Corbata, un santo sindicalista

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Si conocí a un sindicalista honesto y combativo al ciento por ciento ese fue Eduardo Corbalán,  «Corbata». Y no fue el único (él mismo me presentó a otro, Enrique Murías, un intelectual obrero, ya fallecido, que también la rompía). Al cumplirse un mes (¿o un año, la memoria es traicionera?) de su suicidio sus amigos se juntaron en el auditorio de Sadop, en el mismo edificio dónde antes estaba Foetra (Buenos Aires), en la calle Perón (entonces Cangallo) que era nuestro refugio (de los pibes del Movimiento de Acción Secundario) a comienzos de los ’70 y el lugar dónde Corbata, como hombre de la histórica Lista Marrón, había desarrollado muchas de sus actividades. Alli pudimos decir en voz alta cuanto lo queríamos y apreciábamos. Corbata era un hombre muy dulce. Nacido en Tucumán, hijo de una mujer quilmes (el se reivindicaba como indígena por los cuatro costados) siempre fue un militante (gremial y también de las primeras Fuerzas Armadas Peronistas) y su enfrentamiento con Telecom fue un leading case (que, por cierto, le dejó imborrables secuelas).

Escribe Marcela Osa, sobre su «Tío Nené»:
Qué emoción tan grande encontrar a mi tío Nené, Corbata, entre la lista de los sindicalistas honestos..Es una reivindicación tan pero tan merecida!
Les copio una síntesis breve de la historia de vida de mi tío, que hice en base a informes de dos historiadores que lo conocieron.

Eduardo Corbalán, «Corbata» (1937-2006)

Corbata personificaba la historia del peronismo. Su vida formó un entramado indisoluble con la historia del pueblo y sus luchas. Vivió todas sus etapas. Tucumano, de origen muy humilde, en su infancia vivió el antes y el después de 1945.
Su adolescencia se inició con la «Resistencia Peronista», que fue la resistencia de su clase a la ofensiva patronal – oligárquica. Como dijo muchas veces: «tuve la suerte de crecer con el peronismo».
Conoció el peronismo «polenta», y los otros. Las lealtades lo alegraron y las traiciones lo enfermaron. Fue militante siempre: en la primera Resistencia, en la lista Marrón de su gremio Telefónico, – mi vida, dijo muchas veces- en el Peronismo de Base, más adelante en el Encuentro Popular y en sus últimos años, su conocimiento de la política lo colocó desde el primer momento en las filas del proyecto kirchnerista.
Fue un honesto, y un luchador hasta el final. Te invitamos a recorrer su vida a través de los testimonios que brindó para el taller de historia de Rafael Cullen, donde nos ayudó a conocer la historia concreta de «los de abajo».

  • Infancia en tiempos de la oligarquía
  • Y llegó el peronismo
  • El bombardeo a Plaza de Mayo
  • Entrada en la Resistencia
  • Siempre en la lucha
Infancia en tiempos de la oligarquía
Eduardo Corbalán llegó a Buenos Aires con la ola de migración interna de la década del ´30. Vino desde Tucumán con su mamá, Zoila Gramajo; él era el menor de seis hermanos. A partir de aquel momento, la historia lo marcó.
«Yo conocí el submarino a los cinco años en el Instituto Saturnino Álzaga Unzué. Te agarraban de las patas y te metían en el agua de cabeza. Te cagaban a palos, a cachetadas y a trompadas. Las celadoras y las monjas apagaban las luces y pasaban envueltas en una sábana, era un fantasma que llamaban Misia Pepa, para que nadie se levantara. Te metían el terror desde pendejo. Cuando vinimos de Tucumán mi vieja pidió un lugar para vivir en la Sociedad de Beneficencia. No podía haber varones de ninguna edad en la casa que la pusieron, entonces fuimos a parar al reformatorio con mi hermano, por negros y por pobres. Como te digo, te cagaban a palos por mearte. Salí tartamudo.
Nos llevaban a fiestas parroquiales en las iglesias del Pilar y del Socorro. Había una tarima y pasaban las familias. Mientras las viejas relojeaban sentadas, una anunciaba: «ahora pasa la familia tal, que el marido la abandonó». Anotaban en un cuaderno, le daban azúcar, yerba, fideos, y pasaba otra por la tarima. Esto te deja cosas que después vas a entroncar con la política. Las cosas que no parecen van a ser políticas, después nadie me tenía que explicar lo que era la oligarquía».

