CRÓNICA DE UN MAGNICIDIO / 5. Lúmpenes en banda

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Quién es quién en la llamada «Banda de los Copitos», el liderazgo de Nicolás Carrizo, los vínculos con otros grupos de extrema derecha. La relación con los influyentes y mediáticos Hernán Carrol y Delfina Wagner y con la misteriosa Joana Colman. Los primeros acercamientos con Revolución Federal y con los youtubers de «El Ministerio del Odio».

La noche del 1 de septiembre, en los minutos posteriores al intento de crimen, Sabag Montiel fue retenido por militantes y puesto a disposición de la policía*.  Brenda, que lo había acompañado durante todo el día y llegó con él a Juncal y Uruguay,  quedó paralizada en la esquina por unos larguísimos minutos, como si una cámara la mostrase a ella en imagen congelada y otra registrase todos los movimientos acelerados a su alrededor.

Las cámaras en tiempo real que ese día registraban los movimientos de la calle la mostraron luego cruzando la calle Uruguay en dirección oeste. En diagonal, en la otra esquina, estaba Nicolás Carrizo. Ella llevaba el pelo en un rodete, el rostro serio, una bolsa blanca y un paraguas. Caminaron juntos hasta la avenida Callao y allí se separaron: ella tomó un micro hasta el Obelisco, de allí a Retiro, y de Retiro en tren a San Miguel, a la casa de Ocampo, su ex novio, donde pasó la noche.
Carrizo, en cambio, se fue hasta la casa de la calle Montes de Oca, en Barracas, propiedad del hermano de Sergio Orozco, uno de «Los Girosos»,  donde tenían la máquina para fabricar los copos de azúcar y donde se juntaban a trabajar o «ranchar» ese grupo informal de hojas arrastradas por el viento que luego fueron conocidos como «Los Copitos».
Los conocimos a la noche siguiente, cuando se presentaron en televisión. Posiblemente hayan sido más, pero nos limitaremos a aquellos que se expusieron, hablaron, y terminaron declarando en la causa:  Los ya mentados Brenda Uliarte, Sabag Montiel y Nicolás Carrizo; y cuatro más: Miguel Ángel Castro Riglos, Sergio Orozco, Leonardo Volpintesta y  Lucas Acevedo.
No hay demasiada precisión de como se conocieron, pero algo tienen en común todos estas personas que provienen de diferentes barrios, historias e incluso, nivel educativo o social y que posiblemente los nucleó: no sienten pertenencia más que a un rencor que no pueden definir, que los expulsa de un mundo al que quisieran entrar sin saber como, y por el que necesitan culpar a alguien, livianamente. El mundo les es ancho y ajeno, y no logran darse cuenta del todo. En esa nebulosa fermentó el odio que condujeron a donde les indicaron. ¿Les señaló el camino alguien en particular? Posiblemente. Pero también miles de horas de televisión, centenares de posteos en redes sociales, decenas de influencers de youtube que dijeron a quien odia ese colectivo mal llamado «la gente». Quizá, «odiar como la gente» haría que el mundo, ancho y ajeno, fuese breve y propio por una vez.
A Miguel Ángel Castro Riglos  lo vimos por primera vez el 2 de septiembre, en televisión. Esa noche no habló pero si lo hizo reiteradamente en los días subsiguientes, cuando con voz aguda y levemente gangosa decía haber visto el intento de crimen por televisión, junto a sus amigos, y gritar: «¡No puede ser! ¡Es Nando!» totalmente sorprendido y jurando que jamás hubiera imaginado que algo así fuera posible. Sus propias redes sociales desmienten su relato. En Twitter y en Instagram, a minutos de que Sabag Montiel pusiera un arma a centímetros de la cabeza de la vicepresidenta, se mofaba como diciendole a Sabag: «Tenías que hacer un solo trabajo y lo hiciste mal!».
