo que me sorprendió, lo que el sueño no había anticipado, lo que me descolocó— fue lo que La historia oficial denuncia e interpela respecto de la historia que vivimos hoy.

Alicia y Gaby: el amor termina donde empieza la mentira.

 

La conjura contra América

Por ejemplo: la cuestión del machismo, que no percibí en su momento u olvidé por completo, está en primer plano. Lo más evidente es el machismo de los militares y sus socios: el general que no lleva a su esposa a una cena porque «está castigada»; el sometimiento de Ana durante su cautiverio, que va mucho más allá de la tortura que pretende justificarse por causas políticas («A vos te voy a guardar para mí», le dice a Ana el milico que la secuestra, en un eco del coronel que en el cuento de Walsh habla así de Eva: «Esa mujer es mía»); el cura que, cuanto Alicia confiesa sus dudas, dictamina que buscar la verdad implica «quebrantar tu alianza con el Señor»; y por supuesto la impiedad de ciertas féminas hacia las de su género, como la esposa de Andrada —el superior de Roberto—, que bardea a todo el mundo menos al general, y Dora, la ex compañera de la secundaria («¡Inolvidable hija de puta!») que elige a Ana como blanco de sus ironías. (Ya no puedo preguntárselo, pero juraría que la co-guionista Aída Bortnik no estaba inventando nada.

Pero lo más perturbador no es el machismo obvio, que alguno querrá atribuir a un tiempo que pasó, sino aquel que conserva vigencia: el de Roberto, que encarna a una clase dirigente que desde entonces dio paso a una nueva generación pero no perdió nada, ¡ni un ápice!, de su crueldad esencial. Roberto es en el presente del relato —como sus herederos hoy— el emblema del éxito social. Aquel que, aunque proveniente de una familia trabajadora, ha «pulido sus bordes», como dice de Ana, la amiga de su esposa a la que mira con lascivia. Que cuando Alicia expresa su deseo de saber quiénes son los padres biológicos de Gaby, le espeta lo que constituiría un maravilloso slogan para TN, Clarín y compañía: «Dejá de pensar». Y que finalmente, cuando su esposa lo enfrenta con la verdad, se desliza hacia la violencia y la tortura —había borrado de mi mente la forma en que revienta los dedos de Alicia con una puerta— con una naturalidad escalofriante.

«La historia oficial» y la naturalidad de la violencia machista.

 

La lucidez con que Puenzo, Bortnik & Cía. leyeron su tiempo es admirable. Porque ya en el ’83 —cuando escribieron el guión— lo estructuraron de tal forma que queda claro que el escorpión del cuento no eran los militares. Cuya bestialidad no niegan, pero sí confinan a un tiempo que empezaba a quedar atrás. (El general es una figura patética, reducido a la condición de lobbista de negocios non sanctos con empresarios extranjeros.) Si existe alguien de cuidado en La historia oficial, es Andrada. Es decir, la clase dirigente que entendió que en este país la forma más práctica de ganar guita grande es hacer trampa, en complicidad con la casta judicial que blinda sus actos y en sociedad con cualquiera que les garantice flor de tajada: genocidas, empresarios extranjeros, fondos buitres, narcotraficantes. Los que saben que están burlando la ley, pero de una forma que el sistema bendice tácitamente. Por eso Roberto le dice a su subordinado Macci, preocupado por la citación de un juez: «¡Presos van los delincuentes!» Y lo dice convencido. En nuestra sociedad, «delincuentes» son los negros, los pobres, los que no son amigos de ningún juez, el 99 % de nuestra superpoblación carcelaria. En cambio ellos, amparados por las zonas grises del sistema legal y patrocinados por jueces y supremos, saben que nunca verán el lado de adentro de una celda. Así es como Roberto vislumbra al mundo: dividido entre perdedores y ganadores — siendo él un player, un jugador, uno de los que en este sistema ganan siempre.

