El escamoteo. El Tata Yofre inventa a un Perón saturnal, iniciador del exterminio

Esta nota, que fue publicada en Caras y Caretas, me quedó para subir antes de irme de vacaciones. La subo ahora porque “nunca es tarde cuando la dicha es buena”

El Escamoteo

El Escarmiento. La ofensiva de Perón contra Cámpora y los Montoneros, 1973-1974, por Juan B. Yofre, Sudamericana, Buenos Aires, 464 páginas.

Por Juan Salinas / Caras y Caretas 

Ex balbinista, ex periodista, ex agente de informacionesdel Ejército, ex secretario de Inteligencia del Estado durante el primer tramo de la presidencia liquidadora de Carlos Menem, y luego colaborador del prófugo gobernador bonaerense Carlos Ruckauf, Juan Bautista “El Tata” Yofre se propuso encabezar la reivindicación de la última dictadura cívico-militar, es decir, liderar las desperdigadas huestes que justifican el exterminio. Con sus tres libros “Nadie fue”, “Fuimos todos” (así, ambos con comillas) y Volver a matar consiguió situarse en la vanguardia del lúgubre pelotón. El conjunto procura reflotar el pretexto absurdo de los dictadores acerca de que las Fuerzas Armadas habrían derrocado a la presidenta María Estela Martínez de Perón… para ejecutar sin cortapisas su orden de aniquilar a las guerrillas.

Ahora, con su cuarto libro, El Escarmiento, va más allá: pretende que esa orden de exterminio fue dada por el propio presidente Juan Perón, induciendo a sus lectores a mirar a Videla, Viola, Massera y demás genocidas como discípulos que aplicaron a rajatabla aquél mandato. Como en sus anteriores libros, se basa para apuntalar esa descabellada hipótesis en informes reservados producidos por la Inteligencia del Ejército de entonces. Concretamente, puntualiza, en un mamotreto de 516 páginas dividido en 11 capítulos al que llama “la Biblia”.

Para que semejante oxímoron adquiera verosimilitud es ímprescindible construir un Perón dispuesto a aniquilar, no ya un pequeño grupo de dirigentes guerrilleros alzados contra la autoridad del Estado, sino a la mayor parte, contestataria, de la juventud de su propio movimiento. Convertir a Perón en un profeta del genocidio, un Saturno devorador de sus hijos. El problema es que su mayor baza en esa dirección es una frase suelta de la carta que Perón envió el 23 de enero de 1974 a los militares de la guarnición de Azul que acababan de rechazar un ataque del ERP. Un Perón muy indignado pronosticó entonces que “la decisión soberana de las grandes mayorías de protagonizar una revolución en paz y el repudio unánime de la ciudadanía harán que el reducido número de psicópatas que va quedando, sea exterminado uno a uno para bien de la República”.

A esa frase se aferra Yofre, al igual que lo hace Ceferino Reato. Como aún siendo una frase muy fuerte con ella sola no alcanza para convertir al “león hervìboro” ni en un Herodes (en contraposición, hay varias frases de Perón, también citadas por el autor, que ilustran su voluntad de combatir a los sediciosos dentro de los marcos de la ley) , Yofre describe el enfrentamiento entre Perón y la llamada “tendencia revolucionaria” del peronismo, cuya expresión más concentrada era Montoneros, como un choque no sólo irresoluble, sino también inevitablemente mortal.

Para justificarlo, en apenas dos páginas (28 y 29) difunde cinco veces la olorosa especie de que en Ezeiza los Montoneros pretendían matar a Perón, bulo que muchas páginas después (299 y 347) terminará por admitir que cuando fue abiertamente formulado como denuncia, resultó inverosímil .(Ver, abajo, Acción Psicológica).

Azul, una encrucijada

Yofre sitúa el punto de inflexión de aquel enfrentamiento, el momento en que llegó “la hora del escarmiento”, en el asalto de la guarnición militar de Azul por fuerzas del ERP al mando de Enrique Gorriarán Merlo, en enero de 1974, unos cien días antes de que, al celebrarse el Primero de Mayo en la Plaza de ídem, la Jotapé silbara a Isabel, Perón insultara a “los imberbes y estúpidos que gritan” y éstos se marcharan, ofendidos.