Castro Riglos tiene una historia personal muy particular. Un doble apellido que habla de cierta alcurnia y que es la conjunción del apellido del ingeniero civil cordobés José Uladislao Castro Martínez y la marplatense Martha Elena Riglos Albarracín, descendiente de Miguel de Riglos, uno de los diputados que sancionó la Constitución de 1826 en épocas de Bernardino Rivadavia, y de larga prole con vínculos en la historia de nuestro país.
José Uladislao y Matha Elena tuvieron dos hijos: el arquitecto Enrique María Castro Riglos, designado por Decreto 1619/1996 por el entonces presidente Carlos Menem como Subsecretario de Coordinación de Programas de Seguridad Interior, bajo el mando directo del entonces Ministro del Interior Carlos Corach; y José María «Pepe» Castro Riglos, licenciado en finanzas.
Este licenciado en finanzas estuvo involucrado en el escándalo de lavado de dinero denunciado por Elisa Carrió en la Comisión Investigadora sobre Lavado de Dinero de la Cámara de Diputados que se formó en el año 2001, y frente a la que tuvieron que declarar Matilde Domenech y Sofía Castro Riglos, esposa e hija de José María, que falleció en 2004, y de quien estaban alejadas en muy malos términos. Este derrotero de denuncias y juicios culminó en 2015 con el remate de la vivienda de 250 metros cuadrados en el piso veinte de la torre de Sucre y Tres de Febrero, a una cuadra de las Barrancas de Belgrano, donde vivía Matilde con su hija Sofía y el hijo de ésta, el por entonces adolescente Miguel Ángel Castro Riglos.
Miguel Ángel, entonces, supo de la caída estrepitosa de una vida de colegio privado, viajes al exterior, fiestas con lo más granado de la política del 90 a habitar una pensión y vivir a salto de mata en plena adolescencia. Cambiaron las amistades para Miguel Ángel, y terminó integrando «Los Girosos».
Sergio Eduardo «Checho» Orozco (foto)no vendía copos de azúcar, sino que trabajaba en el Hospital Borda. Era quien facilitaba la casa de la calle Montes de Oca. En realidad su hermano, que a las veinticuatro horas del intento de crimen los expulsó a todos del lugar. Pero en esas horas previas al desalojo, los Copitos se encontraron allí para definir qué hacer, y cómo hacerlo. Y como suele suceder en esos, las aguas que empezaron coincidiendo, se dividieron. Luego de memes y burlas, bravatas y risas comprendieron finalmente la gravedad del asunto y es ahí donde pensaron en hacer una declaración pública para deslindar responsabilidades. Recurrieron a un canal conocido: Crónica TV, pues allí los días anteriores habían recalado no solo Sabag Montiel sino los que aún quedaban libres: Nicolás, Brenda e incluso Orozco, que apareció en uno de los reportajes callejeros. Confiaban en que Delfina Wagner o Alejandra Mroue, que les habían facilitado las apariciones anteriores, les darían cámara.  “Estoy hasta las manos”, dijo Orozco al grupo, así, en singular.
Fueron a Crónica. Nadie los atendió. Finalmente aparecieron en Telefé, como vimos, diciendo que nada tenían que ver, que eran gente de trabajo, que estaban indignados, que no sabían nada de las intenciones de Sabag Montiel, a quien ni siquiera habían visto esos días. Orozco tuvo miedo. Conocía a Carrizo, sabía que era petulante, y que hablaba demasiado. Lo había escuchado hablando del crimen la noche anterior, por teléfono, a viva voz, con por lo menos diez personas diferentes. El lunes 5 de septiembre se presentó en una escribanía, acompañado por su hermano, para dejar asentado allí –aunque no tenga ningún valor legal– que Nicolás Carrizo, la noche del 1 de septiembre, hacía chistes acerca del atentado y contra Cristina Kirchner:  “Carrizo habló con su hermana. Era un tema serio. Estábamos nerviosos, pero hacíamos chistes. En un momento (Carrizo) dice ‘mi hermana se lo está creyendo».

