CHICHE GELBLUNG: “Mientras mataban a nuestros enemigos estuvo todo bien”

Hace dos años le hice una entrevista a Chiche Gelblung. Fue tapa de la revista Sociedad, dónde entonces trabajaba: un remanente del desaparecido semanario Poder que acompañaba las ediciones sabatinas de los diarios del Grupo Vila-Manzano. En su curso le pregunté a Gelblung por Enrique “Jarito” Walker, compañero suyo en la redacción de Gente donde fue uno de los periodistas-estrella. Walker se desempeñó luego en Nuevo Hombre, El Descamisado y otros medios comprometidos, y a mediados de 1976 fue secuestrado y desaparecido. En el curso de la entrevista, como se verá, Gelblung dijo que los restos de Jarito aparecieron en Pilar, en lo que parece una obvia referencia a “La masacre de Fátima”.

Ésta se produjo cuando el grupo de tareas que actuaba en la Superintendencia de Seguridad Federal (SSF, vulgo “Coordina”, por Coordinación Federal, su antiguo nombre) de la calle Moreno 1417, al cumplirse los dos meses del estallido de una bomba en el comedor del edificio, y en represalia, sacó a 30 presos, veinte muchachos y diez muchachas, que tenía en sus calabozos por diversos motivos (estaba, entre las víctimas, por ejemplo, la mayor parte de la comisión interna de la fábrica Bendix)como “presos RAF”, esto es, que estaban “en el aire”, sin registrar, desaparecidos, los mataron a golpes y tiros, y en la madrugada del 20 de agosto de 1976 dinamitaron sus cuerpos en la localidad de Fátima, muy cerca de Pilar.

Más de diez de los muertos, quizá hasta acaso trece, permanecen sin identificar. Según Gelblung, uno de ellos es Walker (cuya biografía fue recientenente publicada por Laura Giussani en Edhasa bajo el título de Cazadores de luces y sombras). Publico a continuación la versión de la entrevista que encontré en mis archivos. Lo hago porque me acabo de enterar de que la familia de Walker no sabía de la existencia de esta entrevista (lo que no me extraña, porque al igual que Poder, la revista Sociedad nunca estuvo en internet) ni de los dichos de Gelblung. Y que ésta sería la primera noticia que tienen de que Jarito habría estado entre las víctimas de La masacre de Pilar. 

MEMORIAS -CHICHE GELBLUNG:


“Antes te compraban la vida, pero te la pagaban”



Campeón del infotainment (infodivertimento, dicen que ha de castellanizarse), Samuel “Chiche” Gelblung es un periodista polifacético. Autodidacta, se destaca en radio y TV y hasta en un diario electrónico, minutouno.com, tal como lo hizo inicialmente en los medios gráficos, a los que siempre está queriendo volver. Gelblung se considera un escéptico, pero muchos lo consideran un cínico. Sorprendió al apoyar críticamente al gobierno y sus retenciones frente al corte de rutas de estancieros y chacareros sojizados, pero rápidamente volvió al “impacto” que lo caracteriza y en los últimos días le tocó literalmente el culo a una corista uruguaya deseosa de demostrar que no tiene celulitis, discutió ácidamente con Gerardo Sofovich en defensa de Jorge Rial y defendió al cura Grassi. Aquí habla de sus orígenes y trata de explicar su principal talón de Aquiles: su adhesión a la dictadura más sanguinaria que asoló el país. 

– ¿Cómo fue tu infancia?

– Fue la peor etapa de mi vida. Mi papá tenía una curtiembre y fábrica de guantes y era comunista. La de mi madre era una familia judía más tradicional. Tenía trece años cuando un hermano mayor se puso de novio con una católica. Y eso desató un drama familiar: todos los días, a la hora de la siesta, mi abuela materna se ponía a rezongar y a llorar. Y lo hacía durante dos horas, sistemáticamente. Le echaba la culpa a papá de haber sido laxo en su judaísmo. Ese lloriqueo era insoportable. Tanto, que a los 14 años me fui de mi casa.
Aunque mi viejo era una buenísima persona y estaba muy enamorado de mi vieja, yo lo veía un poco calzonudo. Y cada vez lo fue más, quizá por la exclusión que sufrió por parte de la cole. Porque mi viejo se negó tozudamente a condenar a Stalin, y eso le valió una virtual excomunión. Hasta el punto de que, cuando murió, mi abuela, su madre, se plantó junto al cajón diciendo: “O va a un cementerio judío o de acá no sale”. Y a pesar de que tenía un tío materno que era secretario general de la AMIA, pasó un día y medio de cabildeos y negociaciones con el cuerpo de papá en la casa hasta que la abuela se salió con la suya y lo enterraron en La Tablada. 