Por supuesto, este fenómeno no es exclusivo de nuestro país. Se repite, con sus más y sus menos, en todo lugar donde imperan las reglas del «libre mercado». Así como en otro momento se glorificaba a políticos, filósofos, conquistadores, santos, artistas, científicos y navegantes, como figuras que encarnaban las virtudes de su época, el último siglo consagró la figura del B(v)arón del Capitalismo. O sea, aquel que burló al sistema con sus propias reglas y amasó una torta de guita inconmensurable. Si bien su prestigio no es indiscutido —porque hasta el más papanatas intuye que algún chanchullo tenés que hacer, para ganar tanto—, hay una suerte de consenso no explicitado en torno de su superioridad social. No se los quiere, pero se les regala una tolerancia digna de mejor causa. Aunque sea de manera renuente, se les reconoce su arrojo de piratas, su falta de escrúpulos, la caradurez infinita con la que son capaces de decir y hacer lo que haga falta con tal de salirse con la suya. De algún modo se les concede el derecho a estar donde están y a ocupar el lugar que ocupan, por prepotencia de desparpajo.

Y como los medios, que en general les pertenecen, los ensalzan como si fuesen la reencarnación del Bello Brummell, el público que no discrimina del todo tiende a olvidar, o al menos a minimizar, sus defectos. Hay un fragmento de La conjura contra América, de Philip Roth, que describe las dos caras de esta casta de modo admirable: «Por supuesto que el señor Mawhinney era cristiano, un miembro de la abrumadora mayoría que había peleado por la Revolución y fundado la Nación y conquistado el territorio salvaje y subyugado al Indio y esclavizado al Negro y emancipado al Negro y segregado al Negro, uno de los millones de buenos, limpios y esforzados trabajadores cristianos que amansaron las fronteras, araron las granjas, construyeron las ciudades, gobernaron los Estados, se sentaron en el Congreso, ocuparon la Casa Blanca, amasaron fortuna, poseyeron la tierra, se adueñaron de las acerías y de los clubes deportivos y de los ferrocarriles y de los bancos, incluso poseyeron y supervisaron el lenguaje, uno de esos Protestantes Nórdicos y Anglosajones inexpugnables que manejaron América y la manejarían siempre —generales, dignatarios, magnates, los hombres que establecieron la ley y dijeron cómo era la cosa y podían acusarte de desacato cuando querían — mientras que mi padre, por supuesto, era apenas un Judío».

Cambien unas pocas palabras y encontrarán allí una acertada descripción de la clase dirigente que, desde nos convertimos en una Nación, es el principal obstáculo que desde el siglo XIX impide que realicemos como pueblo la visión sanmartiniana.

Luis Puenzo, director y co-guionista.

Achatar la otra curva

El asunto no es personal. Porque cuando el decurso natural de la vida se lleve a los B(v)arones que hoy representan esta vocación hostil al bienestar del gran pueblo, la cosa no va a cambiar. Surgirán otros igual de malos o peores, porque la maquinaria alienta o cuanto menos permite su surgimiento sin someterlos a control alguno ni al escrutinio de las generales de la ley que sí aplican al resto. No podemos alentar la ingenua esperanza de que el mismo mecanismo genere otros resultados. La máquina que fabrica escorpiones no fabricará nunca conejitos blancos. Para obtener conejitos blancos hay que crear una máquina distinta. (Después de apagar la que fabrica escorpiones, claro, porque como en la fábula, esos bichos tienen la compulsión de hacer daño.) Ahora que nos entró en la cabeza el imperativo de «achatar la curva» —controlar el número de contagiados, para que no supere la capacidad del sistema de salud de atenderlos adecuadamente—, deberíamos aplicarla a la política económica. Necesitamos achatar la curva de nuestros B(v)arones Capitalistas, porque se les ha permitido adquirir un pico de poder que está matando la democracia. Y a ese pico hay que pasarle por encima con miles de aplanadoras, hasta que se convierta en una curva leve que le permita a los megamillonarios seguir siéndolo pero no al precio de la salud y el bienestar de las mayorías.

