UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO. El alucinante testimonio de Patricia Isasa

Nota publicada en 2001. Diario “La Capital” de Rosario.

La denunciante Patricia Isasa, en primera persona

 
“Yo le dí captura a todos estos tipos”
.

Dice la arquitecta Patricia Isasa, la primera denunciante ante el juez Baltasar Garzón del ex juez federal Víctor Hermes Brusa y un grupo de policías santafesinos que durante la dictadura secuestraron, torturaron, violaron y mataron. Tras declarar el viernes ante el juez federal Gabriel Cavallo y ante la posibilidad de que intentara escapar, Brusa fue remitido al Escuadrón de la Gendarmería Nacional de Palermo, donde ya se encontraba detenido desde el día anterior el oficial de inteligencia Eduardo Alberto “El Curro” Ramos, quién registra antecedentes como asaltante a mano armada y violador. Isasa, una de las  víctimas de ambos, explicó el viernes pasado, en las oficina de la sede central de la CTA en Buenos Aires –donde trabaja como encargada de relaciones internacionales- cómo logró que estén en prisión.  

(Testimonio tomado por Juan Salinas)

Ahora tengo 41 años, pero sólo tenía 16, estaba en cuarto año del secundario y era militante de la UES cuando el 30 de julio de 1976 un grupo de tareas me secuestró y llevó a la comisaría 1ª de Santa Fe. Ahí conocí a Ramos, que actuaba a cara descubierta y era uno de los dos interrogadores, que se alternaban en cumplír los roles de ‘el bueno’ y ‘el malo’ con “El Pollo”, que -mucho después pude averiguar- era Héctor Romeo Colombini.

Ramos hacía de malo muy bien: era muy cruel, muy duro, terrible. Después me trasladaron a la comisaría 4ª, que funcionaba como un centro de torturas y exterminio. Ahí, las condiciones en que nos mantenían a los prisioneros eran absolutamente aberrantes. Estábamos en celdas muy pequeña, individuales e incluso había una minúscula, de 90 centímetros por 1,40 en la que estuvo Beatriz, una compañera embarazada de siete meses. Por única comida nos daban mondongo hervido en una lata de dulce y nos sacaban una sola vez al día para ir al baño después de mucho pedir. 

“El Curro” Ramos a fines de los 80 o comienzos de los 90.

Ahí era un griterío constante, sobre todo de noche, cuando llegaban los grupos de tareas a interrogar, es decir a torturar. Nos tenían a todos desnudos, encapuchados, nos daban picana y hubo muchos casos de violaciones. La sobrevida fue del 50 por ciento. Es decir que la mitad de los compañeros que pasamos por ahí quedamos vivos, pero la otra mitad permanece desaparecida.

Las noches eran espeluznantes. Escuchábamos todo con absoluta nitidez, los golpes, los alaridos de dolor, las súplicas de las violadas. Cada vez que escuchabas que venían a buscar a alguién me ponía muy tensa porque por ahí me tocaba a mi, pero cuando escuchaba que buscaban a quien estaba en la celda de al lado, sentía cierto alivio. Claro que cuando después escuchabas que traían arrastrando a ese compañero o compañera, cuando terminaban los gritos, te ponías remal… hasta que llegaba un momento que el hecho de que te tocara a vos te aliviaba. Te decías, “bueno, por fin llegó la hora”.

El jefe del campo era Mario José Facino. El mismo reconoció esa responsabilidad y alegó que la comisaría dependía del Segundo Cuerpo de Ejército y del área 212, cuyo jefe era el coronel Juan Orlando Rolón. En esa comisaría estuve poco, entre tres y cuatro días. Después me llevaron a la Guardia de Infantería Reforzada, conocida como GIR, un cuartel. Un lugar siniestro si los hay, espantoso, horripilante. Era un campo grande, en el que se concentraba mucha gente, y estaba a cargo del comisario Juan Calixto Perizotti.

Hubo un momento en que éramos 60 mujeres en 36 metros cuadrados y lo único que teníamos para higienizarnos era una canilla y una latita. Era un hacinamiento absoluto y no sabíamos cuando era de día y cuando de noche. Así pasamos dos meses, fue una experiencia muy cruda. Después pasé cuatro meses con otras cuatro chicas en una celda de 2 metros x 4.

