El general Balza tiene el culo sucio

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El martes pasado, el general Martín Balza fue tapa de Página/12. Quien fuera jefe del Ejército durante la presidencia de Carlos Menem y actual embajador en Colombia, «declaró por teleconferencia en el juicio por apropiación indebida  de bebés y fue contundente al afirmar que el método que se aplicó en decenas de casos pone de manifiesto la existencia de un plan», informó el diario en su portada. «No tengo dudas hubo sistematización»fue la fase suya escogida como título. La crónica de su declaración (páginas 2 y 3), firmada por Alejandra «Campanita» Dandan, comienza muy sugestivamente así:

«Martín Balza dijo casi obsesivamente, todas las veces que pudo, que no estuvo en el país en los años más duros de la dictadura militar. Que luego, a comienzos del ’78, llegó para dedicarse a la enseñanza. La jueza María del Carmen Roqueta le dijo que eso ya lo había dicho y lo alentó a seguir adelante.»

¿A qué se debe la desesperación de Balza por despegarse de la represión ilegal? Aunque los medios lo oculten, está claro que a su mala conciencia. Porque en octubre de 1979, siendo teniente coronel, asumió como jefe del grupo de Artillería nº 3 de Paso de los Libres, a cargo del área 243 (2/24/243) con jurisdicción sobre los departamentos correntinos de Paso de los Libres, San Martín y General Alvear. Y el 17 de noviembre desaparecieron en la frontera que une Paso de los Libres con la ciudad brasileña de Uruguayana dos muchachas, la argentina Cristina Fiori de Viñas, de 33 años, y la española Margarita Mengol Viña de Muñoz, de 22, nacida en Palma de Mallorca.


El descubrimiento fue hecho por el capitán José Luis D’Andrea Mohr a la hora de compilar los responsables de la represión en su obra fundamental, Memoria Debida (Colihue, 1999) y consta en su página 303.

D’Andrea Mohr, El capitán sin tacha, sufrió mucho su descubrimiento, ya que hasta el momento de hacerlo tenía muy buen concepto de Balza. Amigo como fui de él, compartí su decepción, que se fue agrandando a medida que el artillero Balza se mantenía en silencio.

Un silencio que dejaba claro que tenía el culo sucio. El  libro de D’Andrea apareció hace 13 (trece) años y él nunca dio alguna explicación. Nunca dijo, por ejemplo, «yo no tuve nada que ver, el responsable fue el teniente coronel Raúl Alfredo Danniaux, que era el jefe del Regimiento de Infantería» o algún otro pretexto semejante.   

Del mismo modo, Balza aseguró en reiteradas oportunidades respecto al tráfico ilegal de armas y pertrechos hacia Croacia, Bosnia y Ecuador, que de los arsenales del Ejército nunca había faltado nada, cuando era harto evidente que de ellos habían salido los cañones Citer y Otto Melara descubiertos en Croacia (motivo por el cual setrá próximamente juzgado por falso testimonio).

En fin, no quiero cargar las tintas sobre Balza, que es a su vez un hipócrita que se lava las manos a lo Pilatos, un tartufo, y un personaje trágico, cuya autocrítica  y rechazo a la inicua «obediencia debida» permitió acortar el camino, encontrar un atajo hacia los horizontes de justicia que transitamos. No quiero cargar las tintas sobre él, digo, pero tampoco quiero convalidar el silencio cómplice de tantos periodistas y medios.

Me interesa más averigüar quienes eran estas dos muchachas cuyos cadáveres lleva el longilíneo general sobre sus espaldas. ¿Vinieron con la «contraofensiva» montonera? A ver si algún lector puede darnos una mano…


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