DOSSIER GÜEMES, EL SUBVERSIVO. Saravia, Galasso, Casalla, Pigna y Cafrune

Si están apurados y prefieren escuchar a Cafrune, lo suyo empieza en 1:54.

El otro Güemes, el que te ocultan

 

POR MARIANO SARAVIA

Hoy es feriado, en homenaje a Martín Miguel de Güemes. ¿Y quién fue Güemes? Lo que nos enseñaron, y lo que les siguen diciendo a nuestros hijos e hijas, es que Güemes sólo fue “un gaucho valiente” y lo único que hizo fue cuidar “la frontera” norte del país contra los realistas?

Dos grandes mentiras. Primero que no había ninguna “frontera” porque el Alto Perú (hoy Bolivia) era parte de la misma Patria que estábamos liberando. Por otro lado, presentarlo como sólo “un gaucho muy valiente” es vaciarlo de su verdadero contenido y valor.

Cuando hay alguien incómodo para el poder, el poder lo combate, lo ningunea. Y cuando ya no puede ningunearlo más, lo coopta, lo vacía de contenido.

Por consiguiente, San Martín fue sólo un militar brillante; Belgrano sólo hizo la bandera argentina; Artigas sólo fue el héroe de un país vecino, y Güemes sólo fue un gaucho valiente. De esta forma el poder de los “dueños de la historia”, que son los dueños de todo lo demás, neutraliza la faceta más revolucionaria y molesta de nuestros grandes hombres y mujeres.

¿Y cuál fue esa faceta revolucionaria en Güemes?

Güemes, al igual que San Martín en Mendoza y Artigas en la Banda Oriental, tuvo la oportunidad que no tuvieron Mariano Moreno y Manuel Belgrano: gobernar.

Güemes gobernó Salta y aplicó lo que decían Belgrano y Moreno: reparto de tierras, promoción de las artesanías y de la industria regional, confiscación de animales y riquezas para la causa común; productivista, proteccionista y fomento del mercado interno.

Hoy, la clase dominante parasitaria argentina le diría: populista, demagogo, choriplanero, etc.

¿Murió un 17 de junio?

No murió, lo asesinaron los realistas. Pero más que nada lo asesinó la traición de esa misma clase dominante parasitaria, en este caso la salteña. Entre ellos estaban algunos de mis ancestros Saravia, parte de esa oligarquía que siempre prefirió la renta y la explotación del otro antes que trabajar, emprender y generar riqueza genuina.

Güemes era una pesadilla para sus sueños de rapiña y egoísmo. La traición llegó a tal punto que se confabularon con el general realista Olañeta y favorecieron la entrada en la ciudad. Entregaron Salta y a Güemes al enemigo. Así son, y así siguen siendo sus descendientes, los Urtubey de hoy.

¿Cómo murió Güemes?

Defendiendo valientemente a su pueblo, fue alcanzado por un disparo en el glúteo. Se refugió con sus paisanos, pero al ser hemofílico, y no poder recibir atención médica, murió.

La mentira

Después de su muerte, la Gaceta de Buenos Aires (el mismo diario de Mariano Moreno, Castelli y Belgrano, pero ahora en manos del pérfido Rivadavia) tituló en su portada: “Murió el abominable Güemes. Ya tenemos un cacique menos”.

Después, la oligarquía salteña inventó la mentira (hoy sería la fake news) de que a Güemes lo habían matado “por un asunto de polleras”.

Lo mataron los aristócratas de hace dos siglos, serían los mal llamados “libertarios” de hoy, por defender a su pueblo, no sólo con las armas, sino también con la política nacional y popular.

¡Viva Güemes! ¡Viva la Patria! ¡Que siempre es el otro!

Güemes: De la revolución nacional a la revolución social

 

Por Norberto Galasso

El caudillo salteño no sólo fue una de las figuras clave de la lucha por la liberación, sino también un líder popular que defendió como pocos los derechos de los postergados. Fue “el padre de los pobres”, como lo bautizó un historiador, una calificación que hoy adquiere un significado especial, al cumplirse un nuevo aniversario de su asesinato.

