Artigas murió argentino

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Comenta Boot:" Ya no tengo patria", dijo Artigas cuando lo invitaron a volver a lo que ya era Uruguay. Está muy linda esta nota, pero el comienzo es insólito: Falucho, el Falucho que fusilan en el Callao, es un invento de Mitre. Y es muy útil a Mitre que su héroe de fantasía muera gritando "¡Viva Buenos Aires!". Y un absurdo viniendo de un negro de un ejército libertador que no era comandado por un general de las Provincias Unidas, y mucho menos de Buenos Aires, sino por un general de Chile. 
¿Y acaso al fusilarlo, el sargento Moyano, otro negro, gritó "¡Viva San Luis!"?
No sé un soldado, pero los integrantes del ejército libertador se denominaban a sí mismos "americanos".
 

Héroe de las dos orillas

 

Por Omar Lopez Mato / Perfil

Cuando el negro Falucho fue fusilado en las casamatas del Callao, antes de que las balas atravesaran su pecho, alcanzó a gritar: «¡Viva Buenos Aires! ¡Viva la Patria!». Esta era la patria de este liberto y por ella había atravesado medio continente sufriendo fatigas y privaciones. Para él, la Argentina era sólo una abstracción, la patria grande, quizá demasiado grande para asirla o entenderla. Para muchos de los habitantes de este continente, su patria era el lugar donde habían crecido. Sólo unos pocos oteaban el horizonte en busca de esa patria grande, y entre ellos se destacó José Gervasio Artigas, «argentino nacido en la Banda Oriental» (como él se definió), que luchó denodadamente por imponer la autonomía provincial dentro de un marco abarcativo, en un contexto donde la diferencia entre federación y confederación no era clara. Esta última dio lugar a una serie de estados independientes, regidos por sus necesidades y posibilidades, pero con las ventajas de una integración hermanada por lenguaje, religión y costumbres. Como dijo él: «Los pueblos de América están íntimamente unidos por vínculos de naturaleza e intereses».

Artigas tenía muy claro cuál era el esquema político que creía más adecuado para estas tierras; había seguido de cerca la historia de las ex colonias inglesas y los textos que alimentaban sus ideas. No sólo captó las ventajas del sistema republicano federal propuesto por los norteamericanos, sino que, además, percibió claramente que el modelo sólo servía de inspiración. No podía aplicarse tal cual a esta parte de América con una cultura diferente. Artigas perseveró en su ideario con una constancia digna de admiración. Jamás abandonó su deseo de formar una gran confederación a pesar de las traiciones y falsas denuncias de Sarratea, de los ofrecimientos arteros de los realistas y de la franca posibilidad de escisión que le ofreció Alvarez Thomas. Sobrellevó las intrigas de Pueyrredón y Posadas pero el abandono de Fructuoso Rivera y la última traición de Pancho Ramírez llegaron cuando todo estaba perdido, aunque él siguiese enviando cartas para pactar una ilusión. El 23 de septiembre de 1820, el caudillo oriental se adentró en tierras de Rodríguez Francia, un personaje turbio y enigmático que lo acogió a pesar de haber mantenido con él enfrentamientos en el pasado. Podría haberlo ejecutado o sometido a una atroz prisión, pero no lo hizo porque en la lógica del Supremo no era punible la defensa heroica de la patria que Artigas había llevado adelante. Al caudillo le dio por hogar la villa de Isidoro Labador, en Curuguaty, remoto pueblo donde Artigas se dedicó a labrar la tierra y recibir del Supremo el sueldo de capitán que había gozado como oficial del ejército español. ¿Acto de generosidad o lección de humildad? Las erogaciones se suspendieron cuando Francia supo que Artigas donaba sus sueldos a los habitantes del lugar.

En 1832, Rivera, por entonces presidente del Uruguay, invitó a Artigas a regresar a su tierra. Este se rehusó. La invitación se repitió en 1840, pero ni abrió los pliegos. Expresó su firme decisión de morir en el ostracismo.
Compartió la miseria del último destino con su amigo y compañero de desgracia, el negro Ansina, quien cantó sus glorias en sentidas payadas, y con Clara Gómez Alonso, que le dio un nuevo hijo, Juan Simeón, nacido en 1827. Con éste sumaban 14 vástagos que había sembrado por el mundo. A la muerte de Francia, Artigas fue recluido; temían que el pueblo lo aclamase como un nuevo caudillo, pero eso no pasó y al mes lo liberaron. José María, su hijo con Rosalía Villagrán, fue el último que lo visitó durante su exilio. Recién en 1846, éste se enteró de que el Patriarca aún vivía en el Paraguay. «Entonces, ¿mi nombre suena todavía en mi país?», alcanzó a preguntar emocionado. José María quería que su padre volviese a su patria, un nuevo país independiente donde se volvía a hablar de él como un héroe. Artigas ya no era el bandido ni el anarquista, se había convertido en un prócer. «Siento que hasta aquí llega la Patria, quedaré hasta que Dios me llame. Porque mi corazón idolatra la formación de una América grande». Artigas rechazó volver a un país donde aún se peleaba por mezquindades. Escuchó en silencio las historias del Sitio Grande que su hijo narraba. ¡Montevideo continuaba sitiada! y sus antiguos lugartenientes se peleaban como antes. Treinta años habían pasado y nada habían aprendido. Lo invitaban a volver a un país que él no había imaginado y sólo existía por un arbitrio de Inglaterra. Su aspiración había sido integrar su tierra a las Provincias Unidas. Bien sabía que poco podría durar una pequeña nación con un vecino imperialista como Brasil, heredero de la codicia lusitana. Por dos meses, José María compartió con su padre la casa de Ybiray, cedida por Carlos A. López, el nuevo hombre fuerte del Paraguay. Esta sería su última morada. Cuenta su hijo que los vecinos se acercaban a rezar con Artigas. El instruía a los niños en los secretos de la religión y les traducía la Biblia al guaraní. Insistía en la lectura del libro del Exodo porque los «niños americanos tienen que saber que se puede elegir entre el cautiverio y el desierto». José María volvió a Montevideo y Artigas se quedó a morir en Paraguay aunque quiso el destino que su hijo falleciese antes que él. El 22 de septiembre de 1850, Artigas supo que le quedaba poco tiempo. «Yo no debo morir en la cama, sino montado sobre mi caballo; traigan a Morito que voy a montarlo», dijo a los presentes. El 23 al amanecer, el fiel Ansina cerró sus ojos. Moría el hombre, nacía el mito.

