CORRESPONSALES DE GUERRA – Los vestigios de lo que fue la aristocracia del periodismo

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De pequeños, todos los que queríamos ser periodistas soñábamos con ser corresponsales de guerra como lo había sido Ernest Hemingway en la guerra civil española, y aún de grandes admiramos al espía Kim Phliby, que hacía lo mismo en la otra trinchera, pero reportando a Moscú. La buena reputación de ese oficio tan peligroso y romántico siguió hasta la guerra de Vietnam (donde se perdió el rastro de Ignacio Ezcurra, que era a la vez periodista y reportero gráfico, y al que según Oriana Fallaci mataron los yanquis) e incluso hasta la guerra de liberación de Nicaragua, donde el asesinato de un periodista norteamericano por la Guardia Nacional de Anastasio “Tachito” Somoza, al ser fotografiada, fue determinante en la caída del tirano, tal como se refleja en el film “Bajo el fuego”. No creo que Oliver Stone supiera todavía que la CIA había matado periodistas, incluso estadounidenses, en Nicaragua, pero su “Salvador” va poniendo en foco, siendo realista,  respecto a los periodistas que se atrevían a cubrir la guerra civil de ese país: frilos (free-lance) y aventureros mal pagados.

bajo-el-fuego

Todo acabó con la primera guerra del Golfo llamada por Bush padre “Operación Tormenta del Desierto” y la aparición de esa mutación degenerada, los periodstas “embedded”,palabra cuya traducciones aproximadas al castellano son, sugestivamete “incrustrado, empotrado, clavado, machiembrado, encastrado y clavado”, lo que suena todavía más feo que el “culiados” con que Paul Mc Cartney saludó al público cordobés.

Aceptar la tutela de uno de los bandos en una guerra (o en una invasión, como en ese caso) y quedarse el corresponsal en un hotel con piscina esperando que su estado mayor lo provea de medias verdades y mentiras a granel por quienes aceptaron las relaciones carnales con el imperio, así como la negativa de los nuevos patrones de los medios a solventar costosas coberturas de viajes, estadías, horas extras y seguros, acabó con el oficio.

El golpe de gracia lo dio el 8 de abril de 2003 en Bagdad, un tanque estadounidense que disparó su cañón contra el piso 15 del Hotel Palestine, donde se alojaban los periodistas de la agencia Reuters, matando a los periodistas Taras Protsyuk, ucraniano, y José Couso, español, que se encontraba en el piso inferior.

Fue un mensaje inequívoco. A partir de allí, quien no acepte la tutela de los gendarmes del mundo sabe que en cualquier momento será víctima del “fuego amigo”.

Y se suceden las matanazas (en el Congo, en Myanmar, Bahrein, en Yemen y en tantas otros lugares). Han pasado 13 años. Hoy, como remedo de las épocas gloriosas del oficio, hace un siglo, cuando el Reino Unido de Gran Bretaña enviaba antropólogos y corresponsales a todos los confines de su vasto imperio, quedan estos vestigios, muy bien descriptos por un colega español, Daniel López Frías. JS

La precariedad del periodista

Jugarse la vida en la guerra por 35 euros

Secuestros, asesinatos, inversiones astronómicas, medios que no pagan y periodistas que revientan precios. Así es la vida del reportero freelance en zona de conflicto.

DAVID LÓPEZ FRÍAS / EL ESPAÑOL

 López Frías @lopezfrias

UNO

“En 2008 pedí un crédito de 10 mil euros para irme a la guerra. Aún lo estoy pagando”. Lo contaba el periodista Antonio Pampliega en 2012, antes de ser secuestrado en Siria. Publicó un un documental titulado “Pagar por ir a la guerra” que denunciaba la precariedad laboral de los reporteros freelance que se van a cubrir conflictos. Tras 10 meses de cautiverio, su historia vuelve a cobrar vigencia con su liberación y la de Ángel Sastre y José Manuel López.

Los tres se marcharon a trabajar al frente; a la aventura y por su cuenta, sin contar con el paraguas de la protección de un medio de comunicación. Su historia es la misma que la de centenares de reporteros de guerra freelance: arriesgan su vida en cada viaje. Se exponen a ser víctimas de secuestros, extorsiones o asesinatos. Para ello se pagan de su propio bolsillo el viaje, los seguros, el traductor, el material y el alojamiento. Pero después, si tienen suerte, se ven obligados a vender sus artículos a precios ridículos. Las ofertas, a menudo son de 35 euros por pieza.

