BALANCE. Se cierra un ciclo de ocho años de kirchnerismo

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Un ciclo que sacudió la memoria irredenta del país
Por Horacio González / Debate

Las potencias rupturistas del kirchnerismo, la renovación de los lenguajes políticos y las tensiones entre conflicto e institucionalización.

Está terminando un ciclo de ocho años vibrantes y complejos que han conmovido al país. Su crónica es un abigarrado núcleo de acciones que ha puesto en primer plano el nombre Kirchner, que era conocido sólo en algunos cenáculos restrictos de la política nacional, y que repentinamente emergió de una de las brechas dramáticas que, de tanto en tanto, produce la sociedad argentina. Su nombre se hizo familiar hasta el punto de convertirse en una identidad inesquivable, lo que la historia reserva a pocas orientaciones políticas de masas. Lo demuestra el punto inapelable en que el político es amado, u odiado, o temido, según los sentimientos estudiados en textos célebres que definen a las experiencias nuevas, irradiándose entonces una identidad que convive, no sin dilemas, con otras que la precedieron.

¿Es el kirchnerismo un capítulo nuevo del clásico peronismo o su novedad entraña potencias rupturistas que sobrevuelan sin vocación concluyente?

Kirchner tensionó al peronismo hasta el extremo de las cosas y propuso temas cruciales jaspeados de estilos nuevos. Fue un fabricante de simbologías. El retiro de cuadros de militares ultrajantes, su juego con el bastón de mando en la asunción, su birome bic, su traje desarreglado, su decisión de fingir que si se le decía pingüino era una forma de denigrarlo por parte de la oposición, lo que le permitía asumir orgullosamente el supuesto ludibrio, pues aceptar con arrogancia una injuria de los necios era el conocido tópico de los movimientos populares que surgían enarbolando e invirtiendo el desprecio de los bienpensantes, todo eso lo hizo un raro maestro en el arte de descubrir las cuerdas internas de la emocionalidad pública.
Su discurso era deshilvanado, con remates que solían tener el acicate de la plegaria, pidiendo ayuda, diciendo «solo no puedo», siempre pareciendo vivir en estado de agonía pero lanzando frases de extraordinaria factura, como «soy un hombre corriente en situaciones poco corrientes», o «somos hijos de las Madres de Plaza de Mayo», que sabía que eran los selectos alfileres que enhebraban un gobierno a las ansiosas corrientes subterráneas de una nación. Fue lo que hizo Perón en 1944 con casi un centenar de discursos buscando al obrero de nuevo tipo, así como Kirchner sacudió desde el Estado la cuerda de la memoria irredenta del país. Los discursos nunca dejan de ser armazones y aglutinantes colectivos. Perón había dicho que era el hombre del destino y no reconoció legados anteriores. Kirchner sustituyó una solemnidad predestinada por una fragilidad que mal escondía una extraña determinación, la del hombre previsible -su carrera política tuvo todos los escalones tradicionales-, absorbido de repente por turbadas obsesiones personales. Eran la novedad del que decía que quería «dar vuelta como una media» a la fosilizada vida nacional.

Sabía lo que hacía, puesto que era un alma inquieta, insatisfecha y doliente, a pesar de sus constantes chascarrillos y su sarcasmo defensivo, natural en las improvisaciones y mascarillas a las que apela habitualmente el político argentino. El kirchnerismo que salió de sus intuitivas angustias era un ensayo poroso para interpretar el encierro social en que se vivía y realizar llamados convocantes a diestra y siniestra, para lo cual ensayó temas evocativos que tenían la fuerza de ser desenterrados desde el Estado, pero con pocas o a veces ninguna garantía de plasmarse en acciones instituidas, solidificadas. Imaginó reparaciones de antiguos sufrimientos y resarcimientos institucionales para dramas conocidos de la privación colectiva, la vuelta del Estado a las acciones equilibradoras del daño social producido en décadas anteriores, la reconstrucción de empresas públicas estratégicas -Enarsa-, sin que muchas veces el impulso curativo no llegase adecuadamente a destino, quedando sólo como una señal de voluntad sin fuerza suficiente para concretarse.

El kirchnerismo hablaba como perforando las paredes de granito que ofrecía la época del capitalismo maduro y problemático y, al mismo tiempo, aparecía blandiendo un verboso setentismo que los poderes ideológicos más visibles veían como un entorpecimiento inesperado, mientras las izquierdas sospechaban un tono de malversación de estimables temas canónicos, sin voluntad real para concretarlos. Es que el kirchnerismo es poderosamente evocativo de los lenguajes renovadores que quedaron flotando en la memoria social, y su teoría económica busca en las áreas de un neokeynesianismo que mezcla raros atrevimientos y timideces ostensibles.