– Estábamos en que a los 14 años te fuiste de tu casa…
– Uh, me fui a vivir a un depósito de huevos y trabajé de todo un poco. Vendía libros, vendía medias. Como no había hecho el secundario y no quería ser un zapato, tuve que darme una mecánica de estudio y comencé a pasar los sábados y domingos en la biblioteca de La Prensa. Me volví muy estudioso. Y tuve la suerte de recalar en la librería de Jorge Álvarez, en la calle Uruguay, cerca de Tribunales. Álvarez era un tipo muy talentoso y un gran editor. Y en su librería estaba todo lo que yo quería leer. Recuerdo que comencé con Los hijos de Sánchez, de Oscar Lewis, un libro sobre la historia de una familia pobre en la ciudad de México. Y que después me puse a leer a (el filósofo marxista francés Louis) Althusser… 

– Jorge Alvarez no sólo fue editor de libros: con su sello Mandioca fue quien hizo los primeros discos de Tanguito, Los Gatos, Manal, Vox Dei y otros grupos del naciente rock nacional…
– El mismo. Yo tenía 16 años. Viendo que juntaba manguito tras manguito para comprarle libros, me abrió una cuenta corriente: por una mensualidad fija podía llevarme todos los libros que necesitara leer. Eso me cambio la vida. 

– ¿Cómo te hiciste periodista?
– A fines de los ’60 me puse a estudiar en la Escuela Argentina de Periodismo, que ya desapareció. Era una escuela muy vinculada al peronismo, que estaba proscripto. Ahí obtuvieron su diploma Cherquis Bialo, Julio Ramos y Marcos Cytrimblum. Para ingresar, tuve que superar un pequeño inconveniente, porque era imprescindible tener hecho el tercer año del secundario… 

–¿Qué hiciste?
–Tenía un cura jesuita amigo, Toni Sojo, de El Salvador. El me aconsejó que dijera que había cursado el secundario ahí, y que el certificado se había extraviado. Y tal como me dijo Sojo que pasaría, jamás volvieron a pedírmelo. 

– Mientras estudiabas ¿colaborabas con algún medio?
– Sí, con la revista Gente, que había aparecido en 1965 y me encantaba. Hice banco como seis meses, hasta que el 28 de junio de 1966 los militares, con (el general Juan Carlos) Onganía a la cabeza, echaron al presidente (Arturo) Illía. Ese día me constituí en la redacción de la calle Azopardo. Ese día no me podrían decir que no necesitan gente. Y tal cual: me mandaron a cubrir al bando perdedor, a Illía y sus colaboradores. Illía se había refugiado en Martínez, en la casa de un hermano a la que conseguí entrar en medio de un grupo de la Juventud Radical de Avellaneda. Y así pude hacerle varias preguntas… hasta que alguien se dio cuenta de que yo no era correligionario, se armó un tumulto y me echaron. Pero la nota ya estaba hecha. El jefe de redacción de Gente, Raúl Urtizberea (papá de Max, conocido como “el abogado del Diablo”, que falleció hoy) quedó sorprendido. “Que se quede una semana más”, dijo. Y me quedé 15 años. 

– Dicen que la redacción de Gente de fines de los ’60 era plural… y variopinta.
– Sí, los Vigil fueron muy abiertos. En Atlántida jamás hubo antisemitismo. Y ahí estaba (Miguel) Bonasso… 

– Yo tengo presente a Enrique ‘Jarito’ Walker, al que los militares hicieron desaparecer.
– En Gente tuvimos muchos desaparecidos. 

– Pero vos estabas en el bando de los desaparecedores ¿no?. Fuiste jefe de redacción de Gente muy joven, a los 26 años. Precisamente desde el 24 de marzo de 1976, el día del golpe. 

– No me avergüenza nada de lo que hice. Nadie me obligó. Era una época en la que todos creíamos estar en guerra, nos habían vendido una guerra y todos la habíamos comprado. Había que estar en un bando o en el otro. Y yo elegí. Hicimos una opción y fue la misma que adoptaron Clarín y La Nación. Pero es más fácil meterse con Gente que con los grandes diarios. Te lo repito: nosotros no hicimos nada que ellos no hicieran. 

– ¿No te hacés ninguna autocrítica?
– No. Hicimos lo que pudimos. Y todo estuvo bien mientras mataban a nuestros enemigos. Pero después empezaron a matar a nuestros amigos. Tené presente que a mi me metieron tres bombas. Dos explotaron, la tercera no. Y cuando vinieron los expertos de la Policía Federal, apenas la vieron, me dijeron que había sido colocada por “fuerzas propias”, no por la guerrilla… Massera me la quería dar. Hice lo que pude. Antes me hablabas de Jarito Walker: a mi me llamó el general Samuel Cáceres (sic), que había sido jefe de la Policía Federal (en 1972, durante la dictadura del teniente general Alejandro Agustín Lanusse) y me preguntó si Jarito era amigo mío. Le dije que sí, que aunque hacia años que no trabajaba en Gente, lo consideraba un amigo. Y Cáceres me dijo entonces que tenía tres días, 72 horas, para irse del país. Me apuré a ponerme en contacto con él y lo cité en la Cámara Argentina de la Construcción. Ahí, en el ascensor, le trasmití el mensaje. Y él me dijo: “Es lo único que te faltaba: ser el vocero de los secuestradores”. “Andá a la mierda”, le conteste, muy amargado. Pasó el plazo fijado y a Jarito lo chuparon en un cine de la avenida Rivadavia al cinco mil (Walker, efectivamente, fue secuestrado el 18 de julio de 1976 de la sala del cine Moreno). Sus restos aparecieron dinamitados en Pilar. 