Y llegó el peronismo
 «La otra cara era Evita; fui con mi vieja. Estaba sola ella. Nos hicieron sentar, me sirvieron leche y sándwiches. Con vergüenza, la pregunta Eva a mi vieja: ¿Tiene esto? ¿Tiene lo otro?Al final, le dio la mano y unos pesos sin que nadie se enterara. Sentía el dolor de la gente, y daba con vergüenza. A mí nadie me lo contó. Era un pibe y me di cuenta. Antes del ´55 viví las dos cosas.
A los trece años trabajaba de repartidor en el Correo, las zonas de las mejores propinas eran las de los conventillos y los hoteles de lo más bajo de Palermo, de las bodegas de Pacífico. Te daban mate, comida y no menos de 0,50 de aquel tiempo; iba a las zonas bacanas de Palermo y las mucamas te recibían con cara de asco y te ibas sin propina. Todo esto se traduce después a la política. (…) Fuimos con mi vieja y mis hermanos a esperarlo a Perón a la explanada del Ministerio de Guerra (era un día patrio) para pedirle por una casa. Mi hermana, que tenía linda letra, le había escrito una carta. Me le escapé a la custodia (tenía diez años), le acerqué a Perón la carta que había escrito mi hermana. Me dijo: Qué querés, hijo. Me acarició la cabeza y se guardó la carta. A los tres meses la llamaron a mi vieja y le dieron a elegir entre diferentes barrios una casa que se pagaba con lo que ganaba la familia. Fuimos al Barrio Evita, de Caseros. De allí salieron todas las tendencias del peronismo. Pero así como crecen las criaturas tienen que crecer los pueblos. Para que haya un proceso revolucionario tiene que haber un crecimiento; yo tuve suerte, crecí con el peronismo.

El bombardeo a Plaza de Mayo
«El 31 de agosto se corre la bola de que Perón renuncia. Me meto en un camión y voy a la Plaza de Mayo. Un paisano, bien paisano el hombre, tenía un palo en la mano y lloraba, me acuerdo que gritaba: Es la oligarquía, vuelve, vuelve la oligarquía. Perón dijo, me acuerdo todavía: Hablarán de diferentes razones, de libertad, de justicia, de religión, son pretextos: hay un solo motivo, quieren retrotraer la situación a antes de 1943. Llegando a la Plaza veo el bombardeo. Era el mediodía… los ómnibus quemados. Cadáveres decapitados. Bombardear a las 12 del mediodía en un día laboral y época escolar… me acordé del reformatorio.

El pueblo es todo, no hay que idealizarlo 
Cuando voltearon a Perón uno decía vamos, vamos, vamos, y la gente se prendía e iba a la Plaza con palos, fierros y algún chumbo. Vi que varios entraron en una armería, unos iban con chumbos para la Plaza de Mayo; otros agarraban una caña u otra cosa y se iban para Retiro. Como fue después en el peronismo; unos pelean y otros usufructúan. No me contó nadie lo que pasó. Yo estaba en Corrientes y Paseo Colón. Pasó un avión Gloster rasante y ametrallando, yo me metí de cabeza en el Hotel Justin (o algo así), me llevé otra sorpresa: había alfombras en el baño. Después que salí unos se volvían y otros seguían para la Plaza. Eso fue en junio. En el barrio Evita de Caseros velamos a cuatro que eran portuarios. Los habían matado cerca de la Plaza.
El gobierno daba guita a los afectados; algunos en el barrio se quemaron y fueron a cobrar. Otros se quemaron con un calentador.
Después de la caída del gobierno, en casa mi vieja y todas las viejas lloraban y le ponían velas a Eva y todos los santos. Yo hasta ahí ninguna militancia, trabajaba en el Policlínico Eva Perón, de San Martín. Tenía un kilombo en la cabeza. En mi casa lloraban y en el policlínico los médicos decían: cayó la tiranía. Si estudiaste tanto, tenés título, viajaste a Europa… ¿alguna razón no tendrían? Hubo un momento de incertidumbre… Además antes había de todo: en la Fundación los administradores eran suboficiales retirados, gorilas por haber participado en el levantamiento del 51.
Los médicos festejaban el 55. Sólo tres médicos se mantuvieron, tuvieron las pelotas de decir que eran peronistas. Los de abajo: los choferes, las enfermeras, los peones del lavadero, del laboratorio, los camilleros, se callaban.
El 23 de septiembre festejaron, un montón de gente. El histrión sangriento, decían (los discursos me quedaron).
Iba a mi casa y mi vieja lloraba. Escuché de nuevo la palabra oligarquía como en la Plaza.
Después en el policlínico empezaron a quemar las frazadas y todo. ¿Eso no era para la gente? Tiraron ropa, pulmotores. Se acabaron los dietólogos para la comida de los enfermos. Sacaron los ómnibus que llevaban a la gente al hospital sin pagar nada y los llevaron para llevar a los militares y sus familias al cine, con los mismos choferes. Ahí empecé a enganchar lo de antes sobre quién era la oligarquía.»