La secretaría de Perizotti era María Eva Aevi, una mina particularmente cruel, sádica, a la que le teníamos verdadero terror. Ella se encargaba de los traslados de detenidos y sabe dónde se fusiló gente y dónde están sus cuerpos. Conoce las fosas comunes, sabe dónde estaban los campos de concentración y dónde los de exterminio. Lo sabe casi todo.

Brusa me vino a ver cuando estaba en la GIR haciéndose pasar por psicólogo. Me llevaron a un escritorio de la guardia y me pusieron frente a él, y él me dijeron que me iba a ver un psicólogo. El tipo estaba bien vestido, atildado, y yo me lo creí, y cuando estuvimos a solas le dije: “Usted que es psicólogo, por favor avise a nuestras familias” y le conté todo lo que estaba pasando, cómo había sido mi detención, la tortura, e incluso le di los pocos nombres de personas que había podido identificar. Y cuando termine de decírselo, se me mató de risa en la cara.

Brusa era entonces auxiliar del Juzgado Federal de Santa Fe y otros testimonios dejan claro que era habitual que visitase a los detenidos-desaparecidos en los campos de concentración, donde recibía denuncias que sistemáticamente obviaba e incluso les pedía a los que volvían de la tortura que le contasen sus penas, que confiaran en él.

Estuve tres meses desaparecida. Después estuve dos años y dos meses a disposición del Poder Ejecutivo, es decir, de Videla. Seguía en la GIR pero ya en condición de prisionera “legal” si se puede decir tal cosa. Quiero decir que mi familia sabía dónde estaba, y aunque las condiciones de detención eran horribles, no se podían comparar con las sufridas antes.

Esto fue así porque a mediados de enero de 1977 la Cruz Roja Internacional inspeccionó la GIR. Previamente a su llegada se hicieron muchos traslados, se limpió el lugar, hicieron arreglos, abrieron ventanas, nos dieron un recreo semanal, la posibilidad de un contacto con familiares cada 15 días. En fin, que se nos reconoció como prisioneros “legales”.

Mi primera denuncia fue entonces, ante la Cruz Roja. Yo no estaba segura entonces de si prosperaría pero muchos años después obtuve una constancia de la Cruz Roja de aquella entrevista; de que constataron las condiciones de mi detención y de que mi denuncia está en los archivos de la Cruz Roja en Ginebra.

Fui liberada en septiembre de 1978, pero el 2 de julio de 1979 me secuestraron otra vez. Había retomado el colegio secundario y había estado juntado firmas de familiares de detenidos-desaparecidos para presentar ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y me volvieron a secuestrar, y a llevarme otra vez a la GIR, como la vez anterior, en un primer piso, pero era un lugar en el que jamás había estado: sucede que la GIR era muy grande.

El día anterior había explotado una bomba en el Juzgado Federal, casualmente en la secretaría de Brusa, porque Brusa, gracias a todos los méritos que había hecho, ya era secretario. Con el pretexto de esa bomba me secuestran a mi y a otras cuatro personas. Y el “interrogatorio” consistía en querer obligarnos a firmar una declaración en la que describíamos con todo detalle cómo se había puesto esa bomba. Con lo que era evidente que la bomba la habían puesto ellos mismos, quizá porque era la época de la desgraciada “contraofensiva” de los Montoneros y querían hacer méritos.

En ese lugar había entre treinta y cuarenta personas y salimos vivas cuatro. No pudimos hacer el cálculo exacto porque estuvimos permanentemente encapuchados, pero las escuchábamos y pudimos ver algunas. Y todas, todas esas personas, que yo sepa, permanecen desaparecidas.

Insistían en que teníamos que hacernos cargo de haber puesto la bomba, que habíamos fabricado de tal y tal manera, y la habíamos colocado de tal modo. En un momento me cansé y no sé, sería que tenía 19 años y no medía las consecuencias de mis actos, que estaba harta de ese juego psicótico, que estallé. “Basta, basta, me cansé, terminemos con esto”, grité. Estaba decidida. No quería escuchar más pelotudeces.

“Yo no juego más este juego, basta”, grité. Estaba jugada. Y entonces se hizo un silencio y alguién me apoyó una pistola sobre la cabeza. Y gatilló. En vacío, claro, si no no estaría contándolo. Y ya no dijeron una palabra más.

Me sacaron, y me llevaron a otro lugar, siempre dentro de la  CIR, siempre esposada y encapuchada. Al rato me metieron en una habitación, me hicieron sentar y un tipo me dijo: “Sacate la capucha”. Yo me negué, porque sacarse la capucha equivalía a una sentencia de muerte. Pero el tipo me sacó las esposas y me insistió: “Sacate la capucha porque a mi me conocés”.

