CASO PEREL. Sorprendente actualidad de unas muertes aún misteriosas

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Una larga nota publicada por el diario La Nación exhumó el misterioso Caso Perel, a quien conocí dando por hecho que era un contacto oficioso del Mossad en 1992, tras el bombazo a la Embajada de Israel.Tirando del hilo se pueden vislumbrar las estrechas relaciones de agentes de inteligencia israelíes con los gobiernos de Menem y Macri, los Yoma y los Awada, y sus vínculos con el tráfico de armas y el lavado de dinero proveniente de ese y otros ilícitos, actividades que como he demostrado en varios libros*, estuvieron directamente relacionadas con aquel atentado y el que lo sucedió, contra una DAIA que tenía su sede dentro del edificio de la AMIA. Una lectura atenta de los materiales que se ofrecen a continuación permitirán forjarse como poco una somera idea de lo sucedido: Si un animal tiene melena y es de color arena, pesa más de cien kilos y ruge como un león, lo más probable es que, efectivamente, sea un león. Y no se crea que se trata de asuntos pretéritos. El colega Juan Alonso acaba de publicar en Nuestras voces una larga nota que describe algunas de las relaciones del pluriespía Marcelo D’Alessio con agentes israelíes (Dov Kilinsky y Gilhad Goloshten o Gilad Goldstein) dedicados a la venta de teléfonos encriptados y tecnología para intervenir celulares, relaciones que la medulosa investigación del juez Alejo Ramos Padilla ha puesto en evidencia. Como se verá, Kilinsky (que efectuó una sorprendente y farragosa declaración ante el juez Alejo Ramos Padilla) actuá en la Argentina desde 1987, a veces asociado con militares condenados por delitos de lesa humanidad, siendo su empresa insignia STN (Security Team Network S.A). Y tambien tiene empresas en Florida, Estados Unidos: en 2008 fue director de ISNT Global Securties Corp., en 2011 fundó Security Trade Technologies Inc. Las relaciones entre los servicios de inteligencia de Israel y Estados Unidos y sus vasallos locales son una caja de Pandora de la que siempre surgen nuevos secretos.

*Narcos, banqueros y criminales; Caso Nisman: Secretos inconfesables y La infAMIA.

Disparos en Cariló: Perel y su esposa, dos muertes que aún son un misterio

 

GUSTAVO CARABAJAL / LA NACIÓN

Isidoro Mariano Losanovscky Perel (Mariano Perel) y su esposa, la psicóloga Rosa Berta Golodnitsky, debían dejar la cabaña 32 del complejo Puerto Hamlet, de Cariló, a las 10 del 4 de febrero. Se habían instalado dos días antes para pasar un fin de semana entre los pinos y el mar aquel verano de 2001. La noche anterior habían comido asado y tomaron vino. A la mañana, ante la falta de respuesta a sus llamados, el empleado de mantenimiento Pedro Javier Medina fue a la habitación y golpeó la puerta. Silencio. El encargado del hotel, Juan Carlos Torresi, llamó a la policía, que al entrar en la habitación halló a la pareja en la cama: cada uno con un tiro en la cabeza.

Sobre una mesada de madera aparecía una laptop Sony Vaio. Y debajo de un plato en la barra que separaba el living del dormitorio de la cabaña, una hoja tamaño oficio con la inscripción impresa con computadora en grandees letras: I am a gringou collaborator with Citibank. Killed for no paying ransom to Citigroup, que en principio fue traducida así: “Soy un gringo colaborador del Citibank. Asesinado por no pagar el rescate (coima) del Citigroup”.

La impactante aparición de los dos cadáveres en el corazón de Cariló, en pleno verano, el mensaje de esa nota y lo que se fue sabiendo de Mariano Perel compusieron un caso que atrapó a la opinión pública durante meses. La investigación sacudió al ambiente político, despabiló los intereses subterráneos de los servicios de inteligencia y conmovió, incluso, al poder de esa época en la que nadie podía aún imaginar el estallido político y social de fines de ese mismo año.

Los cuerpos estaban tapados con una sábana que les llegaba hasta los hombros. Perel, boca abajo; Berta, de costado, de frente al borde del sommier. Una pistola Walther PPK calibre 7.65 -la de James Bond, un fetiche para los espías- se hallaba sobre el antebrazo izquierdo de él; en el piso, una Glock y dos vainas servidas.

No faltaba nada. No había signos de pelea. Los casquillos eran del mismo calibre que la Walther de la víctima. Eso hizo suponer a los investigadores que los Perel habían sido asesinados con esa pistola, que carece de rosca de silenciador. No es un dato menor: en plena temporada, con Puerto Hamlet completo de pasajeros, nadie escuchó ruidos ni disparos.