“Es una ruina”

“Eso es regalar el trabajo. Prefiero guardarme el artículo y colgarlo en mi blog o en mi cuenta de Facebook”, asegura Ángel Sastre, uno de los tres periodistas liberados en Siria. No quiere entrar en detalles sobre las cantidades que le han ofrecido por sus reportajes, pero reconoce que ha tenido ofertas irrisorias. “Con esos precios no se rentabiliza lo que invertimos. Es una ruina. Las coberturas son muy caras en las guerras. Tenemos que pagarnos fixer (guía), conductor, gasolina o seguros. Además, en las zonas de conflicto los precios siempre son altos. Hay que gastar para informar. Y necesitamos conseguir un equilibrio que, con el dinero que ofrecen los medios, nunca se alcanza”.

Ese desequilibrio del que habla Sastre lo ilustraba Antonio Pampliega en cifras concretas. “En Irak me gasté 1.500 euros, de los que apenas recuperé 700. En el Líbano invertí 2.000 euros y sólo percibí 900 por mi trabajo. Luego me fui a Pakistán, que fue el viaje más caro porque me gasté 4.500. Sólo recibí 1.500. Después me marché a informar desde Haití y allí llegué a perder 1.500 euros”.

Trabajar por visibilidad

Tras gastar auténticas fortunas y exponerse a toda clase de peligros, llega la segunda parte: intentar colocar la pieza. Hay medios que ofrecen 50 euros por reportaje. Otros 35. Otros directamente quieren el trabajo gratis y sólo ofrecen “visibilidad”.

DOS
Un edificio destrozado en Alepo

“Hice un reportaje en Afganistán sobre una niña boxeadora que se preparaba para ir a los Juegos Olímpicos y entrenaba en el mismo estadio en el que los talibanes ejecutaban a mujeres. Un periódico deportivo español me dijo que le encantaba la historia. No querían fotos porque las iban a coger de agencias, pero me ofrecían una doble página en la edición del domingo. Respecto al precio, me dijeron que no me iban a pagar nada. Que lo que me ofrecían era tener “visibilidad”. Es lo más obsceno que me han dicho nunca”, relata Pampliega en su documental.

¿De quién es la responsabilidad?

El problema de la precariedad laboral de los reporteros de guerra tiene, según los protagonistas, varios responsables. Por un lado, los propios periodistas que no valoran convenientemente su trabajo. Por el otro, la presión de los medios que pretenden ahorrar costes a cualquier precio. La figura del corresponsal de guerra en nómina de un medio de comunicación ha pasado a la historia. Ahora, periódicos y cadenas de televisión recurren al colaborador. Así ahorran nóminas y costes de contratación. Pero intentan conseguir el material con ofertas a la baja.

Esta tesitura ha provocado que la figura del colaborador haya fagocitado a la del corresponsal de guerra. La periodista Mónica García Prieto opina que “el freelance debería ser una figura minoritaria: periodistas que comienzan en el oficio o que, por decisión personal, optan por dedicarse al reporterismo sin jefes ni órdenes. Pero en España se ha convertido en el sustituto del periodismo internacional gracias a editores irresponsables que prefieren pagar cantidades miserables antes que asumir su responsabilidad social de informar sobre episodios de violencia contra civiles”.

La falacia de la crisis

Desde los medios de comunicación esgrimen dos argumentos para justificar que estén ofertando cantidades tan bajas: la crisis económica y el cambio de modelo (de papel a digital). El periodista y fotógrafo de conflictos armados, Gervasio Sánchez, niega rotundamente estas versiones. “Decir que las tarifas han bajado por culpa de la crisis es engañar descaradamente. Hay tertulianos y colaboradores de muchos medios que cobran cantidades indecentes. El que lo niegue miente. Nuestro trabajo siempre ha estado maltratado en ese sentido”. Para demostrarlo, lo ilustra con un dato: “La crisis económica es muy reciente, pero las tarifas para pagar a los colaboradores han sido las mismas entre los años 1989 y 2005. No han subido nada”.

La otra parte del problema se encuentra en los mismos profesionales. Según Sastre, son los propios reporteros los que, a menudo, no le dan el valor adecuado a su propio trabajo. “Hay periodistas que consideran que es mejor colocar el reportaje por poco dinero que no cobrar por ello. Así sientan un precedente muy negativo para el resto de profesionales”, lamenta Sastre. En la misma línea se pronuncia Gervasio Sánchez, que añade que “hay reporteros en las promesas de algunos medios, que les aseguran que si trabajan gratis, con el tiempo les contratarán. Además de ser falso, es negativo para todos.”.

