EL ATENTADO de Yasmina Khadra, los cuchilleros suicidas de Palestina y la muerte del rabino Birmajer

Compartí

9788420666716Acababa de terminar de leer una novela, El Atentado, que había buscado afanosamente y que por fin me prestó Marichu, una amiga que vive en Barcelona y que la trajo consigo, cuando tuvo lugar el ataque de San Bernardino, California. Una pareja de musulmanes wahabitas, estadounidense él, saudita ella, armados hasta los dientes, balearon y mataron a muchos compañeros de trabajo de él. Antes, dejaron mensajes en Facebook reivindicándose como miembros de Daesh, el llamado Estado Islámico o Califato. Como Bonny & Clyde, luego ambos fueron acribillados por la policía, lo que quizá haya obturado para siempre la posibilidad de averiguar si eran militantes orgánicos de la megabanda terrorista o espontáneos sin otros lazos que su afinidad con esa ideología totalitaria.

El Atentado es una novela firmada con seudónimo -Yasmina Khadra- por Mohammed Moulessehoul, un (ahora ex) comandante del ejército argelino que tuvo activa participación en la guerra civil argelina que detonó en 1991, duró más de una década y terminó con la derrota de los extremistas suníes del GIA (parientes directos de Al Qaeda y Daesh) a un costo de más de 150 mil muertos (que yo sepa, curiosamente nunca nadie le ha pedido asesoramiento al victorioso ejército argelino, ni en Siria ni en Irak).

El protagonista de El Atentado es Amir, un exitoso médico palestino, ciudadano israelí, cuya esposa inesperadamente se detona en un atentado suicida. Ese es el punto de partida. A partir de entonces, Amir se lanza a un descenso a los infiernos en un intento desesperado de entender que ha pasado.

La amargura que transpira la novela de Yasmina/Mohammed es infinita. Apenas la terminé me propuse escribir algo sobre ella, pero el inesperado triunfo de la candidata neoliberal en la Provincia de Buenos Aires primero me paralizó y luego me lanzó al frenesí de tratar de evitar lo que por un pelo no pudimos evitar: el triunfo de la reacción que amenaza con llevarse puesto las conquistas de una larga década.

Me estaba recuperando y me disponía a escribir sobre el tema, cuando llegó la noticia del asesinato en Jerusalén del rabino Birmajer, apuñalado por dos jóvenes palestinos que fueron inmediatamente baleados y luego, inermes, rematados a patadas, como pude ver en videos tomados con celulares in situ.

La desesperación de los palestinos es tanta (sin trabajo, sin agua, con severas restricciones a su movilidad, sin perspectivas, sin futuro) que es frecuente que mujeres y jóvenes armados con cuchillos (supongo que aleccionados por sus líderes religiosos) arremetan contra los ocupantes a sabiendas de que a continuación serán a su vez asesinados y sus viviendas demolidas por topadoras y bulldozers, condenando a sus familias a la intemperie.

Mientras, la colonización de Cisjordania y la parte oriental de Jerusalén continúa sin interrupciones, ciscándose en todas las disposiciones de las Naciones Unidas, lo que torna imposible la conformación de un estado palestino entre una Gaza bombardeada y martirizada que más que una villa miseria es un remedo del gueto de Varsovia y una Cisjordania transformada en un queso Gruyere en la que los ocupantes armados tienen absoluta prioridad sobre el agua, el bien más escaso y preciado.

A comienzos de los ’90, cuando Jacobo Timerman advertía sobre lo que sería el futuro, e incluso después de la demolición de la Embajada de Israel, Eduardo Birmajer, como su hermano Marcelo, el escritor, jugaban al fútbol conmigo y mis amigos en el polideportivo municipal de la Plaza Martín Fierro. Eduardo, el futuro rabino, era tan religioso que jugaba con kipá y el llevando el Talit katan: una especie de poncho fino de lana con flecos anudados en sus cuatro esquinas. Entonces nadie me acusaba de antisemita, algo ridículo ya que fui contratado por las AMIA para investigar el atentado.*

Compartí con Marcelo Birmajer la redacción del diario Nuevo Sur (comunista properonista) e incluso una temporada en Mar del Plata. Alguna vez estuvo en su departamento de soltero (tapizado de fotos de chicas en cueros) en la calle, si mal no recuerdo, Valentín Gómez. Me caía muy simpático, pero con los años, y sobre todo a partir de lo de la AMIA, tomamos caminos divergentes. A mi averiguar quiénes habían sido los asesinos se me convirtió en obsesión. Y ante mi sorpresa a él y a otros sionistas de derecha (la excepción fueron los progres de Nueva Sion, para quienes escribí decenas de notas) no les interesó en lo más mínimo: Aceptaron sin más la versión instantánea acordada entre los gobiernos de Argentina e Israel de que habían sido suicidas libaneses a bordo de camionetas rellenas de explosivos teledirigos desde Teherán. Birmajer, en la ruta de Aguinis, se convirtió en un arrobado admirador de Ariel Sharon, el archicriminal de Sabra y Chatila, una versión recargada de Boggie, El Aceitoso.