Fotografía de archivo del financista Mariano Perel

Fotografía de archivo del financista Mariano Perel

 

Pasados más de 18 años, la causa sigue abierta. La Justicia aún pendula entre la hipótesis del doble homicidio –así sigue caratulado el expediente– y el asesinato seguido de suicidio, con Perel como autor.

Hasta aquel 4 de febrero de 2001 el nombre de Perel era desconocido para el gran público. Sin embargo, tenía una extensa trayectoria en el ambiente de las finanzas y había estado ligado a operaciones turbias. Había desarrollado una conexión punto a punto entre cuevas de la City y bancos de Uruguay por los cuales se remitieron decenas de millones de dólares. E incluso actuó como intermediario entre la ex SIDE y una empresa norteamericana para la compra de equipos para escuchar conversaciones de teléfonos celulares que se usarían en la zona de la Triple Frontera.

Con la muerte de Perel salieron a luz nombres que solo eran conocidos en el Círculo Rojo. Fue inevitable, así, que la investigación enfrentara a la flamante Policía Judicial de la Procuración general bonaerense y la ex SIDE, en la que subyacía una sorda lucha interna entre sectores alineados con el Gobierno de la Alianza y otros que aún respondían al menemismo que lo había precedido.

Perel había estado a cargo, junto con un ex integrante de la Sala Patria de la ex SIDE, de la empresa Centro de Cómputos, que ofrecía, entre otras prestaciones, servicios de vigilancia electrónica.

No pasó por alto para la incipiente investigación el hecho de que un día antes del hallazgo de los cadáveres el Senado norteamericano difundiera un informe en el que se denunciaba a tres bancos de primera línea de haber participado en operaciones de lavado de dinero en la Argentina.

Alejandro Taranto, de pie, habla con testigos en el Juzgado de Dolores, el 28 de febrero de 2001

Alejandro Taranto, de pie, habla con testigos en el Juzgado de Dolores, el 28 de febrero de 2001 Fuente: Archivo

Uno de esos bamnos era el Citibank y aquella nota se refería a Perel como  “colaborador” suyo.Los investigadores sospecharon que al financista lo habrían matado por delatar a los responsables de esas maniobras de lavado de dinero.

Perel trabajaba para AntFactory, una empresa fundada en octubre de 1999 que, según declaró el jefe de Perel en la compañía, Julio Franklin Hardy, tenía como accionista l Citibank.

Además, había trabajado en el Banco Mercurio (de Jacobo “Jacques” Benadon, antiguo socio de Salomón Carlos Cheb Terrab) denunciado, en 2001 por Maximiliano Rusconi –entonces, titular de la Unidad Fiscal de Investigaciones de Delitos Tributarios y Contrabando (Ufitco)– por haber pagado coimas a un funcionario de la DGI para que le cerraran una causa de evasión.

La revisión de las cinco agendas electrónicas y de las computadoras de Perel le dio a la fiscal María Claudia Castro 50 nombres de potenciales testigos. José Luis Dafte, asistente de Perel en AntFactory, fue de los primeros en presentarse en Dolores. Le contó que dos días antes de irse a Cariló Perel había enviado dos paquetes a los Estados Unidos. Uno, destinado a Jim Smith, empleado de la sucursal del HSBC Republic International Bank situada en South Boulevard Biscayne 2, Miami.

La pista norteamericana

La fiscal, a través de la Cancillería y de la embajada de los Estados Unidos, solicitó la colaboración del FBI para saber qué contenía ese paquete y si estaba relacionado con su caso. La investigación del FBI, realizada por los agentes Óscar Montoto y Joseph Jeziorsky, determinó que Jim Smith efectivamente trabajaba en dicha sucursal y que había recibido el paquete de Perel. Pero Smith se negó a revelar su contenido y derivó a los federales con la Unidad Legal del banco, en Buffalo.

Fotografía de archivo del financista Mariano Perel

Fotografía de archivo del financista Mariano Perel

 

Allí les respondieron que los abogados del banco habían dado instrucciones de no entregar ningún paquete ni conceder entrevistas a los agentes del FBI a menos de que existiera una orden judicial.

Desde la oficina de Miami del FBI se comunicaron con el fiscal federal adjunto, Greg Munzon, quien luego de discutir el caso con su jefe, el fiscal federal Michael Burke, y con la oficina de Asuntos Internacionales de la Secretaría de Justicia en Washington, concluyó que “debido a que el delito no se había cometido en los Estados Unidos sería algo excesivo dictar una orden que obligara al HSBC a entregar el contenido de un paquete“. Eso clausuró la pista norteamericana del caso.

