El gato veneciano

Por Curzio Malaparte

 

Rodolfo Pallucchini, secretario general de la Bienal de Venecia, se ha traído a Cortina d´Ampezzo, donde pasa sus breves vacaciones, a su gran gato Nicola: es un gato enorme, gordo, majestuoso, perezoso como un bajá. Es ésta la primera vez que Nicola deja Venecia y pone pie en ese continente misterioso que para los venecianos, hombres y gatos, es la tierra firme. El otro día estaba en el prado de delante de la casa tomando el sol, cuando por el sendero que cruza el prado ha visto venir a su encuentro un caballo. Era el primer caballo que Nicola, como buen gato veneciano, veía en su vida, y se apoderó de él un gran espanto. Saltó sobre sus cuatro patas, enarcó el lomo, sacó sus uñas, y con horrible maullido de terror, huyó a esconderse en el fondo de la casa.


Desde aquel día hasta ayer, Nicola ha estado emboscado de la mañana a la noche en el antepecho de la ventana, espiando detrás de las cortinas la aparición de aquella nueva y, para él, monstruosa bestia, y apenas oía el lejano sonido de los cascos sobre la hierba, se echaba a temblar, no sé si de espanto o de deseo. Se sentía como repelido y al mismo tiempo atraído por aquel animal fabuloso. Parecía enamorado del caballo. Tenía el aire de creer que aquel monstruo fuera un descubrimiento suyo: y se sentía, en efecto, orgullosísimo de él. Se sentía, él, gato, superior a Pallucchini. Trataba a Palucchini por encima, no como un gato trata a un hombre, sino como un gato que ha descubierto un caballo trata a un hombre que, pobre, sin su ayuda, acaso no habría visto una bestia semejante.


Pero ayer por la mañana, Pallucchini, para restablecer el equilibrio, irritado, humillado de sentirse inferior a Nicola, ha ido a buscar una vaca de un establo vecino y se la ha mostrado a Nicola, el cual, profundamente impresionado a la vista de aquella monstruosa bestia, bastante más monstruosa que el caballo, parece haber comprendido, finalmente, que Rodolfo Pallucchini, a pesar de todo, si no precisamente algo mejor que un gato, es por lo menos algo que puede estar a la altura de un gato.

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