Multas por intentar tarifar

Medios que pagan poco y periodistas que no valoran su trabajo. ¿Hay más responsables? Según algunos profesionales, las asociaciones de prensa podrían hacer más. Tal vez regular o sugerir precios mínimos. “Las asociaciones no han presionado lo suficiente”, sentencia Gervasio Sánchez. Dichas asociaciones lo desmienten. La presidenta de la Federación de Asociaciones de Prensa de España, Elsa González, cuenta que “no podemos unificar tarifas porque la legislación lo prohíbe. Un par de asociaciones lo intentaron y acabaron multados”.

Se refiere, por ejemplo, a la sanción impuesta en 2012 a la Asociación Nacional de Informadores Gráficos de Prensa y Televisión (ANIGP-TV) cuando intentaron establecer tarifas. Lo recuerda Víctor Lerena, su presidente: “El Sindicat de la Imatge de Cataluña llevaba trabajando con tarifas desde hacía tiempo. A nosotros nos pareció una buena iniciativa porque recibíamos muchas consultas de profesionales que nos preguntaban cuánto debían cobrar por su trabajo”. Tras implantar esa tarificación, la ANIGP-TV fue sancionada con la mayor multa que impone la Ley de la Competencia: “Es una sanción que puede ascender a varios millones de euros. En nuestro caso nos costó 64 mil euros. Esto es, todo el dinero que teníamos en nuestras arcas y tuvimos que pagar la multa entre todos los socios”. Además de la sanción económica, les impusieron la prohibición de hablar del tema. “Nos impiden dar información sobre este asunto hasta que no se cierre el expediente. Eso tarda años”, lamenta Lerena. Así, además de sanciones, el intento de tarificar supone censura.

¿Hay solución?

Los medios proponen comprar a la baja, los profesionales independientes se ven obligados a malvender su trabajo y las asociaciones no pueden regular los precios. ¿Hay salida a este laberinto? Según Gervasio Sánchez, “una de las claves sería que todos los profesionales nos negásemos a trabajar gratis. Ni por visibilidad ni por conseguir contratos. Es inaceptable”. Para ello, hace falta una unidad que a día de hoy no existe en el sector: “Los profesionales deben estar más unidos y exigir a los medios que paguen por la calidad” cuenta Elsa González, aunque reconoce que sin la posibilidad de marcar tarifas, esta declaración de intenciones es un brindis al sol.

El fotógrafo Víctor Lerena da otra clave. “Hay demasiado intrusismo laboral. El fontanero o el frutero que se compra una cámara de fotos, se va al fútbol o a los toros y trabaja gratis a cambio del pase. Hay que pelear por regular los estudios desde la base”.

Mal endémico en España

También hay quien considera que la precariedad en este ámbito es un mal endémico de los medios españoles: “Cuando sólo me quedaban 1.000 euros en la cuenta corriente, subí la apuesta. Me fui a trabajar a Siria… y salió bien. Pero fue porque me puse a trabajar para medios extranjeros. Hay esperanza para la profesión, pero no al amparo de los medios españoles”, relataba Pampliega en su documental.

TRES

El periodista Ángel Sastre, tras su liberación

Desde la FAPE apuntan que la precariedad laboral de los periodistas no es exclusiva de los reporteros de guerra. “Hay profesionales que están cobrando 6 euros por pieza vendida a las agencias. ¿Qué le vas a exigir a una persona que está cobrando 6 euros por artículo? Eso va en detrimento de la calidad”, denuncia Elsa González.

A pesar del oscuro horizonte que se cierne en torno a la profesión, los reporteros siguen apostando por ir a las zonas de conflicto. Tal y como explicaba Sastre, “los profesionales tenemos la obligación de difundir lo que está ocurriendo en zonas de guerra. Necesitamos testigos y no teletipos”. A pesar de que acaba de sufrir un secuestro de 10 meses, no descarta volver a trabajar en países de conflicto, “pero con calma, porque ahora tengo que hacer cuentas. Lo de volver a trabajar ahora es imposible porque me lo han robado todo en Siria. Se han llevado cámaras, micros, tarjetas… Ni siquiera tengo un ordenador para ponerme a escribir”. La soledad del freelance también se extiende a ese ámbito: nadie le cubrirá esos gastos.


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Un comentario

  1. “quedarse el corresponsal en un hotel con piscina esperando que”… en realidad, al reportero gráfico que se está jugando la vida en el frente -como los mencionados en Bagdad- para luego ganar ellos los laureles -como Sierra, de Clarín- con notas que ganan por sus fotos, las de “mi fotógrafo”, como gustan decir los periodistas que como aristócratas creen ser dueños del fotógrafo.

    Osvaldo Jauretche

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