No obstante, uno de los agentes obtuvo un dato importante. Richard Lund, presidente de SR Technologies, le dijo a uno de los agentes del FBI que había conocido a Perel porque le había comprado equipos para vigilancia electrónica de teléfonos celulares para ser usados en la problemática frontera entre la Argentina, Brasil y Paraguay.

“Esa compra fue aprobada por funcionarios del más alto nivel del Gobierno argentino –declaró entonces aquel empresario–. El dinero fue transferido por el señor Doglioli, directamente a las cuentas bancarias de mi compañía”.

Esta declaración confirmaría el vínculo entre Perel y la Sala Patria de la ex SIDE, que supuestamente integraba Carlos Doglioli, coronel retirado del Ejército. Según Lund, cuando viajó a la Argentina Doglioli “lo esperó en el aeropuerto de Ezeiza y lo hizo pasar por Migraciones y por la Aduana sin que tuviera que hacer nada”.

Eduardo Matías de la Cruz, Procurador General de la Corte, junto a Osvaldo Dameno y Jorge Amorín de la policía judicial, a la salida de una conferencia de prensa sobre el caso Perel, el 26 de febrero de 2001

Eduardo Matías de la Cruz, Procurador General de la Corte, junto a Osvaldo Dameno y Jorge Amorín de la policía judicial, a la salida de una conferencia de prensa sobre el caso Perel, el 26 de febrero de 2001 Fuente: Archivo

En los 51 cuerpos y 40 anexos de la causa 26965, se incorporaron muchas pruebas sobre supuesto lavado de dinero, evasión impositiva e internas de los servicios de inteligencia, que fueron derivadas a la Justicia federal. Pero, entre tanta información, no hay datos que permitan dilucidar las muertes de Puerto Hamlet.

Conclusiones en duda

Al principio de la investigación, uno de los tres forenses que hizo la autopsia de Perel afirmó que no tenía dudas de que el financista había sido asesinado. Una semana después, ante la fiscal, aclaró: “Si bien el hecho y las circunstancias de análisis presentan características homicidas no lo puedo afirmar y es posible que por un error semántico lo hubiera consignado de manera categórica”.

Las deudas agobiantes de Perel podrían ser un motivo para que decidiera quitarse la vida. Su colaborador, Dafte, preguntó, al enterarse de la muerte del financista: “¿Quién va a pagar lo que debe?”. Eran US$60.000. Tenía deudas por casi un millón de dólares. Un amigo le había dado US$ 300.000 para que los depositara en una financiera y Perel, según Dafte, los utilizó para pagar deudas.

La declaración de su jefe en AntFactory demostró que Perel quería obtener dinero a cualquier precio. “Me llamó para desayunar en La Biela y me propuso que le pagara US$200.000 para irse de la empresa. Yo le respondí que, de ninguna manera le pagaría esa suma de dinero, porque no formaba parte del acuerdo y porque llevaba menos de cinco meses en el trabajo donde cobraba US$ 10.000 por mes”, expresó Julio Hardy.

Al revisar los cuerpos, los forenses hallaron la carne sin digerir en los estómagos de las víctimas. A partir de esta certeza se abonó la presunción de que Perel y su esposa habían muerto entre las 22 y la medianoche del 3 de febrero.

Foto familiar de Mariano Perel

Foto familiar de Mariano Perel Fuente: Archivo de La Nación

Perel acostumbraba alojarse en otro complejo de cabañas cuando iba a Cariló. Se trata de un complejo con mayores medidas de seguridad y cámaras. Pero, ese fin de semana, el financista eligió un hotel sin tanta vigilancia.

Al contrario de lo que ocurrió con otros casos similares, nadie reclamó por el esclarecimiento de las muertes de Perel y de su esposa. Sus hijos, Johnatan y Valeria, no se presentaron como particulares damnificados o querellantes.

La única presentación en el expediente del hijo –que es cineasta– consistió en reclamar la entrega de la camioneta Jeep Gran Cherokee, patente ANA 908, con la que su madre y su padre habían llegado a Puerto Hamlet.

Perel se ocupó de los detalles que hicieron que su muerte fuera un misterio. De hecho, instaló un virus en su computadora para que se borrara su contenido. Así desaparecieron 840 archivos. Los peritos informáticos del caso hicieron una copia espejo del disco rígido de la Sony Vaio. Al revisar el archivo “AMACI-1.doc”, supieron que la nota de “I am a gringou collaborator…” había sido impresa el día anterior a la partida de Perel a Cariló, a las 17.35, en la empresa en la que trabajaba. ¿La redactó y la imprimió el mismo, para despistar?. Quizás. Ya nunca se sabrá.