Era Perizotti, estaba de uniforme y yo me quedé helada. Había un plato con sopa delante de mi y me invitó a tomarla. Pensé que era muy siniestro que me dieran una sopa antes de matarme. Y después me volvió a poner la capucha, y las esposas. Y al rato me vinieron a buscar, me hicieron bajar unas escaleras, me llevaron a una habitación y me sacaron la capucha y las esposas. No entendía nada porque seguía pensando que me trasladaban: que me vendrían a buscar en un camión, me llevarían a un campo y me pegarían un tiro en la cabeza. Que haber zafado del primer secuestro había sido una suerte enorme, pero que era imposible zafar una segunda vez.

Pero me equivoqué: apareció Perizotti, me hizo pasar a otra habitación y me encontré con mis padres. Perizotti me anunció que me iba con ellos, en libertad. Era el 5 de julio.

Mi secuestro no había tenido otro sentido que demostrar que podían detenernos cuando quisieran.

Pienso que para entonces ya habían perdido el rumbo. Que no sabían qué hacer con cada uno de nosotros, los que habíamos estado desaparecidos y seguíamos vivos. Que más allá de exterminar al peronismo y a la izquierda revolucionarias, no sabían qué hacer. Que estaban como bola sin manija.

Cuando me soltaron me vine a Buenos Aires, al exilio de Buenos Aires. Y me puse a estudiar arquitectura, una carrera reparadora, constructiva. Y cuando llegó la democracia le conté todo lo que sabía a la Conadep. Todos esos años colaboré con los organismos de Derechos Humanos en general, con Familiares, con las Madres, aunque sin pertenecer a ninguno de ellos.

En 1996 viajé a  Europa y me pensaba quedar, pero mi madre enfermó de cáncer y regresé a Santa Fe. Ese año comenzaron los juicios de Madrid, yo ya tenía pensado ir a declarar y mi vieja, que murió al año siguiente, fue la que convenció de que tenía que hacerlo. Ella me ayudó, siempre me ayudó. Murió en 1998, pero muerta y todo igual sigue ayudándome.

Mientras cuidaba a mi vieja, investigué y reuní testimonios acerca de toda aquella historia. Recopilé nombres, apellidos, domicilios. Descubrí que Ramos había estado preso durante la dictadura porque había armado una banda de policía que robaban estaciones de servicio y moteles, que habían seguido con su costumbre de los abusos sexuales, las violaciones, que incluso había violado a un pibe de 14 años. Que era un perro cebado y que incluso lo habían exonerado de la policía. Que le habían dado una condena de 19 años, que después se la redujeron a diez y que al final salió en libertad en 1983 y que enseguida entró a trabajar para la Municipalidad de Santa Fe, aunque su contratación era manifiestamente ilegal. Y, también, que había sido candidato del Modín riquista.

Después viajé a Madrid y el 25 de septiembre de 1998 presté declaración ante el juez (Baltasar) Garzón. Le presenté 1.200 fojas de documentación, incluyendo la causa completa de Ramos, la de la policía en la que figura como oficial del D-2 (Inteligencia), los nombres, apellidos y cargos de estos tipos, los decretos de nombramiento, habeas corpus, todo.

Fue muy emocionante. Cuando termine de declarar, veo que Carly Slepoy (el abogado argentino residente en Madrid, motor de la Asociación Pro Derechos Humanos y de la acusación particular) estaba llorando y que el secretario, que hacía un gran esfuerzo por mantener la compostura, estaba lagrimeando. Y entonces Garzón se puso de pie y me dijo: “Señora ¿qué puedo hacer por usted?” Y yo lo miré a los ojos y le dije: “Por favor, pida las capturas”.

Pasaron tres años pero hoy todos están a disposición del juez (Gabriel Cavallo) y Brusa y Ramos están presos en la Gendarmería con posibilidades ciertas de que se cumpla el pedido de extradición formulado por España. Hoy es un día de justicia.

Hoy por la mañana nos reunimos con el juez Cavallo. Nora Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora y la abogada Susana García Iglesias -a la llamamos cariñosamente “La Gallega”, que tiene a sus dos padres desaparecidos y que al igual que Carly es una gran impulsora de la acusación particular en los juicios de Madrid- y yo. Y el juez nos dijo que va a concederá la extradición. Ahora, quien tiene la palabra es el Poder Ejecutivo, es decir, el presidente De la Rúa. Y una de dos: o bien los extraditan, o bien los juzgan acá.