– Antes me dijiste que para vos estaba todo bien hasta que empezaron a matar a tus amigos. ¿A quienes? 

– A Edgardo Sajón (antiguo vocero de la presidencia de Lanusse) y a Helena Holmberg (secretaria de la embajada argentina en París y amiga de Videla), por ejemplo. En aquellos épocas yo tenía custodia de la Superintendencia de Seguridad Federal y, la verdad, miraba a los policías con aprehensión. Pensaba: “En cualquier momento me secuestran a mi”. Varias veces (Aníbal) Vigil me pidió que me fuera del país. Me ofrecía trabajo en una pequeña editorial que Atlántida tenía en España, llamada Cosmos. Una vez me convenció y me fui, pero a los cinco meses regresé. 

– A veces sos tan reaccionario que es difícil de creer. Recuerdo que hace un par de años, cuando los pibes del Normal nº 9 de Callao y Corrientes salieron a la calle denunciando que el edificio estaba por desplomarse sobre sus cabezas, los tachaste de “guerrilleros”. Pero después un juez lo clausuró, dándole la razón a los alumnos...

 (Interrumpe) A mi los que me molestan son los adultos que no se hacen respetar, que les dicen a los pibes que todo es lo mismo cuando no es así…

–(interrumpo) Y decís que acusar al cura Grassi de pervertidor de menores fue “una infamia periodística” cuando muchos pensamos que está razonablemente probado que abusaba de los pupilos de su fundación “Felices los niños”.

– Mirá, sé perfectamente que los testimonios se inventan o sino se editan y que se te puede hacer decir lo contrario de lo que querés decir. Yo no sé si el cura es o no el Michael Jackson argentino. Lo que sé es que apretaron testigos como si fueran gusanos, y que la inmensa mayoría de los pibes de la calle que tenían su hogar en la fundación, lo perdió. Por lo que, aun suponiendo que Grassi no sea inocente, le cagaron la vida a cinco mil pendejos. 

-¿Qué valoración hacés del periodismo actual?
-Me gusta muy poco. Hay una camada de investigadores jóvenes muy solventes, pero de cero creatividad. Lo que a mi juicio tiene que ver con las pasantías, con la dictadura de lo barato. Y a la ruptura de la cadena de trasmisión del oficio: hoy ya no hay escuelitas, nadie te enseña nada”.

Chiche llama “escuelitas” a los grupos conformados en las antiguas redacciones entre periodistas veteranos y bisoños, un fenómeno que dice haber alentado siempre en Gente y que ya no se da, entre otros motivos, porque casi no hay periodistas que trabajen en un solo medio y tengan tiempo para confraternizar. –Los buenos periodistas son caros. El periodismo de mejor calidad se hacía en los años ’60 y ’70 con periodistas de dedicación exclusiva, gente que leía mucho, tipos que sabían. Que si la noticia era importante, estaban disponibles las 24 horas, los siete días de la semana. Hoy, muchos periodistas corren de un trabajo a otro y jamás tienen tiempo de leer nada. Claro que antes, te compraban la vida, pero te la pagaban: recuerdo que la primera vez que cobré en Gente me pagaron 2.500 dólares. Cuando vi esa plata toda junta, me metí en el baño a contarla, porque pensé que se habían equivocado. 

Una autoprofecía realizada (recuadro)

Amenazado por la guerrilla y por la Marina del almirante Massera, Gelblung se movió durante la dictadura con una escolta policial, época en la que recordó que no podía dejar de pensar que en cualquier momento uno de sus custodios podía secuestrarlo. Por lo visto desde entonces perdió un poco los reflejos, ya que hace ya casi tres meses tres asaltantes armados ingresaron a su casa del Abasto mientras él, su mujer y sus dos hijos veinteañeros dormían, los redujeron y les robaron distintas pertenencias, entre ellas, una pistola Glock de fabricación austríaca, la preferida de los jueces y ejecutivos. “Me sacaron las ganas de ser ciudadano de esta puta ciudad y de este país de mierda que no puede dar la mínima seguridad” estalló. Y agregó que más que robo común, pensaba en un “gran simulacro” para enviarle “un mensaje” no sólo a él sino también “a mis colegas, los periodistas”.

Sin embargo, hace unos pocos días, ante su estupor, la Policía Federal detuvo a su chofer y asistente personal desde hace 4 años, acusándolo de entregador. Como ya había detenido previamente a dos de los asaltantes, la PFA dio el caso como cerrado. Golpeado, Gelblung no quiso hablar del tema.

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