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Banqueros y un arquitecto, pariente político de Menem y de Macri

En su libro El Banquero. Raúl Moneta, un amigo del poder en la ruta del lavado de dinero” (Planeta, 2001, el mismo año de la muerte de Perel), Susana Viau destacó que el Banco República, del finado Raúl Moneta, hizo “importantes operaciones con el Republic National Bank de Gran Caimán, cuyo representante era (Carlos) Basilico”. Y continuó así (los paréntesis son míos): “El Republic National Bank era un banco norteamericano de propiedad de Edmond Safra, el banquero que moriría ahumado en la Costa Azul a causa de un (presunto) ataque de locura de su enfermero, un marine norteamericano (luego de haberle vendido su banco al HSBC). Safra estaba sospechado de haber canalizado el dinero de la mafia rusa y luego, bajo presión, haber entregado esa informacón a los servicios secretos norteamericanos. Tenía profundos vínculos con Brasil y la Argentina, hasta el punto de que, tras su asesinato, una ristra de condolencias aparecíó en la sección de obituarios del diario La Nación (entre ellos los de) Jacques Benadon, dueño del Banco Mercurio, y (de) Alberto (Artemio) Rossi y su esposa Zoraida (Awada, hermana mayor de Juliana y madrina de su casamiento con Mauricio Macri). Rossi (socio en variados emprendimientos de Monzer al Kassar y Emir Yoma ) es el arquitecto que, en calidad de sobrino político de Carlos Menem, refaccionó (la residencia presidencial de) Olivos, la Casa Rosada y construyó en Anillaco la Rosadita (un gran aeropuerto) y la Aguada de las alturas en Anillaco, nombre cuya fonética suena igual a Awada…”.

*   Sobre Rossi y los Awada pueden recabar mucha y buena información aquí: http://www.noticiascuyo.com/shop/detallenot.asp?notid=18519

¿La madre del borrego?

En enero de 2005, Daniel Schnitman publicó en su blog La Voz y la Opinión, el siguiente texto:

La revista veintitrés publicó a principios de este año un informe de Walter Goobar: “El testigo indiscreto”. Un nuevo testimonio complica la situación de Emir Yoma en la causa por el contrabando de armas”. Dice el copete: Se llama Carlos Alberto Gueimunde. Es primo de un ex asesor de Carlos Menem. Vincula al ex cuñado del ex presidente con el financista Mariano Perel, asesinado en 2001. No es la única mala noticia para el jefe del Clan Yoma: la Aduana pidió su procesamiento. Y añade en textos destacados: Hasta ahora nadie había mencionado que Perel conociera a Yoma. Mucho menos, que fuera su financista. Y también: “Por este tema ya he sido tiroteado cuatro veces”, se quejó el flamante testigo ante el magistrado”.

Alguna ficha de este dominó. faltaba y alguien la encontró: Mariano Perel fue el financista y el cerebro que diseñó el tráfico de armas hacia Croacia y “de todos los movimientos de dinero off-shore” decididos por Emir Yoma.

Con la anuencia de Carlos Menem, Yoma fue el jefe operativo de ese tráfico desde la orilla Argentina, mientras que el traficante internacional Monzer Al Kassar era su contraparte en la otra, según confirmó en sede judicial un testigo visual de aquel tráfico.

El colega Juan J. Salinas entrevistó luego de la bomba a la embajada de Israel a Mariano Perel en las oficinas del grupo Garfunkel luego de que Horacio Verbitsky se lo señalara como “el hombre de contacto del Mossad”.

Perel fue asesinado junto a su esposa en un apart-hotel de Cariló hace más de tres años.

La participación del Mossad en estos tráficos fueron hechos por la misma red armada una década atrás para participar en el affaire Irán-contras, affaire que se inició a causa de la necesidad del espionaje israelí de volver a tener fuentes en el gobierno de Teherán, tras el derrocamiento del Sha Rezha Palevi y la instauración de una “República islámica” encabezada por el ayatolá Rulloah Jomeini.

Poco después, un notorio protagonista de esa trama, Al Kassar ya le había vendido a la Fuerza Aérea argentina aviones Dagger-Mirage procedentes de la aviación israelí.

Perel diseñó el esquema, y como es sabido, Pedro Stier (Multicambio), el cambista de Yoma, y de la banda de Rubén Beraja, se encargó de efectivizar las triangulaciones.