“Brusa es un trepador”

Patricia Isasa dice que Víctor Brusa participaba de la represión como modo de trepar en la carrera judicial, y que presenciaba habitualmente las sesiones de tortura en la comisaría 4ª.

Narra que cuando estaba en la CIR y ya había sido “legalizada”, llegaron a ese lugar dos grupos de prisioneros que habían sido traídos clandestinamente, uno de muchachas, procedentes de Villa Devoto, y otro de muchachos, procedentes de Coronda.

“Primero los trajeron a la GIR, y después los llevaron a la comisaría 4ª, dónde los torturaron a todos. Cuando estaban a la GIR había órdenes muy estrictas de impedir que se comunicaran con nosotras, pero la carcelera se durmió, quedó tirada en el pasillo, entre ellas y nosotras. Y entonces yo, que tengo la manita flaca, la saqué y así logré introducir en la celda de ellas un papelito, en la que les proponíamos comunicarnos a través del baño”, narra.

“Al tiempo las llevaron a ellas al baño, y unas horas después nos llevaron a nosotras, y ahí encontramos con un papelito que no habían dejado: una lista de quienes eran”, continuá.

Explica que dio la casualidad que ese día las presas menores y “legales” tenían visita, y pudo pasarle “la lista a mi mamá, explicándole que ahí estaban Fulana, Mengana y Zutana, que las habían traído clandestinamente y que creía probable que las fueran a matar”.

Comenta que entre las muchachas traídas de Devoto había algunas de Reconquista, y que sus familiares ya las estaban buscando. Y que poco después las llevaron a la comisaría 4ª y las torturaron, “creo el hecho de que estos familiares supieran que estaban en Santa Fe terminó haciendo que legalizasen su situación”.

Patricia dice que cuando estas chicas estaban siendo torturadas en la comisaría 4ª a una se le corrió la venda que tenía sobre los ojos y pudo ver así “a Brusa, que para entonces ya era prosecretario”.

Y agrega que cuando los muchachos salían de la tortura “mojados, muy doloridos, apenas los desataban y les tiraban una camisa y un pantalón, cuando estaban descalzos, sin ropa interior, remal, Brusa intentó tomarles declaración, diciéndoles que era para el juzgado federal. A lo cual los chicos le dijeron que acababan de golpearlos, de salír de la picana y que estaban muy mal, cosa que, por supuesto, Brusa omitió denunciar”.

A otro grupo de prisioneros, sigue diciendo, les pasó algo parecido, y “al apretarlos para que declarasen, Brusa puso un arma sobre el escritorio. Porque adentro de la comisaría 4º, Brusa andaba armado, en esto coinciden varias declaraciones”.

Su conclusión es que Brusa hacía “méritos” para favorecer su carrera judicial. “Utilizaba todo esto para trepar, para ascender. Escalaba posiciones sobre los cuerpos de los desaparecidos”.

Indiana resultó mujer

Patricia Indiana Isasa es una auténtica heroína. Cuando se produjo el golpe militar de marzo de 1976, tenía 16 años y era una estudiante secundaria de la ciudad de Santa Fe.  Entonces fue secuestrada junto a algunos de sus compañeros de la UES y torturada al igual que sucedió en La Plata con los infortunados adolescentes de “La Noche de los lápices”. Pero, tras pasar por varios lugares de detención, logró que la dejaran ir… algo de lo que todavía sus verdugos  deben estar arrepintiéndose.

Porque años después, tras recibirse de arquitecta y vivir muchos años en Londres, Patricia regresó, se puso a investigar a partir de un solo dato (que uno de sus captores había estado preso posteriormente por ladrón y violador) y logró identificar a todos los que la habían atormentado cuando era casi una niña y vivía en las penumbras, con la cabeza siempre encapuchada. 

Había entre ellos policías violadores, una  mujer de un sadismo sin par y un secretario de juzgado que gustaba hacerse pasar por psicólogo frente a los adolescentes inermes u que ya en democracia había ascendido nada menos que a juez federal. Las denuncias y declaraciones de Patricia hicieron que aquellos policías fueran detenidos y sigan actualmente procesados. Y colaboraron decisivamente para que el juez inicuo fuera destituido de su cargo.

Quien escribe no conoce otra historia de sobrevivientes de campos de concentración y exterminio que hayan conseguido identificar, detener y enjuiciar a sus verdugos.

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