Es una elección acaso arbitraria porque el terrorismo de Estado de la Triple A había comenzado a actuar antes, incluso formalmente (con el atentado al senador Hipólito Solari Yrigoyen, en noviembre de 1973) y porque Montoneros y la Juventud Peronista repudiaron aquél asalto, con el que resulta forzado relacionarlos. Pero aún así, no cabe duda de la importancia del episodio: una encrucijada que motivó que Perón saliera por la cadena nacional de radio y televisión vistiendo su uniforme blanco de teniente general poniéndose al frente de la lucha por “aniquilar” al ERP y seguidamente interviniera la Provincia de Buenos Aires, desplazando al gobernador, Oscar Bidegain, un médico precisamente de Azul al que él mismo había ungido candidato, pero que se había apoyado en Montoneros para gobernar.

Sin embargo, y a pesar de destacar la muerte del coronel Camilo Gay (sin comentar que 18 años largos antes habia sido condecorado por Perón por su defensa de la Casa Rosada durante el bombardeo del 16 de junio de 1955) y de su esposa, así como el secuestro y calvario del teniente coronel Jorge Ibarzábal, Yofre se desentiende olímpicamente de la desaparición de dos de los atacantes, Jorge Antelo y Reynaldo Roldán. Hasta el punto de calificarlos de “supuestos desaparecidos” y, consecuentemente, de “insólita” a la conclusión a la que llegó el ERP luego de haber tenido –como explica- una comunicación telefónica con el mismísimo comandante del Ejército (el general Leandro Anaya), quien todo indica que les juró que el Ejército no había tenido que ver con ambas desapariciones, y que de Roldán y Antelo había dispuesto la Policía Federal.

Al menos, luego de esa conversación en el ERP anunció que “De acuerdo a la informado por el Ejército Argentino, se aplicará la justicia popular sin juicio sumario a la Policía Federal y a sus organismos especializados en torturas”.

La desaparición del coronel Montiel

Lo cierto es que Antelo y Roldán fueron detenidos y conducidos a la Superintendencia de Seguridad Federal (el edificio de la calle Moreno 1417, más conocido como “Coordinación Federal”) torturados y asesinados, muy posiblemente por hombres al mando del comisario Alberto Villar, quien, aunque todavía no había sido nombrado subjefe de la repartición, en los hechos ya estaba trabajando comon tal.

El asalto al cuartel de Azul y la tortura y desaparición de Roldán y Antelo tuvieron lugar durante un fin de semana. El jefe de la SSF (nombrado por el anterior jefe de la PFA, el general Heraclio Ferrazzano, con el visto bueno del propio Perón) era el coronel retirado JorgeOscar Montiel, un especialista en inteligencia, rival del coronel (R) Jorge Osinde. Cuando Montiel llegó el lunes a su oficina, se desayunó del asesinato de Roldán y Antelo. Indignado, le pidió al jefe de la PFA (y viejo compañero del Comando de Operaciones de la Resistencia Peronista, COR) el general Miguel Ángel Iñiguez, la cabeza de los desaparecedores. Pero el que se tuvo que ir luego de discutir a los gritos con Villar, fue él.

En marzo de 1975 el coronel Montiel fue secuestrado por la Triple A, que en esas mismas fechas asesino al teniente coronel Martín Rico, a quien Montiel había ayudado a investigar la Triple A y sus vínculos con la inteligencia del Ejército. Desde entonces, permanece desaparecido.

Nada de esto dice Yofre, que incluye en su libro largos párrafos autobiográficos que firma con el seudónimo “Juan Alais” que, explica, adoptó en aquellas épocas. Alais es el apellido de la esposa del fallecido general Carlos Guillermo Suárez Mason, quien tiene dos hermanos, uno general –que se hizo famoso por su lentitud de tortuga a la hora de reprimir la segunda sublevación carapintada de enero de 1988- y otro policia, que fue el nexo entre Suárez Mason y el comisario Villar cuando éste era, además de jefe de la PFA, uno de los jefes de la Triple A.

Obsceno

Tampoco de esto dice nada Yofre, como Cecilia Pando, un supuesto apostol de “la memoria completa”. Por el contrario, termina su libro con la descripción que habría hecho de los miembros de la conducción de Montoneros uno de ellos, el periodista Norberto “El Cabezón” Habegger, quien previamente había sido dirigente juvenil de la Democracia Cristiana y fundador del Comando Descamisados.

