DESDE GAZA: Quien quiera oir que oiga

Esta crónica es del viernes. Es de las poquísimas escritas desde Gaza y está muy buena.  Entre otras cosas, provee del contexto en el que se produjo el ataque israelí a la Escuela de la ONU, acto que fue calificado por Argentina de «crimen de guerra» cuyos responsables deben ser persegudos por la justicia internacional.

Sobre los túneles, barrios en ruinas que no se reconstruirán

Israel quiere establecer una «zona colchón» en el área donde Hamas construye los conductos

Por Témoris Grecko  | Para LA NACION

CIUDAD DE GAZA.- El poste partido en dos todavía conservaba el grafiti que hizo un vecino, que además tenía un auto de color naranja que, aunque aplastado, permanecía en el sitio donde siempre lo había estacionado. Rimez al-Azazmhe había pasado cientos de veces por ese lugar y eso le sirvió para reconocer los restos de su casa, un poco más adelante. No pudo llegar allí. Varios disparos hicieron que la mujer diera media vuelta y se lanzara a correr, correr, correr…

Ese 26 de julio, el ejército había declarado un cese del fuego de 12 horas para permitir la búsqueda de heridos y de cadáveres bajo los edificios destruidos. Miles aprovecharon la pausa para regresar a sus hogares a recuperar lo que se pudiera. Unos lograron ponerse a rascar entre los escombros. A otros, como Rimez, los espantaron a tiros.

Para algunos más dejó de ser importante hasta dónde los iban a dejar llegar: la destrucción fue tal que ni siquiera podían identificar los puntos de referencia principales: el banco, la escuela, la mezquita…

En el oeste del barrio de Shojaiya, sobre los límites con el de Zeitun, hay un edificio de seis pisos desde el que se puede ver el estado de las partes centro y este: lucen como si hubiera pasado el equipo de demolición más grande del mundo. Algunas manzanas parecen aplanadas, con capas uniformes de cemento y metales en fragmentos. La mayoría, sin embargo, son cerros caóticos de ruinas deformes, altos pilares por aquí, pavorosos cráteres de misil por allá, mantas, colchones destripados y ropa a retazos dando entristecidos toques de color.

Reconstruir Shojaiya desde una base uniforme de escombros sería más fácil que a partir de bruscas irregularidades que tendrían que ser removidas. Y el objetivo de Israel es evitar que estas zonas puedan volver a ser habitadas. El gobierno de Benjamin Netanyahu la llama «zona colchón»: son tres kilómetros a partir de la frontera, hacia el interior de Gaza. Asegura que es necesario para impedir que, desde ahí, se construyan túneles que permitan la infiltración de enemigos hacia Israel.

Gaza es una franja de tan sólo seis kilómetros de ancho, con un pequeño abultamiento en los límites con Egipto. De acuerdo con OCHA (Oficina de Coordinación para Asuntos Humanitarios de la ONU), esto implica arrebatarles a los gazatíes el 44% de su territorio.

Desde Israel, se asegura que Hamas amenaza a la gente para que no se vaya cuando le ordenan evacuar. Rimez recuerda que su marido se negaba a aceptar las exigencias de la desconocida soldado israelí que llamó a las 3 de la mañana. «Nos dio cinco minutos para levantar a los chicos y salir. Mi esposo gritaba que no, que era todo lo que teníamos, que por qué, y se encerró en el baño. Yo corrí con mis hijos tan lejos como pude, pero no pude evitar que la fuerza del misil nos derribara en la calle. Él murió dentro», relató.

Rimez es maestra y su pareja trabajaba en una estación de servicio. Israel ha declarado objetivo militar toda construcción donde se sospeche que se esconden o se lanzan cohetes contra su territorio. También, los hogares de quienes se cree que pertenecen a Hamas o alguna facción de la resistencia palestina. Aunque ya no vivan allí.

Pero en la «zona colchón», no hace falta esconder armas o ser de Hamas. Rimez niega que ella o su marido hayan sido militantes. Pero vivían en Shojaiya, que con Beit Hanoun, Beit Lahiya y otras poblaciones son sitios condenados por Israel a la destrucción. A sus 27 años, Rimez se quedó sin marido ni hogar, y con cuatro hijos pequeños. Llegó a la escuela de Jabaliya el 18 de julio y, de inmediato, su hijita de dos años y medio se llenó de ronchas en la cara, la espalda y las piernas. No hay médico que la atienda porque los casos gravísimos se acumulan sin darles respiro a los doctores.

Especialmente después del traumático miércoles en que el lugar fue atacado al alba. Estados Unidos evitó, al principio, asignar responsabilidades y pidió una investigación, pero ante la falta de dudas mostrada por la ONU, que apuntó directamente a Israel, y la admisión por parte de este último de que sus tropas habían estado operando en el área y que era posible que «fuego israelí perdido» (nada menos que cinco proyectiles) hubiera impactado en la escuela, el secretario de prensa de la Casa Blanca, Josh Ernest, admitió tímidamente el jueves: «No parecen haber muchas dudas sobre de quién era la artillería involucrada en este incidente».

«Totalmente inaceptable» e «indefendible», lo calificó tras tomar un poco de aire. Y pidió a sus «aliados en Israel mantener los altos estándares que se han impuesto».

¿Les servirá eso de algo a Rimez y sus hijos? «Sólo quiero que detengan esta guerra. Que levanten el bloqueo de Gaza y terminen con la ocupación de Palestina. Que nos dejen vivir», dice.

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