POR NORBERTO GALASSO / TÉLAM

El gaucho Miguel Martín de Güemes es un ejemplo de caudillo popular y social de nuestra historia patria. Nacido en Salta, a los 14 años ingresa a las Fuerzas Armadas y luego, durante las invasiones inglesas comete un acto realmente insólito, como fue el abordaje de un barco inglés que había encallado. Sin dudarlo, él y su gente hacen el abordaje y toman prisioneros a los tripulantes de la nave invasora.

Vuelve al norte en la Batalla de Suipacha y después desarrolla la mayor parte de su lucha en su provincia natal. En Salta alcanza un predicamento notable entre las masas populares, convirtiéndose en su gran defensor. Sostiene que debían luchar por nuestra liberación frente a los nueve intentos de invasión por el norte del ejército de José De la Serna. Güemes los rechaza y se convierte en el líder de los gauchos.

Entonces dice algo que a muchos les llama la atención: “Estos gauchos que dan su vida por defender a la patria y cuyas familias pagan arrendamientos por sus pequeñas chacras, no deben pagarlos más. Deben estar libres de todo compromiso de pago porque, en realidad, están cumpliendo el papel que deberían cumplir todos los salteños. Mientras, hay una minoría de salteños que recibe los beneficios de la libertad, pero permanecen en sus casas”.

Por eso se habla del “fuero gaucho”. “No deben pagar más arriendos” dice Güemes y se convierte, de a poco, en un caudillo adorado por su pueblo y denigrado, por supuesto, por la minoría salteñas.

En Salta se había conformado una élite acaudalada y reaccionaria que jugaba a favor de la invasión, cuyos nombres conviene recordar porque son apellidos que –por su dedicación al comercio, a lo financieros y no a jugar el pellejo– han permitido que sus generaciones siguieran portando el apellido. Por ejemplo, hay un Cornejo al que se lo oye hablar de vez en cuando; los Uriburu que después van a intervenir con un presidente de la Nación por fraude y otro presidente por un golpe de Estado; los Zubiría que van a jugar en la parte parlamentaria; hay un Sarabia que si no me equivoco es el abogado de Mauricio Macri y también está la familia Tezanos Pinto que ha tenido presencia en la política argentina.

Hubo otros cuyo carácter reaccionario fue aún más grave, porque fueron los que delataron a Güemes, revelando el lugar donde estaba y permitiendo que una patrulla del enemigo lo localizara, lo baleara y provocara su muerte. Es el caso de Pedro Antonio Arias y de Mariano Benítez que tenían el apoyo del ejército que dirigía Pedro Antonio De Olañeta, un personaje que no era español de nacimiento sino americano, pero traidor como desgraciadamente ha ocurrido con otros nombres de nuestra historia. Güemes tenía muy en claro lo que era esta gente.

A esta situación se sumaba una alarmante escasez de recursos procedentes de Buenos Aires, porque si bien era parte de la lucha por la liberación, al mismo tiempo era considerado un personaje peligroso por su apoyo en las masas.

Ilustracin Osvaldo Rvora

Ilustración: Osvaldo Révora

Fue por ello que Güemes hace un llamamiento a las minorías acaudaladas de Salta. Al respecto, es interesante recordar una carta que le escribe a Manuel Belgrano, en la que le dice: “Yo creí que asustando un poco a esos caballeros se ablandarían y me socorrerían, pero me engañé. Hice correr la voz de que los llevaría en la vanguardia de nuestra lucha. Pensé que para quedarse darían alguna cosa, por lo menos para ayudar a los que tomaban ese trabajo. Pero no he conseguido otra cosa que calentarme la cabeza. El vecindario, entre ellos el alcalde de primer voto, apenas han dado cuatro porquerías con que han pretendido auxiliar, o decir que auxiliaban a treinta gauchos. A uno le han dado una camisa, a otro un poncho de picote y a otro un pedazo de jerga vieja. ¿Caballos? Unos cuantos, acaso los peores que han podido hallar de suerte, que con dificultad podrían llegar a Jujuy. A vista de eso no es de alabar la conducta y la virtud de los gauchos, pero ellos sí trabajaron personalmente y no se exceptuaron ni con un solo caballo de los que tenían, cuando los que reportan las ventajas de la revolución no piensan en otra cosa que engrosar sus caudales”.