La segunda mitad del mandato de Kirchner y buena parte del de Cristina, su sucesora, fueron ocupados por la confrontación metafórica entre estilos y maneras, que traducían oscuramente la gran crisis que escindía al cuerpo social. Surgió el concepto de «crispación», como señal ética de los grandes medios para aludir a una supuesta impostura, una carencia de argumentación, un arribismo sin sostenes morales o un golpe de mano de pobres demagogos. Pero hablaban por las heridas de sus intereses fuertemente afectados. Estaba en juego la propia sustentación del Gobierno ante un movimiento mancomunado de asociaciones ruralistas, grandes medios de comunicación y sectores amplios de un público urbano que, como en las grandes tragedias, son los inocentes coreutas de un drama mayor que se les escapa.

El primer problema del kirchnerismo fue su relación con el peronismo. ¿Yuxtaposición, diferencia, legado, sucesión, hogar común o antecedente mejorado? Se atravesaron variados intentos de buscar las palabras que registraran y resolvieran esta situación aún pendiente: transversalidad, centroizquierda, tradición nacional-popular, justicialismo y, finalmente, un momento ya largo -que es el que se vive ahora- de fuerte invocación de los preceptos originarios, con sus leyendas y liturgias, con panteones ahora acrecentados. Peronismo, pues, con pigmentaciones progresistas y de centroizquierda en los rebordes y márgenes políticos, según fueran las exigencias del golpeteo constante de hechos que registra la lucha política.

El segundo problema fue su construcción de una noción de combate social como no la había tenido ningún otro gobierno del ciclo democrático renacido, y que debió atenerse a rápidas nociones movilizadoras que estaban en la cartilla conocida, que debieron ser activadas apresuradamente. Todas las acciones sociales referidas a la anunciada instauración de la resolución 125 contaron con movilizaciones multitudinarias, dirigidas por gremialistas rurales que agitaron oscuras mentalidades restauradoras bajo un imaginario liberal-empresarial, sustentado en las nuevas tecnologías de siembra, en una visión achicadora del Estado y un dispositivo retórico que aunaba el recuerdo de las procesiones de Corpus Christi de 1955 y las no menos vetustas hojas de la historia que procedían de un telurismo del patronato agrario y de medios de comunicación modernos que habían encontrado su sujeto social operativo. Estaban auxiliados por burguesías urbanas y el «popolo minuto» que salían del viejo metabolismo argentino, que mal deglutía lo que difusamente considera populismo, incluyendo sus múltiples rostros, de los cuales el kirchnerismo venía a ser el más renovador e inclasificable.

El tercer problema está en curso y presupone la construcción de ciertas hipótesis permanentes sobre el rumbo de las acciones, trazados más o menos previsibles que, de diversas formas, reclama la conciencia colectiva y la natural operatoria de la política, por más benigna que ésta sea hacia consideraciones de corte inmediatista, como las que suelen predominar en los gobiernos que se balancean entre un mar de contingencias y las herencias nunca apagadas del «proyecto», el «modelo nacional». Kirchner, en vida, había hecho rondar su versátil pensamiento político alrededor de un frente cuyos protagonistas señalaba sin rigor, pero con la perseverancia de un investigador de los rebeldes materiales de la historia: trabajadores, pequeños empresarios, estudiantes, intelectuales, etcétera, sin llegar a una fórmula acabada.

Es que la lucha social, que ingresaba al cuerpo de simbolizaciones de la sociedad con fuerza llamativa -se llegó a poner en primer plano la crítica al modo en que la Presidenta juega escénicamente su figura social, así como la Presidenta juzgó las caricaturas del dibujante Sábat en Clarín como parte de la semiología del rudo enfrentamiento- corrió por canales vertiginosos. Se lanzó el «Clarín miente» y el más jaranero «¿Estás nervioso, Clarín?». La acción de este multimedio había puesto en marcha una panoplia habitual de subidos denuestos, basados en los temas de la seguridad, la corrupción y la inflación, que los públicos urbanos consideran el non plus ultra de la vida individual y de su emocionalidad primera, mientras el Gobierno entraba en la etapa de sus grandes resoluciones estatizantes, cuyos puntos fuertes fueron la Ley de Medios y la incorporación al acervo público de  los fondos de pensión privatizados.

