Cacerolos y milifans

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Tal como lo recibí (Gracias Hugo, aunque fuera de otro autor). Me causó gracia lo de “milifan” en lugar de militante/a. Quizá el autor parezca un poco avinagrado (si le decimos mediocre a este gobierno, ¿cuál sería el brillante?) pero ¿qué puedo decir yo, que cuando era un pendejito me batían “Alcázar” (No Al Kassar, aunque las dos palabras quieran decir lo mismo: castillo) por eso mismo? Y porque, el lema, el slogan de ese vinagre era (y acaso siga siéndolo) “Gran señor de la ensalada”.

Lo simbólico


Por Mendieta, el renegau

Bueno, no jodamos. Me recontra hinché las pelotas y esto lo tengo atragantado desde hace unos días. Unos cinco mil, ponele.

La oposición a este gobierno, este gobierno apenas transformador, mediocre, tibio, inconstante, impredecible, a veces contradictorio y -precisamente por eso- el mejor gobierno que nuestro país tuvo en décadas (carajo, “apenas transformador” cuando tenés más de 30 años resulta tan extraño que hay que recordarlo cotidianamente), la oposición a este gobierno, venía diciendo, no termina de decidirse si lo que le jode es la realidad efectiva o, sencillamente, el campo de lo simbólico. O capaz los que se oponen sí lo saben y el que no termina de darse cuenta soy yo.  
Porque en estos años de crecimiento mis vecinos la juntaron en pala. Y compraron departamentos de cientos de miles de dólares y coches que brillan. Porque los de la patronal campestre armaron un Puerto Madero en Rosario de cara a los camalotes. Porque hay countries en lugares como Río Cuarto (que hay que ser pelotudo para querer vivir en un countri en Río Cuarto o Arrecifes, eh). Porque se quejan de cosas tan etéreas como fácilmente comprobables de que son falsas, como por ejemplo “la falta de diálogo” o “el descrédito de las instituciones”. Una de dos: o no entendés un carajo qué mierda son las instituciones o pensás que las instituciones “institucionan” cuando hacen lo que vos querés.
El Congreso ha votado en contra del gobierno más de una vez. Y no solo cuando tenía mayoría la oposición. Votó en contra, antes de tener que votar, con Reposo.
La Corte Suprema ha hecho equilibrio, sentenciando a veces en sintonía con el Gobierno y a veces no (la Ley de Medios es un ejemplito).
Es cotidiana (y mayoritaria) las cerradas críticas al oficialismo -con absoluta libertad, como debe ser- en los medios masivos de comunicación. No hubo un sólo periodista censurado o siquiera perseguido judicialmente por el Gobierno.
Podés, como corresponde, salir a la calle y peticionar lo que se te canta el tujes. Seas del campo, de Recoleta, de Caballito o de Clarín. No importa: podés.
Las elecciones son transparentes (más allá de las boutades de Carrió que no puede sostener ni cinco minutos en la Justicia Electoral, sencillamente porque nunca pudo denunciar una sola irregularidad en sede judicial al respecto) y hasta se han establecido nuevos criterios más equitativos para la publicidad electoral de los partidos (El PO y el PTS me imagino que, en la oscuridad y sin que se sepa, le prenden velas a esta ley y a la de las primarias: le deben al kirchnerismo la tan mentada unidad que nunca habían logrado conseguir. No hay como la necesidad para impulsar cambios culturales, je)
Estoy diciendo que está todo bien? Carajo, no. Cuántas veces vamos a tener que testimoniar que criticamos al gobierno por varias cosas? Claro, no son del orden de lo simbólico, si no de la más rancia y concreta realidad. El sistema de salud, por ejemplo, que no se hizo nada aún. La pobreza, la pobreza dura, estructural, la resistente a planes y empleos en negro. La falta de una política explícita, clara y Coordinada para atenuar y revertir las asimetrías económicas regionales. Y un millón de cosas más.
O sea: que faltar, para tener un país justo, falta tanto que cuando escucho a un milifan diciendo que está todo bien, Cristina te amo, sos divina, perfecta y hagas lo que hagas te banco, me dan las mismas ganas de cazarlo del cogote que a mi vecina la cacerolera.
Ahora bien, en serio. A los ciudadanos “de a pie”, je, “opositores”, posta que no los entiendo. Yo creo que, como los milifan, se creen sus propios relatos. Y, sencillamente, lo que no se bancan es el campo de lo simbólico. El, precisamente, “relato oficialista”. Que, lamentablemente, es mucho más ampuloso que las concreciones.
Y mirá que concreciones hubo muchas.
Bah. No sé. No sé nada. Cada día entiendo menos. Cada día veo menos. Menos mal.


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