Escribe Yofre: “Habegger fue visto por última vez en Río de Janeiro en 1978 y nunca más apareció. Fue en ese tiempo, o acaso algo más tarde, que escribió un documento con la caracteriología y vulnerabilidades de cada uno de los integrantes de la conducción montonera (…) Es preferible que se conozca a que siga en la oscuridad. Es un aporte para explicar qué le pasó a los argentinos”.
Publicar esos textos sin aclarar que Habeger fue secuestrado en agosto de 1978 Río por un “grupo de tareas” del Ejército, y que los escribió en cautiverio antes de ser asesinado, es obsceno.

Yofre lo consideraba así allá por 1985, cuando quien escribe trabajó un mes a sus órdenes en Ámbito Financiero. Por entonces, editó una larga nota mía contra Eugenio Méndez, un allegado al general genocida Antonio Domingo Bussi. Méndez acababa de publicar Confesiones de un montonero, un libelo redactado en base a las confesiones arrancadas bajo tortura a un detenido-desaparecido y a mucha imaginación. Como Méndez no aclaraba cómo se había hecho de dicha confesión (que evidentemente le había sido proporcionada por la inteligencia del Ejército) Yofre aceptó entonces sonriente calificar a Méndez de “furriel de los servicios”.

La publicación de esa nota en dos partes derivó en un sonado juicio iniciado contra el diario por Méndez a través de su abogado, el nazi Soaje Pinto. Es paradójico que aquella calificación le quepa a Yofre hoy como un sayo confeccionado a medida.

Claro que las aspiraciones de Yofre son mayores a las de Méndez. Durante una entrevista que se le hizo para un documemental que permanece inédito, quiso destacar que en épocas dde Menem fue jefe de la SIDE. Pero tuvo un lapsus y dijo, “Yo, como antiguo jefe de la CIA…”.

Acción psicológica

Para instalar la idea de que Montoneros quería matar a Perón, Yofre recurre a los dichos de los organizadores del segundo y definitivo retorno de Perón a la Argentina, encabezados por el coronel (R) Jorge Osinde. Según la inteligencia militar, tiene a bien rreconocer, dichos organizadores estaban decididos de antemano a impedir el aterrizaje de Perón en Ezeiza.

Luego, de su coleto, Yofre añade frases tan tremebundas como “El primer tiroteo se desató cuando un grupo de fingidos lisiados peronistas intentó acercarse al palco en sillas de ruedas cubiertas con mantas para ágilmente levantarse de las mismas y disparar sus armas largas…”.

Y seguidamente le dió verosimilitud a un fantasmal “Plan Cinco Continentes” que habría consistido en el asesinato de Perón, su esposa, Cámpora, su vice y “todos cuantos ocuparar el palco central sobre el Puente 12” para luego “frente a la completa acefalía (del Estado y del Movimiento justicialista), se organizaría una pueblada sobre la ciudad (“el porteñazo), seguido de un asesinato masivo de la dirigencia polìtica, empresaria y sindical (que se extenderías a las provincias como “argentinazo”) para culminar con la toma del poder y la constitución de un gobierno de claro signo castrista”.

Yofre se dio perfecta cuenta de que al darle crédito al supuesto plan maléfico llamado Cinco Continentes se le había ido la mano, que se había pasado varias estaciones. Pero, ya jugado, insistió, jugándose el todo por el todo: “Parecía un disparate… Pero de eso se hablaba para calentar el ambiente y eso se intentó conseguir…”.

Por fin, para apuntalar dicho delirio invertebrado, citó al cardiólogo Pedro Ramón Cossio, quién atendió a Perón en su agonía. Cossio expresó su parecer de que Perón había vuelto a la Argentina “con el convencimiento y tuvo la prueba de que en Ezeiza grupos de izquierda lo querían matar” (sic). Una opinion tan seria como la que podían tener Roberto Galán o López Rega sobre los problemas cardíacos de Perón. Y todavía menos fundada que la creencia de mi abuela Marichu en la infabilidad papal en todos los asuntos,tanto divinos como humanos.

Con todo, al comentar el supuesto complot de Montoneros y Tupamaros para matar a Perón, su esposa y al presidente golpista de Uruguay, José María Bordaberry, complot que el 13 de febrero de 1974 denunciaron a los medios los nuevos jefes de la federal, los comisarios Alberto Villar y Luis Margaride, Yofre calificó repetidamente (págs. 299 y 347) dicha denuncia como “muy confusa”.

En síntesis: nada por aquí, nada por allá. El pretendido plan montonero para matar a Perón no fue más que Propaganda Negra, pura acción psicológica.

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