Pistas que no se siguieron

Perel y su esposa fueron encontrados muertos el 4 de febrero. Perel era un especialista en finanzas –y especialmente en lavado de dinero-, y al mismo tiempo un vocero oficioso del Mossad. Dos testigos dijeron que Perel les había dicho muy angustiado el 1 de febrero que le habían robado o había perdido su computadora portátil, pero que horas después la había recuperado. Según las pericias que se hicieron sobre esa PC, Perel -o quien haya la tenido en aquellas horas- grabaron un disco compacto, borraron unos 1.800 archivos y dejaron el siguiente mensaje: “I’m a gringo Citicorp collaborator killed for non payment of ramson bu Citycorp an Factory Group)” (sic). Era “un mensaje casi calcado de otro aparecido horas antes sobre el cuerpo de un ingeniero petrolero norteamericano secuestrado en la frontera entre Ecuador y Colombia, informó el diario La Capital de Rosario1.

Antfactory (literalmente, “fábrica de hormigas”), la empresa para la que en los últimos tiempos trabajaba Perel, se había conformado recientemente (en 1999) en Londres cuando anunció con bombos y platillos que tenía 500 millones de dólares para invertir en Internet, y en julio de 2000 había anunciado su asociación con Citicorp Venture Group. Antfactory era un tipo de empresa (de las llamadas “incubadoras” por dedicarse a financiar proyectos para la red con la intención de venderlos ya en funcionamiento o participar de las ganancias, ideales para lavar grandes sumas de dinero) de las que florecían en aquellos tiempos de idolatría de Internet, antes de la pinchadura de la burbuja especulativa.

La crónica de La Capital recordó que Perel era “un ex periodista (había sido camarógrafo de Canal 13, para quien cubrió “El Cordobazo” en 1969 junto al periodista Sergio Villarroel, que muchos años después sería el jefe de prensa de Alfredo Yabrán) y tres décadas largas después, había hecho cámaras ocultas para Telenoche Investiga, en el mismo canal) tan vinculado al Mossad como a la CIA, que se habría convertido en un lavador de dinero de cualquier procedencia” y cuyos “talentos de ‘ingeniería financiera’ se extendían a la asesoría a grandes empresas en materia de evadir al fisco”. También señaló esa crónica que “en los últimos tiempos Perel había hecho viajes ultrasecretos (no los conocían sus familiares directos) a Colombia y la Amazonia peruana”, viajes que se explicarían “por las actividades que también desarrollaba como traficante de armas, ya que se lo asocia con el contrabando de armamento hacia Ecuador”.

Pero la pista más alucinante que se encuentra en investigación –continuaba la crónica- era la que vinculaba al muerto “con las grabaciones (clandestinas) que hace tres años se efectuaron en los teléfonos particulares del hogar de Fernando de la Rúa. Como se recordará, aquellas grabaciones, publicadas por el diario Perfil, pusieron en crisis la carrera política del actual Presidente al hacer descender hacia (su esposa) Inés Pertiné la sospecha de que aceptaba canonjías de un empresario (Saul Liberman) y que sus hijos varones” se procuraban “la aprobación de sus exámenes universitarios” presionando a sus profesores. “Pues bien –finalizaba la crónica- hay investigadores que creen firmemente que fue Perel quien ‘pinchó’ los teléfonos de la casa de De la Rúa y que lo hizo por encargo del propio empresario involucrado ‘que estaba asociado a (el fallecido Alfredo) Yabrán en sospechosos negocios con Colombia’ y que fue también el propio Perel quien le vendió esas grabaciones a Perfil”.

Perel se había especializado en estas labores durante los largos años que había trabajado en sociedad con un ex director de Contrainteligencia de la SIDE, Carlos Doglioli (en una agencia de seguridad llamada Jac), relación que había terminado muy mal. A poco de morir Perel, se conoció un largo escrito suyo, redactado un lustro atrás, en el que relataba con lujo de detalles el modo en que el Banco Mercurio, de Jacques Benadon (en el que había trabajado como socio minoritario durante muchos años) lavaba dinero, fabricaba falsas pérdidas y/o ganancias para grandes empresas (como los supermercados Coto, la imprenta Ciccone Calcográfica y las compañías de seguros Omega y Cénit) deseosas de burlar al fisco. Se trataba de un auténtico manual de la evasión.

Nota

1 “Relacionan el asesinato de Perel con el de un estadounidense en Colombia. El mensaje dejado en la computadora del financista coincide con otro dejado en el cadáver de un petrolero”. Domingo 18 de febrero de 2001.

 


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