La historia oficial ofrece además otros ecos que vale la pena considerar. La peli identificó quiénes habían sido y eran los escorpiones, y lo explicitó durante los primeros tiempos de la democracia recuperada. Puenzo, Bortnik & Cía no tenían modo de adivinarlo en el ’85, pero poco después Alfonsín —que había logrado convertirse en la encarnación de los valores republicanos y gozaba por ello de enorme prestigio— mordió el polvo por culpa de los mismos villanos. Toda la popularidad que había acumulado como Padre de la Nueva Democracia no le valió de nada contra el puñado de crápulas que le pusieron la economía de sombrero con un par de maniobras, privilegiando —como siempre— su interés particular por encima de la salud del resto. Por supuesto, hay una secuencia que vista ahora adquiere un tinte oracular. Cuando el padre de Roberto, un inmigrante español interpretado por Guillermo Battaglia, le espeta a su hijo: «Sólo los hijos de puta, los ladrones, los cómplices, se fueron para arriba». El viejo está hablando de lo que ocurrió durante la dictadura, pero yo no puedo dejar de pensar que pronto volvió a ocurrir lo mismo y la democracia formal también devino un festival para los hijos de puta, ladrones y cómplices hasta que llegó Néstor e hizo política de verdad y los que empezamos a subir un poquito en la escala socio-económica fuimos todos los demás.

Yo no soy político y no entiendo de estas cosas más de lo que entiende cualquier ciudadane informade (se habrán dado cuenta, a esta altura), pero intuyo que hay cosas que, si no las hacemos ahora, cuando el sistema que apaña a los B(v)arones Capitalistas está groggy, no vamos a poder hacerlas durante mucho tiempo. El contexto internacional está a favor de este viento, de momento en términos poco más que teóricos; pero la cuarentena se prolongará y no tardaremos en apreciar sus efectos políticos. Habrá países, o regiones, donde la taba caerá del lado de un poder que no disimulará su autoritarismo —caerá de culo, bah—, y otros y otras que intentarán arrimar la democracia a una versión más parecida a su definición del diccionario, donde ya no haya ciudadanos que sólo tienen derechos y otros a los que no se les presentan más que obligaciones. Ojalá podamos articular con ese movimiento internacional, en el cual el feminismo será clave porque las características del poder al que nos enfrentamos son machistas ciento por ciento. (Un poder femicida y pobricida, como dicen les muchaches de La Garganta Poderosa. Hablamos de gente que trata mejor a su ganado que a sus empleades.)

Está claro que es un momento inconveniente para hacer política en las calles. Pero se me hace que tampoco es momento de limitarse a la política de comité, de pura negociación puertas adentro. Alfonsín pensó que podía razonar con esta gente y no recurrió al pueblo que estaba dispuesto a bancarlo en cada pueblo y en cada ciudad. Los B(v)arones no entendieron razones —sólo entienden el rigor del poder real— y pasó lo que pasó. Pero les ciudadanes entendimos la historia, como demuestra el curso que terminó tomando la vida nacional. Y por eso creo que la mayoría sabe que se está jugando algo más que la salud pública. La humanidad toda se aproxima a un turning point, un momento pivotal, donde lo que hagamos o dejemos de hacer decidirá el próximo siglo de la especie y se verá qué pesó más, si los números del dinero o los números de la gente que dijo nunca más a una situación intolerable.

Puede que los escorpiones se hayan tomado en serio lo que dicen sus propios medios y, en consecuencia, leído la realidad al revés. En estos días, hasta los ciudadanos más distraídos de Karachi, Yaundé y Palpalá sumaron dos más dos y pescaron que quienes los condenaron a vidas de mierda son los mismos que los dejaron inermes frente a la pandemia y ahora ponen trabas a las soluciones de fondo de la crisis económica y se niegan a compartir ni una ínfima porción de sus millones.

Por eso no me sorprendería la visión de multitudes ataviadas con mamelucos, guantes y escafandras improvisadas, millones de Eternautas replicándose en las calles del mundo, demandando lo que hasta hace nada pensábamos imposible y ahora está al alcance de nuestras manos (bien lavadas). No estamos desactivados, desconectados, inutilizados en la prisión de nuestras casas: estamos atentos, con el oído aguzado, esperando identificar los compases que marcan la entrada al concierto de la historia, la historia que nos toca escribir, la historia del mañana.

 

 

 

Comentario (1)

  1. roger

    Excelente lo unico que hay que avisarle a Borges, a Ruben Dario, a Cortazar ect,ect. que estan haciendo mierda las palabras, con esta nouvelle de escribir con e y con x
    miestras que la diversidad esta en la cultura,
    anda a las barriadas a hablar con e, y te garchan de dorapa.-

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