Leo ahora las sentidas palabras con que rememoró a su hermano muerto y me estremezco. Dijo, entre otras cosas: “No hay ningún conflicto territorial, no tienen ningún problema político. No hay nada que hayamos hecho mal en la Tierra de Israel, creamos el mejor país del mundo, Israel es el mejor país del mundo, el más humano, el más culto, el más liberal, el más respetuoso de sus minorías, es lo mejor que le pasó al siglo XX, es el país donde más paz debería haber en el mundo”.

Es decir, cero autocrítica y negación del otro. Los palestinos, para Birmajer, no existen más que como fantasmas: “Los que mataron a mi hermano, son exactamente los hitlerianos que mataron a la familia de mi abuelo, no hay ninguna diferencia”.

Evidentemente, no leyó la novela El nazi y el peluquero, de Edgar Hilsenrath, un sobreviviente de Auschwitz. Que postula muy seriamente que los sionistas en el gobierno de Israel y los nazis son intercambiables.

No ver las diferencias, hacer tabla rasa con los matices, hizo que sendas mujeres de la policía israelí, luego de balear a los palestinos (dos muchachos de 20 y 21 que vivían en un campo de refugiados, una especie de cárcel a cielo abierto)  que acuchillaron a Birmajer y a otro hombre, balearan y mataran por equivocación a un israelí oriental, de aspecto arábigo, lo que las agencias internacionales intentaron disimular. Ya había pasado antes, en una estación de autobús, cuando después del ataque suicida de un palestino munido de cuchillo y tras matar a éste, la policía también acribilló a un ciudadano israelí de origen eritreo (es decir, con toda probabilidad, a un falasha, los judíos etíopes descendientes del mítico Rey Salomón, negros y ciudadanos de segunda clase. aun más que los judíos yemeníes, lo que es mucho decir).

Desde que los palestinos islamistas radicales se lanzaron a matar a judíos israelíes a puñaladas, murieron violentamente 20 israelíes y 127 palestinos, lo que demuestra cabalmente cuan desesperadas son las acciones suicidas.

No hay peor ciego que el que no quiere ver el sufrimiento ajeno, quien cree tener el monopolio de los sentimientos y la razón, de la a la zeta, de su lado. Si eso no extremismo irreductible ¿qué es?

Hay cosas obvias que no los sionistas en el poder no quieren ver. Como que nunca habrá paz en el Cercano Oriente a menos que Israel respete lo dispuesto por las Naciones Unidas y que es inviable un Israel exclusivamente judío y practicante del apartheid, puesto que al menos el 20 por ciento de sus ciudadanos no lo son.

No es algo difícil de entender excepto para quienes tienen cerrados su mente y su corazón a cal y canto.

Los dejo con una entrevista al autor de “El Atentado”, al fin y al cabo mi propósito inicial. Se refiere al último libro de “Yasmina Kadra” (los nombres de su esposa) sobre Muamar Gadafi, libro que ha sido criticado por la prensa europea que aduce que presenta al rais libio como demasiado humano… como si no lo hubiera sido tanto o más que sus impúdicos asesinos.

Reflexiona el escritor argelino: “Un auténtico musulmán sabe que aquel que no ama al hombre es incapaz amar a Dios (…) El Islam verdadero se encuentra en la generosidad, el amor y la capacidad de soñar”.

¿Podrá Marcelo Birmajer decir lo mismo?

Cierro la nota teniendo de fondo un recital de Silvio Rodríguez que emite Telesur en vivo. Canta “La era está pariendo un corazón”. Termina así:  y hay que quemar el cielo si es preciso / por vivir / Por cualquier hombre del mundo / Por cualquier casa.

Quien no percibe que demoler las casas donde han vivido los kamikazes palestinos es fabricar otros, no entiende nada.

Nota

*Un recuerdo melancólico que me rescata de tanta amargura: Una década antes, en Barcelona, varios muchachos exiliados que vivíamos en el barrio de Lesseps armamos un equipo de papy fútbol al que bautizamos, al vesre y en yidish Lespes Mishiguene. Utilizaba camisetas de los periquitos (los hinchas del Español, las más parecidas a las de la selección argentina) cuyo arquero era un galeno, la Chancha Karanterewicz, y su delantera estaba compuesta por Beto Schprejer, Oscar Laser y Horacio Neuman, otro médico. Nuestros rivales, también del barrio, era los de La Alverja, donde descollaban los escritores Marcelo Cohen y Andrés Eherenhaus. Con semejantes apellidos, los españolitos de a pie más incultos se extrañaban de que habláramos en la vera castilla.

 

 


Compartí

Un comentario

  1. excelente nota beto recuerdo los tiempos de la plaza martin fierro y de agrego que yo era amigo de birmajer y le hice varias notas para dyn y luego ansa-. creo que el quiebre fue su viaje a jerusalen y su experiencia en el seminario rabinico donde ya estaba su hermano despues su giro a la derecha mas recalcitrante no fue tan sorpresivo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *