COCO BLAUSTEIN. La despedida en Parque de la Memoria al compañero documentalista

PS: Ayer se produjo el acto de recordación de Coco en el Parque de la Memoria. Fue casi casi multitudinario (a ojo de pájaro conté unas quinientas personas), y hubo muy pocos oradores (entre ellos, el ministro de Cultura, Tristán Bauer), el principal, el hermano mayor de Coco, Ariel Blaustein, un médico dermatólogo muy afable que también estuvo exiliado en Barcelona durante la dictadura. Su exposición narró, entre otras cosas, características y anécdotas de la niñez de Coco que no conocía especialmente (como su lucha tenaz contra el asma) y me hubiera gustado reproducir aquí, pero no se si alguien grabó los dichos de Ariel y yo estaba a suficiente distancia como para, viento mediante, entender no más que la mitad de lo que decía.

Si quieren tener una buena aproximación a Coco y su legado, lean esta nota de Télam y vean la “cola” (sinopsis dicen los uruguayos) de Cazadores de Utopias que contiene. Pero antes, por favor, lean lo que sigue.

Cuando recibí la noticia de su muerte, tuiteé lo siguiente como comentario de lo expresado por HIJOS (añado ahora en este azul Francia alguna cosa):

David “Coco” Blaustein fue militante del Movimiento de Accion Secundario (MAS) vinculado a las FAP desde fines de los 60, comienzos de los 70. Nos conocemos desde entonces, tenemos la misma edad y ambos éramos muy amigos de Carlos Guillermo “El Inglés” Ocampo y otros muchos compañeros desaparecidos.

Volvimos a encontrarnos en el exilio. A diferencia de su hermano el periodista Eduardo, alías “La Garza”, Coco pasó parte de su exilio en Barcelona y más en México. Cuando me casé casi en secreto, en febrero de 1978, estaba de visita en Barcelona y filmó el casamiento y al puñado de invitados saliendo del registro civil.

Fue con una camarita Super 8, y supongo que fue también uno de sus primeros “trabajos”. Cuando regresé a la Argentina, tuve la fortuna de que un amigo que se quedó allá, Pipo Dhers, me dio las llaves de su casa. Coco estaba incómodo en su casa paterna, lo invité a compartirla, así lo hizo y terminó por comprarla.

(Me dijeron ayer en Parque de la Memoria que era allí donde está su productora Zafra y que fue allí, a esa casa a la que nunca volví, donde lo encontraron desmayado).

Años después, me invitó a participar en Cazadores de Utopías, película en la que fui el único que mencionó al innombrable entonces en el poder y mi hermano Luis fue, lejos, el mejor participante. Mi participación en esa peli de ex montos y filomontos me fue muy útil porque luego de mi conchabo en el diario Nuevo Sur por Eduardo Luis Duhalde, terminó por desbaratar una ponzoñosa campaña destinada a destruirme por el único pecado de haber querido contar la verdad respecto al asalto al cuartel de La Tablada.

Estas pocas, sucintas anécdotas a vuelo de pájaro, unas pobres pinceladas solo pretenden acompañar a Eduardo (él y Coco también fueron mis compañeros en “El Porteño”, mi gran amor como periodista) y colaborar en mantener viva la memoria de quien sobrevivirá en sus documentales.

……

«Compañero del alma tan temprano»

¡Cuantas caras conocidas!

POR JORGE DORIO / ZOOM

Hay una línea de Miguel Hernández que, con los años, muchos prefieren recordar como estrofa de una canción.
El verso es apenas un vocativo querendón que dice:
“compañero del alma, tan temprano”.
La cita es como un poncho amigable para poner sobre los hombros de Coco Blaustein antes de empezar a hablarlo. Quiero dejar claro que lo de “tan temprano” no alude a los indescifrables caprichos del tiempo ni a los azares de las presencias.
Al hablar de Coco, el “tan temprano” remite a las cosas que él tenía en carpeta, con silueta borrosa, en boceto. Esas ideas que convertían el cruce casual en una esquina en una gozosa y prolongada tertulia. No sostuve con Coco una práctica amistosa cotidiana y regular. Lo que disfruté de él fueron decenas de encuentros y una legión de amigos comunes a muchos de los cuales preferí no llamar en estos días.
Ya hemos aprendido que los primeros días del dolor se visten dignamente con silencio. Por eso también quiero poner estas líneas lo más lejos posible de un obituario y sus géneros vecinos.
Los compañeros como Coco se merecen más bien una instantánea, un fotograma movedizo que vaya de su talento a nuestras cosas.
Aun así, pensando menos en los distraídos que en los más jóvenes, creo que es pertinente decir que Coco Blaustein es un pilar incuestionable de nuestro documentalismo, lo cual habla de su trabajo como albañil de la memoria, que es la casa de todos. Y, en tanto autor, no se puede eludir el rasgo central de toda su obra, que es el compromiso con los intereses populares: la militancia política que se modela en la fragua de la estética y del sentimiento.
Una amiga de ambos solía recordarlo en jornadas lejanas del exilio, orlado por colores mexicanos transitando el barrio de la Cineteca y los estudios Churubusco, concentrado, a veces taciturno. Y en el primer reflejo de su memoria fungía esa avidez de aprender el cine sin permitir que se moviera la brújula del objetivo clave que era la lucha popular. Todo él consistía en esa forma de transitar la vida.
Recuperemos por un momento su palabra:

«La memoria es pertinente por muchísimas razones. En primer lugar por una cuestión ética y moral hacia los compañeros que ya no están; en mi caso personal son muchos y los tengo presentes. También es pertinente la memoria para que no se repitan; hoy las Fuerzas Armadas no están en condiciones de amenazar la democracia, pero también es pertinente para que la democracia permita seguir juzgando la violencia institucional”.

Alguna noche, en ese tono de la conversación amistosa que los veteranos llaman “cachada”, le sugerí que cambiara la resonancia mitteleuropea de Blaustein y la suplantara por algo más nac & pop como Calfucurá, que al fin y al cabo quería decir lo mismo, Piedra Azul. El Coco se sonrió con esa condición que lo hacía impermeable a las provocaciones chuscas. Él sabía mejor que muchos lo innecesario de maquillajes y blasones.
Esa fortaleza, que también era inermidad, lo hacía un hombre generoso en el abrazo fraternal. Puedo recordar con vívido calor tres ocasiones de ese ritual y en los tres casos el paisaje es el edificio del Congreso. Es probable que el recuerdo sea veraz, ya que muchos de nuestros encuentros transcurrieron en las galerías de ese palacio. Y, para qué negarlo, es la locación más adecuada.
El motivo, en uno de los casos fue la ley de cine, circunstancia en la que yo rondaba un poco como cronista, que tiene un vestuario parecido al de peludo de regalo. La otra ocasión venía más cargada: fue la vigilia del festejo por la Ley de Medios. Coco venía del palacio y yo estaba volviendo para encontrarme con mi amigo Eric Calcagno. No hace falta que les diga el aura de solemnidad que se crea entre dos veteranos peronistas que se abrazan con los ojos enrojecidos, sin pudor de tanta emoción y también enmudecidos, incapaces de hablar con otra lengua que el abrazo.
Para meternos con la obra de Coco es necesario un raudo flashback hacia la prehistoria, que viene a ser 1984 (sí, como en la novela de Orwell). Eran esos días en que creíamos que la democracia había regresado y sólo se trataba de ejercerla. En el mes de marzo tuvimos con Martín Caparrós el privilegio de disfrutar junto a una pequeña multitud de oyentes, el horario de cero a dos en Radio Belgrano. Ya nos habían hecho saber que ese era un sitio menor de la grilla. Se equivocaban. Pero la mala noticia fue que comprobamos que la primavera democrática no tenían tantas chances de florecer. Había mucha gente a la que le daba vergüenza reivindicar el genocidio y la condición delincuencial del régimen golpista. Pero al mismo tiempo les daba miedo ser reconocidos como partícipes necesarios de los crímenes atroces cometidos desde el 76.
Un toldo que solía resultarles eficaz era la llamada “teoría de los dos demonios”. Desgraciadamente sé que no hace falta explicarla porque aún vive en titulares, micrófonos y pantallas.
Cuando Coco inició el rodaje de Cazadores de utopías algunos pensamos, ingenuamente, que a esa altura había cosas que podían pensarse nuevamente sin riesgo de escándalo y menos aún de vida.
Hubo una infinidad de noches que hablamos acerca de esa especie de pantano dialéctico, con Elvio Vitali, dueño de la librería Gandhi (foto), entrevistado axial de la película, y uno de mis más entrañables amigos. Nuestras perspectivas variaban todo el tiempo.


Unos meses después del estreno yo andaba una vez más por la ciudad de Managua. En el sopor tropical de la noche, con un mojito en la mano y unos cuantos adentro, pasé por el auditorio que tenía el hotel. Por un instante temí que fueran los mojitos los que me hacían ver en la pantalla la figura de Elvio y en la sala una batahola que iba subiendo de tono. Me hizo falta otro mojito para entender el olfato de Coco a la hora de resucitar una polémica, tan enredada que aún hoy nos hace mezclar la hacienda de manera mezquina y paralizante. Cazadores de utopías no era una película neutral. Coco Blaustein jamás se hubiera permitido una agachada semejante. Pero el relato sesgado del documental de un Nicolino Locche (-¡milennials! Recurran por un momento a sus mayores). Las zancadillas que vienen ensayando los canallas desde el fusilamiento de Dorrego (- ¡Centennials! Recurran por un momento al gran Galasso).
Coco Calfucurá tenía una sorprendente solidez de agenda en su perspectiva de la historia. Si alguien alberga alguna duda al respecto puede ignorarla: ¡claro que discutíamos una y otra vez! Y discutíamos fuerte. Pero en las tesis de Coco habitaba ese aire que cuando no es razón es una incuestionable honestidad. Y la certeza de las metas comunes. Y la alegría de confrontar ideas.
Alguien que lo conoció muy de cerca, otro imprescindible llamado Julio Raffo, me esclareció esa condición.
Julio es abogado, fue rector de la universidad de Lomas, dirigió el ISER, y se convirtió en una especie de escudo de la producción documental. Ya venía baqueano en esas tareas: nos tocó militar juntos la candidatura de Augusto Conte. La divisa perpetua de Julio han sido los derechos humanos. Se había conocido con Coco cuando ambos regresaban de sus respectivos exilios.
“Con Coco trabajamos juntos apoyando a los organismos de derechos humanos: el CELS, el SERPAJ, Madres, Abuelas, la Liga, Familiares, el Movimiento Ecuménico, el Movimiento Judío por los Derechos Humanos… Y siempre lo recuerdo activo, militante y en los momentos más difíciles, sonriente y enérgico. Esa es una mezcla difícil de encontrar.
Cuando fue el episodio de Botín de guerra, – después nos enteramos que fue por iniciativa de los Servicios de la Marina- a Coco le allanaron el departamento, le allanaron las oficinas, le secuestraron la película, y todas esas cosas, estuvimos dando esa pelea juntos. Con los organismos dimos honrosamente esa pelea al lado de él. La cosa es que también en esa ocasión, lo recuerdo enérgico y sonriente. Ese es mi recuerdo constante de mi querido Coco Blaustein.
Este es un momento doloroso. Por suerte cargo desde la infancia con una máxima: hay que cultivar el recuerdo pero no el dolor. Y el recuerdo de Coco, nadie lo duda, está muy presente.”
Las palabras de Raffo son contundentes. Los que saben de estas cosas se encargarán de desmenuzar los méritos y perfiles singulares de Cazadores de utopías, Botín de guerra, Hacer patria, La cocina, Fragmentos rebelados, Porotos de soja y Se va a acabar… Habrá también quien hable de su ingente tarea como productor ejecutivo, de su gestión al frente del Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, de sus ancestros polacos, de sus premios…
Este espacio tiene una meta mucho más íntima: el recuerdo de su mirada sin distracciones y los abrazos esos que tenían que ver con lo mejor de la Patria.

……

Daniel Rosso, es sociólogo, periodista y escritor. Fue Subsecretario de Medios de la Nación y antes Secretario de Comunicación de la Ciudad de Buenos Aires. También gerente periodístico de Radio Nacional. Esto es lo que escribió a vuela pluma tan pronto se enteró de la muerte de Coco:

Coco querido

 

POR DANIEL ROSSO / CONTRAEDITORIAL

Habría que negociar con Dios una cuota de inmortales.

Plantarse de una vez por todas e imponerle un límite a su arbitrariedad. Gritarle en la cara: “Hace lo que quieras, pero con Coco no”. O con Horacio no. O con Alcira no. O con tantos otros y otras, no.

Fui creciendo viendo las películas de Coco. Fui envejeciendo charlando con él en los bares de la ciudad.

Las mañanas de domingo de los años noventa solía encontrarlo, sumergido entre diarios, en los barcitos de la plaza Cortázar. Allí se iniciaban largas conversaciones donde uno de los temas era la comunicación de los sectores populares en la Argentina.

Nunca logramos resolverlo pero fuimos felices en esas charlas.

Conversar, entre militantes políticos, es un modo de quererse.

Fracasar suele ser una manera de ir avanzando: porque siempre se fracasa dando un paso adelante. Nunca nos unió la búsqueda del éxito sino el ejercicio de las pasiones. Coco sabía mucho de éstas cosas.

Ese hombre sólo, que caminaba la ciudad con pasos lentos, solía tener las ideas que a mí me faltaban.

Me enseñó, y seguramente nunca lo supo, que un militante político es eso: el que entrega gratuitamente al otro las palabras que a ese otro les faltan.

Una generación que había batallado le daba a otra, en los bares de la ciudad y en los tiempos cansinos de los domingos a la mañana, ciertos secretos sobre las formas de las batallas. Había allí una conspiración para no permitirle al pasado pasar.