La muerte de Kirchner cortó el tiempo político en dos, provocando funerales que hicieron del luto público una suerte de estado de excepción, tal como la oposición le endilgaba a un gobierno «decisionista», pero ahora rodeando a un inesperado deceso que producía un sentimiento que mezclaba temor y fuerza, ansiedad mitologizante y deseos de participación social de un vasto sector, sobre todo juvenil, dispuesto a entrar por las puertas de la gran leyenda nacional. Vestido atemporalmente con la escafandra del Eternauta, Kirchner fusionaba un utopismo social al que la sentimentalidad pública está generosamente dispuesta, una memoria fresca de una fragilidad que tenazmente pugnaba por retomar la iniciativa y el ejemplo de un empeñoso político de gestos un poco desgonzados que planteó dilemas de envergadura para una nueva forma de vida colectiva. La sociedad argentina no había cambiado tanto con respecto a su oscura complejidad, y ser en ella apenas un viento fresco ya era interpretado como una bienvenida originalidad por algunos y como un asombroso peligro por lo que comenzó a llamarse «las nuevas derechas». 

El asesinato de Mariano Ferreyra desnudaba penumbrosas tramas corporativas en el sector del empleo y la discusión sobre lo que insistentemente se denominó «el modelo» -al conjuro de las mayores certezas que tenía el Gobierno respecto al acompañamiento colectivo, ya evidente en todos los aspectos de la existencia social- mantenía irresueltas dimensiones que forman parte del dilema esencial de este momento del país. Tanto el modo de explotación agropecuaria -la soja y sus conocidas formas de cultivo- como los procedimientos usados en las economías extractivas contienen potencialidades de un debate que ni se agotan con el conformismo acrítico respecto a la manera en que se implantan, ni pueden ser resueltos con un desacople súbito de esos esquemas empresariales y tecnológicos, como a veces parece pedir una oposición demasiado desligada de un análisis de mayor densidad intelectual con respecto a esta delicada y tensa coyuntura histórica, tanto regional como mundial.

En la inminencia de un gran triunfo electoral, el país se enfrentará ahora a nuevas y sugestivas elaboraciones. La Presidenta tendrá en sus manos cruciales decisiones, muchas ya insinuadas, respecto a un rumbo trazado desde uniones sociales y políticas omniabarcativas, por parte de un gobierno que hace sólo tres años pendía de un hilo. Lejos de que estas nuevas contundencias electorales puedan ser vistas, como en su desazón lo hacen ciertos exponentes de la oposición, en términos de un tránsito hacia un alegre despotismo, serán el aliento fundamental para superar horizontes costumbristas en nuestros más frecuentes debates. Una democracia nueva podrá diseñarse, así, con banderas sociales renovadas y una mayor calidad -ya que este concepto siempre aparece- en las instituciones.

No cesará, como es obvio, el conflicto social, pitanza de los pueblos emancipados. Pero se podrán perfilar respuestas que agudicen aun mayores aspectos de sensibilidad distributiva, repartimiento de tierras, planes sociales de vivienda y salud aún ligados a la construcción de un autonomismo popular democrático, promoción de una ciencia y de una técnica que asuman tanto la autonomía intelectual del país como la teorización vital de nuevos problemas. El pensamiento cultural sobre los lenguajes que constituyen el armazón social básico, tanto como la investigación básica guiada por lo que en última instancia alimenta las estructuras vitales del conocimiento, señalará acaso la hora de atender a la conexión entre tecnologías sustentables y culturas críticas. Un nuevo lenguaje público y emancipado está a las puertas, con tal de que los llamados genéricos hacia grandes marcos de unidad política no abandonen su contenido crítico y lúcido con respecto a las exigencias de democratización de las instituciones y de socialización de los recursos movilizables del capital público.

Néstor Kirchner inauguró con su nombre formas del pensamiento político que bebían del ser clásico de la política. Puso en discusión los legados universales de la memoria y las identidades argentinas, mezcló variados planos de lenguaje movilizador, le dio dramatismo necesario a la idea de orden y ligó el alma misma de la política al conflicto perseverante entre la institucionalización de la justicia y los poros abiertos del ser político, que no admiten casilleros fijos. No dejaban de ser interesantes las paradojas que introducía y que legó. Sus aspectos conservadores eran dinámicos así como los cambios más atrevidos postulaban remates institucionales estables. 

El balance de estos años merece, entonces, mayores ecuanimidades que las que a veces está dispuesta a entregar una sociedad que, en demasiados momentos, acepta motivos fútiles de irritación, en vez del camino sereno de un programa político emancipado que está reclamando instancias novedosas de construcción colectiva.


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