Es decir, a lo largo de la historia estamos hablando de una especie de impuesto a los ricos, ¿no es cierto? Y el rechazo que provoca en esta gente.

Entonces, Miguel Martín de Güemes entiende que no se puede pensar en batallas comunes por las características de la geografía del noroeste y lo desigual del terreno. Así pone en marcha lo que llama “guerra de partidas”, que posteriormente pasaría a llamarse “guerra de guerrillas”. Es decir, la idea era golpear, debilitar al enemigo inesperadamente y desaparecer.

Ahí entre sus hombres está el francés Jorge Enrique Vidt, un hombre que vino a América con la experiencia de haber aprendido la guerra de guerrillas en España, en las zonas montañosas, durante la revolución española.

Güemes se convierte en el “padre de los pobres”, como dice el historiador conservador Bernardo Frías, que escribe varios tomos sobre la vida del caudillo. Y lo llama de esta manera porque enseñó a los gauchos a gozar de una libertad individual nunca vista ni consentida. “Alentó sus sentimientos de dignidad –señala Frías– los protegió y se puso a su lado en la balanza en que jugaban a la muerte con la gente decente”. “Amigo de la libertad y de ociosidad”, siempre según Frías, la ociosidad era poner el pellejo para hacer la guerra de partidas. El mulataje altanero y atrevido se sentía totalmente al lado de Güemes y sentía resquemor y odio hacia la raza blanca de las minorías salteñas”. Esta situación también la reconoce el general José María Paz, un hombre que en sus memorias hace referencia a la guerra social que implicaba la lucha de Güemes.

Telam SE

Martín Miguel de Güemes hablaba a su gente, a sus gauchos, con palabras fuertes que conviene recordar: “Esos que véis vestidos de frac son vuestros enemigos y por consiguiente los míos; mientras os conserváis unidos a vuestro general. os aseguro que viviréis garantidos y serán vuestros derechos y vuestra libertad respetados. A despecho de esos miserables que nos odian a mí porque les tomo unos 4 reales para sostener la lucha, mientras vosotros defendéis su propia libertad luchando y dando la vida por la Patria. Vosotros que ahora estáis dispuestos a no ser más no ser más humillados ni esclavizados por ellos”.

“Todos –agregó– somos libres y todos tenemos iguales derechos porque todos somos hijos de la misma patria, los hemos arrancado de la servidumbre en que estaba viviendo con su esfuerzo dominada por el yugo español. Soldados de la patria: ha llegado el tiempo de que seáis hombres libres y que caigan para siempre vuestras opresores europeos”.

Entonces, Güemes no sólo se caracteriza por su espíritu patriótico, sino también por su política social. Establece que “quien preste servicios a la Patria como miliciano, no pagará arrendamiento de las tierras que alquilan”. En otra parte dice, que “quienes estén enrolados en el Ejército no pueden ser ejecutados ni compelidos al pago de cualquier cosa que adeudaran, pues si esta gente sin un sueldo ni recompensa alguna presta sus servicios a la Patria, así con sus escasos intereses como con su propia vida, justo es que el acreedor, que no presta servicios militares contribuya de este modo a la causa pública no cobrándoles las rentas por sus propiedades”.

Telam SE

El historiador Bernardo Frías señala que “Güemes instaló un sistema infernal en defensa de los pobres”, porque “no fusiló, ni azotó, ni confiscó; aplicó fuerte multas, eso sí, y sanciones humillantes, lo que habla también del odio hacia la clase alta”.
“Güemes – continúa el historiador-  comenzó a infundirle a los gauchos la noción de sus derechos. Se abrió con ellos, le habló a sus sentimientos, protegió y se puso poco a poco a su lado en la balanza en que jugaban la suerte con la gente decente, con lo que fue el mulataje. Se puso de su lado y lo consideró siempre su jefe”.