Vi por primera vez “Cazadores de Utopías” en un cine de la avenida Santa Fe: yo era uno de los militantes jóvenes a los que Coco había invitado a la primera exhibición de la película. Pasaron desde entonces veinticinco años.

Coco querido, hace poco quedamos en hablar.

Ya no podrá ser.

No sabes la cantidad de ideas que me faltan y que quizás vos tenías para darme.

No sabes el abrazo enorme que tenía guardado para vos y que ya no podré darte.

……

Recién hoy, me llegó por vía indirecta (la Nac&Pop), un texto escrito por Eduardo, compañero en el exilio catalán, algunos picados de fútbol allá, y muchas cosas en la revista, sobre todo en su época cooperativa, en la que también, como ya dije, participó Coco:

Tampoco Coco es que va a levantar la mano para saludar, no va a agitar un pañuelo de zamba ni va a poner los dedos en ve.

¿Despedida?

 

POR EDUARDO BLAUSTEIN

Supe por Graciela Mazza que cuando el Negro Moreno terminó el flyer convocando para el domingo en el Parque de la Memoria pensó: “Lo tengo que consultar con Coco”.

Buen día bellezores.

Acá en la compu 8.29, no sé ustedes. 11.15 vamos a despedir a Coco.

Dormí para el joraca.

Comienzo a creer –asesorado además- que si por ahora no consigo llorarlo a Coco es porque así viene la bocha.

Y que la mano viene de insomnio, pensarlo, esperar con algún cagazo a llorarlo no sé cuándo, extrañarlo mucho no sé cuándo, redactarlo (mi modo de expresarme) o pensar –como suele sucederles a muchos- cosas del tipo “Tengo que avisarle a Coco que el entierro seguramente va a ser el viernes”.

Supe por Graciela Mazza que cuando el Negro Moreno terminó el flyer convocando para el domingo en el Parque de la Memoria pensó: “Lo tengo que consultar con Coco”.

¡Ja!

“Despedir” es un verbo bobo, vó.

No vamos a despedir a Coco onda nos vemos la otra semana, Coco.

Te mando el archivo de tal cosa. Acordate de no sé qué.

Despedir supera a la expresión infantil “se fue de gira” pero no va.

Enterrar es horrible. Se entierra a un perro, un hueso, un cable subterráneo o preferiblemente un tesoro.

Es brutal enterrar, pero es el verbo que burocráticamente uno usó estos días. Sepultar es de terror, un espanto, justamente sepulturero. Inhumar es para las casas de velorios, judicial o policial.

Desde que se inventó el liquidito ese que ahúma las comidas (un salmón, ponele), es como que inhumar se hizo gastronómico.

No va a levantar la mano para hacer la ve y esto me recuerda –dicho con toda comprensión y ternura- que no me gusta que lo despidan al Coco con la sigla HLVS, aunque tienen todo el derecho del mundo, gente.

Es como dije el otro día sobre el abuso de las palabras militante y militancia, se abusa. HLVS, a mi gusto opinable, tendrá su cosa sentida y militante, pero me da demasiado heroísmo, demasiada politización reductora de lo humano, acaso un poco de pose y una cierta melancolía improductiva.

Sepan disculpar, estimados.

HLVS deja de lado a Coco con pantaloncitos cortos, con chombas rayadas de los primeros 60, con guardapolvos yendo a la escuela 16 o yendo a darse con terror inyecciones para el asma de muy chico.

A Coco jugando al cabeza conmigo en el patio de La Lucila (pelota Pulpo).

Deja afuera a mis viejos.

A los discos de Cream o Led Zeppelin o Los Beatles que haya llevado a casa.

A los pibes de la primaria y el barrio.

A sus primeros años de estudiar fotografía.

A sus amores que no anduvieron.

Al modo pendejil en que admiramos el Jumbo de Aeroméxico cuando rajamos del país, inmediatamente después de cagarnos bien en las patas esperando no ser detenidos en la General Paz.

Deja de lado el día en que me pareció que Coco había perdido la risa en Barcelona (esto va para Estela, Raúl Carlevaro y Andy Ehrenhaus y otres si me leen).

Lo duro que le resultó encontrarse con compañeras que perdieron a sus compañeros (habría que ponerlo en diminutivo casi), un bajón para él el ambiente argento que encontró en Barcelona y una de las razones a mi gusto de su retorno a México.

Puedo seguir eternamente con estas cosas.

Le doy un final abrupto.

Tengo necesidad del “entierro” y un poco de cagazo.

Es lo que hay y me falta sacarle foto a la fotito para postearla (los tres brothers en Gesell, cuando aún era Lejano Oeste).

Siguen llegando por uasap mensajes conmovedores.

El último/a se olvidó de aclarar quién es.

 

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