La historiografía argentina se hizo eco de los relatos del general De Vedia y Vicente Fidel López, acendrados porteñistas que veían en Artigas una amenaza al centralismo de Buenos Aires. La leyenda negra instaurada por el libelo de Cavia lo presenta como el nuevo Atila, el lobo bajo la piel de cordero que sembró la anarquía en su tierra. Es verdad que durante los años de su gobierno reinaron el desorden y los excesos propios de años de guerra y enfrentamientos. A diferencia de muchos caudillos, Artigas no se manchó las manos de sangre derramada innecesariamente. Cabe recordar la vez que Alvarez Thomas pretendió comprar su simpatía enviándole encadenados a antiguos oficiales orientales que lo habían traicionado. Artigas podía disponer de ellos a su antojo. Fue entonces cuando el «bárbaro» caudillo los dejó libres, diciendo: «Yo no soy verdugo de los porteños».

El concepto de un Estado uruguayo independiente de la Argentina y el Brasil fue una concepción inglesa, la del famoso Estado tapón, política que Inglaterra llevó a cabo en todo el mundo. El caso de la Banda Oriental terminó con la constitución de una nueva gran nación como la uruguaya. Pero éste no fue el sueño de Artigas. El quería que la Banda Oriental perteneciese a las Provincias Unidas porque sabía que poco duraría la independiente uruguaya ante la codicia lusitana. Para él y para los orientales, Portugal era el enemigo y Buenos Aires la hermana descarriada que los abandonó.

El Uruguay como nuevo país necesitaba una identidad propia que lo diferenciase de la Argentina y del Brasil. Por infinidad de causas, ni Oribe ni Lavalleja ni Rivera podían ser ungidos como «padres de la patria», pero allí estaba Artigas, hecho a la medida del bronce. ¿Quién mejor que él? Así fue elevado al sitial que hoy ostenta en la nación hermana, pero esto no debe eclipsar la figura tutelar que tuvo en la historia de los argentinos.

Fue Artigas quien por primera vez en junio de 1815 proclamó la independencia argentina de España junto a las provincias mesopotámicas, Santa Fe y Córdoba. Podría haberla proclamado en Paysandú o Purificación, pero lo hizo en tierra argentina, en Concepción del Uruguay. Esto ha sido olvidado por la historia que se enseña en los colegios. ¿Cómo explicar a los alumnos esta compleja situación: el «padre» de una nación vecina fue quien proclamó la independencia de la propia?

Los libros de historia argentina, que ilustraron a los hijos de inmigrantes, dotaron a las figuras fundadoras de un falso republicanismo, más adecuado para los tiempos democráticos de principios del siglo XX. Esta versión atenuó toda tendencia monárquica en la que creían esas figuras. No era pecado que Belgrano, San Martín o Pueyrredón creyesen en reyes gobernando estas tierras. Entonces era comprensible; todos recordaban las atrocidades de 1789. El pecado fue la simplificación de los historiadores, que ocultó las verdaderas motivaciones de estos próceres.

Para algunos autores, la insistencia de Artigas para mantener la integridad de la Banda Oriental quitó recursos a Buenos Aires en sus campañas del Alto Perú y Chile. Pueyrredón le negó 500 mil pesos a San Martín porque debía destinarlos a pelear contra Artigas y los caudillos mesopotámicos. A ojos del director supremo, Artigas era más peligroso que los españoles. ¿Debería haber resignado su posición localista en aras de un mayor beneficio para las partes? Pregunta difícil de contestar. De hecho, Artigas sacrificó sus ambiciones en los primeros años que sirvió a la Junta. Su retiro del primer sitio y el subsiguiente éxodo oriental al Ayuí marcan una resignada adhesión a la política de Buenos Aires. Pero las maquinaciones porteñas lo empujaron hacia esta posición intransigente. Era un obstáculo para las alianzas con las casas reinantes en Europa, especialmente después del retorno de Fernando VII, que desnudó los dobleces y excesos de los primeros gobiernos patrios. ¿Cómo justificar las muertes de Liniers, Nieto y tantos otros españoles invocando la figura del rey? La historia de los primeros años de gobierno porteño debe verse bajo la disyuntiva de lograr la separación de España o, en su defecto, llegar a una convivencia armónica con la madre patria u otra potencia. El ánimo perseverante de Artigas fue un impedimento para lograr este cometido, de allí la necesidad de eliminarlo del complejo panorama político.

Artigas jamás pretendió que su tierra dejase de ser parte del proyecto argentino y, a pesar de los rechazos y persecuciones, de la incomprensión y la adversidad, luchó hasta convertirse en este héroe de las dos orillas.


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