Un dato curioso es que Martín Miguel de Güemes fue designado general por José de San Martín. Ahora bien, ¿en qué medida San Martín podía hacer algo semejante, si él no tenía un gobierno? Lo que ocurría es que consideraba que su ejército era efectivamente suyo, porque él lo había creado. Y confiaba en Güemes como el baluarte para detener las invasiones desde el norte. Luego mantuvo una profunda correspondencia con Manuel Belgrano, cuando era el jefe del Ejército del Norte, mientras Güemes se quejaba de que Buenos Aires no le daba el apoyo suficiente para la lucha.

Es en medio de esa lucha, cuando intenta volver a su casa de Salta y los personajes mencionados anteriormente lo delatan. Producto de esa traición, una partida lo balea y por una herida que no coagula por sus insuficiencias orgánicas, Güemes muere.
“Murió el abominable Güemes al huir de la sorpresa que le hicieron los enemigos. Ya tenemos un cacique menos”, informa desde Buenos Aires la gente de Bernardino Rivadavia, los operadores del empréstito de la Baring Brothers. Y efectivamente, tuvimos una derrota muy grave en el noroeste por la falta de este caudillo realmente extraordinario, que quedó en la memoria del pueblo como el líder de la lucha del gauchaje que permitió a San Martín avanzar hacia Chile.

De ahí que lo recordemos como una de las grandes figuras de nuestra lucha por la liberación, el exponente de un profundo sentido latinoamericano que lo lleva a apoyar la monarquía incaica propiciada por Belgrano y San Martín, un tema que analizaremos en algún momento para aclarar toda la confusión que hay a su alrededor.

Güemes en Buenos Aires:

Un solo de bandoneón para el jinete de Retiro

 

Rendición de Beresford en Buenos Aires

Para mi amigo salteño Luis Marocco

POR MARIO CASALLA / OTRA VOZ RADIO

Escribir de historia entre salteños es un atrevimiento y un despropósito, hay allí excelentes historiadores y poetas. He vivido largos años en aquélla hermosa tierra norte (donde llegué junto con mi amigo y colega Rodolfo Kusch en 1972) y desde entonces mantengo con esa tierra brava y con la sociedad muy peculiar que la habita, una relación entrañable y constante que va ya para casi medio siglo.

Podría decir que Salta es mi segundo lugar en el mundo y acaso sólo esa experiencia existencial me autoriza a escribir sobre su máximo y legendario héroe gaucho. Mucho más porque no soy historiador profesional sino filósofo y si el tema es –nada más ni nada menos- que el General Martín Miguel de Güemes. Por eso, si en algo me equivoco, mis amigos historiadores salteños podrán corregirme. Es que no hay un sólo Güemes (¡qué va!) sino que se trata de un héroe con múltiples facetas y –si bien todos lo veneran en este día– las causas y consecuencias de esa veneración son bien distintas y saltan rápidamente a la vista y a la discusión, porque en temas de historia y de política son casi todos los salteños también muy dados al debate. Pero yo escribo en esta mañana de invierno (frío y gris) desde esta Santa María de los Buenos Aires, a 1500 kilómetros de distancia, donde Güemes no es todavía todo lo conocido que merece serlo, como tantos otros héroes provinciales sin lo cuáles la Argentina no hubiera llegado a ser un país tal como hoy lo conocemos. Pero claro, lo de Güemes a uno lo toca por partida doble: por porteño y por salteño de adopción. Por eso va esta historia con un solo de bandoneón:

Antecedentes de un curioso episodio

El primero que la contó masivamente en Buenos Aires fue el periodista e investigador Pastor Obligado, en su artículo “Güemes en Buenos Aires”, publicado por el vespertino “La Razón” el 12 de agosto de 1920 (precisamente el día en que Buenos Aires celebra su Reconquista de manos inglesas, en 1806). Al parecer el autor le envió una copia a Benita Campos, de Salta, quien lo reprodujo en el número 57 de la revista “Güemes” que ella misma dirigía, el 20 de febrero de 1921.