Entrada en la Resistencia
«Cuando empezaron los caños de la Resistencia, me acuerdo de un médico de cirugía, Félix Berna, que fue médico del seleccionado de fútbol, venía del quirófano a las puteadas, decía: Negro hijo de puta, se muere y sigue gritando, se está muriendo y no deja de gritar «Viva Perón». Era un muchacho que le había explotado el caño que llevaba y le había reventado todas las tripas. Se murió el muchacho.
Un viejo, Tacheret, nos empezó a juntar en el sótano. Traía los documentos de César Marcos y discutíamos. Se va a formar un grupito que colaboró con el movimiento de Valle en el ´56. Trajeron a la morgue del hospital a los cadáveres de los basurales de León Suárez. Cerramos la morgue. Sacamos las planchas de los compañeros muertos y se hizo un responso. No conocíamos a ninguno, ni hacía falta conocerlos, eran «cumpas».
Ahí cada uno reafirmó la voluntad de continuar. Yo tenía 16 años. No era una militancia marxista – leninista, era del pueblo, había de todo: atorrantes, gente de laburo…
Ya después aparecen los jefes de tal o cual juventud. En el barrio Evita podíamos ser la juventud de Fulano, o alguno ponerse como jefe, pero no teníamos esas aspiraciones de jefes. En otros lados, sí. Entonces aparecieron los distintos nombres, pero hubo mucho sin cartel en los barrios.  (…) Fue todo muy de abajo y no se plasmó en organización.
Con el voto a Frondizi ya hay gente que se rechifla y no quería saber nada con votarlo. Empiezan las diferencias, pero la gente veía a todos como «perucas». La cuestión era que volviera el Viejo y para eso valía cualquier candombe.»

Siempre en la lucha
Corbata participó de todos los «candombes» desde 1955. Hacia fines de la década del ’50 se integra al Sindicato Telefónico -FOETRA- sumándose a la Lista Marrón  Desde allí impulsarán y formarán parte de las corrientes más combativas del Peronismo, junto a otros sindicatos. Se enfrentaron a Vandor en los ’60 y al lopezrreguismo a mediados de los ’70.
A principios de los ’70, con el surgimiento de las organizaciones político-militares, se suma -junto a sus compañeros de «la Marrón»- al Peronismo de Base (PB). A pesar de ser crítico con algunas tendencias que surgieron hacia el interior, que según él se alejaban de la tradición del peronismo, siempre reivindicó la lucha de aquellos años y a sus compañeros de organización.
En marzo de 1976 se lo llevaron. Pero él era un sobreviviente: «En 1977 me largan, y me tiran por la Boca. Yo vivía en Liniers, de donde me secuestraron. Creo que me llevaron al Atlético».
Fue militante hasta el final, generando espacios políticos, debatiendo, luchando contra el menemismo, que consideró la continuación de la obra de la dictadura. Con sólo la escuela primaria a cuestas se había convertido en un gran lector y filoso conocedor de nuestra historia, sumando los «brolis» -como le gustaba decir- a su propia experiencia.
El 5 de noviembre de 2006 puso fin a su vida, pero su lucha y su espíritu viven en cada uno de los militantes que abraza con honestidad la causa de una patria justa, libre y soberana. ¡Gracias, compañero Corbata!
* Agradecimiento al historiador Facundo Cersósimo, que investigó la vida de Corbata para el libro «Los malditos IV», coordinado por Norberto Galasso.

 


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