Leonardo Volpintesta (foto)  tiene 21 años. Era menor de edad cuando ocurrió el intento de crimen. En una entrevista al diario La Nación dijo que «Cristina es la culpable de esta crisis económica» , sin poder argumentar algún por qué ni cómo. Vendía algodón de azúcar junto a los otros y en la misma entrevista dice que el sábado hicieron pizzas y mientras comían, planearon ir a la televisión: “Si había un grupo de fanáticos de Cristina o del PJ nos podían matar. Y si nos pasaba algo nadie se iba a enterar. Entonces decidimos que íbamos a dar una nota a Crónica. Cuando fuimos a la televisión no tuvimos un asesoramiento de qué decir, entonces, por el pánico, fuimos”.

 

De Lucas Nahuel Acevedo (foto) nada se sabe, no hay datos públicos que puedan darnos algún indicio de su vida. A diferencia de Volpintesta, no dio entrevistas.
El domingo 4 Nicolás Carrizo, luego de haber dado algunas entrevistas en casa de su madre, en Morón, cayó detenido. En su teléfono se encontraron los mensajes con sus hermanos Andrea y Jonathan Posadas, y un chat profuso con una persona agendada como «Joa».
Joa es Joana Colman (foto), una muchacha de 21 años, peluquera canina, que vive en Monte Grande en una casa sencilla y prolija en una calle con un boulevard, en una barriada popular como miles del conurbano. Está en pareja -o lo estaba por entonces- con una mujer unos años mayor, practicante del rito umbanda. A Joana se la ve, en sus redes sociales, con fuerte personalidad, solitaria, posiblemente con una vida adversa. No se sabe como conoció a Nicolás Carrizo, pero queda claro en los intercambios que la amistad es con él, no con los demás del grupo. La noche del crimen, Nicolás Carrizo intercambió mensajes con ella. También los días siguientes, hasta que él fue preso.
La conversación con ella fue diferente a las que tuvo con el resto. Era evidente que ella conocía algo del plan, y que de algún modo se sentía involucrada porque con respecto a sus teléfonos celulares le dijo:  “Amigo yo no voy a vaciar nada ni voy a borrar nada y desde ya les digo, ni se les ocurra borrar nada, porque ahí si que van a flashear que ustedes tienen algo que ver y no tienen nada que ver, hagan vida normal, no se persigan…”.
Pero lo más curioso vino después, cuando el sábado le dice a Nicolás Carrizo: «Yo la única información que sí puedo dar es que Fernando estuvo totalmente negado a declarar, se le otorgó una… un abogado privado, no lo quiso. No lo quiso recibir tampoco, después por otra fuente sé que lo hizo por plata, por acomodo, así que el chabón en cuatro años ponele que sale y sale re acomodado mal eh… a ver, como les vuelvo a repetir, uno por plata se vende, ¿si? Pero si los nombró a ustedes, eso sí, fíjense bien… y no solo a ustedes cinco porque nombró a más personas, fíjense bien”
¿Qué acceso a información tenía Joana Colman para ser tan precisa? ¿Quién discriminaba qué información podía darle a Carrizo y cual no, según se desprende de sus dichos? En esas primeras horas, cuando Sabag Montiel estaba incomunicado, Colman sabía con precisión cada uno de los pasos del detenido dentro de la sede policial y las decisiones judiciales que había tomado. Y habla de «fuentes», no una, varias. Con un año de distancia de ese momento, y con la declaración de Brenda Uliarte de fines de septiembre de 2023, las palabras de Colman cobran aún más precisión: Sabag Montiel lo hizo por dinero. ¿Dinero que le pagó quién?
Que Nicolás Carrizo, Brenda Uliarte y Fernando Sabag Montiel no actuaron solos ni por propia decisión, es una verdad a todas luces. Pero la línea de complicidades tampoco termina en estos lúmpenes llamados Copitos. Joana puede ser un nexo con algunos otros ¿Pero con quiénes?
Desde el primer día esta cronista sostuvo que había que pensar este magnicidio milagrosamente frustrado como una acción conjunta de varias células que funcionaban separadas pero vinculadas. Luego de años de estudiar a los nuevos actores de la rancia derecha argentina, era fácil pensar que si los magnicidas eran desclasados apenas salidos de la adolescencia, su formación o deformación política –además de las causales personales y sociales– provenían de las redes sociales y de los youtubers (y no de otros medios masivos afines a otras franjas etarias). En las redes y en youtube había varios personajes con miles de seguidores, que en pandemia acrecentaron su influencia y que además, participaban activamente fomentando a un fenómeno creciente: Javier Milei y el movimiento libertario, copia autóctona del estadounidense. Esos influencers actuaban en conjunto y se amparaban bajo el nombre de «Ministerio del Odio». Son Álvaro Zicarelli, Jorge Gorostiaga (Dannan), Eduardo Prestofelippo (El Presto), «Tipito Enojado», Augusto Grinner (Es de Peroncho), Martín Almeida (El Negro), Delfina Meza (Delfina Wagner) y Hernán Carrol.
Personajes con un discurso fascista, cancherean una superioridad que avalan poniendo énfasis donde falta convicción. Son ignotos para una buena parte de la población, pero famosos entre jóvenes a la deriva, como Brenda. Ella estaba fascinada con estos personajes, particularmente con «El Presto», con quien tuvo, además, un romance. Cuando en unas primeras notas argumenté que era probable que estos odiadores hubieran sido posibles mediadores entre los «Copitos» y algunos ámbitos de poder económico y político, no se sabía aún del romance entre ellos. Saberlo a posteriori, robusteció mi teoría.
En la próxima crónica hablaremos del «Ministerio del Odio», por hoy solo vale saber que todos ellos tienen relación directa no solo con Javier Milei, pues fueron quienes lo lanzaron a la fama; sino con Patricia Bullrich –que los recomendó públicamente como personas a seguir–, con Elisa Carrió, con Mauricio Macri, e incluso con los servicios de inteligencia.
Por eso, no fueron locos, no fueron sueltos. Fue un plan, y muchos actores.

Nota:

*El devenir minuto a minuto de esas primeras horas detenido, el derrotero del teléfono, y el rol de la justicia lo veremos en próximas crónicas.


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