El artículo de Pastor agregaba el nombre propio del protagonista de tan insólita historia: había sido el joven subteniente Martín Miguel de Güemes, a la sazón ayudante de Liniers, héroe de aquella reconquista. Porque el relato original del hecho fue escrito por un capitán inglés hecho prisionero, Alejandro Gillespie, en sus memorias Gleanings and remarks (Pasajes y observaciones) publicadas en Londres en 1818. Lo que el capitán inglés no mencionó fue el nombre del joven Güemes como autor de aquella rara hazaña: ¡Un buque de guerra de Su Majestad, tomado por una carga de caballería que se lo llevó por delante y obtuvo como trofeo su bandera de guerra! Se trata de un caso único en la historia naval.Ese buque era el mercante Justina que –rearmado por los ingleses con 26 cañones y tripulado por expertos oficiales y cien marineros de la escuadra– tuvo la mala suerte de quedar varado en la costa del Río de la Plata, frente mismo a lo que es hoy en Buenos Aires la estación Retiro. El mismo capitán inglés reconoce la importancia del Justina al rememorar: “El día de nuestra rendición peleó bien y con sus cañones impidió todos los movimientos de los españoles no solamente por la playa, sino en las diferentes calles que ocupaban, también expuestas a su fuego”. Y remata diciendo: “Este barco ofrece un fenómeno en los acontecimientos militares, el haber sido abordado y tomado por caballería, al terminar el 12 de agosto a causa de una bajante súbita del río”.

Güemes, al galope porteño

Al parecer el que se dio cuenta de lo que pasaba –mirando con su catalejo- fue el propio Liniers. El Justina estaba allí varado –roto su palo mayor por un cañonazo la noche anterior– como una presa a pedir de boca. Le devolvió entonces el catalejo a su joven ayudante, Martín Güemes, diciéndole: “Usted que anda siempre bien montado, galope por la orilla de la Alameda que ha de encontrar a Pueyrredón y comuníquele orden de avanzar soldados de caballería por la playa”. Y el “bien montado” partió como rayo hasta donde estaban los hombres de Pueyrredón; gauchos que tampoco se hicieron esperar y en minutos cargaron contra el barco. Al galope tendido –dice Pastor- “Con el agua al encuentro de sus caballos, rompían el fuego las tercerolas, cuando asomó el jefe (inglés), haciendo señas con un pañuelo blanco desde el alcázar de popa, rindiéndose”. Y no era precisamente bisoña la tripulación inglesa del Justina. Eran hombres estacionados en la isla de Santa Elena, fogueados y victoriosos en la lucha contra la marina de Napoleón que –al pasar por allí el almirante Pophan rumbo a Buenos Aires– se sumaron a la escuadra británica y fueron luego destinados al Justina.

Los gauchos porteños de Pueyrredón, encabezados por el joven salteño Güemes, se hicieron aquella tarde con el triunfo. Paradoja de la historia, la carga de caballería fue cerca de los terrenos que ocupa hoy la llamada “Torre de los Ingleses” frente a la actual Plaza San Martín (réplica exacta de la de Londres, regalada por esa colectividad en 1910 a nuestra ciudad que por dos veces invadieron y en ambas acabaron derrotados). Así que, si en su próxima visita a Buenos Aires pasea por la zona, o va a los restaurantes de moda en Puerto Madero, eche una mirada hacia el río y deje volar su imaginación. Cosa que Borges, vecino muy próximo, hacía también con frecuente y poética constancia. O bien puede llegarse hasta el templo de Santo Domingo (en Avenida Belgrano y Defensa, muy cerca de la Plaza de Mayo) donde encontrará las dos banderas del Regimiento 71 de Highlanders (que intervino en la primera invasión inglesa) y dos estandartes de la Marina Real Británica capturadas al invasor y ofrendadas por Liniers a la Virgen del Rosario. Una de ellas –conocida como bandera del Retiro– es la que se tomó en el Justina rendido ante la carga de Güemes y sus gauchos porteños. Para más datos y detalles del caso, amigo lector, le rebelo mi fuente histórica: la inapreciable colección “Güemes documentado” del Dr. Luis Güemes, completada por su hijo Francisco (tomo I, Depalma, Buenos Aires, 1979, págs. 71 a 81). O, si va a Salta, le recomiendo tome contacto con alguno de los muy buenos historiadores que conocen estos hechos al detalle y podrán ampliarlos con toda propiedad. Porque, como adelanté, en temas de historia, política y música los salteños son tan versados como polemistas.

* Mario Casalla es filósofo y escritor. Preside ASOFIL (Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales).

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